...es el principio y el fin.

miércoles, diciembre 23, 2009

El despertar de los cobardes


La historia la escriben los valientes.

Dicen.

Pero no dicen que la escriben lo valientes de ambos bandos. El de los buenos. Y el de los villanos.

Siempre, en épocas oscuras, ante el enemigo imbatible, surgen los héroes. Hombres extraordinarios llevando acabo gestas que se recuerdan, incólumes ante el devenir de la historia, dejando una marca en el tejido del tiempo que reverbera para que la escuchemos.

Se alzan, iluminando el camino del hombre menor, que crece en su presencia y los acompaña en su persecución de metas más elevadas que ellos mismos.

La historia y las historias nos han dejado muchos. El Cid. La Pimpinela Escarlata. El capitán Akhab. Ghandi. Batman.

Pero también existen los villanos. Villanos que no temen a nada, que siguen su particular cruzada negra también por encima del mortal común, enemigos a los que temer y respetar, porque vencer sobre ellos nos convierte leyendas. Enemigos ante los que el hombre menor, al ser derrotado, sólo merece el respeto de sus iguales, pues se enfrentó cara a cara a lo imposible. Monstruos terribles que arrojan una elegante y peligrosa oscuridad ante la luz de los héroes, y cuyo valor los sitúa por encima de la chusma a la que comandan, y de la chusma que somos todos los que habitamos en el medio.

La historia (y las historias) también dejaron unos cuantos. Atila el Huno. El rey Jerjes. James Moriarty. Alexander Luthor.

Su dialéctica e imparable lucha unos contra otros, luz y oscuridad forjan la historia y sacan leyendas de la bruma para fijarlas en nuestro recuerdo como marcas indelebles que nadie podrá arrebatarnos.

Porque la historia la escriben los valientes.

Sin embargo, no nos olvidemos nunca de los cobardes.

Los que temen. Los que engañan. Los que se mienten a sí mismos.

Porque esos cobardes no matan. No roban. No violan. Porque tienen miedo, porque viven asustados de sus propios terrores, agazapados bajo una máscara de honestidad que no es más que el puro pánico a ser juzgados por sus semejantes.

Buenas personas que cada mañana dicen a sus hijos que no maten. Que no roben. Que no violen. Ignorantes de que su máscara se derrite en ausencia de otros, y matarán cuando nadie mire, robarán al saber que nunca se sabrá quién fue y violarán si saben que no se escucharán los gritos.

Porque los cobardes son peligrosos. Porque ni ellos mismos saben que su repugnante vileza saldrá a la luz en cuanto aceche la oscuridad. Porque se han creído la máscara con la que sonríen mientras no se atreven a hacer nada, cobardes, viles, sucios y mentirosos.

Dios nos libre del día en que decidan dejar de fingir, de mentir y de esconderse.

Dios nos libre del día que nadie mire, que nunca se sepa quién fue, el día en que no se escuchen los gritos.

Dios nos libre del día en que despierten los cobardes.

lunes, noviembre 30, 2009

Se abre la veda


Porque a veces hay que castigar a cuadrúpedos malvados con pijamas de rayas, por una mera cuestión de autodefensa.

Vaya ciudad esta, donde todo pasa despacio y hay que contener el aliento a cada paso (que dan ellas) para que el corazón no se te salga por la boca.

En cuatro días, mi universo paralelo de espadachín en el exilio se transforma albergando a tres portadores de fragmentos de mi tierra (paralela de origen). Sabor de hogar en una casa, y más de
49 horas.

Y, volviendo a los cuadrúpedos, daré su merecido en la forma indicada a vuelta de correo al animal rayado. Qué ganas.

Se abre la veda.

martes, noviembre 10, 2009

Tiramisú de crisol


Le dije, o me dijo, la dama Piruleta que todos los corazones rotos hablan de lo mismo. Le conté la teoría del crisol y le expliqué que a veces creo que Sabina ha escrito demasiadas canciones sobre la misma persona. Igual es culpa mía, por haberle escrito demasiado pocas. El calor, la laxitud, los ojos verde aceituna, los cabellos azabache y el seseo de un exilio breve acallan, sin matar del todo, ruidos que no me gusta escuchar.

Así que a veces, esclavo del Spotify, a quinientos ochenta y nueve kilómetros de mis discos, le doy volumen a la música, sintonizando el ruido interno con el externo.

Y suena.

La nueva:


TIRAMISÚ DE LIMÓN

Hice un solo desafinado
con las cenizas del amor
las verbenas del pasado
gangrenan el corazón.

Acórtate la falda nueva
despiértate al oscurecer
túmbate al sol cuando llueva
no desordenes mi taller

Tiramisú de limón
helado de aguardiente
muñequita de salón
tanguita de serpiente.

De madrugada y por la puerta de servicios
me pasabas el hachís
al borde del precipicio
jugábamos a Thelma y Louise

Pero esta noche estrena libertad un preso
desde que no eres mi juez.
Tu vudú ya pincha en hueso,
tu saque se enredó en mi red.

Tiramisú de limón
helado de aguardiente
puritana de salón
tanguita de serpiente.

¿Dónde crees que vas?
¿qué te parece que soy?
no mires atrás
que ya no estoy.

¿Pero dónde crees que vas?
¿quién te parece que soy?
si miras atrás
mañana es hoy.

¿Dónde crees que vas?
¿quién te parece que soy?
puede que quizás
luego sea hoy.

Nena ¿dónde crees que vas?
¿quién te parece que soy?
no mires atrás
que ya me voy.

Que sepas que el final no empieza hoy...
Que sepas que el final no empieza hoy...


________________
Tiramisú de limón es el primer sencillo del disco Vinagre y rosas, del excelso Joaquín Sabina. No le pondré adjetivos. Cualquiera se quedará pequeño.

lunes, noviembre 02, 2009

Adiós, Padrino



Murió.


Porque incluso las estrellas tienen que apagarse algún día, murió.


Detrás deja una estela de más de doscientas películas e innumerables funciones teatrales, y cientos y cientos de personajes llenos de matices.


Me hizo reir, me hizo llorar, y años después pasar miedo y asombrarme.


Tuvo la enorme suerte de nacer español y reflejar una época y un sentir llenando hasta lo inolvidable toda interpretación que caía en sus manos.


Y también fue una desgracia. Si hubiese nacido americano, hoy habría luto en Hollywood Boulevard, y cientos de ríos de tinta correrían, afirmando lo que yo estoy diciendo ahora.


Muchos se ríen cuando hablo de él, muchos toman a broma que sea, opino en el corazón, el mayor actor que haya pisado una tabla de escenario.


Sin embargo, seguiré riendo, llorando, pasando miedo y asombrándome cada vez que oiga el particular timbre de voz de mi padrino favorito.


José Luis López Vázquez fallecía hoy en su hogar madrileño, tras una larga enfermedad, a la edad de 87 años.


Hoy, más que nunca, dejaré el sombrero en casa, y bien calada la boina, me la quitaré para decir adiós, mientras mi primo piropea en Atocha a todas las que pasen.


Buen viaje, maestro.

domingo, noviembre 01, 2009

El niño de obsidiana


Este cuento no es uno de esos con final feliz.

Luego veremos por qué.

Pero luego.

Cuentan...


Cuentan, que un país habitado por niños de cristal, había un niño de obsidiana.

Los niños eran de muchos tipos de cristal. Algunos eran de sal, y otros de cuarzo. Sus personalidades se podían ver a través de sus estructuras. Había niños altivos de durísimo diamante, y niños dulces y gorditos de cristal de azúcar. Niñas ñoñas hechas de rubí y niños de cuarzo blanco que eran siempre sinceros, o de cuarzo más oscuro que a veces se portaban mal.

Sea como fuere, la luz interior de sus personalidades translucía siempre a través de los cristales. Los que eran transparentes dejaban ver sus pensamientos, como pequeñas lucecitas moviéndose por sus pequeñas cabezas de cristal, discurriendo por sus brazos de cristal, desplazándose y fluyendo en sus piernecillas de cristal.

Por eso los niños de cuarzo blanco no podían decir mentiras, y por eso los niños de diamante no caían bien a nadie.

Algunos cristales apenas eran transparentes, pero la luz de sus pensamientos calentaba sus superficies de roca, dejando saber a la gente lo que ocurría en su interior.

Por eso muchos niños siempre querían estar cerca de las niñas de rubí.

Y a ellas se les ponían un poquito más calientes sus mejillas.

Pero había otro niño.

Que no era de cristal.

Se sentaba al fondo de la clase, un poquito avergonzado, incapaz de dejar que nadie viera lo que pensaba o lo que sentía.

Era un niño de obsidiana. Era muy guapo, de piedra negra totalmente pulida, y muy fuerte, y muy creativo, porque era hijo de un volcán, y él podía sentir la magia y la fuerza de esa herencia dentro, bullendo, luchando por salir.

Pero nadie más podía verlo. Por desgracia, las luces de sus pensamientos no podían atravesar la piedra volcánica de color negro con la que estaba hecho. Y el material refractario de su cuerpo no dejaba a sus ideas calentarle las manos, la bragueta, las mejillas.

Nadie, salvo él, sabía nunca qué estaba pensando.

Sobre todo y ni siquiera la niña de cristal de azúcar que, desde hacía unos días, se sentaba junto a él al fondo de la clase.

Y esa cuestión atormentaba al niño de obsidiana, porque el quería que la niña de azúcar pudiese estar segura de que todo cuanto él le contaba era verdad. Que no había doblez en sus palabras, ni en sus sueños, ni en los dibujos que hacía para ella de vez en cuando.

Ni en los cuentos que escribía.

Así que el niño de obsidiana, una noche, después de cenar y de haber hecho los deberes, llevando puesto un sombrero de vaquero, tomó una decisión que contaría al día siguiente a la niña de azúcar del fondo de la clase.

Este cuento no tiene final feliz.

¿Saben por qué?

Porque empieza justo después de que el niño de obsidiana le cuente a la niña de azúcar de hace unos días qué era lo que había decidido.

Así que, de momento y sin final, dejamos el cuento...

(... hasta que la niña nos cuente qué le parece lo que el niño decidió).

¡Buenas noches!

sábado, octubre 24, 2009

El burlador en Sevilla - Sala de esgrima


Un mes, cumple mañana.

Quisiera haber escrito antes, más no pude, no supe, o cualquier otro inexcusable impedimento que me quieran achacar.

¿Qué contarles? Oro y ceniza en los mismos lugares que camino. Huele a azahar a orillas del Guadalquivir, y las paredes de las casas están teñidas de hollín. Está Lorca y sin embargo nadie parece haberlo leído nunca.

Con firmes y notables excepciones.

He hallado Sala de Esgrima. No es, me temo, como la que yo solía frecuentar en Castilla. Digamos que no veo a ninguno de mis nuevos compañeros hilvanando soneto alguno, pero sí esgrimiendo con fuerza y carácter ignorando heridas y estocadas. Buena esgrima. Poco pulida y desde luego, menos elegante que la que aprendí en la escuela de don José Manuel, pero no seré yo el que dude de lo mortal de cuanto estoy aprendiendo aquí. Iluminador.

Encontré lugar donde comprar alimentos del oriente, donde adquirir miniaturas de escenas que pueda pintar, y diversas plazas donde ir a rezar cuando las claras del alba disipan el humo de las tabernas.

Ah, y, Padre Joaquín...

Hay un infeliz a orillas del Guadalquivir que se negó a tirar a primera sangre. Lo lamento.

Vayan con dios.

lunes, octubre 19, 2009

Kan ya makan (érase una vez)


(extracto de "Historia verdadera de todo cuanto vi", de Alí Ibn Kipran)

Kan ya makan…

¡Sea alabado mil veces mil el nombre de Alá, malik del cielo, en todas sus formas! ¡Sea después el nombre del profeta! Que ambos colmen de bienes a los hombres de la fe de todo el mundo, y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos.

En el nombre de Alá, el mil veces misericordioso, cuento esta historia verdadera en el último de los días de mi vida, pues ella y mi memoria han sido largas, y no quiero que muera esta al morir aquella.

Mi nombre es Alí Ibn Kipran Ibn Iusuf, al que llaman Al Hussan los que no son médicos, y padre mis hijos.

De ellos os hablaré hoy en mi última historia verdadera.

¡Alá el grande bendiga diez mil diez veces a mi esposa por haberme llenado de felicidad con los frutos de su vientre! ¡Derrame la voluntad inefable del malik del cielo la dicha sobre mi hija primogénita!

Es ella de piel blanca y cabello cobrizo, de dulce gesto y singular belleza. ¿Qué padre de la tierra no ve en su hija la belleza? Cien veces más la veo yo en ella. Estudió las leyes del hombre y las leyes de Alá, pues es la más sabia y la más piadosa de mis hijos. Es, de todos ellos, la única que cumple con todos los preceptos de la fe, y a la que pido interceda por sus hermanos cuando estos duden ante los avatares que la voluntad del rey del cielo interponga en sus caminos. Le pusimos de nombre el nombre de la luna, para no olvide ella ni ninguno de sus hermanos de dónde viene su estirpe, y a ella, mi primogénita nombro guardiana de mi nombre y del de mi padre.

¡Sea así voluntad de Alá si el mil veces grande desea concedérmelo!

¿Quién podía imaginar los sueños e ilusiones que anidaban en el corazón de mi segundo hijo? Ni su madre ni yo lo adivinamos cuando lo veíamos de niño mirando el cielo, y a las aves que lo surcan, con ojos azules que buscan liberarse de toda atadura. Ya de muy pequeño aprendió a hablar las lenguas de los hombres, y de los pájaros, y de todas las criaturas que habitan en la tierra. La lengua blanda y educada de los habitantes de la isla envuelta en brumas del Oeste, el meloso y dulce habla de los poetas del norte que viven en casas de acero y de cristal, la charla afilada y cortante de los grandes guerreros infieles que adoran a muchos dioses y uno de ellos es tuerto. Compró a un mercader de tierras de ultramar un aparato de mágico ensueño que le permitía remontar los aires como los pájaros que en su niñez miraba. Y así vive, llevando a hombres y mujeres de país en país y de tierra en tierra, pues conoce todas las lenguas y ha visto todos los lugares donde se ha derramado la luz de Alá, y trayendo a su hogar, que antes fuera el mío, objetos fenomenales de todos los rincones de la tierra. Nunca se detenga su vuelo ni los deseos de su corazón.

¡Sea así voluntad de Alá si el mil veces grande desea concedérmelo!

Os hablaré ahora de mi tercer vástago, orgullo que me hace sonreír, pues por dos veces el grande honró a mi esposa con hijos cuyos rostros y hechuras rememoraban su abolengo, pues ella era blanca como ya dije, y él alto y de pelo dorado, de ojos como el aguamarina. En el tercer fruto de nuestro amor, la providencia sagrada del único dios verdadero trajo un hijo que llamaba sangre a mi sangre, pues es de pelo y faz oscura, ensortijado su cabello casi negro, como fuera el mío antes de encanecer, y dejó crecer, para mi orgullo, su barba para asemejarse más a mí. De muy niño comenzó a estudiar las artes de la lucha con maestros cuyos maestros vinieron de las islas del oriente, y aprendió cómo derribar a hombres diez veces más grandes con un solo gesto de su mano, cómo luchar con todas las armas que el hombre ha creado y a ser invencible cuando esgrimía el sable que de mí heredó, tan grande como era su destreza. Aprendió más tarde los secretos y nombres de la hechicería, y cuentan los hombres que lo han visto que puede adivinar los pensamientos y conocer los hechos antes de que ocurran. Use tal destreza y la magia que su estudio le ha proporcionado para traer la paz y no el dolor a todos los hombres que en su camino encuentre.

¡Sea así voluntad de Alá si el mil veces grande desea concedérmelo!

Y sin embargo, la cuarta vez que mi esposa me llenó de dicha y alegría con los frutos de su vientre, otro niño de piel como la nieve recién caída y ojos como los cielos grises del Norte lloró en mis manos por primera vez. Muchas serían después las ocasiones en las que oiría el sonido de su voz, pues conversé con él largas horas y largos días, porque era el apetito de su alma los mismo libros y las mismas historias que yo de joven ya leyera. El don que Alá quiso entregar a mi hijo fue tardío, pero como la antracita que yace bajo la tierra, su lenta combustión proporcionó la más viva de las llamas. Poseen sus dedos la habilidad de plasmar las imágenes de los hechos de los hombres y de los hechos de la imaginación, y de hacer con ellas reír, o llorar, o sonreír y asentir por el ingenio, como hacen las palabras que tejen los poetas y los que cantan esas palabras. Es su espíritu un lugar de vívidos colores y sus ojos un privilegio de la voluntad divina, pues con ellos ve las formas y las luces de formas que volverían loco al hombre menor, y después transforma lo que ve en una obra que será cantada mientras se oiga la palabra del profeta.

¡Sea así voluntad de Alá si el mil veces grande desea concedérmelo!

lunes, octubre 12, 2009

Papel mojado - Una canción (como) de las de antes

Aprendimos a mirar
con hambre los calendarios,
naufraguitos a diario
a ambas orillas del mar,

Aprendimos a jugar
al póker con cartas malas,
la soledad daba alas
al que quería volar.

Cansado de parecer
una canción de Sabina,
siempre se desafina
Al apostar y perder.

¿Quiénes fuimos, dónde estamos, dónde están?
¿Dónde quedó el sol y la marea?
Qué pocas veces se planea
sobrevivir al huracán.

Demasiadas veces te escribí
y acabó siendo
papel mojado,
¿Cuándo he callado
yo, aprendiendo
a olvidarte de ti?

No supimos mantener
mucha tierra conquistada,
los malos cuentos de hadas
no saben envejecer.

Siempre creo que fue ayer
cuando perdí la armadura
en la fiesta de clausura
de quienes creía ser.

Acostumbrado a viajar,
me escapé de donde estaba
empapado de las babas
salpicando al naufragar.

¿Dónde estamos, quiénes fuimos, qué pasó?
¿Dónde quedó el sol y la marea?
Qué pocas veces se planea
anochecer cuando no hay sol.

Demasiadas veces te escribí
y acabó siendo
papel mojado,
¿Cuándo he callado
yo, aprendiendo
a olvidarme de ti?



Demasiadas veces te escribí
y acabó siendo
papel mojado,
para olvidar,
papel mojado,
bajo el mar,
papel mojado,
sobre el papel,
papel mojado,
que yo firmé,
papel mojado,
crisis de fe,
papel mojado,
verde y azul,
papel mojado,
lo mojas tú,
papel mojado,
bajo tus pies,
papel mojado,
me voy al sur,
papel mojado.
contra tu piel,
papel mojado...

Nuevas 303 cosas que hacer en gravedad cero


Desmayarme, atreverme, estar furioso, coge el ave y escaparme, usar guantes de boxeo, beber gazpacho, esperar después del postre a cierta vaca, hablar con Tarkel, decirle a Gueño que adelante.

3 nuevos compañeros, 1 aventura de 4, 5, 6 meses, 1 instructor con tatuajes, 1 hora más tarde, 1 hombre sin zapato, 2 calzonas, 3 latas de cerveza sin alcohol, 1 memoria incapaz de apagarse pensando en casa, 30 grados a la sombra, 2 socios, 1 canario que no canta, 2 duendes gorditos hijos de una que es rara, 3 libros de magia, 3 manuales de jugar al rol, 11 miniaturas, 41 botas de pintura, 6 chozas, 1 armario fichero en la distancia, ningún kimono, 1 shihan llamando y preguntando.

2000 calorías, 1 libro de nutrición en el idioma ese que estudia Samu, 1 rave, 1 dama de morado que huele que descoloca a los canallas, 1 cebra de ojos verdes, 160 al mes en el exilio, 2 guantes, 17 calzoncillos, 29 chapas que robé a Josito, 3 recuersdos personales, 14 frikis de los buenos esperando, 3 lugares donde dormir cuando me pierdo, 1 luz al final de túnel y 1057 naranjos esperando a abril para perfumar el mundo de azahar.

Volverá la primavera.

Y uno lejos, pensando, escribiendo, etiquetando, volviendo a las andadas sin excusa.

303, 202, 101 cosas que hacer en gravedad cero.

miércoles, octubre 07, 2009

La trayectoria de un disparo


¿Por qué no sonríen los ángeles extraños?

A veces no encuentran los motivos.

A veces no encuentran las razones.

¿Cuál es la trayectoria de un disparo?

Cargar un cartucho en Inglaterra y disparar al cielo, esperando que la bala caiga, peregrina, entre meigas en Santiago. Olvidarse de la bala cuando un moreno, peregrino, visita a un ángel que ha perdido, ese día, la sonrisa.

Apuntar con la bala a Castilla desde el norte, sin saber cómo o dónde se dispara.

Para acabar, con unas manos que no olvido en muchas partes, sosteniendo un rifle de francotiradora apostado al sur, para iluminar un día de unas semanas malas a un moreno, peregrino, en una tierra extraña y lenta.

¿Quieren saber cuál es la trayectoria de un disparo?

¿Nunca sonrieron cuando de pequeños alguien les regalaba una moneda?

Imaginen, entonces, veinticuatro veces más.

Hay un ángel que, sin sonreír, provoca que los exiliados sonriamos.

Sin embargo, yo la he visto sonreír, y sé que volverá a hacerlo. No es una vana esperanza.

Es la trayectoria de un disparo.

domingo, octubre 04, 2009


Rafael en la ciudad despierta

Un Relato Asombroso de horror transhumano

por

Marcos Pastor
guionista y productor de APK


Recuerdo despertarme.

Con espantosa nitidez. Sin rastros de sueño, sin cansancio, sin bostezos.

Boca arriba. Perfectamente colocado en unas sábanas idénticas a las que yo mismo había puesto limpias la noche anterior.

Recuerdo el calor, y un ventilador de la lámpara en marcha, lento e inexorable. Siempre había habido un ventilador en ese techo, siempre en marcha, todas las noches.

Me senté en la cama. Y miré alrededor. En la penumbra, todos los objetos del cuarto ocupaban exactamente el mismo lugar que cuando me quedé dormido, ocho horas de reloj antes.

Me giré, para alcanzar el interruptor.

Lo pulsé.

Ojalá nunca lo hubiera hecho.

La luz se derramó instantáneamente sobre la habitación, dejándome ver todos los objetos que allí había. Recuerdo el aire extrañamente quieto, y el leve velo de irrealidad con que parecía empaparse todo a la luz de una bombilla de bajo consumo. Me levanté.

Me acerqué a la silla de la esquina del cuarto, donde estaban, dobladas exactamente igual que hiciera ayer, las mismas prendas que me quité antes de dormir.

Las mismas prendas.

Tomé la camisa. La miré de cerca. La misma marca. Y el mismo color. Y el mismo roto exactamente igual y exactamente igual cosido por mi madre en el mismo lugar.

La camisa, desde la primera puntada hasta el último botón, idéntica a la que yo dejé ayer en aquella silla, ocho horas de reloj antes.

De reloj.

Recuerdo el reloj. Sobre la mesilla de noche, con caracteres rojos, de leve luminiscencia, y un roto en la parte posterior. Yo mismo lo arreglé con masilla epoxídica seis meses y tres días atrás. El reloj que reposaba en la mesilla era exacto, diáfanamente reproducido. Lo cogí.

Recuerdo mirar la masilla.

En ella, en el mismo lugar de siempre, las huellas de mis dedos, iguales línea por línea se podían ver y tocar. Dejé caer el reloj. Salí del cuarto.

Caminé por un pasillo cuyas marcas de pintura gruesa en la pared estaban en los mismos lugares, milímetro a milímetro, que ayer ocupaban, idénticos, sus gemelos en mi casa.

Giré.

Recuerdo entrar al lavabo. Y mirarme en el espejo. Y ver una cara devolviéndome la mirada. Con mis ojos. Con mi cara. Apoyado en el lavabo, recuerdo acercarme al espejo para observar detenidamente. Las entradas del que me miraba comenzaban exactamente en el mismo lugar que las mías. El lunar de la mejilla. El diente roto y empastado.

Todo.

Recuerdo todo.

El extraño que me miraba en aquel espejo idéntico al que había en mi cuarto de baño, idéntico a aquella habitación en la que me encontraba, imitaba cada uno de mis gestos igual que aquella casa imitaba, pieza por pieza, todo lo que yo poseía.

¿Se daría cuenta alguien más de aquel disparate inenarrable?

¿Cuál era aquel lugar desconocido?

¿Cuál era aquella ciudad en la que desperté, reflejo sin distorsión de aquella en la que yo vivía?

Mientras me sentaba en un salón que no era el mío, aunque una mujer igual a mi esposa en cada detalle aseguraba, llorando, que sí, me dirigí hacia el primer cajón de la cómoda.

Abrí, y allí estaba.

Él.

No una copia. No un gemelo.

El mismo revólver que hace meses guardé, junto a una caja de munición que yo mismo desprecinté, tiempo atrás.

Mientras la mujer desconocida e idéntica lloraba en sofá, mientras hablaba por un teléfono que imitaba el mío, cargué un único (por fin algo único) cartucho en el tambor.

Lo apoyé en mi mandíbula.

Recuerdo apretar el gatillo.

jueves, octubre 01, 2009

Pequeña Poesía en Piano Bar (en noches como aquella)

(pulsen primero aquí...)

Llovía fuera.

Siempre llueve fuera en noches como aquella.

¿Cómo olvidar?

Había algo de humo en el ambiente, separado de la lluvia embebiendo aceras por cuatro milímetros de vidrio. Solamente.

¿Cómo olvidarla?

Yo bebía sólo, como se bebe en noches como aquella. Una camarera limpiaba vasos al fondo de la barra, y detrás de mí el pianista saludaba y se marchaba.

La lluvia, temeraria, atacó al humo en el umbral, libre de la cárcel de cuatro milímetros.

El pianista se marchó.

Al fondo del bar, un fondo que continuaba tras lo largo de la barra, hacia una tarima de poca altura. Allí reposaba el piano. Estaba cerrado, supuse, aunque no lo veía.

En noches como aquella, la luz es un bien escaso, y la oscuridad acariciaba aquel fondo de manera suave, y muy lenta. No me di cuenta hasta dos o tres tragos después, quedando sólo un dedo de aquello que estaba bebiendo. Lo noté al tragar, pero no lo entendí hasta que el vaso volvió a posarse.

Se posó.

Clac.

El piano seguía sonando.

Así que me giré.

Y lo vi.

Sonando solo.

Y me equivoqué. Sonaba, pero no estaba solo.

Sentada cerca, sin tocar el instrumento, estaba ella.

Una pequeña poesía, en un piano bar.

Recuerdo que estaba vestida de azul, con el pelo suelto, de color negro, cayendo sobre su espalda.

Sobre su espalda.

Ondulado, pero dulce, como una cascada de nubes negras que no pueden sujetarse.

Sobre su espalda.

El vestido azul se abría allí, haciendo un mar de piel para las nubes negras. Y el piano sonaba solo, aunque estuviera acompañado.

Yo también me marché solo. Pagué en la barra y me dirigí a la puerta. El humo se movía al acercarme a ella, asustado de las pocas gotas que entrarían.

Cuatro milímetros de vidrio más tarde, con las gotas golpeándome en el sombrero (siempre se lleva sombrero en noches como aquella) me pregunté por qué estaba mojándome allí y no en el mar, bajo las nubes negras.

Sobre su espalda.

Pero el bar ya había cerrado.

Siempre cierran, en noches como aquella.

lunes, agosto 31, 2009

El burlador en Sevilla


Una etiqueta nueva.

Para el blog.

De lo que vaya pasando.

Les dejo con Lorca.

Nos vemos el día 21, al amanecer. En una alcoba o en un descampado.

Sevilla es una torre
llena de arqueros finos.

Sevilla para herir.
Córdoba para morir.

Una ciudad que acecha
largos ritmos,
y los enrosca
como laberintos.
Como tallos de parra
encendidos.

¡Sevilla para herir!

Bajo el arco del cielo,
sobre su llano limpio,
dispara la constante
saeta de su río.

¡Córdoba para morir!

Y loca de horizonte,
mezcla en su vino
lo amargo de Don Juan
y lo perfecto de Dioniso.

Sevilla para herir.
¡Siempre Sevilla para herir!

Ban Pen Fugyo

Diez mil cambios.

Ninguna sorpresa.

De ciudad. De nombre. De gente. De lugar. De ropa. De estilos. De combate. De pintura. De amigos. De ley. De enemigos. De heridas. De corazón. De rincón. De hambre y de sed. De arma. De armadura. De voz. De dirección. De figuras. De casa. De hogar. De duelo. De amantes. De caramelos. De flor. De vaca. De hermanos. De ciclo y de espiral.

Diez mil cambios.

Ninguna sorpresa.

martes, julio 28, 2009

El final de La Guerra Interminable


Stargate, 29 junio 2889

William,

Lo tienes todo en tu informe personal. ¡Pero te conozco! Eres capaz de tirarlo sin abrir.

Así que intento una posibilidad extra.

Espero que por lo menos leas esta nota.

Ya lo ves: he sobrevivido.

Quizá tú también hayas tenido esa suerte. Si es así, únete a mí. Salgo hacia el planeta "Index", el quinto del sistema de Nízar.

Con otros cinco veteranos hemos comprado un viejo crucero de la A.E.N.U. Nos sirve de máquina del tiempo. Vamos a veces hasta cinco años-luz de Index, y volvemos luego.

Cada diez años envejezco apenas un mes. Si vuelves sin problemas de Jade-138, tendré unos treinta y seis años a tu llegada.

¡Date prisa!

Poco me importa que tengas treinta y seis o noventa y un años.

Si no puedo ser tu mujer seré tu enfermera.

Marygay.

________________
La guerra interminable es un cómic obra de Marvano y Joe Haldemann, que narra la vida del mayor Mandela, desde su reclutamiento en el año 2010 hasta su inesperado licenciamiento en 3177. Es un canto a la individualidad y a la razón, a la vez que condena los desastres de la guerra y la barbarie humana, enfrentada a la desconocida raza conocida como los Tauros. Joe Haldemann, el guionista de la obra fue combatiente en la guerra del Vietnam. Se publicó originalmente en 1974.

La heredé del hombre que me enseñó a no volver solo del cine.

lunes, julio 20, 2009

32 buenas voluntades


¿Dónde ha quedado mi voluntad? La he perdido una temporada.


Se lo vi hace muchos años a Jaime García Serrano, el calculista matemático más rápido del mundo.

O eso afirma su publicidad.
Cinco (muchas veces revalidados) records Guiness avalan eso y mucho más. Lo recuerdo muy bien, perfectamente y con diáfana nitidez. Como siempre, ni recuerdo los números, ni los nombres, ni los detalles.

Recuerdo la emoción.

Yo no sabía que sería mago, ni mentalista. No sabía que aprendería trucos para simular lo que ese hombre hacía de verdad. Pero...

... recuerdo la emoción.

Un hombre sencillo y con acento sudamericano, en el salón de actos de mi colegio, teniendo yo 15 ó 16 años calculaba, más rápido que nuestras calculadoras científicas, senos, cosenos, factoriales, logaritmos y cualquier operación que, en nuestra tímida adolescencia, nos atrevíamos a echarle encima. Memorizaba enormes listas de números y de objetos que repetía instantáneamente sin error, en cualquier sentido, y sin fallar. No podía creerlo, y pocas veces he sentido tanta magia en el ambiente. ¡Tiene que haber truco!, decían algunos. ¡Imposible! gritaban otros.

Jaime García Serrano, el calculista matemático más rápido del mundo.

Aun hoy, tras casi diez años aprendiendo el arte del mentalismo, no he encontrado ningún sistema de nemotecnia mejor que el del señor García Serrano.

Algo en mi corazón me dice que nunca lo haré, y me da algo de pena.

Yo no soy calculista, así que la nemotecnia es sólo una parte de mi espectáculo. No memorizo, como hizo él, listines telefónicos de Bogotá, ni números de doscientas veinte cifras de una sola mirada.

Y sí, me da pena.

Porque no puedo acordarme de todas las personas con las que hablo cada día.

Y porque este mes, que ha sido muy cuesta arriba, me quedaré sin acordarme para siempre de 32 buenas voluntades.

Que me han devuelto la mía.
_____________________
El señor de la foto es, efectivamente, Jaime García Serrano, el calculista matemático más rápido del mundo (Málaga, Colombia, 1955-). Entre otros records, memorizó el listín telefónico de Bogotá, calculó la raíz trece de un número de cien dígitos en 0´15 segundos y computó en su cabeza el calendario gregoriano de un millón de años. Pueden adquirir sus libros o contratarlo como conferenciante en su propia página web.

jueves, julio 16, 2009

Tempus fugit (adagio)


Ahora es la hora.

Y la hora es ahora.

Lo dice un señor con bigote que me pone a hacer flexiones y que me ha enseñado a esgrimir, a matar con un bolígrafo y a luchar con lanza.

Toma ya.

Y, de paso, a reflexionar un poco sobre el mundo, sus usos y sus maneras.

Y resulta que últimamente me estoy dando cuanta del poco tiempo que tenemos para hacer cosas, y de lo mucho que lo tiramos a la basura, escuchando nuestras propias voces, dejando que lo que dicen los demás nos rebote en las orejas, pasajero inerme de mensajes que no escuchamos.

Estamos demasiado ocupados (lo dijo Mafalda) con lo urgente como para preocuparnos por lo importante.

Lo dice otro señor de los de las lanzas: si no te mueves, estás muerto.

Y uno, muy cachas, que fue el primero que me hizo escremir un sable, nos lo grita siempre. El entrenamiento que perdamos no se volverá a repetir. El tiempo que se va, no vuelve. Tempus fugit, para el que entienda el latín.

Tiempo y ganas.

Voces y tiempo.

Ecos y voces.

¡Ahora es la hora!
¡Corran!

martes, julio 14, 2009

La verdad bajo la espada


¿Qué es budo?

Samu empleó esa frase en cierta ocasión, con tinte humorístico. Y hace poco mi condesa favorita me lo preguntó. Sexy y directamente, como hace ella las cosas últimamente.

¿Qué es el budo? ¿Dónde empieza? ¿Y dónde termina?

Es una pregunta para la que no tengo una respuesta clara. Como un agujero en la arena, cuanto más quitas, mayor es. Cuanta mayor es la profundidad, menos claro ves el fondo. Cada nuevo dato y cada nueva idea se suma al conjunto, formando una madeja enmarañada, de la que no puede sacarse hilo son cortar.

Es el error que cometemos siempre.

Por que no puede embotellarse la emoción. El corazón no cabe en una frase, y la voluntad de tomar o respetar la vida no puede afrontarse desde lo vacuo, ni desde el metal frío de una espada. Sino, (creo) desde lo que mueve ese metal.

El corazón sobre la espada.

¿En qué momento un conjunto de técnicas de esgrima, de lucha o de espionaje trascienden para convertirse en una brújula moral y espiritual para muchos individuos?

Porque esa es una de las claves: es una búsqueda individual que desgraciadamente, apenas puede enseñarse, y, sobre todo, ha de recorrerse solo.

Un gran maestro dijo que el verdadero budo consiste en arrancar cabezas. Una afirmación extraña para alguien que habla siempre entre metáforas y que dice que el budo es vida. Quizá, sólo quizá, el que sabe como arrebatar la vida es el que más sabe apreciar lo maravilloso de la existencia.

¿Qué es budo?

Muchos grandes maestros antes que yo han dado grandes respuestas a una pregunta que cada uno debe responder para sí mismo.

Sólo daré una pequeña norma, que me dieron a mí: si te paras, estás muerto.

Igual que un corazón, bajo una espada.

miércoles, julio 01, 2009

Rafael en la Ciudad Dormida
un Relato Asombroso
de terror inhumano

por

Marcos Pastor
guionista y productor de APK
*****



Me desperté.

Recuerdo la leve ingravidez, el extraño olor acre calándome casi en la nuca.

Recuerdo estar tumbado y volver suavemente a la consciencia. Lo primero que hice, sin moverme, fue abrir los ojos. Allí, tumbado, vi un paisaje gris y macilento, cubierto de un polvo lento que llenaba toda superficie. Una suerte de limadura metálica muy suave, que cubría también mi propio cuerpo.

Estaba desnudo.

No lo vi hasta que me incorporé y miré a mi alrededor. Recuero lo alienígena del paisaje, el cielo estrellado, quiero y congelado, con las estrellas muertas en vida. Me fijé en que ninguna parpadeaba, y recuerdo haber pensado que la escasa luz muerta de aquella extraña imagen fija no sería suficiente para iluminar aquel lugar ceniciento y extraño. No es que hubiese demasiada luz...

...solo la equivalente a un ocaso de verano, salvo que esta parecía provenir de todas partes, creando un desconcertante juego de sombras que me hizo dificil apreciar los detalles pequeños de aquella flora deforme.

La flora...

Sé que olí una de aquellas plantas, y que el acre olor de mi despertar se intensificó por su perfume maligno, casi tóxico. Recuerdo un leve dolor en mis pulmones. Recuerdo cómo la flor cristalizó en mis dedos y se deshizo en polvo, en ese polvo metálico que cubría todo, cayendo, ya dije, levemente ingrávido hacia el suelo, hasta posarse en mis pies desnudos.

******

No podría decir cuánto pasó desde mi despertar hasta aquel momento. Sí sé que cualquier ser que habitase en ese lugar plúmbeo y gris podría seguir mis huellas sin dificultad, marcadas en la suave arena metálica. Y casi untuosa. Y recuerdo no haber sentido miedo. Una extraña calma me empapaba los huesos, el alma. La misma calma preternatural y obscena que embebía cada partícula de aquel mundo necrótico y perturbadoramente sereno.

Y entonces, la vi.

Nunca antes me había encontrado con una costrucción humana de tamaño tal. Frente a mí, sin ruido, sin ceremonia, se alzó del polvo una ciudad irreal, fantástica. Dormida.

Recuerdo su estructura deforme a la par que simétrica, el suave acabado de sus formas casi orgánicas, la formidable presencia del minarete central cubierto de signos palpitantes y quietos a la vez, con una energía prohibida contenida dentro.

Y recuerdo el silencio. Nítidamente. Recuerdo haber pensado que la ciudad estaba realmente dormida. No sus habitantes. No su gente. Sino ella misma, como algún extraño gigante, dueño del lugar, aparecido para encadenarme a un destino peor que la muerto.

Recuerdo haber vuelto a pensar que nada humano hubiese podido construir aquello.

Y recuerdo el momento en que comprendí el significado maldito de los signos quietos en su pálpito.

Mi último recuerdo fue un pozo negro de locura al alcanzar esa comprensión.

Y, en mi último destello de desnuda cordura, la imagen ominosa de la ciudad dormida.

El Exterminador contra Los Transformadores


El otro día fui a ver Transformers.

Yo solo. Lo hago mucho. Lo comento porque hace poco un amigo señaló que sólo voy solo a ver las películas de ciencia ficción. En realidad se confunde, porque a veces también voy a ver las de terror. Pero no andaba desencaminado. Poco antes me fui, solito, a ver Terminator 4. Y me acordé:

Era navidad.

A primeros del año 92.

Había una olimpiadas no muy lejos, era año bisiesto y se declaró año internacional del espacio. Para volar.

Yo tenía, nada más, 11 años.

Como muchos domingos, él invitaba al cine. Como siempre, a ver una película de ciencia ficción.

Hace dieciseis (¡dieciseis!) años de esto. Y no recuerdo bien las imágenes, no recuerdo bien las palabras. Pero recuerdo bien las emociones.

No entendí bien la historia, pero recuerdo que me apené cuando el que para mí era el padre del niño tenía que morir al final. Recuerdo una voz grave, que me encantó, ignorando entonces que sería admirador en el futuro del hombre de Albacete que hablaba por la boca de un robot que, a mí, con once años, me pareció gigantesco.

Recuerdo haber pensado que el malo de esa peli era indestructible y que no podrían matarlo nunca. Recuerdo sorprenderme cuando lo lograron.

Recuerdo que reí.

Y que lloré.

No sabía que la ciencia ficción me iba a encantar el día de mañana, o que acabaría conociendo las especificaciones técnicas de androides que sólo existen en la imaginación. No sabía que se convertiría en mi segunda película favorita.

No sabía nada.

En mi confusa y emocionada percepción de niño sólo recuerdo la aventura. La emoción.

Y volver a casa con mi padre, lloviendo, mientras él me explicaba todo lo que yo no había entendido de Terminator 2.

Por eso, a veces, voy solo al cine.

Porque la imaginación, aunque ya no sea nunca más el año 92, a veces también sirve para volar.

Y allí, imaginando, bajo la lluvia, nunca voy, ni vuelvo, del cine solo.

lunes, junio 29, 2009

La estocada perfecta


Nunca conocí a nadie que tuviera tan roto el corazón.

Nadie lo diría, por la forma que tenía de tratar a las mujeres. Lo recuerdo perfectamente, por loas muchas veces que pensé en cuánto me gustaría a mí hacerlo tan bien. Era todo halagos, sonrisas, comentarios ocurrentes. Una delicada y precisa esgrima, como lo llamaba él. Parada en tercia, fondo, estocada, iai, kimé. El timing perfecto para la estocada perfecta.

También recuerdo haberme preguntado muchas veces por qué nunca se enamoraba de ninguna, por qué ningún beso de tantos como daba la causaba el impacto suficiente como para quedarse grabado en la memoria. Por qué ninguno. Nunca. Y recuerdo además que solía pensar que eso era una gran suerte.

Hasta que me lo contó.

No podría escribirlo aquí, y seguramente él no quisiera. Seguramente no.

Puedo imaginarlo como una fina hoja de acero envenenada. Al rojo vivo, atravesando limpiamente, de parte a parte, el corazón.

Estallando después, esparciendo metralla incandescente por todo el órgano, convirtiéndolo en una sanguinolenta masa. Privándolo de toda capacidad que no fuera empujar la sangre por su organismo.

Una válvula muerta.

Nunca conocí a nadie que tuviera tan roto el corazón.

Desde entonces, cada vez que lo veía con su perfecta esgrima, parada en cuarta, no puedo evitar pensar que, en realidad, quien más perjudicado acababa con sus estocadas perfectas no eran las damas cuyos besos no acababan grabados en ninguna parte.

Recuerdo no haber deseado nunca más parecerme a él.

Nunca.

Muerto en vida, con una sonrisa perenne tratando de ocultar que mi corazón es una válvula muerta.

Convirtiendo la esgrima en una danza hueca.

Desde entonces, nunca tuve envidia de nadie que estuviera muerto.

O tan roto.

jueves, junio 25, 2009

52 efectos mentales con baraja completa


As de picas.
Dos de picas.
Tres de picas.
Cuatro de picas.
Cinco de picas.
Seis de picas.
Siete de picas.
Ocho de picas.
Nueve de picas.
Diez de picas.
Sota de picas.
Reina de picas.
Rey de picas.

As de corazones.
Dos de corazones.
Tres de corazones.
Cuatro de corazones.
Cinco de corazones.
Seis de corazones.
Siete de corazones.
Ocho de corazones.
Nueve de corazones.
Diez de corazones.
Sota de corazones.
Reina de corazones.
Rey de corazones.

As de tréboles.
Dos de tréboles.
Tres de tréboles.
Cuatro de tréboles.
Cinco de tréboles.
Seis de tréboles.
Siete de tréboles.
Ocho de tréboles.
Nueve de tréboles.
Diez de tréboles.
Sota de tréboles.
Reina de tréboles.
Rey de tréboles.

As de diamantes.
Dos de diamantes.
Tres de diamantes.
Cuatro de diamantes.
Cinco de diamantes.
Seis de diamantes.
Siete de diamantes.
Ocho de diamantes.
Nueve de diamantes.
Diez de diamantes.
Sota de diamantes.
Reina de diamantes.
Rey de diamantes.

jueves, junio 18, 2009

Calsetín


El papá de mis enanos favoritos me contó cosas muy interesantes. ¿Qué conversación no lo es a las tres de la madrugada? Fede era un bebé y Manuela no había nacido, pero su progenitor me habló de dos señores. Uno, Hilario Camacho. El otro, Javier Ruibal.

Hay una canción de este último que por alguna razón relaciono siempre con una chica. Una preciosa que vi fugazmente una noche en Sevilla.

Y por alguna razón, se quedó grabada en un hueco de la memoria que se abre de vez en cuando.

Siempre me dice que no pierda el tiempo pensando en ella.

Pero yo, que soy un canalla, nunca hago caso a nadie.

Javier Ruibal: Isla Mujeres.



Subía el calor cuando pasaba por mi acera,
todo el bulevar pudo quemarse en su candela.
Hay una legión de sátiros y piratas
que, de bar en bar, le gritan: ¡Guapa!

Me hago seguidor de sus andares de pantera,
peregrino voy, donde lo ordenen sus caderas;
qué me importa a mí si es un infierno la calle,
si por fin la llevo por el talle.

Oye, mi bien,
tú la reina de Isla Mujeres;
y yo, si tú me quieres,
seré tu esclavo más fiel.
Pobre de mí,
si de tu fuego me extravío,
mi corazón, de frío,
se olvidará de latir.

Sobre su perfil un sol de cobre se derrama,
la rosa de abril, desnuda en medio de la cama,
se ha brindado a mí con un amor que desarma,
nubla la razón y abrasa el alma.

Y era de esperar que yo esperara retenerla,
pero todo el mar es poco mar para esa perla.
Arde el bulevar y, al borde de la locura,
no soy yo quien va de su cintura...

jueves, junio 04, 2009

Morir matando


Era una frase que decía mucho un amigo.

De los de antes.

Hablaba de enfrentarse a la vida como si fuera El Duelo Final. Los fans de "Los Inmortales" ya me entienden.

Hablaba de Quevedo como si fuese amigo suyo, del hálito vital que lo empujaba a exprimir la existencia, y que lo llevó de cónsul a prisionero, pasando por poeta y espadachín en una sola vida.

Había una prueba de fuego, terrible, en las antiguas escuelas de bûdo. En las de esgrima. Cuando la esgrima era de verdad, y no un juego de salón. Cuando tu vida depende de una herramienta, lo demás tiende a pasar a segundo plano.

El futuro instructor tomaba un bokken, un sable de madera. Y el resto de compañeros lo iban atacando mientras este se defendía. Sin protecciones. A pelo. En plan canalla.

Del amanecer al anochecer. Normalmente en verano.

Llegaba un momento, que los dedos del que defendía estaban tan agarrotados que no podía recoger el sable del suelo si este se le caía. Uno de los compañeros tenía que colocárselo en la garra deforme que tenía entonces.

Sufría muchas heridas, y el agarrotamiento de los dedos, así como el insoportable dolor, duraba varios días.

Durante los cuales, comer con palillos, por ejemplo, era un infierno personal de ineludibles y espectaculares dimensiones.

A veces no queda más remedio que pedirle a un compañero, a un amigo de esos de los de antes, que te vuelva a colocar el sable entre las manos.

Y a morir matando.

viernes, mayo 29, 2009

Bea salvando el mundo (omnia possibilia)


Una carta, que me he encontrado:

Yo nunca he tenido buenas ideas.

Quiero decir: se me ocurren muchas cosas, siempre, a todas horas, pero nunca he sabido desarrollarlas bien, o llevarlas a buen término. Por eso me gusta tanto diseñar juegos de rol en vivo con Jokin, una de las personas más inteligentes y sistemáticas que conozco. Las ideas surgen a mogollón de mi cabeza y Jokin le da forma al universo.

Por eso, porque no sé desarrollar cosas, siempre cito a la gente más sabia que yo. No es complejo encontrarla: nunca me cansaré de decir que la belleza y la sabiduría acechan en cada brizna de realidad.

La escuela Togakure, esa de ninjas que estudio yo y cuyas enseñanzas llevan transmitiéndose más de ochocientos años, dice una cosa: "shinden shin". De corazón a corazón.

Ochocientos años de tradición guerrera han acabado opinando eso. Que la verdadera amistad, que el verdadero amor (palabra de la que viene amistad) sólo puede existir de corazón a corazón. Sin disfrazar el pensamiento. Esto se hace con pocas, con muy pocas personas.

Yo conozco al menos una con la que lo haría siempre.

Shinde shin, corazón a corazón.

Ochocientos años de ninjas (dijo un friki) no pueden equivocarse.

Besos,

Marcos.

Se la escribí a Bea.

Bea es uno de los faros de mi vida, ya hablé de ella alguna vez.

Bea es como esos grandes libros de magia de los que habla Tamariz. Está llena de ideas, de buenas a excelentes. Ninguna mala.

Me gustaría que viérais la última. Es una de esas cosas que hace ella para salvar el mundo.

Está aquí.

Muchas gracias.

martes, mayo 19, 2009

Ellos llevan gabardina


(este relato se escucha con
esto, cortesía* de La Condesa Piernazas de Ruiz-Colmenares)

No me gustaría que perdieras el tren.

No me gustaría demasiado.

Sobre todo, no me gustaría darle lástima a algún otro viajero, que se diese cuenta de que he ido a buscarte a la estación con una flor.

No me gustaría que lloviese.

Siempre que un chico con flor se vuelve de una estación en la que no pudo recoger a nadie, llueve.

Y empieza a llover en cuanto sale de la estación.

Se tiene que subir el cuello de la gabardina (porque siempre que ella va a darle plantón escogen llevar una gabardina) y caminar sólo bajo la lluvia, con la flor de la mano.

Se nota mucho que la flor no es para él. Los chicos no saben llevar una flor de la mano.

Me vería la gente, y no me gustaría.

Tendría que caminar bajo la lluvia hasta un bar de esos perdidos que suele visitar la gente que se queda sola, donde conoces el nombre del camarero y él el tuyo.

Cuando llegas a ese punto, te das cuenta de que hay muchas cervezas nuevas. El chico sin chica y con flor se preguntaría en este punto si realmente hace tanto tiempo que no pasa por allí.

Es tarde, de todas formas. Siempre es tarde cuando paseas con una flor sin dueña.

Poco a poco, los parroquianos se van yendo y el chico sin chica mira el fondo del segundo vaso.

Es tan tarde que, mientras sigue lloviendo fuera, el camarero enciende las luces y quita la música, en uno de esos bares en los que hay luz, pero poca, siempre.

Empieza a recoger, mientras el chico se queda casi solo.

Casi.

Mira la flor y el fondo de un tercer vaso y se fija en una chica sentada ella sola en una mesa.

Al fondo.

Porque las chicas solas siempre se sientan al fondo.

Mira otra vez la flor, (una flor da mucho vértigo desde el fondo de un vaso) y apartando el vaso le pregunta algo al camarero, y éste le responde.

Suena otra vez la música, pero despacio, y hay humedad porque está lloviendo mucho.

El chico se acerca a la chica sola con dos copas de lo que ella había estado bebiendo. Una flor más que no se queda sin dueña.

Y luego, el camarero se despide de ambos, que se van juntos bajo la lluvia.

Pensaste un poco si eso me pasaría si no llegases en tu tren.

No. Eso le pasaría al tonto que fue con flor a recoger a una chica.

Yo iré a buscar una estrella.


* inspiración cedida por WinterGirl Enterprises-Rhiwen International Ultd. Todos los derechos hechizados.

domingo, mayo 17, 2009

Una estrella en Méndez Álvaro


No sé si todos conocen La Biblioteca Invisible.


Es un concepto.

De Borges, o de Neil Gaiman.

Aunque imagino que a muchos se les ocurrió primero.

En alguna parte de la Inmateria, en las Tierras del Sueño, o Más Allá del Velo de las Hadas (cada cual lo llame como quiera) existe una inmensa biblioteca donde están todos los libros que no hemos escrito. Nunca.

Algunos libros sólo están un tiempo. Son esos que tenemos verdadera intención de escribir, o que ya hemos abocetado. Cartas con Be y con uVe estuvo un tiempo hasta que lo escribí entero. Aunque luego lo perdí.

Pero hay otros muchos que se podrían encontrar poniendo a Max Verdié (o a mí) en el campo de búsqueda por autor.

El Artesano es uno. Aunque habiendo relatos cortos, se vuelve algo más tenue su presencia n la Biblioteca. Su segunda y tercera parte, La Cirujana y El Maestro de Armas son algo más fáciles de encontrar.

Sobre ese mundo, hay alguno más. Una colección de cuentos cortos protagonizados por el Gran Maestro Claudio del Gremio de Artesanos, titulado Lo que no os conté de Maite.

Muy tierno.

Pero hay más.

Algunos los empecé hace mucho, otros son un trozo de arrebato y algunos son sólo ideas.

Pero el otro día el bibliotecario de la Biblioteca Invisible añadió uno más a mi entrada.

Si buscan, rellenando el campo de búsqueda por autor, con mi nombre y apellido, encontrarán un libro nuevo que no he escrito, añadido el sábado nueve de mayo de 2009.

A las seis y cuarto caerá una estrella en Méndez Álvaro.

Novela.

Sin ficción.

Oídlo una vez más


Cualquier sistema que montéis sin nosotros

será derribado.

Ya os avisamos antes.

Y nada de lo que construisteis ha perdurado.

Oídlo mientras os inclináis sobre vuestros planos.

Oídlo mientras os arremangáis.

Oídlo una vez más:

Cualquier sistema que montéis sin nosotros
será derribado.

Tenéis vuestras drogas, tenéis vuestras pirámides.

Vuestros pentágonos.

Con toda vuestra hierba y vuestras balas
ya no podéis cazarnos.

Lo único que revelaremos de nosotros
es este aviso:

Nada de lo que construisteis ha perdurado.

Cualquier sistema que montéis sin nosotros
será derribado.

martes, mayo 12, 2009

LA VOZ A TI DEBIDA

(versos 102 a 126)

¡Si me llamaras, sí;
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
«¡si me llamaras, sí, si me llamaras!»
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: «No te vayas».

miércoles, abril 29, 2009

Las tres sonrisas de la estrella


Ring.

Sonrisa de ida.

Sonrisa de vuelta.

Ring.

Sonrisa de ida.

Sonrisa de vielta.

Ring.

Sonrisa y cuac.

Para todo el día.

Muac.

martes, abril 28, 2009

Seppuku



Así es como se llama, correctamente, a la ceremonia de suicidio ritual propia de la casta samurái.

El mal llamado harakiri.

La persona que se quiere quitar la vida se arrodilla, se afloja el kimono y deja frente a sí el aikuchi. Un cuchillo corto.

Siguiendo un estricto protocolo, masajea sus vísceras con el objeto de colocarlas para no cortarlas.

Eran, en fin, sus creencias.

Tomaba el aikuchi desenvainado y lo clavaba, paralelo al suelo, en la parte izquierda del abdomen.

Un corte horizontal.

Un giro.

Corte vertical. Hacia arriba.

Y luego, una persona de confianza, lo decapitaba.

Al menos así se me pasaría lo que tengo en el estómago.

Hijos de puta.

martes, abril 21, 2009

En el día más brillante

A veces la gente que me conoce me observa, sorprendida, cuando me pillan mirando hacia arriba.

Estoy buscando estrellas.

Mis novias nunca entendían que gustándome tanto leer, leer, leer, además de libros leyera tebeos.

Consigna: el día del libro, regala tebeos.

Hago una serie regular.

Esto es, compro un tebeo de una serie que se publica todos los meses.

Hacía años que no lo hacía, desde aquella que era blanca, y roja, y luego azul, amarilla o yo qué sé. La del dragón de las bolas.

La que yo compro ahora se llama JSA: Justice Society of America. La Sociedad de Justicia de América.

Es el primer grupo de superhéroes de la historia. Fue, en origen, un batiburrillo editorial donde metieron, un poco grosso modo, diversos personajes de una misma casa, en 1940.

Eran superhéroes de la edad de oro.

Los dibujos eran simplones y dibujados a matacaballo, las historias burdas, sencillas y lineales y los personajes eran todos plagios los unos de los otros. Pero todo era colorista, plano y luminoso.

Los buenos eran buenos y los malos malos. Los héroes tenían nombres sonoros y rimbombantes (La Linterna Verde, El Hombre Dinámico, El Reportero Fantasma, Hourman, El Capitán Maravilla, El Terror) y los villanos... parecía que eran todos doctores, o que todos estaban desfigurados.

Era una época en la que América necesitaba mirar la cielo en busca de estrellas, en busca de luz. Habían pasado una tremenda época de color sepia de la que nunca hubieran salido sin una guerra que asoló la vieja Europa. Por eso sus héroes, los dioses mitológicos de colores brillantes que habían inventado fueron mandados a la guerra. En sus aventuras, y en el corazón de mucha gente que vivía buscando estrellas.

A mí me llegó en una época parecida. Cuando era niño.

Ya he leido el Eternauta, y me quedé maravillado por el exquisito tratamiento narrativo. Con el Incal disfruté del simbolismo llevado al extremo, y pongo a Watchmen como ejemplo de libro de texto del postmodernismo. He leido a Crumb y a Laucier, y sé por qué El Condón Asesino tiene un premio Eisner. Viñetas y gafapastismo. Todos nos creemos muy listos.

Pero a veces...

... sólo a a veces...

Incluso en el día más brillante...

... o en la noche más oscura...

... necesito mirar arriba.

No sea que me pierda alguna estrella
.

Verde y Azul. Y otra vez verde.


Es una curiosa alternancia.

La he estado pensando.

Mirando un poco, vaya.

En plan reloj. Tic tac, y eso.

Hace algún tiempo de calendario pero para mi desgracia poco de memoria aunque Mu pugne por lo contrario, tomaba notas en este mismo lugar, con tinta verde. Hubo gente que leyó y no entiendía nada, como habrá quien lea esto y no lo entienda.

Tampoco importa.

El caso es que a fuerza de naufragar, toda tinta verde se acaba corriendo, por muy bien que huela. El salitre es mal consejero para un diario de a bordo que acaba cayendo al mar demasiadas veces.

Encontrada tierra y agotada la tinta, tomé nota mucho tiempo después, con tinta azul. La tinta no sirve como mercromina en caso de quemaduras de tercer grado, o donde las heridas son tan profundas como para sentir cada vez que vuelves a ver algo verde que se te salen las tripas. Un golpe, un muerto. Iai Nuki y eso. Los de negro ya me entienden.

Sonrío al ver las notas en azul, sensato color en aquel entonces que me llegó a preguntar si seguía apuntando en verde. Le dije que no, bastante idiota.

Sensatez, divino tesoro.

Verde, otra vez. Sin notas adicionales. Y se cumple el axioma de mi amigo Rubén sobre segundas partes. Sólo fue buena la de Terminator.

Y Azul. Con una mayúscula. Otra serie de notas que no duraron mucho pero me sirvieron para guardar en el cajón el cuaderno verde que me resistía a dejar pudrirse. Se gastó rápido pero se sonrió mucho.

Hubo gente que leyó esto y no se enteró, repito. De nada. Igual que ahora lo lees y no lo entiendes, pensando si el código de colores dice lo que está apeteciendo que diga.

Después del Azul, pues otro verde.

Y sonriendo, coño.

Una curiosa alternancia en la que he estado pensando.

Tic.

(Y tac, guiño).

jueves, abril 02, 2009

Abatido


Cierro los ojos, y después respiro,
y el vacío me muerde la mirada.
Siento al demonio enfrente, aunque no hay nada.
Mi sable está en la vaina. ¿La retiro?

Empieza ya la lucha, y en un giro
desenvaino cortando. La estocada
parece cercenar nada de nada,
nada más que el éter. Ni un suspiro.

Ni el más mínimo ruido. Ni un latido.
Relajo el gesto al relajar la palma.
Y... dudo, sin saber si yo he vencido,

al ver entonces, al volver la calma
que la sangre del monstruo que he abatido
es la sangre que sangro por el alma.

miércoles, abril 01, 2009

El primero de la clase


Nunca he sido el primero de nada.

Quedé segundo en un campeonato de Judo una vez. Gané dos combates. Uno por una contra, mi antigua especialidad, y el otro porque un tal Hércules se resbaló con el sudor. En la final, obviamente, catapún contra el suelo. Ganó el otro.

Ayer fue un día espantoso. Se me empañan cosas que me encantaron el día que las estrené, perdiendo brillo, por el uso, imagino, y la falta de perspectiva. Gueño, el Hombre de Bronce, me aconseja dándome ánimo y aliento mucho más de lo que él cree y más lejos de lo que alcanza el texto de sus palabras.

Que no me queme, dice. Héroe.

Me agoto, manteniendo batallas abiertas en diversos frentes, contra enemigos similares de lugares distintos, y allí donde miro, disparan. Impactos en todas partes, mal destino si has decidido, por una vez, andar sin armadura. A pecho descubierto.

Lo único bueno de luchar solo es que no existe el fuego amigo.

Después de un día de excusas con doble fondo, prisas, mentirijillas de medio pelo y festival emocional por dentro, me voy enterando de detalles que confirman mi particular y descafeinada teoría de la conspiración.

Harto, en su segunda acepción, de mi parcela de Universo, sentado en una silla en un lugar donde otros aprendían a esgrimir, me hicieron sonreir.

Una chica rubia la mar de mona y su amiga morena habían hecho una lista. De esas que hacen ellas.

Nunca había ganado nada.

Hasta ayer.

Y ufano, con mi medalla de oro por sorpresa, me fui sonriendo hasta la cama.

lunes, marzo 23, 2009

A azahar (por qué te miro)


Qué me miras, preguntaba.

El sábado.

Con acento.

Y casi me caigo al suelo.

Es la cuarta vez que voy a Sevilla. Hasta septiembre al menos.

De la primera no sé nada. De la segunda, apenas, demasiado pequeño.

De la tercera puedo alardear de recordarlo todo excepto la noche de aquel viernes, cuando Abraham afirmaba amarlas a todas, Paco se había vuelto jipi y conocía a Isra liando un porro y le robé la bufanda a Pedrito.

Esta cuarta vez volví sobre todo por dos enanos, uno de ojos negros y otra de ojos verdes. Y me vuelvo, como siempre que los veo, enamorado de ellos, de su vida y de su mundo y de la madre que los parió.

Y no es figura literaria.

Son mis tesoros favoritos, y espero que cuando sean mayores sepan perdonarme todas las historias de ninjas, de dragones, de genios y princesas que les cuento ahora.

Llegué a las siete de la mañana y se me tiraron encima cuando llegué. Manuela, en un universo enorme, no me soltó hasta que se fue a dormir ayer. Tuve que pedirle permiso para ir a despedirme de mis amigos.

Mis amigos.

Pako sigue siendo jipi, y un friki, permanentemente en la cresta de la ola. Pako, lo pienso a menudo, es una fuerza irresistible. Los días que se levanta.

Abraham sería el padrino perfecto. Y no hablo de una boda. Es la nobleza personificada, y la dulzura. Un caballero cuando los que queremos serlo fracasamos.

David. ¿David? David fue la suerte, y mi salvación durante 20 días en un río de Teruel, donde me hubiese ahogado sin él. Su consorte, por si lo dudan, bellísima. Para batirse en duelo.

Ana Piruleta estaba malita, así que tendremos que rompernos el corazón en otro momento.

En septiembre, igual.

El sábado salí, con el olor a azahar en el aire y la memoria de tres años atrás esperando ser refrescada.

La recordaba preciosa, totalmente preciosa y así me la encontré. Dulce y pequeña. Apenas me atrevía a acercarme y tocarla, por si acaso se desvanecía. Y la miraba.

Me preguntó por qué.

Así, con acento.

¿Que qué te miro?

Que he estado cuatro veces en Sevilla.

Y no he visto nada más bonito que tú.

A buenas horas se me ocurre la respuesta.

miércoles, marzo 11, 2009

Sin capa ni sombrero


No podemos salvar el mundo solos.

Aunque a veces, sin saberlo, se lo salvamos a personas concretas en momentos pequeños, sin darnos cuenta.

Una Duenda que circula por ahí cuenta que le dijeron que en todos los días ocurre algo maravilloso.

Es una fe estupenda.

Todos los días tienen un trocito mágico plegado en alguna parte. Incluso los más horribles.

Y algo entiendo de días horribles.

Sólo tenemos que mirar en los pliegues. En los recovecos de la realidad.

Por allí se encuentran la magia, la poesía la belleza. A veces las perdemos y no queremos verlas.

Otras veces, en fin, nos muerden en la cara.

Hoy me enfadé, grité un poco y llamé cosas poco propias de un caballero a mucha gente. Sobre todo por la tarde.

Mojado sin agua en una marea de gente que prefería ignorar el mundo a su alrededor, demasiada prisa por todas partes, en un día que por dentro ya me era intranquilo.

Es que no tienen tiempo.

Y dieron las 21:10.

Abracadabra.

Mi trocito mágico de hoy está protegido por la ley de datos. Así que diré que se llama Cinthia, que tiene 19 años y que ha decidido aportar toda su propina de una semana cada tres meses a una causa noble, más elevada que el chico que le sugirió que lo hiciera.

Max Verdié, mentalista, lamentó a las 21:10 no ser mago para poder quitarse el sombrero.

O mosquetero.

Para quitarse la capa, echarla al suelo y decirle a una chica tímida y sencilla de metro ochenta que estudia un módulo y que no va a dejar de salir los fines de semana ni a salvar el mundo ella solita que pise.

Con garbo.

Para que todo el mundo, en su inexcusable marea de prisa a ninguna parte, sepa que con diecinueve años se puede ser una señora.

Y, sin saberlo, salvarle el mundo a las 21:10 a un chico sin capa ni sombrero.

Gracias.

lunes, marzo 09, 2009

El Hombre Inaudible




"El Hombre Inaudible" es una novela de ciencia-terror que podrán hallar en la sección "Novela/Ciencia Ficción" de la Biblioteca Invisible. El autor está a veces en la uve, a veces en la pe.

Fragmento:

Nunca hallo la respuesta.

Nunca supe (y sospecho, sabré jamás) si era un genio visionario o un loco irresponsable.

Nunca.

Nos llevó años de duro trabajo y carísima investigación perfeccionar la fórmula, hasta dar con una plenamente funcional. Las holgadas fortunas familiares de que disponíamos ambos quedaron flacas ante las exigencias de nuestra ardua labor. El enemigo a batir fueron siempre los efectos secundarios. Su asencia, quiero decir.

Hallar la fórmula perfecta.

Una que no abrasase la piel del sujeto, que no lo volviese (recuerdo aún, entre mis pesadillas) del revés. No olvidaré el muchacho aquel que continuó golpeando el vidrio de su celda veintisiete segundos después de que su cerebro dejase de funcionar.

Pareció que la hallamos.

Ningún efecto fisiológico. Ninguna tara visible. Ni rastro de daño celular.

¿Cómo iba a saber yo el tremendo daño psicológico que provocó en mi compañero? ¿Cómo predecir lo impredecible?

Jugamos a ser dioses... y encontramos al demonio.

Ignoro qué llevó a Griffin a inocularse a sí mismo el agente que desarrollamos, y, realmente, a día de hoy, aún no me atrevo a dilucidar si fue un error en la fórmula lo que provocó su demencia o el poder embriagador que le infundió la redoma que se inyectó.

Lamentaré hasta el día de mi muerte, pronta ya, cada vez que dejé de fijarme en la creciente ansia de mi compañero en la búsqueda de nuestra obra maestra.

El Agente de la Inaudibilidad.

Nunca entenderé la extraña lógica que operaba tras el cerebro insondable de mi compañero. Fue siempre mucho más inteligente que yo, y mi ayuda en la investigación no fue más que un mero apoyo para que su privilegiado pensamiento llegase a la línea de meta de la fórmula perfecta. O casi perfecta.

Aún hoy, años después, recibo alguna llamada en mi teléfono privado. Tiemblo, cuando pregunto quién es mi interlocutor. Y no oigo. Y no puedo oír.

Alguien inaudible me escucha al otro lado, pero yo no puedo escucharlo a él. Jamás he tenido la certeza intelectual de saber que se trata de él, pero mi corazón y mis entrañas me lo gritan poderosamente.

El Hombre Inaudible sigue suelto, condenado a una sorda vida de miedo, terror y venganza.

¿Qué lleva al hombre cuerdo a desear la inaudibilidad?

Pienso en ello a menudo.


Y nunca, nunca, hallo la respuesta.

Brístol, julio de 1906.

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La imagen es cortesía de la bella Roci, y la robó de este blog.

miércoles, marzo 04, 2009

El I-Phone de los jipis


Oí mi nombre y me di la vuelta. Me sacó de mi ensoñación.

Era Celia, con sus piernas de un metro, pidiendo que la esperara.

Me sacó de mi ensoñación.

La chica era joven, de veintipocos, y guapa, por lo que recuerdo. Rubia, vestida con vaqueros, todo muy sencillo. Mochila de propaganda. Algo rota.

Llevaba un angelito rubio, vestido de rosa, al que daba de comer un potito. Le hablaba en un idioma que yo no entendía, búlgaro, ruso, no sé. Sonreí al angelito y me devolvió la sonrisa. Me miró con esa curiosidad perfecta con que los enanos miran el universo. Como si todo estuviese recién pintado. Podría vivir en unos mofletes así. Estaban sentadas en un banco de la estación de autobuses. El domingo. En Segovia. A su lado, muy modernos, un grupo de tres o cuatro jipis, con toda herramienta a juego. Rastas, moscas, unos bongos. La pose habitual.

La madre del angelito rosa le limpió la escabechina que éste había contado con el potito en lo que debía ser su boca. Con un pañuelo de papel de marca Dia. Le dio un beso a la niña y dejó de mirarme. Tenía otras obligaciones que atender, y otro trozo de universo en forma de cajita de cartón que explorar. La madre tiró el papel de la escabechina. A una papelera que indicaba claramente que no era de papel. Se marchó con el angelito rosa a un autobús. No sé con qué rumbo.

Uno de los jipis, con ciertamente poca educación, hizo notar a sus compañeros (creo que al artista de los bongos) que qué vergüenza de inmigrantes. Que ni se molestan en reciclar. Que qué barbaridad. Y, para mi sorpresa, la frase. Es que vienen a robarnos el trabajo.

En realidad, pensé, cuando alguien tiene los redaños de abandonar su casa, a su familia, su patria y su lengua para venir a una isla como esta península, en la que, sin memoria, demonizamos todo lo que viene de fuera porque aún nos creemos el imperio, cuando alguien deja todo lo que tiene por la esperanza de un casi nada, y se atreve a convertirse en extranjero en tierra extraña... por mí, puede tirar el papel de sus escabechinas donde quiera. Sobre todo si tiene prisa. Sobre todo si tiene que viajar con un angelito rubio al que limpia con pañuelos del día. Y lleva rota la mochila porque no puede comprar otra. No porque así las vendan en el Verska.

Mientras pensaba esto, al rey de la percusión le sonó el móvil.

Un I-Phone.

Joder con el jipi. No, mama. Con acento en la primera a. Ya estamos en Segovia. ¿Estáis en el chalé?

Oí mi nombre y me di la vuelta. Me sacó de mi ensoñación.

Era Celia, con sus piernas de un metro, pidiendo que la esperara.

Me sacó de mi ensoñación.

Nos subimos al autobús, de vuelta a casa.

El cansancio de una dura semana de trabajo me adormeció un poco en el regreso. El lunes todo era urgente, y no había vuelto a pensar en los jipis. Hasta ahora.

Y no me gustaría volver a hacerlo.

Pero no me quiero olvidar del angelito.

jueves, febrero 12, 2009

Genshin - Magia en el Corazón


Tenemos la mala o buena suerte de emplear un idioma con palabras, en lugar de uno con ideogramas. La poesía y los juegos de palabras que nosotros podemos hacer difieren tremendamente de los haiku japoneses o de las pequeñas reflexiones zen de aquellos maestros de los relatos de De Mello.

Pero la poesía, como la belleza, brota de lugares que no son la cabeza, exactamente igual que la magia.

Y hay una historia.

El Mago llegó, casi a la hora en que comen los señores. Paseaba solo, con aquel maletín viejo y heredado donde esconde la magia cuando ésta descansa. Y con la bolsa negra donde guarda el traje cuando no hay focos por encima.

Se los encontró por casualidad, caminando, magia por sopresa. Eran dos, bastante pequeños. Fede, el más grande tiene, tenía ocho años, es moreno de piel y cabello y de mayor va a ser espadachín y guerrero kung-fu, y aprenderá en secreto técnicas ninja. Manuela, que tiene un año menos, no espera a ser mayor y ya ha decidido ser una princesa, y se comporta como si el mundo fuera suyo y tuviese que hacerlo cada día un poco más feliz.

Fede es callado y a veces vive encerrado en un mundo interior lleno de naves espaciales, monstruos y demonios, corriendo a salvar a su hermana (Manuela es su hermana) cuando los monstruos malos la capturan.

Manuela nunca se calla, salvo cuando tiene pesadillas con aquellos monstruos y se le olvida que un Mago Ninja y un Guerrero Kung Fu pueden con cualquier monstruo que la quiera raptar.

Los tres se alegraron de encontrarse. Siempre hay muchos besos cuando lo hacen, y ellos dos, que son jipis pero muy bien educados, le dieron la mano al Mago para no perderse. Y para que él no se pierda.

Manuela le preguntó que por qué no había dormido en casa. La pobre se quedó dormida en la cama del Mago esperando que este llegara. El Mago le explicó que tenía que ir a su Torre Mágica a recoger el malétín de la magia dormida, porque aquella mañana la había despertado para unos niños.

¿Niños pobres? le dijo Fede. El Mago sonrío. Porque la lógica de Fede es siempre asombrosa. Fede apuntó que es estupendo que los magos también hagan magia a los niños cuyas mamás no pueden pagar hechiceros, porque la magia debería ser (y es) un poquito de todos.

Manuela agarró al Mago con las dos manos, justo después de colocarse el sombrero de princesa.

Pues a mí, dijo, mientras miraba el mundo con ojos verdes, me parece muy bien que hagas magia.

Miró al suelo y saludó a un caracol imaginario.

Pero, siguió, con dulce lógica y preocupación, no se te tiene que olvidar nunca que tiene que haber magia en tu corazón.

Y... ¿qué clase de Mago desoye el consejo de una princesa?

domingo, febrero 08, 2009

La lección de Oyaneko-san (volverá la primavera)


El general Oyaneko era un hombre sabio.

Era un samurái.

En un sistema de castas tan demencialmente rígido como el del Japón feudal, era fundamental que la clase guerrera cultivase la espiritualidad de forma muy intensa. La esgrima, junto con otras artes de lucha y su fusión con el movimiento zen contribuyeron mucho a esto.

Un hombre sabio, y un formidable espadachín.

Cuando su señor falleció, éste le ordenó no cometer seppuku, el suicidio ritual. Tenía planes para él. Ser el consejero de su hijo y sucesor en el cargo, quien era aún un niño pequeño.

Sin embargo, otros consejeros, celosos de su posición, crearon un escándalo que arruinó la reputación del general, y este fue relegado a labores de magistrado en una pequeña aldea.

El general Oyaneko, aunque indignado, obedeció sin titubear la orden de su señor, quien fuera aquel niño pequeño a quien tan bien aconsejó antaño.

Nunca pudo aceptarlo del todo.

Pero hay una historia...

Cuentan...

Cuentan...

Que un joven samurái errante llegó por azares del destino a la pequeña aldea que regía Oyaneko-san.

Y cuentan...

Que cuando el joven samurái lo encontró, Oyaneko ya era anciano, y estaba siendo devorado por una virulenta tuberculosis, la extraña enfermedad que los demonios extranjeros trajeron en sus barcos negros.

La historia de lo que hizo el joven samurái en el poblado es otra que no contaré hoy.

Porque cuentan...

Que cuando el joven samurái abandonaba el poblado, el mayordomo del general entró en la habitación de éste, trayendo su habitual y frugal desayuno.

Y no lo encontró.

Temiendo lo peor, corrió.

Corrió buscanda a su amo, que fue un gran guerrero, y no quería resignarse a morir consumido por el mal que trajeron los gaijin.

Corrió, hasta que lo encontró. En las afueras de la tranquila aldea.

La escena... le heló la sangre.

Lo que vió fue a un anciano, erguido, con la talla de guerrero legendario que tuvo antaño. Mirando frente a frente al joven y hábil samurái.

El general, con el hachimaki en la frente y el sageo recogiendo las mangas de su kimono, tenía su katana (marcada por la edad y el servicio esforzado, como su propio rostro) desenvainada.

No quería morir decrépito y enfermo.

Sino como un guerrero.

El joven samurái, aunque muy diestro con la espada, reusaba el duelo. No por miedo: no temía a la muerte, la suya o la de otro hombre. No por vanidad: sabía que el hombre que tenía delante, aunque anciano, era un soberbio esgrimista.

Nadie, nadie, recuerda las palabras que el joven guerrero dijo al general Oyaneko.

Sólo cuentan que fueron sabias.

En un sistema de castas tan demencialmente rígido, los guerreros han de ser sabios, y recordar que las espadas más afiladas son las que se dejan en su vaina.

Pero sabemos que le habló de honor. De bondad. Y de servicio.

Le mostró lo noble que fue aceptando un destino que no merecía por servir a su señor.

De la justicia y equidad de sus juicios, tratando igual a nobles y a campesinos.

Y de la prosperidad que trajo al pueblo con su liderazgo y sabiduría.

El general sostuvo la mirada del joven. Algunos dicen que el duelo se realizó, y que las espadas se detuvieron a milímetros de puntos vitales, y que fue entonces cuando habló el más joven de los guerreros.

Otros dicen que éste no llegó nunca a desenvainar.

Sea como fuere, Oyaneko-san bajó el gesto.

Y comprendió y vió lo acertado de las palabras del joven.

Miró a su mayordomo. "Vamos", dijo. "Tenemos un canal que inaugurar".

Esa misma mañana, el general abrió la compuerta del nuevo canal de irrigación, que facilitó el trabajo de muchos campesinos en la aldea.

Tres semanas después, moría, esclavo de la tuberculosis, con dolores tremendos en el cuerpo y una enorme paz en el alma, traída por aquel joven samurái.

En su lecho de muerte, aquel final de otoño, el general Oyaneko escribió un haiku.


"Buen día para morir.

Volverá la primavera".