...es el principio y el fin.

miércoles, abril 29, 2009

Las tres sonrisas de la estrella


Ring.

Sonrisa de ida.

Sonrisa de vuelta.

Ring.

Sonrisa de ida.

Sonrisa de vielta.

Ring.

Sonrisa y cuac.

Para todo el día.

Muac.

martes, abril 28, 2009

Seppuku



Así es como se llama, correctamente, a la ceremonia de suicidio ritual propia de la casta samurái.

El mal llamado harakiri.

La persona que se quiere quitar la vida se arrodilla, se afloja el kimono y deja frente a sí el aikuchi. Un cuchillo corto.

Siguiendo un estricto protocolo, masajea sus vísceras con el objeto de colocarlas para no cortarlas.

Eran, en fin, sus creencias.

Tomaba el aikuchi desenvainado y lo clavaba, paralelo al suelo, en la parte izquierda del abdomen.

Un corte horizontal.

Un giro.

Corte vertical. Hacia arriba.

Y luego, una persona de confianza, lo decapitaba.

Al menos así se me pasaría lo que tengo en el estómago.

Hijos de puta.

martes, abril 21, 2009

En el día más brillante

A veces la gente que me conoce me observa, sorprendida, cuando me pillan mirando hacia arriba.

Estoy buscando estrellas.

Mis novias nunca entendían que gustándome tanto leer, leer, leer, además de libros leyera tebeos.

Consigna: el día del libro, regala tebeos.

Hago una serie regular.

Esto es, compro un tebeo de una serie que se publica todos los meses.

Hacía años que no lo hacía, desde aquella que era blanca, y roja, y luego azul, amarilla o yo qué sé. La del dragón de las bolas.

La que yo compro ahora se llama JSA: Justice Society of America. La Sociedad de Justicia de América.

Es el primer grupo de superhéroes de la historia. Fue, en origen, un batiburrillo editorial donde metieron, un poco grosso modo, diversos personajes de una misma casa, en 1940.

Eran superhéroes de la edad de oro.

Los dibujos eran simplones y dibujados a matacaballo, las historias burdas, sencillas y lineales y los personajes eran todos plagios los unos de los otros. Pero todo era colorista, plano y luminoso.

Los buenos eran buenos y los malos malos. Los héroes tenían nombres sonoros y rimbombantes (La Linterna Verde, El Hombre Dinámico, El Reportero Fantasma, Hourman, El Capitán Maravilla, El Terror) y los villanos... parecía que eran todos doctores, o que todos estaban desfigurados.

Era una época en la que América necesitaba mirar la cielo en busca de estrellas, en busca de luz. Habían pasado una tremenda época de color sepia de la que nunca hubieran salido sin una guerra que asoló la vieja Europa. Por eso sus héroes, los dioses mitológicos de colores brillantes que habían inventado fueron mandados a la guerra. En sus aventuras, y en el corazón de mucha gente que vivía buscando estrellas.

A mí me llegó en una época parecida. Cuando era niño.

Ya he leido el Eternauta, y me quedé maravillado por el exquisito tratamiento narrativo. Con el Incal disfruté del simbolismo llevado al extremo, y pongo a Watchmen como ejemplo de libro de texto del postmodernismo. He leido a Crumb y a Laucier, y sé por qué El Condón Asesino tiene un premio Eisner. Viñetas y gafapastismo. Todos nos creemos muy listos.

Pero a veces...

... sólo a a veces...

Incluso en el día más brillante...

... o en la noche más oscura...

... necesito mirar arriba.

No sea que me pierda alguna estrella
.

Verde y Azul. Y otra vez verde.


Es una curiosa alternancia.

La he estado pensando.

Mirando un poco, vaya.

En plan reloj. Tic tac, y eso.

Hace algún tiempo de calendario pero para mi desgracia poco de memoria aunque Mu pugne por lo contrario, tomaba notas en este mismo lugar, con tinta verde. Hubo gente que leyó y no entiendía nada, como habrá quien lea esto y no lo entienda.

Tampoco importa.

El caso es que a fuerza de naufragar, toda tinta verde se acaba corriendo, por muy bien que huela. El salitre es mal consejero para un diario de a bordo que acaba cayendo al mar demasiadas veces.

Encontrada tierra y agotada la tinta, tomé nota mucho tiempo después, con tinta azul. La tinta no sirve como mercromina en caso de quemaduras de tercer grado, o donde las heridas son tan profundas como para sentir cada vez que vuelves a ver algo verde que se te salen las tripas. Un golpe, un muerto. Iai Nuki y eso. Los de negro ya me entienden.

Sonrío al ver las notas en azul, sensato color en aquel entonces que me llegó a preguntar si seguía apuntando en verde. Le dije que no, bastante idiota.

Sensatez, divino tesoro.

Verde, otra vez. Sin notas adicionales. Y se cumple el axioma de mi amigo Rubén sobre segundas partes. Sólo fue buena la de Terminator.

Y Azul. Con una mayúscula. Otra serie de notas que no duraron mucho pero me sirvieron para guardar en el cajón el cuaderno verde que me resistía a dejar pudrirse. Se gastó rápido pero se sonrió mucho.

Hubo gente que leyó esto y no se enteró, repito. De nada. Igual que ahora lo lees y no lo entiendes, pensando si el código de colores dice lo que está apeteciendo que diga.

Después del Azul, pues otro verde.

Y sonriendo, coño.

Una curiosa alternancia en la que he estado pensando.

Tic.

(Y tac, guiño).

jueves, abril 02, 2009

Abatido


Cierro los ojos, y después respiro,
y el vacío me muerde la mirada.
Siento al demonio enfrente, aunque no hay nada.
Mi sable está en la vaina. ¿La retiro?

Empieza ya la lucha, y en un giro
desenvaino cortando. La estocada
parece cercenar nada de nada,
nada más que el éter. Ni un suspiro.

Ni el más mínimo ruido. Ni un latido.
Relajo el gesto al relajar la palma.
Y... dudo, sin saber si yo he vencido,

al ver entonces, al volver la calma
que la sangre del monstruo que he abatido
es la sangre que sangro por el alma.

miércoles, abril 01, 2009

El primero de la clase


Nunca he sido el primero de nada.

Quedé segundo en un campeonato de Judo una vez. Gané dos combates. Uno por una contra, mi antigua especialidad, y el otro porque un tal Hércules se resbaló con el sudor. En la final, obviamente, catapún contra el suelo. Ganó el otro.

Ayer fue un día espantoso. Se me empañan cosas que me encantaron el día que las estrené, perdiendo brillo, por el uso, imagino, y la falta de perspectiva. Gueño, el Hombre de Bronce, me aconseja dándome ánimo y aliento mucho más de lo que él cree y más lejos de lo que alcanza el texto de sus palabras.

Que no me queme, dice. Héroe.

Me agoto, manteniendo batallas abiertas en diversos frentes, contra enemigos similares de lugares distintos, y allí donde miro, disparan. Impactos en todas partes, mal destino si has decidido, por una vez, andar sin armadura. A pecho descubierto.

Lo único bueno de luchar solo es que no existe el fuego amigo.

Después de un día de excusas con doble fondo, prisas, mentirijillas de medio pelo y festival emocional por dentro, me voy enterando de detalles que confirman mi particular y descafeinada teoría de la conspiración.

Harto, en su segunda acepción, de mi parcela de Universo, sentado en una silla en un lugar donde otros aprendían a esgrimir, me hicieron sonreir.

Una chica rubia la mar de mona y su amiga morena habían hecho una lista. De esas que hacen ellas.

Nunca había ganado nada.

Hasta ayer.

Y ufano, con mi medalla de oro por sorpresa, me fui sonriendo hasta la cama.

lunes, marzo 23, 2009

A azahar (por qué te miro)


Qué me miras, preguntaba.

El sábado.

Con acento.

Y casi me caigo al suelo.

Es la cuarta vez que voy a Sevilla. Hasta septiembre al menos.

De la primera no sé nada. De la segunda, apenas, demasiado pequeño.

De la tercera puedo alardear de recordarlo todo excepto la noche de aquel viernes, cuando Abraham afirmaba amarlas a todas, Paco se había vuelto jipi y conocía a Isra liando un porro y le robé la bufanda a Pedrito.

Esta cuarta vez volví sobre todo por dos enanos, uno de ojos negros y otra de ojos verdes. Y me vuelvo, como siempre que los veo, enamorado de ellos, de su vida y de su mundo y de la madre que los parió.

Y no es figura literaria.

Son mis tesoros favoritos, y espero que cuando sean mayores sepan perdonarme todas las historias de ninjas, de dragones, de genios y princesas que les cuento ahora.

Llegué a las siete de la mañana y se me tiraron encima cuando llegué. Manuela, en un universo enorme, no me soltó hasta que se fue a dormir ayer. Tuve que pedirle permiso para ir a despedirme de mis amigos.

Mis amigos.

Pako sigue siendo jipi, y un friki, permanentemente en la cresta de la ola. Pako, lo pienso a menudo, es una fuerza irresistible. Los días que se levanta.

Abraham sería el padrino perfecto. Y no hablo de una boda. Es la nobleza personificada, y la dulzura. Un caballero cuando los que queremos serlo fracasamos.

David. ¿David? David fue la suerte, y mi salvación durante 20 días en un río de Teruel, donde me hubiese ahogado sin él. Su consorte, por si lo dudan, bellísima. Para batirse en duelo.

Ana Piruleta estaba malita, así que tendremos que rompernos el corazón en otro momento.

En septiembre, igual.

El sábado salí, con el olor a azahar en el aire y la memoria de tres años atrás esperando ser refrescada.

La recordaba preciosa, totalmente preciosa y así me la encontré. Dulce y pequeña. Apenas me atrevía a acercarme y tocarla, por si acaso se desvanecía. Y la miraba.

Me preguntó por qué.

Así, con acento.

¿Que qué te miro?

Que he estado cuatro veces en Sevilla.

Y no he visto nada más bonito que tú.

A buenas horas se me ocurre la respuesta.

miércoles, marzo 11, 2009

Sin capa ni sombrero


No podemos salvar el mundo solos.

Aunque a veces, sin saberlo, se lo salvamos a personas concretas en momentos pequeños, sin darnos cuenta.

Una Duenda que circula por ahí cuenta que le dijeron que en todos los días ocurre algo maravilloso.

Es una fe estupenda.

Todos los días tienen un trocito mágico plegado en alguna parte. Incluso los más horribles.

Y algo entiendo de días horribles.

Sólo tenemos que mirar en los pliegues. En los recovecos de la realidad.

Por allí se encuentran la magia, la poesía la belleza. A veces las perdemos y no queremos verlas.

Otras veces, en fin, nos muerden en la cara.

Hoy me enfadé, grité un poco y llamé cosas poco propias de un caballero a mucha gente. Sobre todo por la tarde.

Mojado sin agua en una marea de gente que prefería ignorar el mundo a su alrededor, demasiada prisa por todas partes, en un día que por dentro ya me era intranquilo.

Es que no tienen tiempo.

Y dieron las 21:10.

Abracadabra.

Mi trocito mágico de hoy está protegido por la ley de datos. Así que diré que se llama Cinthia, que tiene 19 años y que ha decidido aportar toda su propina de una semana cada tres meses a una causa noble, más elevada que el chico que le sugirió que lo hiciera.

Max Verdié, mentalista, lamentó a las 21:10 no ser mago para poder quitarse el sombrero.

O mosquetero.

Para quitarse la capa, echarla al suelo y decirle a una chica tímida y sencilla de metro ochenta que estudia un módulo y que no va a dejar de salir los fines de semana ni a salvar el mundo ella solita que pise.

Con garbo.

Para que todo el mundo, en su inexcusable marea de prisa a ninguna parte, sepa que con diecinueve años se puede ser una señora.

Y, sin saberlo, salvarle el mundo a las 21:10 a un chico sin capa ni sombrero.

Gracias.

lunes, marzo 09, 2009

El Hombre Inaudible




"El Hombre Inaudible" es una novela de ciencia-terror que podrán hallar en la sección "Novela/Ciencia Ficción" de la Biblioteca Invisible. El autor está a veces en la uve, a veces en la pe.

Fragmento:

Nunca hallo la respuesta.

Nunca supe (y sospecho, sabré jamás) si era un genio visionario o un loco irresponsable.

Nunca.

Nos llevó años de duro trabajo y carísima investigación perfeccionar la fórmula, hasta dar con una plenamente funcional. Las holgadas fortunas familiares de que disponíamos ambos quedaron flacas ante las exigencias de nuestra ardua labor. El enemigo a batir fueron siempre los efectos secundarios. Su asencia, quiero decir.

Hallar la fórmula perfecta.

Una que no abrasase la piel del sujeto, que no lo volviese (recuerdo aún, entre mis pesadillas) del revés. No olvidaré el muchacho aquel que continuó golpeando el vidrio de su celda veintisiete segundos después de que su cerebro dejase de funcionar.

Pareció que la hallamos.

Ningún efecto fisiológico. Ninguna tara visible. Ni rastro de daño celular.

¿Cómo iba a saber yo el tremendo daño psicológico que provocó en mi compañero? ¿Cómo predecir lo impredecible?

Jugamos a ser dioses... y encontramos al demonio.

Ignoro qué llevó a Griffin a inocularse a sí mismo el agente que desarrollamos, y, realmente, a día de hoy, aún no me atrevo a dilucidar si fue un error en la fórmula lo que provocó su demencia o el poder embriagador que le infundió la redoma que se inyectó.

Lamentaré hasta el día de mi muerte, pronta ya, cada vez que dejé de fijarme en la creciente ansia de mi compañero en la búsqueda de nuestra obra maestra.

El Agente de la Inaudibilidad.

Nunca entenderé la extraña lógica que operaba tras el cerebro insondable de mi compañero. Fue siempre mucho más inteligente que yo, y mi ayuda en la investigación no fue más que un mero apoyo para que su privilegiado pensamiento llegase a la línea de meta de la fórmula perfecta. O casi perfecta.

Aún hoy, años después, recibo alguna llamada en mi teléfono privado. Tiemblo, cuando pregunto quién es mi interlocutor. Y no oigo. Y no puedo oír.

Alguien inaudible me escucha al otro lado, pero yo no puedo escucharlo a él. Jamás he tenido la certeza intelectual de saber que se trata de él, pero mi corazón y mis entrañas me lo gritan poderosamente.

El Hombre Inaudible sigue suelto, condenado a una sorda vida de miedo, terror y venganza.

¿Qué lleva al hombre cuerdo a desear la inaudibilidad?

Pienso en ello a menudo.


Y nunca, nunca, hallo la respuesta.

Brístol, julio de 1906.

_______________
La imagen es cortesía de la bella Roci, y la robó de este blog.

miércoles, marzo 04, 2009

El I-Phone de los jipis


Oí mi nombre y me di la vuelta. Me sacó de mi ensoñación.

Era Celia, con sus piernas de un metro, pidiendo que la esperara.

Me sacó de mi ensoñación.

La chica era joven, de veintipocos, y guapa, por lo que recuerdo. Rubia, vestida con vaqueros, todo muy sencillo. Mochila de propaganda. Algo rota.

Llevaba un angelito rubio, vestido de rosa, al que daba de comer un potito. Le hablaba en un idioma que yo no entendía, búlgaro, ruso, no sé. Sonreí al angelito y me devolvió la sonrisa. Me miró con esa curiosidad perfecta con que los enanos miran el universo. Como si todo estuviese recién pintado. Podría vivir en unos mofletes así. Estaban sentadas en un banco de la estación de autobuses. El domingo. En Segovia. A su lado, muy modernos, un grupo de tres o cuatro jipis, con toda herramienta a juego. Rastas, moscas, unos bongos. La pose habitual.

La madre del angelito rosa le limpió la escabechina que éste había contado con el potito en lo que debía ser su boca. Con un pañuelo de papel de marca Dia. Le dio un beso a la niña y dejó de mirarme. Tenía otras obligaciones que atender, y otro trozo de universo en forma de cajita de cartón que explorar. La madre tiró el papel de la escabechina. A una papelera que indicaba claramente que no era de papel. Se marchó con el angelito rosa a un autobús. No sé con qué rumbo.

Uno de los jipis, con ciertamente poca educación, hizo notar a sus compañeros (creo que al artista de los bongos) que qué vergüenza de inmigrantes. Que ni se molestan en reciclar. Que qué barbaridad. Y, para mi sorpresa, la frase. Es que vienen a robarnos el trabajo.

En realidad, pensé, cuando alguien tiene los redaños de abandonar su casa, a su familia, su patria y su lengua para venir a una isla como esta península, en la que, sin memoria, demonizamos todo lo que viene de fuera porque aún nos creemos el imperio, cuando alguien deja todo lo que tiene por la esperanza de un casi nada, y se atreve a convertirse en extranjero en tierra extraña... por mí, puede tirar el papel de sus escabechinas donde quiera. Sobre todo si tiene prisa. Sobre todo si tiene que viajar con un angelito rubio al que limpia con pañuelos del día. Y lleva rota la mochila porque no puede comprar otra. No porque así las vendan en el Verska.

Mientras pensaba esto, al rey de la percusión le sonó el móvil.

Un I-Phone.

Joder con el jipi. No, mama. Con acento en la primera a. Ya estamos en Segovia. ¿Estáis en el chalé?

Oí mi nombre y me di la vuelta. Me sacó de mi ensoñación.

Era Celia, con sus piernas de un metro, pidiendo que la esperara.

Me sacó de mi ensoñación.

Nos subimos al autobús, de vuelta a casa.

El cansancio de una dura semana de trabajo me adormeció un poco en el regreso. El lunes todo era urgente, y no había vuelto a pensar en los jipis. Hasta ahora.

Y no me gustaría volver a hacerlo.

Pero no me quiero olvidar del angelito.

jueves, febrero 12, 2009

Genshin - Magia en el Corazón


Tenemos la mala o buena suerte de emplear un idioma con palabras, en lugar de uno con ideogramas. La poesía y los juegos de palabras que nosotros podemos hacer difieren tremendamente de los haiku japoneses o de las pequeñas reflexiones zen de aquellos maestros de los relatos de De Mello.

Pero la poesía, como la belleza, brota de lugares que no son la cabeza, exactamente igual que la magia.

Y hay una historia.

El Mago llegó, casi a la hora en que comen los señores. Paseaba solo, con aquel maletín viejo y heredado donde esconde la magia cuando ésta descansa. Y con la bolsa negra donde guarda el traje cuando no hay focos por encima.

Se los encontró por casualidad, caminando, magia por sopresa. Eran dos, bastante pequeños. Fede, el más grande tiene, tenía ocho años, es moreno de piel y cabello y de mayor va a ser espadachín y guerrero kung-fu, y aprenderá en secreto técnicas ninja. Manuela, que tiene un año menos, no espera a ser mayor y ya ha decidido ser una princesa, y se comporta como si el mundo fuera suyo y tuviese que hacerlo cada día un poco más feliz.

Fede es callado y a veces vive encerrado en un mundo interior lleno de naves espaciales, monstruos y demonios, corriendo a salvar a su hermana (Manuela es su hermana) cuando los monstruos malos la capturan.

Manuela nunca se calla, salvo cuando tiene pesadillas con aquellos monstruos y se le olvida que un Mago Ninja y un Guerrero Kung Fu pueden con cualquier monstruo que la quiera raptar.

Los tres se alegraron de encontrarse. Siempre hay muchos besos cuando lo hacen, y ellos dos, que son jipis pero muy bien educados, le dieron la mano al Mago para no perderse. Y para que él no se pierda.

Manuela le preguntó que por qué no había dormido en casa. La pobre se quedó dormida en la cama del Mago esperando que este llegara. El Mago le explicó que tenía que ir a su Torre Mágica a recoger el malétín de la magia dormida, porque aquella mañana la había despertado para unos niños.

¿Niños pobres? le dijo Fede. El Mago sonrío. Porque la lógica de Fede es siempre asombrosa. Fede apuntó que es estupendo que los magos también hagan magia a los niños cuyas mamás no pueden pagar hechiceros, porque la magia debería ser (y es) un poquito de todos.

Manuela agarró al Mago con las dos manos, justo después de colocarse el sombrero de princesa.

Pues a mí, dijo, mientras miraba el mundo con ojos verdes, me parece muy bien que hagas magia.

Miró al suelo y saludó a un caracol imaginario.

Pero, siguió, con dulce lógica y preocupación, no se te tiene que olvidar nunca que tiene que haber magia en tu corazón.

Y... ¿qué clase de Mago desoye el consejo de una princesa?

domingo, febrero 08, 2009

La lección de Oyaneko-san (volverá la primavera)


El general Oyaneko era un hombre sabio.

Era un samurái.

En un sistema de castas tan demencialmente rígido como el del Japón feudal, era fundamental que la clase guerrera cultivase la espiritualidad de forma muy intensa. La esgrima, junto con otras artes de lucha y su fusión con el movimiento zen contribuyeron mucho a esto.

Un hombre sabio, y un formidable espadachín.

Cuando su señor falleció, éste le ordenó no cometer seppuku, el suicidio ritual. Tenía planes para él. Ser el consejero de su hijo y sucesor en el cargo, quien era aún un niño pequeño.

Sin embargo, otros consejeros, celosos de su posición, crearon un escándalo que arruinó la reputación del general, y este fue relegado a labores de magistrado en una pequeña aldea.

El general Oyaneko, aunque indignado, obedeció sin titubear la orden de su señor, quien fuera aquel niño pequeño a quien tan bien aconsejó antaño.

Nunca pudo aceptarlo del todo.

Pero hay una historia...

Cuentan...

Cuentan...

Que un joven samurái errante llegó por azares del destino a la pequeña aldea que regía Oyaneko-san.

Y cuentan...

Que cuando el joven samurái lo encontró, Oyaneko ya era anciano, y estaba siendo devorado por una virulenta tuberculosis, la extraña enfermedad que los demonios extranjeros trajeron en sus barcos negros.

La historia de lo que hizo el joven samurái en el poblado es otra que no contaré hoy.

Porque cuentan...

Que cuando el joven samurái abandonaba el poblado, el mayordomo del general entró en la habitación de éste, trayendo su habitual y frugal desayuno.

Y no lo encontró.

Temiendo lo peor, corrió.

Corrió buscanda a su amo, que fue un gran guerrero, y no quería resignarse a morir consumido por el mal que trajeron los gaijin.

Corrió, hasta que lo encontró. En las afueras de la tranquila aldea.

La escena... le heló la sangre.

Lo que vió fue a un anciano, erguido, con la talla de guerrero legendario que tuvo antaño. Mirando frente a frente al joven y hábil samurái.

El general, con el hachimaki en la frente y el sageo recogiendo las mangas de su kimono, tenía su katana (marcada por la edad y el servicio esforzado, como su propio rostro) desenvainada.

No quería morir decrépito y enfermo.

Sino como un guerrero.

El joven samurái, aunque muy diestro con la espada, reusaba el duelo. No por miedo: no temía a la muerte, la suya o la de otro hombre. No por vanidad: sabía que el hombre que tenía delante, aunque anciano, era un soberbio esgrimista.

Nadie, nadie, recuerda las palabras que el joven guerrero dijo al general Oyaneko.

Sólo cuentan que fueron sabias.

En un sistema de castas tan demencialmente rígido, los guerreros han de ser sabios, y recordar que las espadas más afiladas son las que se dejan en su vaina.

Pero sabemos que le habló de honor. De bondad. Y de servicio.

Le mostró lo noble que fue aceptando un destino que no merecía por servir a su señor.

De la justicia y equidad de sus juicios, tratando igual a nobles y a campesinos.

Y de la prosperidad que trajo al pueblo con su liderazgo y sabiduría.

El general sostuvo la mirada del joven. Algunos dicen que el duelo se realizó, y que las espadas se detuvieron a milímetros de puntos vitales, y que fue entonces cuando habló el más joven de los guerreros.

Otros dicen que éste no llegó nunca a desenvainar.

Sea como fuere, Oyaneko-san bajó el gesto.

Y comprendió y vió lo acertado de las palabras del joven.

Miró a su mayordomo. "Vamos", dijo. "Tenemos un canal que inaugurar".

Esa misma mañana, el general abrió la compuerta del nuevo canal de irrigación, que facilitó el trabajo de muchos campesinos en la aldea.

Tres semanas después, moría, esclavo de la tuberculosis, con dolores tremendos en el cuerpo y una enorme paz en el alma, traída por aquel joven samurái.

En su lecho de muerte, aquel final de otoño, el general Oyaneko escribió un haiku.


"Buen día para morir.

Volverá la primavera".

domingo, enero 04, 2009

Mil cortes contra el aire (y mil veces mil sonrisas)

Ayer, ayer, sábado tres.

Para situarnos.

Era uno de esos días en los que uno se viste de negro y se va al campo (¡qué rico sabe todo en el campo!) a hacer mil veces shomen. Mil cortes al aire.

Un entrenamiento de esos.

¿Mil cortes? Parecen muchos, pero todo el mundo los completa. Nuestro espíritu (ya lo hemos visto otras veces) es mucho más resistente que nuestra carne.

También era el día para agradecer a nuestros hermanos mayores las cosas buenas que han hecho por nosotros en este año. Un año más, hacia delante.

Yo no fui: el espectáculo debía continuar.

¿Merece la pena saltarse uno de los entrenamientos más importantes del año para reducir a nueve niños a una carcajeante masa de espectadores asombrados?

Igual viene un ninja de Iga y me mata por decirlo.

Sí.

Pero es que últimamente me importan mucho las sonrisas.

viernes, enero 02, 2009

Azul (III) - Abracadabra


Siempre digo que el mentalismo es más que la magia.

Es una broma, claro.

El Arte de la Magia es completo en sí mismo, y es tan grande como cualquier otro. Pero sí que pienso que el mentalismo es independiente de la magia, y, de nuevo, completo en sí mismo.

A mí (que soy el que lo hace) me gusta más.

Pero hay una cosa que echo de menos. Una que los magos tienen (no es ni calva ni barriga) y los mentalistas no.

¿Adivinan? ¿Me leen el pensamiento?

Las palabras mágicas.

Son esas que se dicen para que ocurra algo mágico. Funcionan siempre. Y porque sí. A veces recomponen cuerdas. A veces hacen que las cartas (¡chas! ¡ya está la catorce!) suban hacia arriba.

Y veces hay alguna de cuatro letras que, cada vez que la oigo, sonrío.

Mucho.

Y todo, todo, está recién pintado.

miércoles, diciembre 31, 2008

1d66

El título de esta entrada es un código. Un código de dados.

Es para que los frikis (los del rol, esos que matan gente) nos entendamos.

Quiere decir que tires un dado de sesenta y seis caras. O sea, dos de seis, y que uno haga de decenas. El otro, de unidades.

El de su vida hubiese marcado dos seises el día veintinueve.

Hubiera hecho un año que se hubiese jubilado.

Era un hombre bueno. Esa era su mayor virtud y su principal defecto. Muy pocas veces me permito recordar más de unos segundos. Hablo a veces de él, porque nadie se atreve a sacar ciertos temas si ando cerca (os amo por ello: me cuidáis, me cuidasteis). Le echo (claro) de menos.

Gerardo, que es un sabio, dice a menudo que no somos más que la suma de nuestros puntos de experiencia.

Es posible. Y está claro que hay cosas que nunca hubiese aprendido si no hubiesen empezado (en mi vida) con él.

Leo. Todos los días. Libros, porque en ellos están todas las soluciones. De aventuras, porque me enseñó a soñar. De historia, porque quiero saber quién soy (igual que él supo quién era). Tebeos. Porque existe belleza en todas partes, y no hay que avergonzarse de buscarla. No hay que avergonzarse: por eso, a veces (a veces), se compraba un chupachups.

Escribo. En mayúsculas, igual que hacía él, porque mi letra (como la suya) es nefasta. Sin faltas de ortografía. Porque ya no me puede dar en el dedo con la pluma mientras hago los deberes. A menudo. Porque no quiero guardarme nada. Él cometió ese error de la forma más dañina que puedo imaginar.

Tengo buena puntería con armas de fuego. Sé desmontar y limpiar una pistola, y calibres de diversas armas. Sé que el disparo debe sorprenderte, y que no hay que agarrar tenso. Sé montar un arco, sé que hay que protegerse las muñecas y sé cómo se tensa. Y cómo preparar una ballesta. Sé que nunca, nunca (niños: ¡nunca!) hay que soltar una pistola aunque la vaina (y no el casquillo) te salte ardiendo hacia la mano.

No tengo nada de oído musical. No sé entonar, aunque me gusten los tangos y los boleros. Y el latín. Y las películas de ciencia ficción. Por eso (porque también viene él) voy a todos los estrenos.

Me gusta la cerveza negra. Y las morenas. Y las mujeres de carácter. Conozco la diferencia entre mortero y almajaneque, y me encanta señalar errores en los demás.
Tengo el pelo rizado, y me salen bolsas en los ojos. Canas en la barba y no se me cae el pelo. Los gemelos muy gordos y los bíceps anchos, aunque nunca lograré marcar abdominales.

Me gusta más el mentalismo que la magia. Aunque él sólo fue espectador.

No he salido como él se imaginaba...

Pero en algún lugar, sonríe.

De eso (de eso siempre) estoy seguro.

¡Feliz cumpleaños!

Porque a mí ni Dios me quita la sonrisa

No han podido cosas más graves.
Mucho más.
Y sigo sonriendo.
¿Por qué?
Hay razones en Omote: por mis buyu. Por mi kohai (debo seguir por él), por mi kohaiesa (no puedo fallar, por ella), por el cinto negro, por el kimono blanco, por los brindis, por llegar más lejos, por desenvainar más rápido. Por los ocho (y, por mis cojones, diez) socios semanales. Por las mañanas. Por los enanos que han venido hoy, de lejos, del sur, y me han dado besos. Por los aplausos. Por la gente que lee el pensamiento. Por Juan. Por el Supremo y todo lo que enseñó. Por el Corinda. Por los niños que ven magia. Por las siete realidades alternativas.
Y hay razones en Ura: por el sen-no-sen, por la gente con la cabeza en su lugar. Por el equilibrio mental. Por el mindundi (que ya no lo es, señoras y señoritas). Por el señor de barba. Por las Palabras. Por la Poesía. Los duendes (hombre, y las Duendas). El Primer Escalón. La Flor. Los dados de diez caras (el rojo y el morado). La gente que se mantiene equilibrada sin tener que tomar pastillas. Los que no inventan historias, los que no mienten por hacer daño, las vacas, el mar, el segundo escalón. Y el sexto. Sobre todo, el sexto.
Y además, y además...
Hay una razón mejor que todas esas (preciso).
A mí, apunten, señoritas, ni Dios* me quita la sonrisa. No pudo gente mucho mejor que vosotras.
¡Y menos con esta crisis!
* el Emperador, claro.

lunes, diciembre 22, 2008

Mi flor favorita


A mí me encantan las flores.


No sé qué tiene regalar órganos sexuales muertos de vegetales a las chicas, pero siempre las hace sonreir.


Pero no me gustan por eso. Además, las tareas canallas ahora las lleva Gueño.


Hay una flor en especial que me gusta más que las demás.


¿Porque es más bella?


Lo es, pero no es por eso.


¿Porque es la que mejor huele?


Lo es... pero tampoco por eso (y créanme: lo es).


¿Se puede abrazar una Rosa sin clavarse las espinas?


Se puede: sólo tienen que encontrar una que no las tenga.


Yo encontré una así. Y por eso (por eso, sólo por eso) es por lo que la amo.


Porque hay muchas flores preciosas, y muchas que huelen bien.


Pero sólo existe una que sé (que siento) que nunca va a hacerme daño.


Esa (y no otra) es mi flor favorita.

La mejor razón

¿Que actualizo poco?

¡Claro!

Es que me paso el día
sonriendo.

lunes, diciembre 08, 2008

Hoy ten miedo de mí


¿Tienes miedo?

Yo también.

Y vértigo.

Hay una canción que dice (que cuenta, y se equivoca) "por favor, tenme miedo". La canta un mexicano de esos que cantan. He pensado en ella estos días. He pensado mucho estos días. ¿Cómo no? Tardo tres segundos en reiniciar todo el sistema. En pisar el mundo.

¿Tienes miedo?

No te preocupes: yo también.

En esa canción (en esa canción que se equivoca) advierten a la dama de que debería tener miedo. Tiembla mucho de miedo, mujer, dice el mexicano ese que canta.

Y yo tengo miedo. De equivocarme. De la velocidad. Del vértigo. De tu miedo. Del nuestro.

De no volver a verte.

Pero por eso la mesa de pintar está al lado de la ventana.

Miro al cielo y me acuerdo de ti.

Y sonrío.

Como si fuese idiota, con impaciencia, con nervios, con alegría, con el vértigo, con fotos, con impaciencia otra vez y otra vez con vértigo. Veinticuatro veces por minuto.

Me pierdo de memoria en un mar en el que dije que navegaría semanas sin tocar puerto, y pienso en zozobrar, y me asusto.

¿Tienes miedo?

Yo también.

Y sonríes tú, y se me pasa.

El mundo está recién pintado


Me he despertado ya cuatro veces, desde entonces.

Y me cuesta unos instantes. Yo lo llamo chequeo de realidad.

Recupero la consciencia, me entero de dónde estoy, regreso al universo. Durante dos segundos, no pienso, no caigo en la cuenta.

Y entonces, ay, me asalta. Un destello Azul.

Y me acuerdo.

En el segundo tres de cada despertar.

¿Con ella?

¿En serio?

Me levanto sonriendo y me apoyo en el mundo, despacito.

Que está recién pintado.