...es el principio y el fin.

Mostrando entradas con la etiqueta APK. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta APK. Mostrar todas las entradas

lunes, marzo 22, 2010

Tres lugares contiguos


Perdonneme el sennor que toda cosa fizo deste el mio crime mas perverço, que grande angustia e congoja hallase el mio cordal atormentado, tanta pena zofrir por dejalle en escripto cuanto oscuro cognoscí de las guisas, formas e maneras que aprendí de fablales e llamalos a los demoños e sus vástagos, e de facerles que obedeçieran las normas e deseos que yo quise pediles (...). Y si no perdoneme, accepten aquestos que cito demoños mia carne e sangre como ofrenda cual otrora vez fiziera.


- Carlos Müller, prefacio de "Fabliellas Negras et computo e cálculo de las cosas que non poden nonvrarse". In cuarto, 18x27 cm, 1400 d.c. aproximadamente.

¿Cómo hacer saber a la humanidad lo que he averiguado? Soy sólo un hombre en un maremágnum imbatible de acontecimientos que no se dentendrán por la acción sola de un hombre solo. Y pese a lo acuciante de la noticia, apenas un siglo entero, hay tareas prodigiosas que han de acometerse antes, pues a menudo lo urgente resta tiempo a lo importante.

¿Quién? ¿Quiénes?

¿Quién sería tan loco de acompañar a un loco a jugarse la vida, el alma, la muerte y el infierno?

¿Dónde encontrarlos en estos días torcidos?

- Del diario de Rex Annemann, escrito en Budapest, Hungría, 1916.


No hay futuro. Sólo existe el que nosotros hacemos. Construimos.

Connor lo repite como un puto mantra siempre que nos enfrentamos a la desesperación. Todos los días, cada día. Para que no olvidemos que en una guerra imposible de ganar, resistimos. Para no olvidar que todos y cada uno de nosotros somos la última esperanza de la humanidad.

El último plan de Connor es una locura sacada de una pesadilla de la ciencia-ficción. Pero en un mundo de locura y pesadilla de la ciencia-ficción quizá sea la única opción sensata.

¿Llegaremos vivos, siquiera, a la primera parada de este demencial viaje? No lo sé. Hace días que el mundo ha cambiado para mí. Si es verdad lo que afirman los oficiales científicos, lo que vamos a hacer puede cambiar el curso de la historia de esta guerra de una manera que jamás antes hubiese imaginado. Ni siquiera sé si viviré para ver otro mañana, pero sé que no he vivido y luchado hasta aquí, hasta hoy, para caer rendido ahora.

Tengo miedo.

Y no volveré.

- Teniente Johnathan Moore, 23º de operaciones especiales, segundo pelotón, manípulo Connor-Brewster, 2029.

domingo, octubre 04, 2009


Rafael en la ciudad despierta

Un Relato Asombroso de horror transhumano

por

Marcos Pastor
guionista y productor de APK


Recuerdo despertarme.

Con espantosa nitidez. Sin rastros de sueño, sin cansancio, sin bostezos.

Boca arriba. Perfectamente colocado en unas sábanas idénticas a las que yo mismo había puesto limpias la noche anterior.

Recuerdo el calor, y un ventilador de la lámpara en marcha, lento e inexorable. Siempre había habido un ventilador en ese techo, siempre en marcha, todas las noches.

Me senté en la cama. Y miré alrededor. En la penumbra, todos los objetos del cuarto ocupaban exactamente el mismo lugar que cuando me quedé dormido, ocho horas de reloj antes.

Me giré, para alcanzar el interruptor.

Lo pulsé.

Ojalá nunca lo hubiera hecho.

La luz se derramó instantáneamente sobre la habitación, dejándome ver todos los objetos que allí había. Recuerdo el aire extrañamente quieto, y el leve velo de irrealidad con que parecía empaparse todo a la luz de una bombilla de bajo consumo. Me levanté.

Me acerqué a la silla de la esquina del cuarto, donde estaban, dobladas exactamente igual que hiciera ayer, las mismas prendas que me quité antes de dormir.

Las mismas prendas.

Tomé la camisa. La miré de cerca. La misma marca. Y el mismo color. Y el mismo roto exactamente igual y exactamente igual cosido por mi madre en el mismo lugar.

La camisa, desde la primera puntada hasta el último botón, idéntica a la que yo dejé ayer en aquella silla, ocho horas de reloj antes.

De reloj.

Recuerdo el reloj. Sobre la mesilla de noche, con caracteres rojos, de leve luminiscencia, y un roto en la parte posterior. Yo mismo lo arreglé con masilla epoxídica seis meses y tres días atrás. El reloj que reposaba en la mesilla era exacto, diáfanamente reproducido. Lo cogí.

Recuerdo mirar la masilla.

En ella, en el mismo lugar de siempre, las huellas de mis dedos, iguales línea por línea se podían ver y tocar. Dejé caer el reloj. Salí del cuarto.

Caminé por un pasillo cuyas marcas de pintura gruesa en la pared estaban en los mismos lugares, milímetro a milímetro, que ayer ocupaban, idénticos, sus gemelos en mi casa.

Giré.

Recuerdo entrar al lavabo. Y mirarme en el espejo. Y ver una cara devolviéndome la mirada. Con mis ojos. Con mi cara. Apoyado en el lavabo, recuerdo acercarme al espejo para observar detenidamente. Las entradas del que me miraba comenzaban exactamente en el mismo lugar que las mías. El lunar de la mejilla. El diente roto y empastado.

Todo.

Recuerdo todo.

El extraño que me miraba en aquel espejo idéntico al que había en mi cuarto de baño, idéntico a aquella habitación en la que me encontraba, imitaba cada uno de mis gestos igual que aquella casa imitaba, pieza por pieza, todo lo que yo poseía.

¿Se daría cuenta alguien más de aquel disparate inenarrable?

¿Cuál era aquel lugar desconocido?

¿Cuál era aquella ciudad en la que desperté, reflejo sin distorsión de aquella en la que yo vivía?

Mientras me sentaba en un salón que no era el mío, aunque una mujer igual a mi esposa en cada detalle aseguraba, llorando, que sí, me dirigí hacia el primer cajón de la cómoda.

Abrí, y allí estaba.

Él.

No una copia. No un gemelo.

El mismo revólver que hace meses guardé, junto a una caja de munición que yo mismo desprecinté, tiempo atrás.

Mientras la mujer desconocida e idéntica lloraba en sofá, mientras hablaba por un teléfono que imitaba el mío, cargué un único (por fin algo único) cartucho en el tambor.

Lo apoyé en mi mandíbula.

Recuerdo apretar el gatillo.

martes, octubre 07, 2008

Aquí, unos amigos


Me los presentaron en una fiesta. Qué noche la de aquel día.

Son:

Andras, Señora del Amor Mentiroso, Quien Comanda en el Placer y en el Dolor, Poseedora del Látigo Negro y de Seis Verdades Que No Se Pueden Nombrar.
Marchosias, Dueño del Engaño, la Serpiente de Lengua Envenenada, Gusano de La Mente.
Sofonías, Demonio del Contagio, Amo de Nueve Pestes, Señor y Esclavo de las Moscas, Mil Veces Es el Horror
Kheras, La sangre en el vino, Estertor de Almas, El Primer Nacido Maldito, Todo el Veneno
Ioch, Señor de las 7 Legiones, Portador de las 7 Palabras Vengadoras, Seis Mil Seiscientas Veces Maldito
Iarendras, La luz bajo la sombra, Manto de Oscuridad, La Semilla de Sangre Negra
Nezareh, Insidiosa Marca Irreverente, El Falso Testimonio, Semilla infecta de un millar de retoños
Blophoreh, Gran Señor Sobre el Río de Sangre, Adorado en el trono de bronce, Ira de la sangre en los ojos
Cernonías, Blasfemia de catorce cuernos, Dueño La Piel de Hierro, La Pezuña que Rezuma Dolor, El Violador
Doch, Dolor Regente
Eupherah, La Esfinge de Mil Veces la Amargura, Hambre Que Devora las Entrañas, Pestilente Montón de Cadáveres, La Sed.
Fornesias, Doce Veces Devora el Alma, La Obscenidad Bajo el Pecado, Pesadilla de Mil Nombres en la Oscuridad, Trece Veces Trece Arranca la Piel
Gallash, Conde de la Pirámide Negra
Hondnoh, La Palabra Retorcida, El Que Maldice Pudriendo el Alma, Padre de Los Gusanos, Esperma en la Tierra
Iermadena, El Sepulcro Blanqueado, Mercader de Espinas, El Abismo Bajo el Pozo de Brea, Insaciable es en su Oscuridad
Jhermate, La Torre Caída, Cárcel de Cien Mil Esclavos, Garganta Que Ruge y Devora los Lamentos, El Asesino
Khronías, Padre del Aullido, El Millón de Escarabajos, Lobo de Piel de Cordero
Laemarches, Capellán del Odio, Gran Campana de Metal Negro, Cantor de Obscenas Letanías, El Mil Sesenta Veces Hereje
Maraxe, El Dolor Escondido
Nerphal, Semilla del Odio, Estómago Lleno de Piedras, Lamprea de Almas, Fuente y Sed Eterna de la Sangre
Gnemorah, Ladrón de Nombres, Esclavizador de Almas, Brujo de Mil Padres y Cien Mil Bastardos, La Gran Bola de Fuego
Samodai, La Espada Negra de la Sed de Almas, Mil Cuernos en su Cabeza, Alaben su Pérfido Nombre, General de nueve legiones
Orphaneas, Cuyo Nombre se Escribió en los Pilares de Diamante del Infierno, Enemigo del Enemigo, Orgulloso en su Crueldad, Siempre Maldito
Perth, La Última Voz, El Matador de Dioses, Heraldo Negro de Todas las Legiones, La Araña
Rendrash, La Lanza Maldita Bañada en Sangre, Vestido con la Piel de sus Enemigos, Los Mil Ojos del Cazador, Nadie Huye de su Hambre
Trandias, Rey de Nueve Coronas, El Sabio Muerto, Gobierna Sobre el Trono de Lamentos
Umoradeh, La Señora de Piel Morada, La Visión Aterradora que Arrancará los Ojos, Grito de los Muertos
Valphor, Tocado por el Odio, La Mirada Insidiosa, Cáncer del Espíritu, Devorador de Cuerpos, El Ejecutor
Wotenas, La Maza Que Cae Entre Relámpagos, Grito Inmortal en la Batalla, Padre de Todos los Soldados Muertos
Basheena, La Danza Macabra del Placer, Mil Abrazos del Leproso, Orgía de Todo el Dolor
Xápharas, Permanente Bruja, Indecisión Constante, Cáncer del Alma y del Espíritu, Sangre del Corazón
Yermonías, Interés de Oscura Voluntad, Dueño de la Torre de Obsidiana, Pilar Maestro del Aullido, Arquitecto de Torturas, Sangre en sus Manos y en el Tiempo
Zephth, El Horror Tentacular, La Bestia de Mil Lugares
Pigmasius, Venido de Ninguna Parte, Heraldo de la Estirpe Manchada, El Gran Devorador, Su Palabra es Ley
Namaán, La Pezuña Ensangrentada en Llamas, Bronce A Través de las Entrañas, El Sol Oscuro
Berash, La Carne Muerta, La Voz de Mando Más Allá de las Estrellas, La Luna Negra
Dashkhamanda, Barón del Imperio, Augur de Dolor y Tempestades, Miedo Errante
Mikhtam, Dueña de la Oscura Simetría, El Damero Maldito, Reina de Cincuenta Legiones Esclavas, La Mano
Barn, El Toro Alado, Bestia Hambrienta Que Bebe Ríos, Mariscal de la Sangre Negra, La Última Hueste
Khorad, El Amante Sin Nombre, Portador de la Semilla Infecta, Huérfano de las Estrellas, Cáncer de las Entrañas
Jhabrán, El Único, Bufón Negro, El Grito
Válghar, El Dañino Intelecto Desatado, Los Ojos del Daño Que No Cesan de Observar, Luz de Fuego Negro, El Enjambre
_______________
Los 42 demonios de Goethia son personajes del universo de APK y La Puerta del Infierno, y de sus respectivos juegos de rol en vivo, juegos de rol tradicional, relatos, novelas, cortos de cine y largometrajes (se habló incluso de una serie de televisión). Han aparecido también en naipes, botas, ganado, herramientas de soldadura, amperios, barbas y en un sinfín de lugares. Varios de ellos fueron interpretados con genialidad, dando mucho más de lo que esperábamos, durante las sesiones de rol en vivo de 2007-08. Gracias a Sara, Rafa, Marina, Elisa, Loretxo, Ana, Rober, Chuso, Otero y a todo el mundo de Dentro de la Pirámide.

Y a Alan Moore.

Por las ideas.

lunes, julio 07, 2008


Un Relato Asombroso

sobre La Gata


por


Marcos Pastor

guionista y productor de APK


Santiago es una ciudad antigua, en medio de una tierra antigua.


Eso pensaba El Mago mientras caminaba por una calle oscura y quizá irrealmente estrecha. Todas las ciudades antiguas tienen lugares extraños, donde los encuentros fortuitos con lo desconocido son... cuando menos, memorables.

Ya anochecía.

El Mago escudriñaba las esquinas, vigilaba la oscuridad y acariciaba su Sello. La noche en el norte es buen lugar para sorpresas peligrosas. La Oscura Cofradía era poderosa en esa parte del mundo, y no tardarían en decidir tomarse la justicia por su mano, aunque El Mago hubiese vencido a su Gran Maestro en duelo de manera legítima.

El Mago ajustó su sombrero. La noche refrescaba.

Oyó un maullido.

No supo precisar de dónde venía.

Siempre, en el mundo de la magia, es peligroso no saber precisar de dónde viene algo. Se asustó.

Murmuró el comienzo de un conjuro. No era un conjuro amable, y no se molestó en disimular el brillo de la mano. Si la Oscura Cofradía venía a por él, los mundanos tendrían un buen espectáculo.

Pero no.

Salió de la sombra, de la misma forma terrena en que saldríamos tú y yo.

El mago la miró a los ojos, oscuros.

La gata le devolvió la mirada.

Él se agachó para observarla más detenidamente.

Ella se acercó y se dejó acariciar. Su pelaje era extrañamente suave para una gata callejera, sin embargo no parecía ser territorial o pertenecer a ninguna de las casas cercanas. Quizá, pensó el mago, haya venido de lejos. De muy lejos.

El Mago deshizo el conjuro para acariciarla mejor, con ambas manos.

Estaba seguro de que había visto esos ojos en alguna parte, pero no supo precisar dónde.

Por la noche, en los reinos de la magia, es peligroso no saber precisar dónde.

miércoles, junio 11, 2008

Microrrelato (-d25plbrs)

Alexander Sharian se despertó con tremenda resaca.

- Oye, James... ¿Qué hacemos en la cama con una puta y un enano?
- DOS enanos - dijo uno.

miércoles, mayo 28, 2008

Lo que no os conté de Maite (extracto)

Un Relato Asombroso de Claudio el Artesano

por
Marcos Pastor, guionista y productor de APK

- ¿Cómo? – el Artesano dejó la pieza que estaba esculpiendo sobre el tablero - ¿Qué si sé hacer pulseras? – miró con sorpresa a su Aprendiza- Sí, chica, pardiez, claro que sé hacer pulseras. Veamos... – el Artesano se levantó y sacudió unas virutas de su mandil de cuero. Se acercó a una de las altas estanterías del fondo de la sala con un taburete de madera en la mano. Lo colocó en el pie de la estantería y subió con gesto dubitativo. Se estiró para alcanzar una caja de cartón de color desvaído por el tiempo que reposaba junto a otras cajas, estas de colores más vivos.

Se acercó con la caja hacia el tablero de trabajo.

Callado, volvió a sentarse.

Miró la caja y sopló. Una leve nube de polvo flotó lenta y suavemente sobre la caja, desprendiéndose de ella. Se arremolinó sobre la caja como un custodio que no quisiera alejarse del objeto custodiado. Claudio abrió la caja y tomó algo de ella.

- Toma, chica... creo que con este valdrá – dijo el Artesano, mientras tendía un ovillo de lana amaranto brillante a la muchacha rubia – Ve a la otra sala y corta unas cuantas hebras de un par de metros. Yo voy ahora mismo.

La joven salió de la amplia estancia con aspecto de taller.

El Artesano espero a que ella saliera para abrir de nuevo la caja.

Sacó un papel doblado en dos y amarilleado por el tiempo. Lo desdobló y leyó lo que estaba escrito en él.

Unos minutos después, cuando Claudio entró en la otra sala, la joven Aprendiza no se atrevió a preguntarle a su Maestro si había estado llorando.

martes, mayo 20, 2008

La última voz del General - parte primera

Un Relato Asombroso de La Viuda
por

Marcos Pastor (guionista y productor de APK)


El carruaje negro, de estilo antiguo, se detuvo en la puerta de la mansión.

El otoño italiano estaba siendo suave aquel año, y el final del atardecer era cálido y agradable. El conductor de la carroza aguardó a que los últimos rayos de sol rasparan las cumbres del horizonte. Cuando esto hubo ocurrido, descendió de su puesto con agilidad y abrió la puerta de la cabina de los pasajeros. Un hombre fornido de mediana estatura bajó del carruaje. Vestía de negro, de manera formal y algo anticuada. No parecía completamente cómodo con ese atavío.

- ¿Es aquí, Vincenzo? - preguntó, mirando a su alrededor.
- Sí, señor, ya hemos llegado. Deduzco que es la primera vez que viene – añadió el cochero.

La verdad es que es magnífica, pensó para sí el hombre vestido de negro. La mansión se yerguía sobre un pequeño promontorio rocoso en mitad de una enorme campiña. A pesar de sus sentidos agudos, aquel hombre tuvo problemas para siquiera apercibir el verdadero tamaño de aquella finca que parecía mezclar al menos una docena de estilos arquitectónicos.

“Mi señora, ya hemos llegado”, dijo mientras se dirigía al interior del carruaje. Una voz de mujer, suave y dulce, que parecía desplazarse por el aire como un carísimo y antiguo perfume, embriagó por unos segundos la atmósfera. “Ya lo veo, mi buen John. Ya lo veo”. La voz era pausada y calma, y pareció flotar como el éter unos instantes antes de desvanecerse. Luego agregó algo más. Vayamos dentro. No es cortés hacer esperar tanto.

*****

“El General la recibirá ahora”, dijo un elegante mayordomo en un exquisito italiano con acento de La Toscana. Dora, La Viuda, se levantó de la cama en la que estaba sentado leyendo. Las habitaciones de invitados de ese lugar siempre cambiaban de aspecto cada muy poco tiempo, según las disposiciones del General y el voluble capricho de Hermann, quien hacía las veces de jefe de protocolo y decorador de un lugar que, a lo largo de los siglos, se había convertido, casi, en un pequeño estado por derecho propio. Dora no había visto a Hermann aún, pero quería saludarle tan pronto como hubiese hablado con Marcus. Marcus Secundus, el General.

Se dirigió a la puerta y siguió al mayordomo, quien portaba una lámpara halógena con aspecto de antigua lámpara de petróleo. No es que Dora o aquel mayordomo necesitaran la luz para moverse por los oscuros pasillos de la enorme mansión, pero a Marcus siempre le había parecido un gesto cortés mandar hacer aquello, y no sería Dora quien le contrariase. La leve luz permitió al mayordomo ver el discreto y carísimo vestido de La Viuda, que hacía honor a su apodo. La falda por la rodilla y el velo deliciosamente colocado dejando escapar de forma cuidada y elegante algunos de los cabellos rizados de Dora apenas servía para acompañar la belleza casi etérea y sobrenatural de la encantadora criatura.

Recorrieron varios recodos de pasillo, en los que se sucedían cuadros y algunos objetos de arte. Ninguno con escenas bélicas y ningún arma expuesta. Contaban que el General guardaba todo lo relacionado con la guerra en una cámara secreta de la mansión de la que sólo él conocía la ubicación y la forma de entrar en ella. Una historia que a Dora le pareció fascinante cuando era... mucho más joven y a la que actualmente daba poca importancia. Había aprendido con el tiempo que mantener alejados los recuerdos dolorosos era una de las pocas formas útiles de evitar volverse loco con el paso y el peso de los siglos.

Al final del pasillo, en el extremo del ala este, una gran puerta de madera con un friso de piedra y un par de antorchas a los lados esperaba a Dora. Hacía un par de siglos que el friso era ilegible. Pax Imperium, o algo así, era lo que dijo en algún momento.

El mayordomo llamó dos veces. Esperó unos segundos a que alguien, con voz grave y cadenciosa preguntará en un italiano algo antiguo y extremadamente correcto quién era. El mayordomo respondió: “La señorita Dora, General. Usted la mandó llamar, señor”.

Se oyeron unos pasos firmes desde el interior de la habitación. Alguien aferró el enorme picaporte y se disponía a abrir la puerta.

Dora no estaba preparada para lo que ocurriría en el interior.

*****

Hola, Víctor. Fue lo primero que Dora, La Viuda, dijo tras la efusiva bienvenida del General. Marcus siempre era extremadamente amable y cariñoso con ella, como si fuese la única hija, si es que se pueden llamar hijas, que tuviera. Dora ignoraba por completo que era tremendamente parecida en cuerpo y carácter a Dimna, la única hija que Marcus tuvo antes de convertirse en lo que era ahora, dos mil años atrás. También se unía al hecho de que Dora aún no lo había traicionado, intentado matar o renegado de él.

Dora se acercó a su hermano Víctor. Era alto y delgado, de cabello negro y ojos castaños, y de tez morena pese a la Enseñanza. El proceso solía empalidecer a quienes sobrevivían a él, y a quienes no les ocurría solían ser tildados de débiles o incapaces. Víctor era una clarísima excepción. El saludo entre hermanos resultó algo frío. Si bien siempre habían compartido el amor, respeto y lealtad que debían al General, nunca habían logrado entenderse entre ellos. Pero ambos se respetaban, al menos en presencia de quien era un padre para ellos.

¿Para qué me habéis mandado llamar, señor?, dijo Dora. Víctor asintió, como confirmando que él también deseaba saberlo. Ambos miraron hacia Marcus, quien pulsó un interruptor que encenció una lámpara de araña tres metros más arriba. La luz rebotó en las incrustaciones de bronce de la mesa de roble y mostró una estancia circular rodeada de estanterías repletas de libros, un armario cerrado y varios documentos sobre la mesa. Marcus se acercó a sus dos muchachos mientras la luz, no muy intensa, decoraba las canas de sus sienes y su barba, dándole un aspecto atemporal, como sacado de algún antiguo libro de historia. Se sentó, desabrochando los botones de una americana gris hecha a medida y soltó el cierre del broche que llevaba cerrando el cuello de la camisa. Lo depositó en la mesa y miró a sus expectantes interlocutores.

Los miró con expresión triste y una sonrisa apenas esbozada.

Sentaos, pequeños, dijo. Hoy estoy muy cansado.

Víctor tampoco estaba preparado para lo que iba a ocurrir.


(concluye en "La última voz del General - parte segunda")

La Viuda es un personaje de APK – El Juego de Rol en Vivo, interpretado por la avellanita (La Bella Anita). Una misteriosa y hermosísima vampiresa victoriana atrapada en el devenir del tiempo, algo enloquecida por la lenta e insidiosa acción de la vida eterna, incapaz de amar y atrapada en tramas de lujo, misterio, engaño y embrujo. Debemos a Ana el tremendo honor de haber hecho de este personaje algo único y riquísimo en matices, alejándolo de la estética y los clichés de Ann Rice y el juego de rol "Vampiro: La mascarada".

Marcus Secundus, por su parte... ya se habló de él. Un tipo elegante.

jueves, abril 17, 2008

¡Aventura!

¡Emoción!

¡Intriga!

¡Sumérjase en el electrizante universo de La Puerta del Infierno!


¡Adelante! ¿Quiere conocer nuevas aventuras del descarado James Babylon? ¿Desea averiguar los pormenores del trepidante trabajo de Alexander Sharian? ¿Ansía conocer los peligros que acechan a aquellos que invocan al Gusano de la Mente sin las precauciones adecuadas? ¿Teme quedar prendado de la belleza preternatural de la misteriosa Eva?

¡Ahora puede!



Con nuestra APASIONANTE y SORPRENDENTE serie de relatos cortos basados en el APASIONANTE y SORPRENDENTE universo de APK – El Juego de Rol en Vivo, usted podrá:

++ Conocer los entresijos de la sociedad vampírica. Descubra los antiguos secretos de los descendientes de La Estirpe Manchada. Comparta escenario con la bellísima Viuda, con el firme General Secundus, el esquivo Civateo o el temido Nósphoros, el Portador de Enfermedades.

++ Estremecerse ante los extraordinarios casos de los que se encarga James Babylon, el menos ortodoxo y el más canalla investigador de lo oculto que hayan visto los tiempos. Sorpréndase con las historias de horror y misterio que podrían ocurrirle a usted mismo... si conociera las pistas adecuadas.

++ Descubrir las aterradoras verdades que se esconden en los sótanos de La Tecnomancia. Tiemble al enterarse de las inhumanas consecuencias de la más desalmada investigación mágica al servicio de Oscuros Intereses. Sienta en su propia piel la angustia de los Vítreos y otras criaturas arcanas al ser empleadas como batería viviente por la más siniestra de las órdenes de la magia.

++ Fascinarse con los planes inmortales de los demonios de Goethia. Sea testigo de su enfrentamiento eterno con los Segundos Nacidos, quienes viven una guerra infinita a través de los siglos divididos en dos bandos desde Las Guerras Celestiales.


¡Todo esto y mucho, mucho más!

¡Adquiéralos ya antes de que se agoten!


De los guionistas de “APK – El Juego de Rol en Vivo”, “La Puerta del Infierno” y “Morir en Tiempos Revueltos” llegan los...


RELATOS ASOMBROSOS

Una nueva serie de Trepidantes Aventuras, presentando...

Sitio para otro más, un Relato Asombroso de James Babylon.

Paraguas para un amigo, un Relato Asombroso de Claudio, el Artesano.

La última voz del General, un Relato Asombroso de Marcus Secundus y Dora, La Viuda.

En las garras de la Mantícora, un Relato Asombroso de Alexander Sharian.

El baile de Eva, un Relato Asombroso de la bella Eva.

¡Prisioneros de la Tecnomancia!, un Relato Asombroso de El Mimodemonio.

Mirando a los ojos de la muerte, un Relato Asombroso de Al Korán, el Nigromante (con la aparición estelar de El Echador de Cartas).

El secreto de la Casa de los Espejos, un Relato Asombroso de Vidrios.

Contra el demonio del Círculo Interior, un Relato Asombroso de Marchosias, el Gusano de la Mente (con la aparición estelar de Los Jugadores de Ajedrez y El Traficante de Nombres).

Cincuenta y nueve sombreros puestos, un Relato Asombroso de James Babylon, Alexander Sharian y Jack el Pardo.


¡Adquiéralos AHORA!

Sitio para otro más

Una Relato Asombroso de James Babylon
por

Marcos Pastor (guionista y productor de APK)


El coche había tardado casi dos horas en llegar desde la ciudad. El viaje había sido incómodo, como lo son siempre en un vehículo cuya suspensión brilla por su ausencia, y Babylon había intentado arrancarle algunas palabras al conductor que lo había recogido en la autopista, pero la conversación amable es un bien escaso a la una de la madrugada. Una llovizna escasa pero pertinaz empapaba con calma los cristales. Babylon miró de reojo al hombre del volante. Pese a la oscuridad, la barba pelirroja de tres días y el fuerte olor a tabaco y sudor no eran una compañía agradable. La luna y las luces del escaso tráfico se reflejaban en las gotas del capó. Babylon pensó en encender un cigarrillo, pero el gesto malhumorado del hombre pelirrojo le contuvo. Además, pensó sonriendo para sí, un poco de mono nunca viene mal. Poco después, sin embargo, el automóvil se detuvo. Es aquí, dijo el conductor, sin dirigir siquiera una mirada a su interlocutor. Babylon miró por la ventanilla y vió un puente a través de la lluvia, justo al borde del arcén. El asfalto dejaba paso al barro de forma abrupta y Babylon se alegró de llevar sus viejas botas. Abrió la puerta y bajó. El agua que caía le salpicó el rostro y se subió el cuello de la gabardina mientras contemplaba el panorama. Apenas se veía nada desde donde estaba, apenas la tenue marca del camino que salía desde el puente. Se giró. Con un simple gracias se despidió de quien lo trajo, el cual arrancó rápidamente y no respondió.

*****
Las afueras del pueblo a esta hora eran más bien poco halagüeñas. Solamente un puente y un breve camino separaba a Babylon de su destino. A lo lejos, recortada por la escasa luz de la luna, se veía el campanario de una iglesia. Según las indicaciones que le dieron, Babylon tendría que atravesar el pueblo entero hasta la mansión donde era requerido. Un paseo largo a estas horas. Empezó a caminar, y a mitad del puente, unos siete u ocho metros, metió las manos en los bolsillos y notó un puño americano y un paquete de tabaco. Maldijo sin nombrar a ningún demonio en particular por no llevar paraguas y no poder fumar bajo la lluvia. Sonrió, pensando en el mono. La primera casa del pueblo estaba separada más o menos veinte metros de la siguiente. Un perro viejo se despertó cuando pasó por la cerca, pero no hizo ruido alguno. Babylon dijo “buenas noches, pequeño”, y prosiguió su camino. Al entrar en el pueblo, sólo el campanario le servía de guía. Había silencio. Quizás demasiado, y el susurro del viento en las copas de los árboles que rodeaban el pueblo no eran precisamente tranquilizadores. Notó cómo sus pantalones se empezaban a mojar por la lluvia y se abrochó la gabardina. El frío parecía aumentar por momentos. Dentro del bolsillo aferró el puño americano, gélido al tacto en una noche como aquella.

*****

Al llegar a la puerta de la mansión, la lluvia, presagio curioso, remitió. Babylon se aventuró a encender un cigarrillo en lo que observaba. Le sorprendió ver la verja entreabierta, y le llamó la atención una única ventana encendida. Contó los pisos, el tercero y penúltimo, en una esquina del edificio. Una buena casucha, pensó mientras se acercaba abría la puerta de la verja. Caminó por el suelo de gravilla que llegaba hasta la puerta y creyó oír el ruido de un coche de caballos. ¿A estas horas? Dio una penúltima calada al cigarrillo, subió los siete largos escalones que iban de la gravilla a la puerta y llamó. Primero al timbre, que sonó como un gato siendo despellejado y después, dos veces, a la pesada aldaba de bronce. Esperó impacientemente bajo la ya casi inexistente lluvia. Al cabo de uno o dos minutos, tiempo suficiente para encender otro cigarrillo, oyó unos paso pausados acercarse a la puerta. El descorrer de una cadena lo siguió. Otra y otra tercera y el ruido de dos pesados pestillos dio el contrapunto final. Babylon esperó el chirrido de rigor, que, para su sorpresa, no se produjo. El pesado portón de roble se abrió lo suficiente como para dejar ver la cara adusta de una anciana con el pelo recogido, y una cuarta cadena que no había sido descorrida a la altura de su cuello. ¿Sí?, dijo. ¿Qué deseaba? No son horas de...

Babylon interrumpió a la señora mientras apagaba indolentemente el cigarro en el mármol blanco del dintel. Soy Babylon, guapetona. James Babylon. ¿Me deja pasar o tengo que tirarle un beso?

*****
El exorcismo no había sido sencillo. La abuela se desmayó entre los vómitos de la posesa, la madre llevaba loca un par de semanas y el padre se había tirado desde la torre del ala este hacía una. No sé, joder, pensó, por qué siempre esperan tanto. Luego pasa lo que pasa. Babylon estaba sentado en la cama de una habitación de invitados, fumando un cigarrillo mientras pensaba en lo que había pasado. Miraba su camisa empapada en flemas y la biblia casi calcinada que habían usado. Joder con la niña, pensó. Se ha ventilado ella solita todos los putos salmos. Contruyen estas putas mansiones donde les sale de los cojones. Y repito: luego pasa lo que pasa. Se tocó la cara en el lugar donde la niña le había propinado un espectacular puñetazo en un descuido de uno de los sirvientes. Un moratón precioso le esperaba mañana por la mañana. Y para colmo, una de las velas le había salpicado en el antebrazo y trozos del espejo que usó le habían hecho varios cortes superficiales cerca de la quemadura. Por qué coño, pensó casi en voz alta, tengo que llevar camisas de manga corta debajo de la puta gabardina. Joder. Se tumbó en la cama apurando los restos del cigarrillo y miró el reloj. Le sirvió de poco. Siempre se paran al empezar un exorcismo, y esta vez no era una excepción. Meditabundo para sí cayó en la cuenta de que tenía calor, estando en calzoncillos y camiseta interior, destapado sobre el lecho. Los veranos de por aquí son siempre tracioneros. Apagó la colilla contra la pared, la arrojó al suelo intentando hacer puntería en un lavabo del siglo XIX en el otro extremo de la habitación. El suelo y el somier crepitaron con su movimiento. Los restos casi humeantes del cigarrillo golpearon el borde de la bacinilla del lavabo y cayeron al suelo. Se tapó con la sábana. Muy cansado, James Babylon empezó a dormir.

*****

El calor era casi insoportable. Un calor húmedo y pegajoso que había empapado la ropa interior de Babylon. Se despertó incómodo ignorante del tiempo que hubiera pasado. No mucho, dedujo, por la oscuridad fuera de la ventana y lo poco adormecido que se encontraba. Se quitó la sábana de encima con un gesto agresivo, buscó el paquete de tabaco de la mesilla. La luz de un fósforo iluminó la estancia rasgando la luz de la luna llena unos segundos. Babylon tosió tras la primera calada y una húmeda expectoración cayo al suelo. Los hilos plateados de luz entraban por la ventana de forma nítida. Babylon se puso de pie y caminó hacia el alféizar. El suelo de madera crujía en cada paso y oyó un suave relincho antes de llegar al marco de la ventana. Se apoyó en él mientras daba una calada. Miró hacia el patio de gravilla. Allí, a unos cincuenta metros un coche de caballos de color negro, de estilo antiguo, permanecía quieto. De madera, elegantemente lacado aunque algo gastado por el uso. Dos caballos negros estaban sujetos a él. Mientras Babylon miraba, uno de ellos levantaba alternativamente cada una de sus patas delanteras. Relinchó no muy fuertemente, aunque lo oyó con total claridad en el denso silencio que parecía embeber la noche. El otro caballo, como respondiéndole, agitó la cabeza y relinchó a su vez, muy suave. El cochero, vestido de negro, con capa y un viejo y ajado sombrero de copa, como sintiendo la mirada de Babylon giró la cabeza hacia él. Sus miradas se cruzaron. Babylon vio a la clara luz de la luna llena el pálido rostro del cochero, en agresivo contraste con la espesa barba negra, larga y descuidada. Los ojos claros, casi metálicos del cochero miraban a los suyos. A pesar de la distancia, Babylon distinguió un pendiente en su oreja izquierda y un diente de oro en la boca que le sonreía. El cochero se dirigió, sin lugar a dudas, a Babylon. No pareció gritar, aunque Babylon oyó la voz perfectamente. ¿Sube?, dijo.

Aún queda sitio para otro más.

Babylon sintió un escalofrío, sin saber por qué. Dejó caer el cigarro sobre el alféizar, y en medio de un grito ahogado se despertó. Era de día y tenía la manta puesta. Debían de ser las doce de la mañana. Así que se levantó y se vistió para bajar a tomar su merecido y opíparo desayuno. Pensando en el coche de caballos imaginó que habría sido un sueño. No lo hubiese hecho si hubiese visto una colilla y su respectiva quemadura en el marco de la ventana.

*****

Tras el desayuno, mientras regresaba al pueblo para subirse al primer autobús que pasara (que seguro que sería el correcto), aprovechó para fijarse en la gravilla del patio. Desde luego, no había ninguna marca. Ni de ruedas, ni de cascos, ni cagadas de caballo, pensó. Sonrió mientras encendía un cigarrillo. Un sueño, se decía. Volvió la vista atrás al cruzar la pesada verja de metal que tan tétrica le pareciera anoche. Un sueño. Uno raro.

Caminando llegó a la plaza principal del pueblo, subió a un autobús mientras tiraba al suelo una colilla más, se sentó en el tercer asiento que encontró libre y miró por la ventanilla. Desde donde estaba se veía el torreón de la mansión alejarse poco a poco. Pensó en la pobre niña, en la abuela desmayada, en la madre loca... y en el coche de caballos. Los recuerdos se desvanecían a la vez que lo hacían las casas para dar paso a la verde y montañosa campiña. Se inclinó en el asiento y cerró los ojos.
No volvió a pensar en lo sucedido.

Hasta cuarenta y seis días después.

*****

La llegada a la Ciudad de Cristal fue tranquila. Viajar en avión siempre le resultaba divertido, sobre todo por las azafatas. Se despidió de una, un poco escandalosamente para la media inglesa y se dirigió a la parada de taxis para subirse en uno. Centroeuropa es un lugar tranquilo, pensó mientras encendía su cuarto cigarrillo desde que salió del avión. Un aeropuerto sencillo en la sencilla capital de un país sencillo. Tosió levemente tras la primera calada. Al hotel Coliseo, dijo al conductor. Muy amable y educado, el taxista preguntó a Babylon si viajaba por negocios o por placer. ¿Preguntan siempre lo mismo todos los taxistas del multiverso? Supongo que un poco de ambos, respondió. El taxista pensó si todos los viajeros del multiverso respondían lo mismo a esa pregunta, no dijo nada más y doce minutos después aparcó frente a la puerta del hotel Coliseo.

*****

Babylon acudió a recepción. No solía registrarse en los hoteles, obviamente, pero esta vez iba con todos los gastos pagados, así que decidió darse el gusto. Le atendió un muchacho joven y muy educado que le atendió con eficacia. Verificó la reserva, le indicó que firmara en el libro de visitas en la casilla correspondiente y le entregó la llave de la habitación 1409. Piso catorce, pensó mientras tosía y sacaba otro cigarrillo. ¿Precisa el señor del servicio de un botones?, le preguntó el lampiño recepcionista. No, no, respondió Babylon. Jimmy viaja ligero, añadió, mientras encontraba con la mirada uno de los cinco ascensores del edificio, el más cercano a él, curiosamente. Se acercó tranquilamente al grupo de gente que esperaba allí, mientras buscaba dónde tirar la colilla cuando se abriese el ascensor. El indicador de encima de la puerta indicaba piso nueve, y bajando. Tardaría aún unos segundos. Dio otra calada, y el humo se disipó despacio al expelerlo. Una calada más. Piso cinco y bajando. Otra calada. Piso cuatro. La apuró lo que pudo, mientras comprobaba, piso tres, que no había ceniceros junto a las puertas gemelas. Piso dos, expulsó el humo y piso uno, una calada final, planta baja.

La puerta empezó a abrirse.

La gente entró de golpe, con prisa, siempre tienen prisa en los hoteles, pensó Babylon. Se dispuso a entrar, el último, en el gran ascensor del hotel. Cuando estaba a punto de cruzar la puerta, se atragantó violentamente con el humo que tenía en los pulmones. Tosió. Volvió a toser, y mientras un picor de garganta y una leve secreción del lacrimal le molestaban, miraba al ascensorista por segunda vez.

Era pálido.

Mucho.

La mente de James Babylon recordó algo que ocurrió exactamente cuarenta y seis días antes.

Y la espesa barba negra, larga y descuidada, hacía un agresivo contraste con el rostro del ascensorista. Le miró a los ojos. Los ojos claros, casi metálicos del hombre miraban a los suyos. A pesar de la tos y el par de lágrimas, Babylon distinguió un pendiente en su oreja izquierda y un diente de oro en la boca que le sonreía. El ascensorista se dirigió, sin lugar a dudas, a Babylon. No pareció gritar, aunque Babylon oyó la voz perfectamente. ¿Sube?, dijo.

Aún queda sitio para otro más.

*****

No. Tos. Subiré, tos, en el siguiente. Como usted quiera, dijo el ascensorista. Sonrió mientras un diente de oro centelleaba en su boca. Las puertas se cerraron lentamente, y Babylon se apoyó en la pared para recuperarse de la tos. Decidió hacer un esfuerzo y subir los catorce pisos andando, aunque sabía que iba a tardar una eternidad. Se dirigió a una de las escaleras del ala correspondiente a su habitación mientras buscaba levemente febril la cajetilla de tabaco. Mientras empezaba a encencer un cigarrillo junto a un cartel de no fumar, al pie de la escalera, oyó un espectacular estruendo detrás de él en el mismo instante en que pisaba el décimo escalón, poco antes del primer recodo. Se giró.

Una algarabía se dirigía hacia el ascensor que había estado a punto de coger. Uno de los encargados de recepción corría hacia allá seguido de dos botones, y se abrieron paso entre la gente, casi a empujones. Babylon permaneció de pie en el recodo de la escalera. Pocos minutos después, un tercer botones se acercaba con una palanca, mientras el gerente pedía calma a gritos al cada vez mayor grupo de gente que se amontonaba junto a la puerta del ascensor.

Babylon se sentó en el décimo tercer escalón, el primero del recodo, mientras los botones abrían las puertas. Tres o cuatro cadáveres cayeron sobre ellos en el momento que tuvieron hueco suficiente. Los demás cadáveres, destrozados entre un amasijo de ropa, sangre y metal apenas se movieron. Babylon ni siquiera se molestó en mirar. Acabó de encender el cigarrillo y dio una profunda calada. No tosió esta vez.

Sí, pensó. Su mirada se posó en el cigarrillo, lo sostuvo frente a sus ojos y lo tiró contra el suelo. Se levantó, se giró y comenzó a subir el primero de los catorce pisos.

Después de todo, se dijo, no me vendrá mal un poco de ejercicio.

FIN

Próximamente: Paraguas para un amigo, un Relato Asombroso de Claudio, el Artesano.

James Babylon es un personaje de APK – El Juego de Rol en Vivo, interpretado por el inefable Samuel Tascón. Un exorcista y cazador de demonios canalla, fumador y alcohólico, colaborador ocasional de programas de ocultismo de horario nocturno, rockero vocacional y ocasional visitante del Infierno. Aunque originalmente estaba basado en el personaje de la línea Vertigo de DC Comics John Constantine, ha crecido y evolucionado hasta tener personalidad propia y un carácter diferente al del personaje original. De hecho, no es bisexual, ni rubio ni se parece a Sting.

Ah, y lleva perilla.

lunes, abril 14, 2008

¿Tiene usted hora?

Parece que fue ayer cuando empezamos.

Tímidos y bastante torpes, pergeñando, a pincelada gruesa, los trazos de un universo que, por poco, no se nos escapaba de las manos. Quién nos iba a decir (profetas en tierra extraña) que ibamos a acabar como acabamos, como estamos acabando, como se acabó. De un plumazo, paf, y adios al mundo. ¿Por nuestra voluntad? ¿O han tenido que ver las decisiones de gente fuera de nosotros? Quién sabe. Personaje a personaje, llega un momento en que uno ya no sabe ni quién es. O dónde está.

Vino y se marchó gente, se unieron nuevos personajes al Gran Juego de Rol que es la vida. Algunos cambiaron, algunos permanecieron, y muchos opinan y opinaron sobre todo lo que nos ha ocurrido. Visto desde donde estoy, me parece increíble el camino recorrido.

Y, curiosamente, aunque se acaba, aunque se acabó, volvería a empezar de nuevo, o a retomarlo desde el final, sea cual sea ese.

Y otro día, que no ahora, hablo de APK

lunes, diciembre 03, 2007

¡Ad Gladios!

Eres Marcvs Secvndvs, o al menos ese es el nombre al que respondes desde hace siglos. Tu verdadero nombre es Antonivs Primvs, y eres hijo de un senador romano, de quien tomaste tu nombre actual. Ya desde joven decidiste que la vida política no era para ti, y emprendiste una carrera militar de gran éxito, comenzando con el grado de centurión gracias al rango que caracterizaba a tu familia. Te distinguiste en diversas campañas durante la Guerra de las Galias y llegaste a servir a las órdenes del estratega más genial que nunca hayas conocido: Cayo Julio César. Lo apoyaste firmemente durante la guerra civil contra la facción conservadora de la República Romana, apoyo el cual te valió el ascenso a general.

Pero no sólo eso. Además de tu gran habilidad como estratega, un augur venido de una lejana isla de Grecia te ofreció sus servicios. Su aspecto era repugnante, de baja estatura y cubierto de pústulas y bubas que supuraban a veces, sólo se dejaba ver de noche, permanentemente encapuchado. Su nombre: El Civateo. Sin embargo, pese a su aspecto deforme, su habilidad como vidente estaba fuera de toda duda. Siempre claro y conciso, a diferencia de los adivinos menores que envolvían sus juegos de salón entre palabras vanas y poesía de tabernae. Con su ayuda, pronto tuviste gran éxito en las batallas en la Germania Citerior, conquistando, para mayor gloria de tu imperio enormes extensiones y ricas provincias. Sin embargo, cierto día El Civateo desapareció. La noche anterior te narró una extraña historia sobre murciélagos que no entendiste del todo, y te advirtió que la próxima vez que lo vieras nunca sería olvidada. Al poco de marcharse, una bruja del norte ocupó su lugar. El nombre con el que se presentó fue Gasthira.

Los meses pasaron, el imperio se expandía. La noche antes de regresar a Roma tras las campaña de Britannia, El Civateo regresó a tu vida. De noche, como un ladrón, entró en tu tienda de campaña. Te golpeó con una fuerza inusitada para un hombre de su edad y constitución. Se agachó para colocarse a la altura del suelo en que yacías tras el golpe. Sus palabras nunca se te olvidarán: “Soy El Civateo, discípulo de Nósphoros, el Portador de Enfermedades”. Y acto seguido te mordió en el cuello. Paralizado, sentiste como la sangre y la vida abandonaban tu cuerpo.

Y moriste.

O eso creías. Varios días después te despertaste en un túmulo en algún bosque perdido de Germania, con El Civateo a tu lado. Te explicó tu nueva condición, te enseñó a sobrevivir a ojos de los mortales, te presentó a tus hermanos… y once años después te traicionó. Pero esa es otra historia.

Como inmortal, has visto el auge y caída de vidas, de hombres, de imperios y dinastía. Has sabido emplear todo ese tiempo para amasar una increíble fortuna y una enorme red de influencias. Pero a veces, cuando la sangre que has bebido tiene demasiado vino y comienzas a delirar melancólicamente en latín sin darte cuenta, rememoras una vida antigua, una vida perdida, donde todo era más sencillo y el sonido de una trompeta anunciaba el amanecer de un nuevo día de campaña…

martes, octubre 16, 2007

Regreso a La Puerta del Infierno

Disculpen la tardanza.

Pero la creación de personajes para el rol en vivo de este sábado me consume toda gana de escribir.

En número:

Tenemos 52 personajes elaborados para los jugadores, ideas para otros 50, 22 personajes no jugadores para interpretar nosotros, arcos argumentales a corto, medio y largo plazo, una lista con 165 objetos mágicos, la historia de todos ellos con sus conocimientos, motivaciones, contactos y posesiones, 2 nombres para cada uno, un barril de 30 litros del que durante la fiesta saldrán 50 cachis que beberán las 41 personas que asisten a la sesión.

Pero gracias a tanto esfuerzo creativo de entidades sobrenaturales, mi novela avanza viento en popa. Seguro que una persona Pequeña se alegra de eso.
Ah, y El Abuelo me ofreció un estrambótico trabajo.
Ya les contaré.