...es el principio y el fin.

jueves, octubre 01, 2009

Pequeña Poesía en Piano Bar (en noches como aquella)

(pulsen primero aquí...)

Llovía fuera.

Siempre llueve fuera en noches como aquella.

¿Cómo olvidar?

Había algo de humo en el ambiente, separado de la lluvia embebiendo aceras por cuatro milímetros de vidrio. Solamente.

¿Cómo olvidarla?

Yo bebía sólo, como se bebe en noches como aquella. Una camarera limpiaba vasos al fondo de la barra, y detrás de mí el pianista saludaba y se marchaba.

La lluvia, temeraria, atacó al humo en el umbral, libre de la cárcel de cuatro milímetros.

El pianista se marchó.

Al fondo del bar, un fondo que continuaba tras lo largo de la barra, hacia una tarima de poca altura. Allí reposaba el piano. Estaba cerrado, supuse, aunque no lo veía.

En noches como aquella, la luz es un bien escaso, y la oscuridad acariciaba aquel fondo de manera suave, y muy lenta. No me di cuenta hasta dos o tres tragos después, quedando sólo un dedo de aquello que estaba bebiendo. Lo noté al tragar, pero no lo entendí hasta que el vaso volvió a posarse.

Se posó.

Clac.

El piano seguía sonando.

Así que me giré.

Y lo vi.

Sonando solo.

Y me equivoqué. Sonaba, pero no estaba solo.

Sentada cerca, sin tocar el instrumento, estaba ella.

Una pequeña poesía, en un piano bar.

Recuerdo que estaba vestida de azul, con el pelo suelto, de color negro, cayendo sobre su espalda.

Sobre su espalda.

Ondulado, pero dulce, como una cascada de nubes negras que no pueden sujetarse.

Sobre su espalda.

El vestido azul se abría allí, haciendo un mar de piel para las nubes negras. Y el piano sonaba solo, aunque estuviera acompañado.

Yo también me marché solo. Pagué en la barra y me dirigí a la puerta. El humo se movía al acercarme a ella, asustado de las pocas gotas que entrarían.

Cuatro milímetros de vidrio más tarde, con las gotas golpeándome en el sombrero (siempre se lleva sombrero en noches como aquella) me pregunté por qué estaba mojándome allí y no en el mar, bajo las nubes negras.

Sobre su espalda.

Pero el bar ya había cerrado.

Siempre cierran, en noches como aquella.

lunes, agosto 31, 2009

El burlador en Sevilla


Una etiqueta nueva.

Para el blog.

De lo que vaya pasando.

Les dejo con Lorca.

Nos vemos el día 21, al amanecer. En una alcoba o en un descampado.

Sevilla es una torre
llena de arqueros finos.

Sevilla para herir.
Córdoba para morir.

Una ciudad que acecha
largos ritmos,
y los enrosca
como laberintos.
Como tallos de parra
encendidos.

¡Sevilla para herir!

Bajo el arco del cielo,
sobre su llano limpio,
dispara la constante
saeta de su río.

¡Córdoba para morir!

Y loca de horizonte,
mezcla en su vino
lo amargo de Don Juan
y lo perfecto de Dioniso.

Sevilla para herir.
¡Siempre Sevilla para herir!

Ban Pen Fugyo

Diez mil cambios.

Ninguna sorpresa.

De ciudad. De nombre. De gente. De lugar. De ropa. De estilos. De combate. De pintura. De amigos. De ley. De enemigos. De heridas. De corazón. De rincón. De hambre y de sed. De arma. De armadura. De voz. De dirección. De figuras. De casa. De hogar. De duelo. De amantes. De caramelos. De flor. De vaca. De hermanos. De ciclo y de espiral.

Diez mil cambios.

Ninguna sorpresa.

martes, julio 28, 2009

El final de La Guerra Interminable


Stargate, 29 junio 2889

William,

Lo tienes todo en tu informe personal. ¡Pero te conozco! Eres capaz de tirarlo sin abrir.

Así que intento una posibilidad extra.

Espero que por lo menos leas esta nota.

Ya lo ves: he sobrevivido.

Quizá tú también hayas tenido esa suerte. Si es así, únete a mí. Salgo hacia el planeta "Index", el quinto del sistema de Nízar.

Con otros cinco veteranos hemos comprado un viejo crucero de la A.E.N.U. Nos sirve de máquina del tiempo. Vamos a veces hasta cinco años-luz de Index, y volvemos luego.

Cada diez años envejezco apenas un mes. Si vuelves sin problemas de Jade-138, tendré unos treinta y seis años a tu llegada.

¡Date prisa!

Poco me importa que tengas treinta y seis o noventa y un años.

Si no puedo ser tu mujer seré tu enfermera.

Marygay.

________________
La guerra interminable es un cómic obra de Marvano y Joe Haldemann, que narra la vida del mayor Mandela, desde su reclutamiento en el año 2010 hasta su inesperado licenciamiento en 3177. Es un canto a la individualidad y a la razón, a la vez que condena los desastres de la guerra y la barbarie humana, enfrentada a la desconocida raza conocida como los Tauros. Joe Haldemann, el guionista de la obra fue combatiente en la guerra del Vietnam. Se publicó originalmente en 1974.

La heredé del hombre que me enseñó a no volver solo del cine.

lunes, julio 20, 2009

32 buenas voluntades


¿Dónde ha quedado mi voluntad? La he perdido una temporada.


Se lo vi hace muchos años a Jaime García Serrano, el calculista matemático más rápido del mundo.

O eso afirma su publicidad.
Cinco (muchas veces revalidados) records Guiness avalan eso y mucho más. Lo recuerdo muy bien, perfectamente y con diáfana nitidez. Como siempre, ni recuerdo los números, ni los nombres, ni los detalles.

Recuerdo la emoción.

Yo no sabía que sería mago, ni mentalista. No sabía que aprendería trucos para simular lo que ese hombre hacía de verdad. Pero...

... recuerdo la emoción.

Un hombre sencillo y con acento sudamericano, en el salón de actos de mi colegio, teniendo yo 15 ó 16 años calculaba, más rápido que nuestras calculadoras científicas, senos, cosenos, factoriales, logaritmos y cualquier operación que, en nuestra tímida adolescencia, nos atrevíamos a echarle encima. Memorizaba enormes listas de números y de objetos que repetía instantáneamente sin error, en cualquier sentido, y sin fallar. No podía creerlo, y pocas veces he sentido tanta magia en el ambiente. ¡Tiene que haber truco!, decían algunos. ¡Imposible! gritaban otros.

Jaime García Serrano, el calculista matemático más rápido del mundo.

Aun hoy, tras casi diez años aprendiendo el arte del mentalismo, no he encontrado ningún sistema de nemotecnia mejor que el del señor García Serrano.

Algo en mi corazón me dice que nunca lo haré, y me da algo de pena.

Yo no soy calculista, así que la nemotecnia es sólo una parte de mi espectáculo. No memorizo, como hizo él, listines telefónicos de Bogotá, ni números de doscientas veinte cifras de una sola mirada.

Y sí, me da pena.

Porque no puedo acordarme de todas las personas con las que hablo cada día.

Y porque este mes, que ha sido muy cuesta arriba, me quedaré sin acordarme para siempre de 32 buenas voluntades.

Que me han devuelto la mía.
_____________________
El señor de la foto es, efectivamente, Jaime García Serrano, el calculista matemático más rápido del mundo (Málaga, Colombia, 1955-). Entre otros records, memorizó el listín telefónico de Bogotá, calculó la raíz trece de un número de cien dígitos en 0´15 segundos y computó en su cabeza el calendario gregoriano de un millón de años. Pueden adquirir sus libros o contratarlo como conferenciante en su propia página web.

jueves, julio 16, 2009

Tempus fugit (adagio)


Ahora es la hora.

Y la hora es ahora.

Lo dice un señor con bigote que me pone a hacer flexiones y que me ha enseñado a esgrimir, a matar con un bolígrafo y a luchar con lanza.

Toma ya.

Y, de paso, a reflexionar un poco sobre el mundo, sus usos y sus maneras.

Y resulta que últimamente me estoy dando cuanta del poco tiempo que tenemos para hacer cosas, y de lo mucho que lo tiramos a la basura, escuchando nuestras propias voces, dejando que lo que dicen los demás nos rebote en las orejas, pasajero inerme de mensajes que no escuchamos.

Estamos demasiado ocupados (lo dijo Mafalda) con lo urgente como para preocuparnos por lo importante.

Lo dice otro señor de los de las lanzas: si no te mueves, estás muerto.

Y uno, muy cachas, que fue el primero que me hizo escremir un sable, nos lo grita siempre. El entrenamiento que perdamos no se volverá a repetir. El tiempo que se va, no vuelve. Tempus fugit, para el que entienda el latín.

Tiempo y ganas.

Voces y tiempo.

Ecos y voces.

¡Ahora es la hora!
¡Corran!

martes, julio 14, 2009

La verdad bajo la espada


¿Qué es budo?

Samu empleó esa frase en cierta ocasión, con tinte humorístico. Y hace poco mi condesa favorita me lo preguntó. Sexy y directamente, como hace ella las cosas últimamente.

¿Qué es el budo? ¿Dónde empieza? ¿Y dónde termina?

Es una pregunta para la que no tengo una respuesta clara. Como un agujero en la arena, cuanto más quitas, mayor es. Cuanta mayor es la profundidad, menos claro ves el fondo. Cada nuevo dato y cada nueva idea se suma al conjunto, formando una madeja enmarañada, de la que no puede sacarse hilo son cortar.

Es el error que cometemos siempre.

Por que no puede embotellarse la emoción. El corazón no cabe en una frase, y la voluntad de tomar o respetar la vida no puede afrontarse desde lo vacuo, ni desde el metal frío de una espada. Sino, (creo) desde lo que mueve ese metal.

El corazón sobre la espada.

¿En qué momento un conjunto de técnicas de esgrima, de lucha o de espionaje trascienden para convertirse en una brújula moral y espiritual para muchos individuos?

Porque esa es una de las claves: es una búsqueda individual que desgraciadamente, apenas puede enseñarse, y, sobre todo, ha de recorrerse solo.

Un gran maestro dijo que el verdadero budo consiste en arrancar cabezas. Una afirmación extraña para alguien que habla siempre entre metáforas y que dice que el budo es vida. Quizá, sólo quizá, el que sabe como arrebatar la vida es el que más sabe apreciar lo maravilloso de la existencia.

¿Qué es budo?

Muchos grandes maestros antes que yo han dado grandes respuestas a una pregunta que cada uno debe responder para sí mismo.

Sólo daré una pequeña norma, que me dieron a mí: si te paras, estás muerto.

Igual que un corazón, bajo una espada.

miércoles, julio 01, 2009

Rafael en la Ciudad Dormida
un Relato Asombroso
de terror inhumano

por

Marcos Pastor
guionista y productor de APK
*****



Me desperté.

Recuerdo la leve ingravidez, el extraño olor acre calándome casi en la nuca.

Recuerdo estar tumbado y volver suavemente a la consciencia. Lo primero que hice, sin moverme, fue abrir los ojos. Allí, tumbado, vi un paisaje gris y macilento, cubierto de un polvo lento que llenaba toda superficie. Una suerte de limadura metálica muy suave, que cubría también mi propio cuerpo.

Estaba desnudo.

No lo vi hasta que me incorporé y miré a mi alrededor. Recuero lo alienígena del paisaje, el cielo estrellado, quiero y congelado, con las estrellas muertas en vida. Me fijé en que ninguna parpadeaba, y recuerdo haber pensado que la escasa luz muerta de aquella extraña imagen fija no sería suficiente para iluminar aquel lugar ceniciento y extraño. No es que hubiese demasiada luz...

...solo la equivalente a un ocaso de verano, salvo que esta parecía provenir de todas partes, creando un desconcertante juego de sombras que me hizo dificil apreciar los detalles pequeños de aquella flora deforme.

La flora...

Sé que olí una de aquellas plantas, y que el acre olor de mi despertar se intensificó por su perfume maligno, casi tóxico. Recuerdo un leve dolor en mis pulmones. Recuerdo cómo la flor cristalizó en mis dedos y se deshizo en polvo, en ese polvo metálico que cubría todo, cayendo, ya dije, levemente ingrávido hacia el suelo, hasta posarse en mis pies desnudos.

******

No podría decir cuánto pasó desde mi despertar hasta aquel momento. Sí sé que cualquier ser que habitase en ese lugar plúmbeo y gris podría seguir mis huellas sin dificultad, marcadas en la suave arena metálica. Y casi untuosa. Y recuerdo no haber sentido miedo. Una extraña calma me empapaba los huesos, el alma. La misma calma preternatural y obscena que embebía cada partícula de aquel mundo necrótico y perturbadoramente sereno.

Y entonces, la vi.

Nunca antes me había encontrado con una costrucción humana de tamaño tal. Frente a mí, sin ruido, sin ceremonia, se alzó del polvo una ciudad irreal, fantástica. Dormida.

Recuerdo su estructura deforme a la par que simétrica, el suave acabado de sus formas casi orgánicas, la formidable presencia del minarete central cubierto de signos palpitantes y quietos a la vez, con una energía prohibida contenida dentro.

Y recuerdo el silencio. Nítidamente. Recuerdo haber pensado que la ciudad estaba realmente dormida. No sus habitantes. No su gente. Sino ella misma, como algún extraño gigante, dueño del lugar, aparecido para encadenarme a un destino peor que la muerto.

Recuerdo haber vuelto a pensar que nada humano hubiese podido construir aquello.

Y recuerdo el momento en que comprendí el significado maldito de los signos quietos en su pálpito.

Mi último recuerdo fue un pozo negro de locura al alcanzar esa comprensión.

Y, en mi último destello de desnuda cordura, la imagen ominosa de la ciudad dormida.

El Exterminador contra Los Transformadores


El otro día fui a ver Transformers.

Yo solo. Lo hago mucho. Lo comento porque hace poco un amigo señaló que sólo voy solo a ver las películas de ciencia ficción. En realidad se confunde, porque a veces también voy a ver las de terror. Pero no andaba desencaminado. Poco antes me fui, solito, a ver Terminator 4. Y me acordé:

Era navidad.

A primeros del año 92.

Había una olimpiadas no muy lejos, era año bisiesto y se declaró año internacional del espacio. Para volar.

Yo tenía, nada más, 11 años.

Como muchos domingos, él invitaba al cine. Como siempre, a ver una película de ciencia ficción.

Hace dieciseis (¡dieciseis!) años de esto. Y no recuerdo bien las imágenes, no recuerdo bien las palabras. Pero recuerdo bien las emociones.

No entendí bien la historia, pero recuerdo que me apené cuando el que para mí era el padre del niño tenía que morir al final. Recuerdo una voz grave, que me encantó, ignorando entonces que sería admirador en el futuro del hombre de Albacete que hablaba por la boca de un robot que, a mí, con once años, me pareció gigantesco.

Recuerdo haber pensado que el malo de esa peli era indestructible y que no podrían matarlo nunca. Recuerdo sorprenderme cuando lo lograron.

Recuerdo que reí.

Y que lloré.

No sabía que la ciencia ficción me iba a encantar el día de mañana, o que acabaría conociendo las especificaciones técnicas de androides que sólo existen en la imaginación. No sabía que se convertiría en mi segunda película favorita.

No sabía nada.

En mi confusa y emocionada percepción de niño sólo recuerdo la aventura. La emoción.

Y volver a casa con mi padre, lloviendo, mientras él me explicaba todo lo que yo no había entendido de Terminator 2.

Por eso, a veces, voy solo al cine.

Porque la imaginación, aunque ya no sea nunca más el año 92, a veces también sirve para volar.

Y allí, imaginando, bajo la lluvia, nunca voy, ni vuelvo, del cine solo.

lunes, junio 29, 2009

La estocada perfecta


Nunca conocí a nadie que tuviera tan roto el corazón.

Nadie lo diría, por la forma que tenía de tratar a las mujeres. Lo recuerdo perfectamente, por loas muchas veces que pensé en cuánto me gustaría a mí hacerlo tan bien. Era todo halagos, sonrisas, comentarios ocurrentes. Una delicada y precisa esgrima, como lo llamaba él. Parada en tercia, fondo, estocada, iai, kimé. El timing perfecto para la estocada perfecta.

También recuerdo haberme preguntado muchas veces por qué nunca se enamoraba de ninguna, por qué ningún beso de tantos como daba la causaba el impacto suficiente como para quedarse grabado en la memoria. Por qué ninguno. Nunca. Y recuerdo además que solía pensar que eso era una gran suerte.

Hasta que me lo contó.

No podría escribirlo aquí, y seguramente él no quisiera. Seguramente no.

Puedo imaginarlo como una fina hoja de acero envenenada. Al rojo vivo, atravesando limpiamente, de parte a parte, el corazón.

Estallando después, esparciendo metralla incandescente por todo el órgano, convirtiéndolo en una sanguinolenta masa. Privándolo de toda capacidad que no fuera empujar la sangre por su organismo.

Una válvula muerta.

Nunca conocí a nadie que tuviera tan roto el corazón.

Desde entonces, cada vez que lo veía con su perfecta esgrima, parada en cuarta, no puedo evitar pensar que, en realidad, quien más perjudicado acababa con sus estocadas perfectas no eran las damas cuyos besos no acababan grabados en ninguna parte.

Recuerdo no haber deseado nunca más parecerme a él.

Nunca.

Muerto en vida, con una sonrisa perenne tratando de ocultar que mi corazón es una válvula muerta.

Convirtiendo la esgrima en una danza hueca.

Desde entonces, nunca tuve envidia de nadie que estuviera muerto.

O tan roto.

jueves, junio 25, 2009

52 efectos mentales con baraja completa


As de picas.
Dos de picas.
Tres de picas.
Cuatro de picas.
Cinco de picas.
Seis de picas.
Siete de picas.
Ocho de picas.
Nueve de picas.
Diez de picas.
Sota de picas.
Reina de picas.
Rey de picas.

As de corazones.
Dos de corazones.
Tres de corazones.
Cuatro de corazones.
Cinco de corazones.
Seis de corazones.
Siete de corazones.
Ocho de corazones.
Nueve de corazones.
Diez de corazones.
Sota de corazones.
Reina de corazones.
Rey de corazones.

As de tréboles.
Dos de tréboles.
Tres de tréboles.
Cuatro de tréboles.
Cinco de tréboles.
Seis de tréboles.
Siete de tréboles.
Ocho de tréboles.
Nueve de tréboles.
Diez de tréboles.
Sota de tréboles.
Reina de tréboles.
Rey de tréboles.

As de diamantes.
Dos de diamantes.
Tres de diamantes.
Cuatro de diamantes.
Cinco de diamantes.
Seis de diamantes.
Siete de diamantes.
Ocho de diamantes.
Nueve de diamantes.
Diez de diamantes.
Sota de diamantes.
Reina de diamantes.
Rey de diamantes.

jueves, junio 18, 2009

Calsetín


El papá de mis enanos favoritos me contó cosas muy interesantes. ¿Qué conversación no lo es a las tres de la madrugada? Fede era un bebé y Manuela no había nacido, pero su progenitor me habló de dos señores. Uno, Hilario Camacho. El otro, Javier Ruibal.

Hay una canción de este último que por alguna razón relaciono siempre con una chica. Una preciosa que vi fugazmente una noche en Sevilla.

Y por alguna razón, se quedó grabada en un hueco de la memoria que se abre de vez en cuando.

Siempre me dice que no pierda el tiempo pensando en ella.

Pero yo, que soy un canalla, nunca hago caso a nadie.

Javier Ruibal: Isla Mujeres.



Subía el calor cuando pasaba por mi acera,
todo el bulevar pudo quemarse en su candela.
Hay una legión de sátiros y piratas
que, de bar en bar, le gritan: ¡Guapa!

Me hago seguidor de sus andares de pantera,
peregrino voy, donde lo ordenen sus caderas;
qué me importa a mí si es un infierno la calle,
si por fin la llevo por el talle.

Oye, mi bien,
tú la reina de Isla Mujeres;
y yo, si tú me quieres,
seré tu esclavo más fiel.
Pobre de mí,
si de tu fuego me extravío,
mi corazón, de frío,
se olvidará de latir.

Sobre su perfil un sol de cobre se derrama,
la rosa de abril, desnuda en medio de la cama,
se ha brindado a mí con un amor que desarma,
nubla la razón y abrasa el alma.

Y era de esperar que yo esperara retenerla,
pero todo el mar es poco mar para esa perla.
Arde el bulevar y, al borde de la locura,
no soy yo quien va de su cintura...

jueves, junio 04, 2009

Morir matando


Era una frase que decía mucho un amigo.

De los de antes.

Hablaba de enfrentarse a la vida como si fuera El Duelo Final. Los fans de "Los Inmortales" ya me entienden.

Hablaba de Quevedo como si fuese amigo suyo, del hálito vital que lo empujaba a exprimir la existencia, y que lo llevó de cónsul a prisionero, pasando por poeta y espadachín en una sola vida.

Había una prueba de fuego, terrible, en las antiguas escuelas de bûdo. En las de esgrima. Cuando la esgrima era de verdad, y no un juego de salón. Cuando tu vida depende de una herramienta, lo demás tiende a pasar a segundo plano.

El futuro instructor tomaba un bokken, un sable de madera. Y el resto de compañeros lo iban atacando mientras este se defendía. Sin protecciones. A pelo. En plan canalla.

Del amanecer al anochecer. Normalmente en verano.

Llegaba un momento, que los dedos del que defendía estaban tan agarrotados que no podía recoger el sable del suelo si este se le caía. Uno de los compañeros tenía que colocárselo en la garra deforme que tenía entonces.

Sufría muchas heridas, y el agarrotamiento de los dedos, así como el insoportable dolor, duraba varios días.

Durante los cuales, comer con palillos, por ejemplo, era un infierno personal de ineludibles y espectaculares dimensiones.

A veces no queda más remedio que pedirle a un compañero, a un amigo de esos de los de antes, que te vuelva a colocar el sable entre las manos.

Y a morir matando.

viernes, mayo 29, 2009

Bea salvando el mundo (omnia possibilia)


Una carta, que me he encontrado:

Yo nunca he tenido buenas ideas.

Quiero decir: se me ocurren muchas cosas, siempre, a todas horas, pero nunca he sabido desarrollarlas bien, o llevarlas a buen término. Por eso me gusta tanto diseñar juegos de rol en vivo con Jokin, una de las personas más inteligentes y sistemáticas que conozco. Las ideas surgen a mogollón de mi cabeza y Jokin le da forma al universo.

Por eso, porque no sé desarrollar cosas, siempre cito a la gente más sabia que yo. No es complejo encontrarla: nunca me cansaré de decir que la belleza y la sabiduría acechan en cada brizna de realidad.

La escuela Togakure, esa de ninjas que estudio yo y cuyas enseñanzas llevan transmitiéndose más de ochocientos años, dice una cosa: "shinden shin". De corazón a corazón.

Ochocientos años de tradición guerrera han acabado opinando eso. Que la verdadera amistad, que el verdadero amor (palabra de la que viene amistad) sólo puede existir de corazón a corazón. Sin disfrazar el pensamiento. Esto se hace con pocas, con muy pocas personas.

Yo conozco al menos una con la que lo haría siempre.

Shinde shin, corazón a corazón.

Ochocientos años de ninjas (dijo un friki) no pueden equivocarse.

Besos,

Marcos.

Se la escribí a Bea.

Bea es uno de los faros de mi vida, ya hablé de ella alguna vez.

Bea es como esos grandes libros de magia de los que habla Tamariz. Está llena de ideas, de buenas a excelentes. Ninguna mala.

Me gustaría que viérais la última. Es una de esas cosas que hace ella para salvar el mundo.

Está aquí.

Muchas gracias.

martes, mayo 19, 2009

Ellos llevan gabardina


(este relato se escucha con
esto, cortesía* de La Condesa Piernazas de Ruiz-Colmenares)

No me gustaría que perdieras el tren.

No me gustaría demasiado.

Sobre todo, no me gustaría darle lástima a algún otro viajero, que se diese cuenta de que he ido a buscarte a la estación con una flor.

No me gustaría que lloviese.

Siempre que un chico con flor se vuelve de una estación en la que no pudo recoger a nadie, llueve.

Y empieza a llover en cuanto sale de la estación.

Se tiene que subir el cuello de la gabardina (porque siempre que ella va a darle plantón escogen llevar una gabardina) y caminar sólo bajo la lluvia, con la flor de la mano.

Se nota mucho que la flor no es para él. Los chicos no saben llevar una flor de la mano.

Me vería la gente, y no me gustaría.

Tendría que caminar bajo la lluvia hasta un bar de esos perdidos que suele visitar la gente que se queda sola, donde conoces el nombre del camarero y él el tuyo.

Cuando llegas a ese punto, te das cuenta de que hay muchas cervezas nuevas. El chico sin chica y con flor se preguntaría en este punto si realmente hace tanto tiempo que no pasa por allí.

Es tarde, de todas formas. Siempre es tarde cuando paseas con una flor sin dueña.

Poco a poco, los parroquianos se van yendo y el chico sin chica mira el fondo del segundo vaso.

Es tan tarde que, mientras sigue lloviendo fuera, el camarero enciende las luces y quita la música, en uno de esos bares en los que hay luz, pero poca, siempre.

Empieza a recoger, mientras el chico se queda casi solo.

Casi.

Mira la flor y el fondo de un tercer vaso y se fija en una chica sentada ella sola en una mesa.

Al fondo.

Porque las chicas solas siempre se sientan al fondo.

Mira otra vez la flor, (una flor da mucho vértigo desde el fondo de un vaso) y apartando el vaso le pregunta algo al camarero, y éste le responde.

Suena otra vez la música, pero despacio, y hay humedad porque está lloviendo mucho.

El chico se acerca a la chica sola con dos copas de lo que ella había estado bebiendo. Una flor más que no se queda sin dueña.

Y luego, el camarero se despide de ambos, que se van juntos bajo la lluvia.

Pensaste un poco si eso me pasaría si no llegases en tu tren.

No. Eso le pasaría al tonto que fue con flor a recoger a una chica.

Yo iré a buscar una estrella.


* inspiración cedida por WinterGirl Enterprises-Rhiwen International Ultd. Todos los derechos hechizados.

domingo, mayo 17, 2009

Una estrella en Méndez Álvaro


No sé si todos conocen La Biblioteca Invisible.


Es un concepto.

De Borges, o de Neil Gaiman.

Aunque imagino que a muchos se les ocurrió primero.

En alguna parte de la Inmateria, en las Tierras del Sueño, o Más Allá del Velo de las Hadas (cada cual lo llame como quiera) existe una inmensa biblioteca donde están todos los libros que no hemos escrito. Nunca.

Algunos libros sólo están un tiempo. Son esos que tenemos verdadera intención de escribir, o que ya hemos abocetado. Cartas con Be y con uVe estuvo un tiempo hasta que lo escribí entero. Aunque luego lo perdí.

Pero hay otros muchos que se podrían encontrar poniendo a Max Verdié (o a mí) en el campo de búsqueda por autor.

El Artesano es uno. Aunque habiendo relatos cortos, se vuelve algo más tenue su presencia n la Biblioteca. Su segunda y tercera parte, La Cirujana y El Maestro de Armas son algo más fáciles de encontrar.

Sobre ese mundo, hay alguno más. Una colección de cuentos cortos protagonizados por el Gran Maestro Claudio del Gremio de Artesanos, titulado Lo que no os conté de Maite.

Muy tierno.

Pero hay más.

Algunos los empecé hace mucho, otros son un trozo de arrebato y algunos son sólo ideas.

Pero el otro día el bibliotecario de la Biblioteca Invisible añadió uno más a mi entrada.

Si buscan, rellenando el campo de búsqueda por autor, con mi nombre y apellido, encontrarán un libro nuevo que no he escrito, añadido el sábado nueve de mayo de 2009.

A las seis y cuarto caerá una estrella en Méndez Álvaro.

Novela.

Sin ficción.

Oídlo una vez más


Cualquier sistema que montéis sin nosotros

será derribado.

Ya os avisamos antes.

Y nada de lo que construisteis ha perdurado.

Oídlo mientras os inclináis sobre vuestros planos.

Oídlo mientras os arremangáis.

Oídlo una vez más:

Cualquier sistema que montéis sin nosotros
será derribado.

Tenéis vuestras drogas, tenéis vuestras pirámides.

Vuestros pentágonos.

Con toda vuestra hierba y vuestras balas
ya no podéis cazarnos.

Lo único que revelaremos de nosotros
es este aviso:

Nada de lo que construisteis ha perdurado.

Cualquier sistema que montéis sin nosotros
será derribado.

martes, mayo 12, 2009

LA VOZ A TI DEBIDA

(versos 102 a 126)

¡Si me llamaras, sí;
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
«¡si me llamaras, sí, si me llamaras!»
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: «No te vayas».

miércoles, abril 29, 2009

Las tres sonrisas de la estrella


Ring.

Sonrisa de ida.

Sonrisa de vuelta.

Ring.

Sonrisa de ida.

Sonrisa de vielta.

Ring.

Sonrisa y cuac.

Para todo el día.

Muac.

martes, abril 28, 2009

Seppuku



Así es como se llama, correctamente, a la ceremonia de suicidio ritual propia de la casta samurái.

El mal llamado harakiri.

La persona que se quiere quitar la vida se arrodilla, se afloja el kimono y deja frente a sí el aikuchi. Un cuchillo corto.

Siguiendo un estricto protocolo, masajea sus vísceras con el objeto de colocarlas para no cortarlas.

Eran, en fin, sus creencias.

Tomaba el aikuchi desenvainado y lo clavaba, paralelo al suelo, en la parte izquierda del abdomen.

Un corte horizontal.

Un giro.

Corte vertical. Hacia arriba.

Y luego, una persona de confianza, lo decapitaba.

Al menos así se me pasaría lo que tengo en el estómago.

Hijos de puta.

martes, abril 21, 2009

En el día más brillante

A veces la gente que me conoce me observa, sorprendida, cuando me pillan mirando hacia arriba.

Estoy buscando estrellas.

Mis novias nunca entendían que gustándome tanto leer, leer, leer, además de libros leyera tebeos.

Consigna: el día del libro, regala tebeos.

Hago una serie regular.

Esto es, compro un tebeo de una serie que se publica todos los meses.

Hacía años que no lo hacía, desde aquella que era blanca, y roja, y luego azul, amarilla o yo qué sé. La del dragón de las bolas.

La que yo compro ahora se llama JSA: Justice Society of America. La Sociedad de Justicia de América.

Es el primer grupo de superhéroes de la historia. Fue, en origen, un batiburrillo editorial donde metieron, un poco grosso modo, diversos personajes de una misma casa, en 1940.

Eran superhéroes de la edad de oro.

Los dibujos eran simplones y dibujados a matacaballo, las historias burdas, sencillas y lineales y los personajes eran todos plagios los unos de los otros. Pero todo era colorista, plano y luminoso.

Los buenos eran buenos y los malos malos. Los héroes tenían nombres sonoros y rimbombantes (La Linterna Verde, El Hombre Dinámico, El Reportero Fantasma, Hourman, El Capitán Maravilla, El Terror) y los villanos... parecía que eran todos doctores, o que todos estaban desfigurados.

Era una época en la que América necesitaba mirar la cielo en busca de estrellas, en busca de luz. Habían pasado una tremenda época de color sepia de la que nunca hubieran salido sin una guerra que asoló la vieja Europa. Por eso sus héroes, los dioses mitológicos de colores brillantes que habían inventado fueron mandados a la guerra. En sus aventuras, y en el corazón de mucha gente que vivía buscando estrellas.

A mí me llegó en una época parecida. Cuando era niño.

Ya he leido el Eternauta, y me quedé maravillado por el exquisito tratamiento narrativo. Con el Incal disfruté del simbolismo llevado al extremo, y pongo a Watchmen como ejemplo de libro de texto del postmodernismo. He leido a Crumb y a Laucier, y sé por qué El Condón Asesino tiene un premio Eisner. Viñetas y gafapastismo. Todos nos creemos muy listos.

Pero a veces...

... sólo a a veces...

Incluso en el día más brillante...

... o en la noche más oscura...

... necesito mirar arriba.

No sea que me pierda alguna estrella
.

Verde y Azul. Y otra vez verde.


Es una curiosa alternancia.

La he estado pensando.

Mirando un poco, vaya.

En plan reloj. Tic tac, y eso.

Hace algún tiempo de calendario pero para mi desgracia poco de memoria aunque Mu pugne por lo contrario, tomaba notas en este mismo lugar, con tinta verde. Hubo gente que leyó y no entiendía nada, como habrá quien lea esto y no lo entienda.

Tampoco importa.

El caso es que a fuerza de naufragar, toda tinta verde se acaba corriendo, por muy bien que huela. El salitre es mal consejero para un diario de a bordo que acaba cayendo al mar demasiadas veces.

Encontrada tierra y agotada la tinta, tomé nota mucho tiempo después, con tinta azul. La tinta no sirve como mercromina en caso de quemaduras de tercer grado, o donde las heridas son tan profundas como para sentir cada vez que vuelves a ver algo verde que se te salen las tripas. Un golpe, un muerto. Iai Nuki y eso. Los de negro ya me entienden.

Sonrío al ver las notas en azul, sensato color en aquel entonces que me llegó a preguntar si seguía apuntando en verde. Le dije que no, bastante idiota.

Sensatez, divino tesoro.

Verde, otra vez. Sin notas adicionales. Y se cumple el axioma de mi amigo Rubén sobre segundas partes. Sólo fue buena la de Terminator.

Y Azul. Con una mayúscula. Otra serie de notas que no duraron mucho pero me sirvieron para guardar en el cajón el cuaderno verde que me resistía a dejar pudrirse. Se gastó rápido pero se sonrió mucho.

Hubo gente que leyó esto y no se enteró, repito. De nada. Igual que ahora lo lees y no lo entiendes, pensando si el código de colores dice lo que está apeteciendo que diga.

Después del Azul, pues otro verde.

Y sonriendo, coño.

Una curiosa alternancia en la que he estado pensando.

Tic.

(Y tac, guiño).

jueves, abril 02, 2009

Abatido


Cierro los ojos, y después respiro,
y el vacío me muerde la mirada.
Siento al demonio enfrente, aunque no hay nada.
Mi sable está en la vaina. ¿La retiro?

Empieza ya la lucha, y en un giro
desenvaino cortando. La estocada
parece cercenar nada de nada,
nada más que el éter. Ni un suspiro.

Ni el más mínimo ruido. Ni un latido.
Relajo el gesto al relajar la palma.
Y... dudo, sin saber si yo he vencido,

al ver entonces, al volver la calma
que la sangre del monstruo que he abatido
es la sangre que sangro por el alma.

miércoles, abril 01, 2009

El primero de la clase


Nunca he sido el primero de nada.

Quedé segundo en un campeonato de Judo una vez. Gané dos combates. Uno por una contra, mi antigua especialidad, y el otro porque un tal Hércules se resbaló con el sudor. En la final, obviamente, catapún contra el suelo. Ganó el otro.

Ayer fue un día espantoso. Se me empañan cosas que me encantaron el día que las estrené, perdiendo brillo, por el uso, imagino, y la falta de perspectiva. Gueño, el Hombre de Bronce, me aconseja dándome ánimo y aliento mucho más de lo que él cree y más lejos de lo que alcanza el texto de sus palabras.

Que no me queme, dice. Héroe.

Me agoto, manteniendo batallas abiertas en diversos frentes, contra enemigos similares de lugares distintos, y allí donde miro, disparan. Impactos en todas partes, mal destino si has decidido, por una vez, andar sin armadura. A pecho descubierto.

Lo único bueno de luchar solo es que no existe el fuego amigo.

Después de un día de excusas con doble fondo, prisas, mentirijillas de medio pelo y festival emocional por dentro, me voy enterando de detalles que confirman mi particular y descafeinada teoría de la conspiración.

Harto, en su segunda acepción, de mi parcela de Universo, sentado en una silla en un lugar donde otros aprendían a esgrimir, me hicieron sonreir.

Una chica rubia la mar de mona y su amiga morena habían hecho una lista. De esas que hacen ellas.

Nunca había ganado nada.

Hasta ayer.

Y ufano, con mi medalla de oro por sorpresa, me fui sonriendo hasta la cama.

lunes, marzo 23, 2009

A azahar (por qué te miro)


Qué me miras, preguntaba.

El sábado.

Con acento.

Y casi me caigo al suelo.

Es la cuarta vez que voy a Sevilla. Hasta septiembre al menos.

De la primera no sé nada. De la segunda, apenas, demasiado pequeño.

De la tercera puedo alardear de recordarlo todo excepto la noche de aquel viernes, cuando Abraham afirmaba amarlas a todas, Paco se había vuelto jipi y conocía a Isra liando un porro y le robé la bufanda a Pedrito.

Esta cuarta vez volví sobre todo por dos enanos, uno de ojos negros y otra de ojos verdes. Y me vuelvo, como siempre que los veo, enamorado de ellos, de su vida y de su mundo y de la madre que los parió.

Y no es figura literaria.

Son mis tesoros favoritos, y espero que cuando sean mayores sepan perdonarme todas las historias de ninjas, de dragones, de genios y princesas que les cuento ahora.

Llegué a las siete de la mañana y se me tiraron encima cuando llegué. Manuela, en un universo enorme, no me soltó hasta que se fue a dormir ayer. Tuve que pedirle permiso para ir a despedirme de mis amigos.

Mis amigos.

Pako sigue siendo jipi, y un friki, permanentemente en la cresta de la ola. Pako, lo pienso a menudo, es una fuerza irresistible. Los días que se levanta.

Abraham sería el padrino perfecto. Y no hablo de una boda. Es la nobleza personificada, y la dulzura. Un caballero cuando los que queremos serlo fracasamos.

David. ¿David? David fue la suerte, y mi salvación durante 20 días en un río de Teruel, donde me hubiese ahogado sin él. Su consorte, por si lo dudan, bellísima. Para batirse en duelo.

Ana Piruleta estaba malita, así que tendremos que rompernos el corazón en otro momento.

En septiembre, igual.

El sábado salí, con el olor a azahar en el aire y la memoria de tres años atrás esperando ser refrescada.

La recordaba preciosa, totalmente preciosa y así me la encontré. Dulce y pequeña. Apenas me atrevía a acercarme y tocarla, por si acaso se desvanecía. Y la miraba.

Me preguntó por qué.

Así, con acento.

¿Que qué te miro?

Que he estado cuatro veces en Sevilla.

Y no he visto nada más bonito que tú.

A buenas horas se me ocurre la respuesta.

miércoles, marzo 11, 2009

Sin capa ni sombrero


No podemos salvar el mundo solos.

Aunque a veces, sin saberlo, se lo salvamos a personas concretas en momentos pequeños, sin darnos cuenta.

Una Duenda que circula por ahí cuenta que le dijeron que en todos los días ocurre algo maravilloso.

Es una fe estupenda.

Todos los días tienen un trocito mágico plegado en alguna parte. Incluso los más horribles.

Y algo entiendo de días horribles.

Sólo tenemos que mirar en los pliegues. En los recovecos de la realidad.

Por allí se encuentran la magia, la poesía la belleza. A veces las perdemos y no queremos verlas.

Otras veces, en fin, nos muerden en la cara.

Hoy me enfadé, grité un poco y llamé cosas poco propias de un caballero a mucha gente. Sobre todo por la tarde.

Mojado sin agua en una marea de gente que prefería ignorar el mundo a su alrededor, demasiada prisa por todas partes, en un día que por dentro ya me era intranquilo.

Es que no tienen tiempo.

Y dieron las 21:10.

Abracadabra.

Mi trocito mágico de hoy está protegido por la ley de datos. Así que diré que se llama Cinthia, que tiene 19 años y que ha decidido aportar toda su propina de una semana cada tres meses a una causa noble, más elevada que el chico que le sugirió que lo hiciera.

Max Verdié, mentalista, lamentó a las 21:10 no ser mago para poder quitarse el sombrero.

O mosquetero.

Para quitarse la capa, echarla al suelo y decirle a una chica tímida y sencilla de metro ochenta que estudia un módulo y que no va a dejar de salir los fines de semana ni a salvar el mundo ella solita que pise.

Con garbo.

Para que todo el mundo, en su inexcusable marea de prisa a ninguna parte, sepa que con diecinueve años se puede ser una señora.

Y, sin saberlo, salvarle el mundo a las 21:10 a un chico sin capa ni sombrero.

Gracias.

lunes, marzo 09, 2009

El Hombre Inaudible




"El Hombre Inaudible" es una novela de ciencia-terror que podrán hallar en la sección "Novela/Ciencia Ficción" de la Biblioteca Invisible. El autor está a veces en la uve, a veces en la pe.

Fragmento:

Nunca hallo la respuesta.

Nunca supe (y sospecho, sabré jamás) si era un genio visionario o un loco irresponsable.

Nunca.

Nos llevó años de duro trabajo y carísima investigación perfeccionar la fórmula, hasta dar con una plenamente funcional. Las holgadas fortunas familiares de que disponíamos ambos quedaron flacas ante las exigencias de nuestra ardua labor. El enemigo a batir fueron siempre los efectos secundarios. Su asencia, quiero decir.

Hallar la fórmula perfecta.

Una que no abrasase la piel del sujeto, que no lo volviese (recuerdo aún, entre mis pesadillas) del revés. No olvidaré el muchacho aquel que continuó golpeando el vidrio de su celda veintisiete segundos después de que su cerebro dejase de funcionar.

Pareció que la hallamos.

Ningún efecto fisiológico. Ninguna tara visible. Ni rastro de daño celular.

¿Cómo iba a saber yo el tremendo daño psicológico que provocó en mi compañero? ¿Cómo predecir lo impredecible?

Jugamos a ser dioses... y encontramos al demonio.

Ignoro qué llevó a Griffin a inocularse a sí mismo el agente que desarrollamos, y, realmente, a día de hoy, aún no me atrevo a dilucidar si fue un error en la fórmula lo que provocó su demencia o el poder embriagador que le infundió la redoma que se inyectó.

Lamentaré hasta el día de mi muerte, pronta ya, cada vez que dejé de fijarme en la creciente ansia de mi compañero en la búsqueda de nuestra obra maestra.

El Agente de la Inaudibilidad.

Nunca entenderé la extraña lógica que operaba tras el cerebro insondable de mi compañero. Fue siempre mucho más inteligente que yo, y mi ayuda en la investigación no fue más que un mero apoyo para que su privilegiado pensamiento llegase a la línea de meta de la fórmula perfecta. O casi perfecta.

Aún hoy, años después, recibo alguna llamada en mi teléfono privado. Tiemblo, cuando pregunto quién es mi interlocutor. Y no oigo. Y no puedo oír.

Alguien inaudible me escucha al otro lado, pero yo no puedo escucharlo a él. Jamás he tenido la certeza intelectual de saber que se trata de él, pero mi corazón y mis entrañas me lo gritan poderosamente.

El Hombre Inaudible sigue suelto, condenado a una sorda vida de miedo, terror y venganza.

¿Qué lleva al hombre cuerdo a desear la inaudibilidad?

Pienso en ello a menudo.


Y nunca, nunca, hallo la respuesta.

Brístol, julio de 1906.

_______________
La imagen es cortesía de la bella Roci, y la robó de este blog.

miércoles, marzo 04, 2009

El I-Phone de los jipis


Oí mi nombre y me di la vuelta. Me sacó de mi ensoñación.

Era Celia, con sus piernas de un metro, pidiendo que la esperara.

Me sacó de mi ensoñación.

La chica era joven, de veintipocos, y guapa, por lo que recuerdo. Rubia, vestida con vaqueros, todo muy sencillo. Mochila de propaganda. Algo rota.

Llevaba un angelito rubio, vestido de rosa, al que daba de comer un potito. Le hablaba en un idioma que yo no entendía, búlgaro, ruso, no sé. Sonreí al angelito y me devolvió la sonrisa. Me miró con esa curiosidad perfecta con que los enanos miran el universo. Como si todo estuviese recién pintado. Podría vivir en unos mofletes así. Estaban sentadas en un banco de la estación de autobuses. El domingo. En Segovia. A su lado, muy modernos, un grupo de tres o cuatro jipis, con toda herramienta a juego. Rastas, moscas, unos bongos. La pose habitual.

La madre del angelito rosa le limpió la escabechina que éste había contado con el potito en lo que debía ser su boca. Con un pañuelo de papel de marca Dia. Le dio un beso a la niña y dejó de mirarme. Tenía otras obligaciones que atender, y otro trozo de universo en forma de cajita de cartón que explorar. La madre tiró el papel de la escabechina. A una papelera que indicaba claramente que no era de papel. Se marchó con el angelito rosa a un autobús. No sé con qué rumbo.

Uno de los jipis, con ciertamente poca educación, hizo notar a sus compañeros (creo que al artista de los bongos) que qué vergüenza de inmigrantes. Que ni se molestan en reciclar. Que qué barbaridad. Y, para mi sorpresa, la frase. Es que vienen a robarnos el trabajo.

En realidad, pensé, cuando alguien tiene los redaños de abandonar su casa, a su familia, su patria y su lengua para venir a una isla como esta península, en la que, sin memoria, demonizamos todo lo que viene de fuera porque aún nos creemos el imperio, cuando alguien deja todo lo que tiene por la esperanza de un casi nada, y se atreve a convertirse en extranjero en tierra extraña... por mí, puede tirar el papel de sus escabechinas donde quiera. Sobre todo si tiene prisa. Sobre todo si tiene que viajar con un angelito rubio al que limpia con pañuelos del día. Y lleva rota la mochila porque no puede comprar otra. No porque así las vendan en el Verska.

Mientras pensaba esto, al rey de la percusión le sonó el móvil.

Un I-Phone.

Joder con el jipi. No, mama. Con acento en la primera a. Ya estamos en Segovia. ¿Estáis en el chalé?

Oí mi nombre y me di la vuelta. Me sacó de mi ensoñación.

Era Celia, con sus piernas de un metro, pidiendo que la esperara.

Me sacó de mi ensoñación.

Nos subimos al autobús, de vuelta a casa.

El cansancio de una dura semana de trabajo me adormeció un poco en el regreso. El lunes todo era urgente, y no había vuelto a pensar en los jipis. Hasta ahora.

Y no me gustaría volver a hacerlo.

Pero no me quiero olvidar del angelito.

jueves, febrero 12, 2009

Genshin - Magia en el Corazón


Tenemos la mala o buena suerte de emplear un idioma con palabras, en lugar de uno con ideogramas. La poesía y los juegos de palabras que nosotros podemos hacer difieren tremendamente de los haiku japoneses o de las pequeñas reflexiones zen de aquellos maestros de los relatos de De Mello.

Pero la poesía, como la belleza, brota de lugares que no son la cabeza, exactamente igual que la magia.

Y hay una historia.

El Mago llegó, casi a la hora en que comen los señores. Paseaba solo, con aquel maletín viejo y heredado donde esconde la magia cuando ésta descansa. Y con la bolsa negra donde guarda el traje cuando no hay focos por encima.

Se los encontró por casualidad, caminando, magia por sopresa. Eran dos, bastante pequeños. Fede, el más grande tiene, tenía ocho años, es moreno de piel y cabello y de mayor va a ser espadachín y guerrero kung-fu, y aprenderá en secreto técnicas ninja. Manuela, que tiene un año menos, no espera a ser mayor y ya ha decidido ser una princesa, y se comporta como si el mundo fuera suyo y tuviese que hacerlo cada día un poco más feliz.

Fede es callado y a veces vive encerrado en un mundo interior lleno de naves espaciales, monstruos y demonios, corriendo a salvar a su hermana (Manuela es su hermana) cuando los monstruos malos la capturan.

Manuela nunca se calla, salvo cuando tiene pesadillas con aquellos monstruos y se le olvida que un Mago Ninja y un Guerrero Kung Fu pueden con cualquier monstruo que la quiera raptar.

Los tres se alegraron de encontrarse. Siempre hay muchos besos cuando lo hacen, y ellos dos, que son jipis pero muy bien educados, le dieron la mano al Mago para no perderse. Y para que él no se pierda.

Manuela le preguntó que por qué no había dormido en casa. La pobre se quedó dormida en la cama del Mago esperando que este llegara. El Mago le explicó que tenía que ir a su Torre Mágica a recoger el malétín de la magia dormida, porque aquella mañana la había despertado para unos niños.

¿Niños pobres? le dijo Fede. El Mago sonrío. Porque la lógica de Fede es siempre asombrosa. Fede apuntó que es estupendo que los magos también hagan magia a los niños cuyas mamás no pueden pagar hechiceros, porque la magia debería ser (y es) un poquito de todos.

Manuela agarró al Mago con las dos manos, justo después de colocarse el sombrero de princesa.

Pues a mí, dijo, mientras miraba el mundo con ojos verdes, me parece muy bien que hagas magia.

Miró al suelo y saludó a un caracol imaginario.

Pero, siguió, con dulce lógica y preocupación, no se te tiene que olvidar nunca que tiene que haber magia en tu corazón.

Y... ¿qué clase de Mago desoye el consejo de una princesa?

domingo, febrero 08, 2009

La lección de Oyaneko-san (volverá la primavera)


El general Oyaneko era un hombre sabio.

Era un samurái.

En un sistema de castas tan demencialmente rígido como el del Japón feudal, era fundamental que la clase guerrera cultivase la espiritualidad de forma muy intensa. La esgrima, junto con otras artes de lucha y su fusión con el movimiento zen contribuyeron mucho a esto.

Un hombre sabio, y un formidable espadachín.

Cuando su señor falleció, éste le ordenó no cometer seppuku, el suicidio ritual. Tenía planes para él. Ser el consejero de su hijo y sucesor en el cargo, quien era aún un niño pequeño.

Sin embargo, otros consejeros, celosos de su posición, crearon un escándalo que arruinó la reputación del general, y este fue relegado a labores de magistrado en una pequeña aldea.

El general Oyaneko, aunque indignado, obedeció sin titubear la orden de su señor, quien fuera aquel niño pequeño a quien tan bien aconsejó antaño.

Nunca pudo aceptarlo del todo.

Pero hay una historia...

Cuentan...

Cuentan...

Que un joven samurái errante llegó por azares del destino a la pequeña aldea que regía Oyaneko-san.

Y cuentan...

Que cuando el joven samurái lo encontró, Oyaneko ya era anciano, y estaba siendo devorado por una virulenta tuberculosis, la extraña enfermedad que los demonios extranjeros trajeron en sus barcos negros.

La historia de lo que hizo el joven samurái en el poblado es otra que no contaré hoy.

Porque cuentan...

Que cuando el joven samurái abandonaba el poblado, el mayordomo del general entró en la habitación de éste, trayendo su habitual y frugal desayuno.

Y no lo encontró.

Temiendo lo peor, corrió.

Corrió buscanda a su amo, que fue un gran guerrero, y no quería resignarse a morir consumido por el mal que trajeron los gaijin.

Corrió, hasta que lo encontró. En las afueras de la tranquila aldea.

La escena... le heló la sangre.

Lo que vió fue a un anciano, erguido, con la talla de guerrero legendario que tuvo antaño. Mirando frente a frente al joven y hábil samurái.

El general, con el hachimaki en la frente y el sageo recogiendo las mangas de su kimono, tenía su katana (marcada por la edad y el servicio esforzado, como su propio rostro) desenvainada.

No quería morir decrépito y enfermo.

Sino como un guerrero.

El joven samurái, aunque muy diestro con la espada, reusaba el duelo. No por miedo: no temía a la muerte, la suya o la de otro hombre. No por vanidad: sabía que el hombre que tenía delante, aunque anciano, era un soberbio esgrimista.

Nadie, nadie, recuerda las palabras que el joven guerrero dijo al general Oyaneko.

Sólo cuentan que fueron sabias.

En un sistema de castas tan demencialmente rígido, los guerreros han de ser sabios, y recordar que las espadas más afiladas son las que se dejan en su vaina.

Pero sabemos que le habló de honor. De bondad. Y de servicio.

Le mostró lo noble que fue aceptando un destino que no merecía por servir a su señor.

De la justicia y equidad de sus juicios, tratando igual a nobles y a campesinos.

Y de la prosperidad que trajo al pueblo con su liderazgo y sabiduría.

El general sostuvo la mirada del joven. Algunos dicen que el duelo se realizó, y que las espadas se detuvieron a milímetros de puntos vitales, y que fue entonces cuando habló el más joven de los guerreros.

Otros dicen que éste no llegó nunca a desenvainar.

Sea como fuere, Oyaneko-san bajó el gesto.

Y comprendió y vió lo acertado de las palabras del joven.

Miró a su mayordomo. "Vamos", dijo. "Tenemos un canal que inaugurar".

Esa misma mañana, el general abrió la compuerta del nuevo canal de irrigación, que facilitó el trabajo de muchos campesinos en la aldea.

Tres semanas después, moría, esclavo de la tuberculosis, con dolores tremendos en el cuerpo y una enorme paz en el alma, traída por aquel joven samurái.

En su lecho de muerte, aquel final de otoño, el general Oyaneko escribió un haiku.


"Buen día para morir.

Volverá la primavera".

domingo, enero 04, 2009

Mil cortes contra el aire (y mil veces mil sonrisas)

Ayer, ayer, sábado tres.

Para situarnos.

Era uno de esos días en los que uno se viste de negro y se va al campo (¡qué rico sabe todo en el campo!) a hacer mil veces shomen. Mil cortes al aire.

Un entrenamiento de esos.

¿Mil cortes? Parecen muchos, pero todo el mundo los completa. Nuestro espíritu (ya lo hemos visto otras veces) es mucho más resistente que nuestra carne.

También era el día para agradecer a nuestros hermanos mayores las cosas buenas que han hecho por nosotros en este año. Un año más, hacia delante.

Yo no fui: el espectáculo debía continuar.

¿Merece la pena saltarse uno de los entrenamientos más importantes del año para reducir a nueve niños a una carcajeante masa de espectadores asombrados?

Igual viene un ninja de Iga y me mata por decirlo.

Sí.

Pero es que últimamente me importan mucho las sonrisas.

viernes, enero 02, 2009

Azul (III) - Abracadabra


Siempre digo que el mentalismo es más que la magia.

Es una broma, claro.

El Arte de la Magia es completo en sí mismo, y es tan grande como cualquier otro. Pero sí que pienso que el mentalismo es independiente de la magia, y, de nuevo, completo en sí mismo.

A mí (que soy el que lo hace) me gusta más.

Pero hay una cosa que echo de menos. Una que los magos tienen (no es ni calva ni barriga) y los mentalistas no.

¿Adivinan? ¿Me leen el pensamiento?

Las palabras mágicas.

Son esas que se dicen para que ocurra algo mágico. Funcionan siempre. Y porque sí. A veces recomponen cuerdas. A veces hacen que las cartas (¡chas! ¡ya está la catorce!) suban hacia arriba.

Y veces hay alguna de cuatro letras que, cada vez que la oigo, sonrío.

Mucho.

Y todo, todo, está recién pintado.

miércoles, diciembre 31, 2008

1d66

El título de esta entrada es un código. Un código de dados.

Es para que los frikis (los del rol, esos que matan gente) nos entendamos.

Quiere decir que tires un dado de sesenta y seis caras. O sea, dos de seis, y que uno haga de decenas. El otro, de unidades.

El de su vida hubiese marcado dos seises el día veintinueve.

Hubiera hecho un año que se hubiese jubilado.

Era un hombre bueno. Esa era su mayor virtud y su principal defecto. Muy pocas veces me permito recordar más de unos segundos. Hablo a veces de él, porque nadie se atreve a sacar ciertos temas si ando cerca (os amo por ello: me cuidáis, me cuidasteis). Le echo (claro) de menos.

Gerardo, que es un sabio, dice a menudo que no somos más que la suma de nuestros puntos de experiencia.

Es posible. Y está claro que hay cosas que nunca hubiese aprendido si no hubiesen empezado (en mi vida) con él.

Leo. Todos los días. Libros, porque en ellos están todas las soluciones. De aventuras, porque me enseñó a soñar. De historia, porque quiero saber quién soy (igual que él supo quién era). Tebeos. Porque existe belleza en todas partes, y no hay que avergonzarse de buscarla. No hay que avergonzarse: por eso, a veces (a veces), se compraba un chupachups.

Escribo. En mayúsculas, igual que hacía él, porque mi letra (como la suya) es nefasta. Sin faltas de ortografía. Porque ya no me puede dar en el dedo con la pluma mientras hago los deberes. A menudo. Porque no quiero guardarme nada. Él cometió ese error de la forma más dañina que puedo imaginar.

Tengo buena puntería con armas de fuego. Sé desmontar y limpiar una pistola, y calibres de diversas armas. Sé que el disparo debe sorprenderte, y que no hay que agarrar tenso. Sé montar un arco, sé que hay que protegerse las muñecas y sé cómo se tensa. Y cómo preparar una ballesta. Sé que nunca, nunca (niños: ¡nunca!) hay que soltar una pistola aunque la vaina (y no el casquillo) te salte ardiendo hacia la mano.

No tengo nada de oído musical. No sé entonar, aunque me gusten los tangos y los boleros. Y el latín. Y las películas de ciencia ficción. Por eso (porque también viene él) voy a todos los estrenos.

Me gusta la cerveza negra. Y las morenas. Y las mujeres de carácter. Conozco la diferencia entre mortero y almajaneque, y me encanta señalar errores en los demás.
Tengo el pelo rizado, y me salen bolsas en los ojos. Canas en la barba y no se me cae el pelo. Los gemelos muy gordos y los bíceps anchos, aunque nunca lograré marcar abdominales.

Me gusta más el mentalismo que la magia. Aunque él sólo fue espectador.

No he salido como él se imaginaba...

Pero en algún lugar, sonríe.

De eso (de eso siempre) estoy seguro.

¡Feliz cumpleaños!

Porque a mí ni Dios me quita la sonrisa

No han podido cosas más graves.
Mucho más.
Y sigo sonriendo.
¿Por qué?
Hay razones en Omote: por mis buyu. Por mi kohai (debo seguir por él), por mi kohaiesa (no puedo fallar, por ella), por el cinto negro, por el kimono blanco, por los brindis, por llegar más lejos, por desenvainar más rápido. Por los ocho (y, por mis cojones, diez) socios semanales. Por las mañanas. Por los enanos que han venido hoy, de lejos, del sur, y me han dado besos. Por los aplausos. Por la gente que lee el pensamiento. Por Juan. Por el Supremo y todo lo que enseñó. Por el Corinda. Por los niños que ven magia. Por las siete realidades alternativas.
Y hay razones en Ura: por el sen-no-sen, por la gente con la cabeza en su lugar. Por el equilibrio mental. Por el mindundi (que ya no lo es, señoras y señoritas). Por el señor de barba. Por las Palabras. Por la Poesía. Los duendes (hombre, y las Duendas). El Primer Escalón. La Flor. Los dados de diez caras (el rojo y el morado). La gente que se mantiene equilibrada sin tener que tomar pastillas. Los que no inventan historias, los que no mienten por hacer daño, las vacas, el mar, el segundo escalón. Y el sexto. Sobre todo, el sexto.
Y además, y además...
Hay una razón mejor que todas esas (preciso).
A mí, apunten, señoritas, ni Dios* me quita la sonrisa. No pudo gente mucho mejor que vosotras.
¡Y menos con esta crisis!
* el Emperador, claro.

lunes, diciembre 22, 2008

Mi flor favorita


A mí me encantan las flores.


No sé qué tiene regalar órganos sexuales muertos de vegetales a las chicas, pero siempre las hace sonreir.


Pero no me gustan por eso. Además, las tareas canallas ahora las lleva Gueño.


Hay una flor en especial que me gusta más que las demás.


¿Porque es más bella?


Lo es, pero no es por eso.


¿Porque es la que mejor huele?


Lo es... pero tampoco por eso (y créanme: lo es).


¿Se puede abrazar una Rosa sin clavarse las espinas?


Se puede: sólo tienen que encontrar una que no las tenga.


Yo encontré una así. Y por eso (por eso, sólo por eso) es por lo que la amo.


Porque hay muchas flores preciosas, y muchas que huelen bien.


Pero sólo existe una que sé (que siento) que nunca va a hacerme daño.


Esa (y no otra) es mi flor favorita.

La mejor razón

¿Que actualizo poco?

¡Claro!

Es que me paso el día
sonriendo.

lunes, diciembre 08, 2008

Hoy ten miedo de mí


¿Tienes miedo?

Yo también.

Y vértigo.

Hay una canción que dice (que cuenta, y se equivoca) "por favor, tenme miedo". La canta un mexicano de esos que cantan. He pensado en ella estos días. He pensado mucho estos días. ¿Cómo no? Tardo tres segundos en reiniciar todo el sistema. En pisar el mundo.

¿Tienes miedo?

No te preocupes: yo también.

En esa canción (en esa canción que se equivoca) advierten a la dama de que debería tener miedo. Tiembla mucho de miedo, mujer, dice el mexicano ese que canta.

Y yo tengo miedo. De equivocarme. De la velocidad. Del vértigo. De tu miedo. Del nuestro.

De no volver a verte.

Pero por eso la mesa de pintar está al lado de la ventana.

Miro al cielo y me acuerdo de ti.

Y sonrío.

Como si fuese idiota, con impaciencia, con nervios, con alegría, con el vértigo, con fotos, con impaciencia otra vez y otra vez con vértigo. Veinticuatro veces por minuto.

Me pierdo de memoria en un mar en el que dije que navegaría semanas sin tocar puerto, y pienso en zozobrar, y me asusto.

¿Tienes miedo?

Yo también.

Y sonríes tú, y se me pasa.

El mundo está recién pintado


Me he despertado ya cuatro veces, desde entonces.

Y me cuesta unos instantes. Yo lo llamo chequeo de realidad.

Recupero la consciencia, me entero de dónde estoy, regreso al universo. Durante dos segundos, no pienso, no caigo en la cuenta.

Y entonces, ay, me asalta. Un destello Azul.

Y me acuerdo.

En el segundo tres de cada despertar.

¿Con ella?

¿En serio?

Me levanto sonriendo y me apoyo en el mundo, despacito.

Que está recién pintado.

domingo, diciembre 07, 2008

49 horas con Gueño


Curioso, el personaje.

Es lo que tiene Europa.

Mandas a un mindundi, y te mandan un tío canalla.

Y europeo.

Y sin cobrarte los portes.

Y con sombrero: afortunadamente, ya se lo quita algunas veces, para dormir o saludar a las señoras (aunque no le inviten a desayunar, como a Rúben, líder de Palencia.

Qué fin de semana. Empezó el jueves, pero como no puedo pensar en ese día sin sonreir, y dado que le he prometido a una (la) chica Azul que pondría una cosa por escrito, nos dejamos el jueves para más tarde.

El viernes.

Se convocó en el piso una fiesta con la gente del trabajo. Esos que se ponen chalecos, paran gente y enrolan gente para las ONGs.

La gente de mi trabajo mola.

Porque somos todos modernos, porque somos todos jóvenes, porque somos todos desenfadados. Porque somos todos captadores.

La fiesta, en resumen, fue un bote de 9 euros por cabeza y un hasta las 6 de la mañana.

Gueño llegó a las 10. Por la noche.

Se ha ido a las 11. Por la noche. De hoy.

49 horas después.

Diría que es preciosa, que estoy contento, que estoy FURIOSO, que ¡qué barniz!, que hola, soy Michael Perry, que es preciosa, que me alegro de que se alegren, que la batalla ha sido FANTÁSTICA y que es un PECIO ESPACIAL.

Pero es hora de llamar al chino y pedir POLLO FRITO AL ESTILO CHINO.

Pero, Gueño, ¿a que es preciosa?

Me alegro de que te alegres.

lunes, diciembre 01, 2008

Veinticuatro veces por minuto


Clic.

La veo cada vez que cierro los ojos.

Cuando me duermo, cuando despierto, antes de levantarme, en la hora imprecisa que sucede al sueño, la veo.

Clic.

Con los ojos abiertos, no.

Otras cosas, Otros Mundos centran mi atención y trato de no pasar cada instante pensando en ella (viéndola).

Miro la Realidad.

Y parpadeo.

Clic.

24 veces por minuto.

Uno coma dos segundos de cada sexagésima vuelta de reloj. Mil ciento cincuenta y dos segundos de mis horas conscientes.

Clic.

Cuando cierro los ojos.

Y la veo.

Clic.

Y sonrío: veinticuatro veces por minuto.

domingo, noviembre 23, 2008

Azul (II) - ¿Te lo cuento?


¿Me callo?

¿Te lo cuento?

Son las cinco de la tarde y hace una hora que trato de dar forma a un borrador coherente para esta entrada, intentando averiguar qué decir, a quién decirlo, cómo hacerlo.

¿Me callo?

¿Te lo cuento?

Sonreías.

Ayer, o antes de ayer. Iluminando el mundo, sonreías.

Con los ojos... sonreías.

Ni te puedes imaginar lo que me alegro cuando pasa eso. Ni te puedes imaginar las ganas (las ganas, las muchas ganas) que tengo (y no te diré) de hacer que te ocurra eso todas las mañanas.

¿Te lo cuento?

Todo se vuelve gris en cuanto te doy la espalda, en cuanto dejo que te vayas, aunque todo está borroso cuando te tengo delante y no sé qué hacer, ni qué decir, ni si mirarte, ni siquiera si tocarte.

No puedo decir que esté acostumbrado.
No puedo decir que no me muera de miedo al saber al acostarme que seguiré sin saber qué hacer, ni qué decir, ni si mirarte.

Y sin embargo, cada rato que te cruzas en mi línea de visión (en mi inerme ángulo de tiro) no hay otra cosa que pueda, que quiera, que desee mirar. Que mire.

¿Te lo cuento?

Te marchaste en dirección contraria y ni siquiera pude darte un beso de despedida.

Al menos, al menos...

Me permito el excesivo lujo de imaginar que te fuiste a la cama sonriendo.

Con los ojos.

¿Te lo cuento?

jueves, noviembre 13, 2008

No sé si ya lo puse antes.

Lo vuelvo a poner, en un día que ha acabado con sensaciones ambiguas. Como todos los sonetos de este tipo (lo siento Dué: a mí la poesía me gusta así), se deshace en la boca.

Aunque pienso que... de momento, sólo
Azul, pasan los días y sigo lejos de llegar a puerto. El mar se extiende en todas direcciones, y la posibilidad de seguir un rumbo fijo (a Buen Lugar, en Buena Esperanza) sólo se sostiene por la voluntad del capitán, en este caso yo, en este caso poca.

Y no quiero escribir.

El soneto.

Va:



¡Ah de la vida!" ... ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.


¡Que sin poder saber cómo ni adónde,
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.


Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto;
soy un fue, y un será y un es cansado.


En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto
.

viernes, noviembre 07, 2008

El efecto observador


No me gusta la física.


Jokin lo sabe.

Él (una de las personas más inteligentes que conozco) tiene ese maravilloso don para entender el mundo reduciéndolo a trocitos. Entiende cosas como el campo gravitatorio, los cuantos, los fluidos y (yo jamás lo comprenderé) los circuitos.


Pero también tiene esa visión holística del mundo que me encanta compartir. Y ese delicioso punto humanista que tienen (han tenido) todas las “buenas mentes”, como las llamaba un señor sin corbata que conocí: Stephen Hawking, Galileo, sir Isaac. Avicena.

Todo en el universo está conectado.


No sé si es la causalidad de la que siempre hablan los creacionistas o es, como me imagino que diría el señor Haw
king, cuestión de las supercuerdas.

Jokin (quien siempre he creído que hubiese sido un brillante alquimista) me miraría y, tranquilamente, porque es un tipo que sabe lo que hace, me sacaría un par de cartas.


El carro.

Y la rueda.

Y ese es el caso. Si subirse o no al carro. Si girar o no la rueda.

Si me gustase la física, como Jokin sabe que no pasa, le preguntaría a él como ingeniero sobre rozamientos de ruedas, sobre velocidad de carros, y debatiríamos el tema hasta las tres de la mañana tomando cerveza y seguramente diseñásemos un vivo entre existencialista y esotérico, aunque eso sea imposible.

Pero no me gusta la física.


Así que la próxima vez que lo vea, en vez de como ingeniero, le preguntaré como amigo.
A ver si ve algo que no vea yo.

Que para eso (y yo nunca lo comprenderé) entiende los circuitos.

Cartas futuras


Estimados habitantes del futuro:

En cierta ocasión amé.

Aunque me dolía.

Amé hasta el dolor, hasta el susto, hasta no dormir.

En otra anterior, amé hasta la costumbre. Hasta la seguridad. Que es bueno. Y es escaso. Y no se me olvidará mientras queden violines.

He amado mucho, mucho, mucho. Y, siempre, sin excepción, apasionadamente. No conozco otra manera.

Estoy usando (Duenda, La Duenda lo sabe) el verbo amar en su acepción más amplia. En plan canalla. Pero la etimología no puede soslayarse. No puedo amar si no es con pasión. Y, como he dicho muchas veces hablando de modelos, de maquetas, puede que los detalles estén exagerados. Pero hay todo lo que hay.

Hoy, hace un rato, bajando una persiana, he pensado en mis abuelos, y más atrás, y en mis nietos, y más adelante. He pensado que conozco la historia de amor de mis abuelos, y la de la tata Iba, que se escapó de la casa donde estaba de criada en Marruecos la noche antes de que España devolviera la soberanía para casarse con un legionario que la amó (con pasión, hasta la costumbre y la seguridad) durante el resto de su vida.

Pero he pensado así mismo que no sé (y no sabré nunca) cómo o por qué se conocieron mis bisabuelos, mis tatarabuelos. Mi retatarabuela, una señora con dos partidas de nacimiento y que acabó apellidándose Verdié. Nadie me contará nunca si amó, si amó, si amó con pasión. Ya nadie se acuerda de su historia. Tengo dieciséis tatarbuelos de los que sólo me queda algún retrato, unos apellidos desgastados por el uso y alguna partida de nacimiento, con su muy posterior, o no tanto, acta de defunción.

No tengo ni idea de si tendré descendencia en algún momento.

Siempre, siempre he querido, pero no lo sé.

Si ocurriera, si a alguien en el futuro tiene ocasión de informarles, si por alguna casualidad mágica pudiera llegarles éste eco, que les llegue. Que se lo cuenten. Que sepan.

Que sepan que amé.

A novias, a amigos, a amigas, a enemigos, a hermanos de sangre y de kimono, a la gente rara que tira dados. En español, en inglés y un poquito en turco. No llegué a más. Pero llegué.

Amé.

Con pasión, aunque, sin, desde (y hasta) que me doliera.

Y contadles (por favor) que volvería a hacerlo.

¡Gracias!

Atentamente,

Max Verdié (caballero).

miércoles, noviembre 05, 2008

Max Verdié contra el Mundo Prisma


¿Qué les pasa a las canciones?

Pensaba que entendía algunas, pero era sólo porque las miraba desde una sola cara del Mundo Prisma.


Pese a lo que dice mi publicidad, no leo el pensamiento. No sé en qué pensaban sus autores cuando las escribieron. Sólo sé lo que pensé yo al oirlas. Y sé en quién pensaba.


Y resulta (oh, poridad de poridades) que lo que en una cara del prisma hablaba de que me sigue doliendo mucho, en la siguiente (o varias más alla) cara es una de esas cosas que, en los días nublados, hace que sonría así, como canalla.


Me siento en la Maxcueva de la soledad y miro Amalynth, el Mundo Prisma.

De fondo, una de
Melendi que antes era Verde y que ahora suena Azul.

Huele aire de primavera.

Quiero y no puedo (un Relato Asombroso de ciencia ficción)


Es la tercera vez que empiezo este borrador.

He parado la serie que estaba viendo, porque no atino con lo que quiero escribir.

Quiero poner que navegaría en tus ojos semanas y que no me preocuparía de tener miedo de no encontrar puerto, porque allí dentro nunca tendría miedo.

Quiero poner que me pareció (ayer, ayer, ayer) que te ponías nerviosa cuando te abracé y que sonreíste, y que casi me caigo al suelo como siempre que sonríes, y que cada vez me gusta más que lo hagas, y que lo hagas con los ojos.

Quiero poner que no puedo dejar de pensar en que ojalá todo lo que encuentro oliera como tú, confesarte que aprovecho para no olvidarlo cada vez que estás cerca, en cada beso, en cada giro (en cada broma).

Quiero poner A GRITOS todo lo que me ronda por la cabeza cuando estás cerca, cuando estás lejos, cuando estás y CUANDO NO ESTÁS. Quiero decir que te mordería y pondría un beso en cada casilla de beso de tu cuerpo y que veo setecientas veintitrés casillas por centímetro cuadrado. Quiero decir (lo puede afirmar cada estupidez que digo si andas cerca porque no me sé aguantar los nervios) que no sé qué decirte si andas cerca porque no me sé aguantar los nervios.

Quiero (y quiero) decir que hoy también voy a dormir poco porque o pongo algo por escrito o exploto, y que sé que me tengo que estar callado porque NO es prudente decir nada, y quiero decir (esto SÍ es una botella al mar) que NUNCA, que nunca, que nunca he sido paciente y que algún día cometeré una tontería porque no voy a ser capaz de esperar. O de estarme quietecito.

Quiero decir que no voy a decirte nada.

Y quiero decir que no tienes ni idea de nada de esto, y quiero decir que estaré callado y quiero decir y quiero poner que o me besas ya o dejaré de saber por qué demonios tengo boca.

Quiero.

Y no puedo.

domingo, noviembre 02, 2008

Azul


No te pongas triste.

Por favor.

O tendré que quedarme para asegurarme de que estás bien. De que no lloras. No llores. Por favor. Apenas me puedo controlar si me sonríes, apenas consigo separarme de ti los días que te veo y estás alegre. No me atrevería a dejarte sola si te encontrase (si te viese) llorando. Si te doliera algo. Cualquier cosa. Aunque no tengas ni idea de que me quedaría a tu lado con una sola palabra tuya, o sin ella si me atreviese a contarte esto. Pero no es prudente.

¿Sabes? Últimamente me ocupas mucho tiempo en la cabeza. Bailas,
preciosa, escurriéndote entre mis pensamientos, apareciendo en mi memoria y alegrándome el día cuando pienso en cosas que evitan que sonría. Siempre las espantas cuando te cuelas en lo que estoy pensando, y así se me pasan los días esperando los días en que te encuentro. Pensando en un día en que me atreva a hablarte de esto y a pedirte permiso para hacer que nada, nunca, vuelva a hacerte daño. Pero claro: no es prudente.

No te pongas triste.

Por favor.