...es el principio y el fin.

lunes, junio 29, 2009

La estocada perfecta


Nunca conocí a nadie que tuviera tan roto el corazón.

Nadie lo diría, por la forma que tenía de tratar a las mujeres. Lo recuerdo perfectamente, por loas muchas veces que pensé en cuánto me gustaría a mí hacerlo tan bien. Era todo halagos, sonrisas, comentarios ocurrentes. Una delicada y precisa esgrima, como lo llamaba él. Parada en tercia, fondo, estocada, iai, kimé. El timing perfecto para la estocada perfecta.

También recuerdo haberme preguntado muchas veces por qué nunca se enamoraba de ninguna, por qué ningún beso de tantos como daba la causaba el impacto suficiente como para quedarse grabado en la memoria. Por qué ninguno. Nunca. Y recuerdo además que solía pensar que eso era una gran suerte.

Hasta que me lo contó.

No podría escribirlo aquí, y seguramente él no quisiera. Seguramente no.

Puedo imaginarlo como una fina hoja de acero envenenada. Al rojo vivo, atravesando limpiamente, de parte a parte, el corazón.

Estallando después, esparciendo metralla incandescente por todo el órgano, convirtiéndolo en una sanguinolenta masa. Privándolo de toda capacidad que no fuera empujar la sangre por su organismo.

Una válvula muerta.

Nunca conocí a nadie que tuviera tan roto el corazón.

Desde entonces, cada vez que lo veía con su perfecta esgrima, parada en cuarta, no puedo evitar pensar que, en realidad, quien más perjudicado acababa con sus estocadas perfectas no eran las damas cuyos besos no acababan grabados en ninguna parte.

Recuerdo no haber deseado nunca más parecerme a él.

Nunca.

Muerto en vida, con una sonrisa perenne tratando de ocultar que mi corazón es una válvula muerta.

Convirtiendo la esgrima en una danza hueca.

Desde entonces, nunca tuve envidia de nadie que estuviera muerto.

O tan roto.

jueves, junio 25, 2009

52 efectos mentales con baraja completa


As de picas.
Dos de picas.
Tres de picas.
Cuatro de picas.
Cinco de picas.
Seis de picas.
Siete de picas.
Ocho de picas.
Nueve de picas.
Diez de picas.
Sota de picas.
Reina de picas.
Rey de picas.

As de corazones.
Dos de corazones.
Tres de corazones.
Cuatro de corazones.
Cinco de corazones.
Seis de corazones.
Siete de corazones.
Ocho de corazones.
Nueve de corazones.
Diez de corazones.
Sota de corazones.
Reina de corazones.
Rey de corazones.

As de tréboles.
Dos de tréboles.
Tres de tréboles.
Cuatro de tréboles.
Cinco de tréboles.
Seis de tréboles.
Siete de tréboles.
Ocho de tréboles.
Nueve de tréboles.
Diez de tréboles.
Sota de tréboles.
Reina de tréboles.
Rey de tréboles.

As de diamantes.
Dos de diamantes.
Tres de diamantes.
Cuatro de diamantes.
Cinco de diamantes.
Seis de diamantes.
Siete de diamantes.
Ocho de diamantes.
Nueve de diamantes.
Diez de diamantes.
Sota de diamantes.
Reina de diamantes.
Rey de diamantes.

jueves, junio 18, 2009

Calsetín


El papá de mis enanos favoritos me contó cosas muy interesantes. ¿Qué conversación no lo es a las tres de la madrugada? Fede era un bebé y Manuela no había nacido, pero su progenitor me habló de dos señores. Uno, Hilario Camacho. El otro, Javier Ruibal.

Hay una canción de este último que por alguna razón relaciono siempre con una chica. Una preciosa que vi fugazmente una noche en Sevilla.

Y por alguna razón, se quedó grabada en un hueco de la memoria que se abre de vez en cuando.

Siempre me dice que no pierda el tiempo pensando en ella.

Pero yo, que soy un canalla, nunca hago caso a nadie.

Javier Ruibal: Isla Mujeres.



Subía el calor cuando pasaba por mi acera,
todo el bulevar pudo quemarse en su candela.
Hay una legión de sátiros y piratas
que, de bar en bar, le gritan: ¡Guapa!

Me hago seguidor de sus andares de pantera,
peregrino voy, donde lo ordenen sus caderas;
qué me importa a mí si es un infierno la calle,
si por fin la llevo por el talle.

Oye, mi bien,
tú la reina de Isla Mujeres;
y yo, si tú me quieres,
seré tu esclavo más fiel.
Pobre de mí,
si de tu fuego me extravío,
mi corazón, de frío,
se olvidará de latir.

Sobre su perfil un sol de cobre se derrama,
la rosa de abril, desnuda en medio de la cama,
se ha brindado a mí con un amor que desarma,
nubla la razón y abrasa el alma.

Y era de esperar que yo esperara retenerla,
pero todo el mar es poco mar para esa perla.
Arde el bulevar y, al borde de la locura,
no soy yo quien va de su cintura...

jueves, junio 04, 2009

Morir matando


Era una frase que decía mucho un amigo.

De los de antes.

Hablaba de enfrentarse a la vida como si fuera El Duelo Final. Los fans de "Los Inmortales" ya me entienden.

Hablaba de Quevedo como si fuese amigo suyo, del hálito vital que lo empujaba a exprimir la existencia, y que lo llevó de cónsul a prisionero, pasando por poeta y espadachín en una sola vida.

Había una prueba de fuego, terrible, en las antiguas escuelas de bûdo. En las de esgrima. Cuando la esgrima era de verdad, y no un juego de salón. Cuando tu vida depende de una herramienta, lo demás tiende a pasar a segundo plano.

El futuro instructor tomaba un bokken, un sable de madera. Y el resto de compañeros lo iban atacando mientras este se defendía. Sin protecciones. A pelo. En plan canalla.

Del amanecer al anochecer. Normalmente en verano.

Llegaba un momento, que los dedos del que defendía estaban tan agarrotados que no podía recoger el sable del suelo si este se le caía. Uno de los compañeros tenía que colocárselo en la garra deforme que tenía entonces.

Sufría muchas heridas, y el agarrotamiento de los dedos, así como el insoportable dolor, duraba varios días.

Durante los cuales, comer con palillos, por ejemplo, era un infierno personal de ineludibles y espectaculares dimensiones.

A veces no queda más remedio que pedirle a un compañero, a un amigo de esos de los de antes, que te vuelva a colocar el sable entre las manos.

Y a morir matando.

viernes, mayo 29, 2009

Bea salvando el mundo (omnia possibilia)


Una carta, que me he encontrado:

Yo nunca he tenido buenas ideas.

Quiero decir: se me ocurren muchas cosas, siempre, a todas horas, pero nunca he sabido desarrollarlas bien, o llevarlas a buen término. Por eso me gusta tanto diseñar juegos de rol en vivo con Jokin, una de las personas más inteligentes y sistemáticas que conozco. Las ideas surgen a mogollón de mi cabeza y Jokin le da forma al universo.

Por eso, porque no sé desarrollar cosas, siempre cito a la gente más sabia que yo. No es complejo encontrarla: nunca me cansaré de decir que la belleza y la sabiduría acechan en cada brizna de realidad.

La escuela Togakure, esa de ninjas que estudio yo y cuyas enseñanzas llevan transmitiéndose más de ochocientos años, dice una cosa: "shinden shin". De corazón a corazón.

Ochocientos años de tradición guerrera han acabado opinando eso. Que la verdadera amistad, que el verdadero amor (palabra de la que viene amistad) sólo puede existir de corazón a corazón. Sin disfrazar el pensamiento. Esto se hace con pocas, con muy pocas personas.

Yo conozco al menos una con la que lo haría siempre.

Shinde shin, corazón a corazón.

Ochocientos años de ninjas (dijo un friki) no pueden equivocarse.

Besos,

Marcos.

Se la escribí a Bea.

Bea es uno de los faros de mi vida, ya hablé de ella alguna vez.

Bea es como esos grandes libros de magia de los que habla Tamariz. Está llena de ideas, de buenas a excelentes. Ninguna mala.

Me gustaría que viérais la última. Es una de esas cosas que hace ella para salvar el mundo.

Está aquí.

Muchas gracias.

martes, mayo 19, 2009

Ellos llevan gabardina


(este relato se escucha con
esto, cortesía* de La Condesa Piernazas de Ruiz-Colmenares)

No me gustaría que perdieras el tren.

No me gustaría demasiado.

Sobre todo, no me gustaría darle lástima a algún otro viajero, que se diese cuenta de que he ido a buscarte a la estación con una flor.

No me gustaría que lloviese.

Siempre que un chico con flor se vuelve de una estación en la que no pudo recoger a nadie, llueve.

Y empieza a llover en cuanto sale de la estación.

Se tiene que subir el cuello de la gabardina (porque siempre que ella va a darle plantón escogen llevar una gabardina) y caminar sólo bajo la lluvia, con la flor de la mano.

Se nota mucho que la flor no es para él. Los chicos no saben llevar una flor de la mano.

Me vería la gente, y no me gustaría.

Tendría que caminar bajo la lluvia hasta un bar de esos perdidos que suele visitar la gente que se queda sola, donde conoces el nombre del camarero y él el tuyo.

Cuando llegas a ese punto, te das cuenta de que hay muchas cervezas nuevas. El chico sin chica y con flor se preguntaría en este punto si realmente hace tanto tiempo que no pasa por allí.

Es tarde, de todas formas. Siempre es tarde cuando paseas con una flor sin dueña.

Poco a poco, los parroquianos se van yendo y el chico sin chica mira el fondo del segundo vaso.

Es tan tarde que, mientras sigue lloviendo fuera, el camarero enciende las luces y quita la música, en uno de esos bares en los que hay luz, pero poca, siempre.

Empieza a recoger, mientras el chico se queda casi solo.

Casi.

Mira la flor y el fondo de un tercer vaso y se fija en una chica sentada ella sola en una mesa.

Al fondo.

Porque las chicas solas siempre se sientan al fondo.

Mira otra vez la flor, (una flor da mucho vértigo desde el fondo de un vaso) y apartando el vaso le pregunta algo al camarero, y éste le responde.

Suena otra vez la música, pero despacio, y hay humedad porque está lloviendo mucho.

El chico se acerca a la chica sola con dos copas de lo que ella había estado bebiendo. Una flor más que no se queda sin dueña.

Y luego, el camarero se despide de ambos, que se van juntos bajo la lluvia.

Pensaste un poco si eso me pasaría si no llegases en tu tren.

No. Eso le pasaría al tonto que fue con flor a recoger a una chica.

Yo iré a buscar una estrella.


* inspiración cedida por WinterGirl Enterprises-Rhiwen International Ultd. Todos los derechos hechizados.

domingo, mayo 17, 2009

Una estrella en Méndez Álvaro


No sé si todos conocen La Biblioteca Invisible.


Es un concepto.

De Borges, o de Neil Gaiman.

Aunque imagino que a muchos se les ocurrió primero.

En alguna parte de la Inmateria, en las Tierras del Sueño, o Más Allá del Velo de las Hadas (cada cual lo llame como quiera) existe una inmensa biblioteca donde están todos los libros que no hemos escrito. Nunca.

Algunos libros sólo están un tiempo. Son esos que tenemos verdadera intención de escribir, o que ya hemos abocetado. Cartas con Be y con uVe estuvo un tiempo hasta que lo escribí entero. Aunque luego lo perdí.

Pero hay otros muchos que se podrían encontrar poniendo a Max Verdié (o a mí) en el campo de búsqueda por autor.

El Artesano es uno. Aunque habiendo relatos cortos, se vuelve algo más tenue su presencia n la Biblioteca. Su segunda y tercera parte, La Cirujana y El Maestro de Armas son algo más fáciles de encontrar.

Sobre ese mundo, hay alguno más. Una colección de cuentos cortos protagonizados por el Gran Maestro Claudio del Gremio de Artesanos, titulado Lo que no os conté de Maite.

Muy tierno.

Pero hay más.

Algunos los empecé hace mucho, otros son un trozo de arrebato y algunos son sólo ideas.

Pero el otro día el bibliotecario de la Biblioteca Invisible añadió uno más a mi entrada.

Si buscan, rellenando el campo de búsqueda por autor, con mi nombre y apellido, encontrarán un libro nuevo que no he escrito, añadido el sábado nueve de mayo de 2009.

A las seis y cuarto caerá una estrella en Méndez Álvaro.

Novela.

Sin ficción.

Oídlo una vez más


Cualquier sistema que montéis sin nosotros

será derribado.

Ya os avisamos antes.

Y nada de lo que construisteis ha perdurado.

Oídlo mientras os inclináis sobre vuestros planos.

Oídlo mientras os arremangáis.

Oídlo una vez más:

Cualquier sistema que montéis sin nosotros
será derribado.

Tenéis vuestras drogas, tenéis vuestras pirámides.

Vuestros pentágonos.

Con toda vuestra hierba y vuestras balas
ya no podéis cazarnos.

Lo único que revelaremos de nosotros
es este aviso:

Nada de lo que construisteis ha perdurado.

Cualquier sistema que montéis sin nosotros
será derribado.

martes, mayo 12, 2009

LA VOZ A TI DEBIDA

(versos 102 a 126)

¡Si me llamaras, sí;
si me llamaras!
Lo dejaría todo,
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz:
telescopios abajo,
desde la estrella,
por espejos, por túneles,
por los años bisiestos
puede venir. No sé por dónde.
Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
«¡si me llamaras, sí, si me llamaras!»
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: «No te vayas».

miércoles, abril 29, 2009

Las tres sonrisas de la estrella


Ring.

Sonrisa de ida.

Sonrisa de vuelta.

Ring.

Sonrisa de ida.

Sonrisa de vielta.

Ring.

Sonrisa y cuac.

Para todo el día.

Muac.

martes, abril 28, 2009

Seppuku



Así es como se llama, correctamente, a la ceremonia de suicidio ritual propia de la casta samurái.

El mal llamado harakiri.

La persona que se quiere quitar la vida se arrodilla, se afloja el kimono y deja frente a sí el aikuchi. Un cuchillo corto.

Siguiendo un estricto protocolo, masajea sus vísceras con el objeto de colocarlas para no cortarlas.

Eran, en fin, sus creencias.

Tomaba el aikuchi desenvainado y lo clavaba, paralelo al suelo, en la parte izquierda del abdomen.

Un corte horizontal.

Un giro.

Corte vertical. Hacia arriba.

Y luego, una persona de confianza, lo decapitaba.

Al menos así se me pasaría lo que tengo en el estómago.

Hijos de puta.

martes, abril 21, 2009

En el día más brillante

A veces la gente que me conoce me observa, sorprendida, cuando me pillan mirando hacia arriba.

Estoy buscando estrellas.

Mis novias nunca entendían que gustándome tanto leer, leer, leer, además de libros leyera tebeos.

Consigna: el día del libro, regala tebeos.

Hago una serie regular.

Esto es, compro un tebeo de una serie que se publica todos los meses.

Hacía años que no lo hacía, desde aquella que era blanca, y roja, y luego azul, amarilla o yo qué sé. La del dragón de las bolas.

La que yo compro ahora se llama JSA: Justice Society of America. La Sociedad de Justicia de América.

Es el primer grupo de superhéroes de la historia. Fue, en origen, un batiburrillo editorial donde metieron, un poco grosso modo, diversos personajes de una misma casa, en 1940.

Eran superhéroes de la edad de oro.

Los dibujos eran simplones y dibujados a matacaballo, las historias burdas, sencillas y lineales y los personajes eran todos plagios los unos de los otros. Pero todo era colorista, plano y luminoso.

Los buenos eran buenos y los malos malos. Los héroes tenían nombres sonoros y rimbombantes (La Linterna Verde, El Hombre Dinámico, El Reportero Fantasma, Hourman, El Capitán Maravilla, El Terror) y los villanos... parecía que eran todos doctores, o que todos estaban desfigurados.

Era una época en la que América necesitaba mirar la cielo en busca de estrellas, en busca de luz. Habían pasado una tremenda época de color sepia de la que nunca hubieran salido sin una guerra que asoló la vieja Europa. Por eso sus héroes, los dioses mitológicos de colores brillantes que habían inventado fueron mandados a la guerra. En sus aventuras, y en el corazón de mucha gente que vivía buscando estrellas.

A mí me llegó en una época parecida. Cuando era niño.

Ya he leido el Eternauta, y me quedé maravillado por el exquisito tratamiento narrativo. Con el Incal disfruté del simbolismo llevado al extremo, y pongo a Watchmen como ejemplo de libro de texto del postmodernismo. He leido a Crumb y a Laucier, y sé por qué El Condón Asesino tiene un premio Eisner. Viñetas y gafapastismo. Todos nos creemos muy listos.

Pero a veces...

... sólo a a veces...

Incluso en el día más brillante...

... o en la noche más oscura...

... necesito mirar arriba.

No sea que me pierda alguna estrella
.

Verde y Azul. Y otra vez verde.


Es una curiosa alternancia.

La he estado pensando.

Mirando un poco, vaya.

En plan reloj. Tic tac, y eso.

Hace algún tiempo de calendario pero para mi desgracia poco de memoria aunque Mu pugne por lo contrario, tomaba notas en este mismo lugar, con tinta verde. Hubo gente que leyó y no entiendía nada, como habrá quien lea esto y no lo entienda.

Tampoco importa.

El caso es que a fuerza de naufragar, toda tinta verde se acaba corriendo, por muy bien que huela. El salitre es mal consejero para un diario de a bordo que acaba cayendo al mar demasiadas veces.

Encontrada tierra y agotada la tinta, tomé nota mucho tiempo después, con tinta azul. La tinta no sirve como mercromina en caso de quemaduras de tercer grado, o donde las heridas son tan profundas como para sentir cada vez que vuelves a ver algo verde que se te salen las tripas. Un golpe, un muerto. Iai Nuki y eso. Los de negro ya me entienden.

Sonrío al ver las notas en azul, sensato color en aquel entonces que me llegó a preguntar si seguía apuntando en verde. Le dije que no, bastante idiota.

Sensatez, divino tesoro.

Verde, otra vez. Sin notas adicionales. Y se cumple el axioma de mi amigo Rubén sobre segundas partes. Sólo fue buena la de Terminator.

Y Azul. Con una mayúscula. Otra serie de notas que no duraron mucho pero me sirvieron para guardar en el cajón el cuaderno verde que me resistía a dejar pudrirse. Se gastó rápido pero se sonrió mucho.

Hubo gente que leyó esto y no se enteró, repito. De nada. Igual que ahora lo lees y no lo entiendes, pensando si el código de colores dice lo que está apeteciendo que diga.

Después del Azul, pues otro verde.

Y sonriendo, coño.

Una curiosa alternancia en la que he estado pensando.

Tic.

(Y tac, guiño).

jueves, abril 02, 2009

Abatido


Cierro los ojos, y después respiro,
y el vacío me muerde la mirada.
Siento al demonio enfrente, aunque no hay nada.
Mi sable está en la vaina. ¿La retiro?

Empieza ya la lucha, y en un giro
desenvaino cortando. La estocada
parece cercenar nada de nada,
nada más que el éter. Ni un suspiro.

Ni el más mínimo ruido. Ni un latido.
Relajo el gesto al relajar la palma.
Y... dudo, sin saber si yo he vencido,

al ver entonces, al volver la calma
que la sangre del monstruo que he abatido
es la sangre que sangro por el alma.

miércoles, abril 01, 2009

El primero de la clase


Nunca he sido el primero de nada.

Quedé segundo en un campeonato de Judo una vez. Gané dos combates. Uno por una contra, mi antigua especialidad, y el otro porque un tal Hércules se resbaló con el sudor. En la final, obviamente, catapún contra el suelo. Ganó el otro.

Ayer fue un día espantoso. Se me empañan cosas que me encantaron el día que las estrené, perdiendo brillo, por el uso, imagino, y la falta de perspectiva. Gueño, el Hombre de Bronce, me aconseja dándome ánimo y aliento mucho más de lo que él cree y más lejos de lo que alcanza el texto de sus palabras.

Que no me queme, dice. Héroe.

Me agoto, manteniendo batallas abiertas en diversos frentes, contra enemigos similares de lugares distintos, y allí donde miro, disparan. Impactos en todas partes, mal destino si has decidido, por una vez, andar sin armadura. A pecho descubierto.

Lo único bueno de luchar solo es que no existe el fuego amigo.

Después de un día de excusas con doble fondo, prisas, mentirijillas de medio pelo y festival emocional por dentro, me voy enterando de detalles que confirman mi particular y descafeinada teoría de la conspiración.

Harto, en su segunda acepción, de mi parcela de Universo, sentado en una silla en un lugar donde otros aprendían a esgrimir, me hicieron sonreir.

Una chica rubia la mar de mona y su amiga morena habían hecho una lista. De esas que hacen ellas.

Nunca había ganado nada.

Hasta ayer.

Y ufano, con mi medalla de oro por sorpresa, me fui sonriendo hasta la cama.

lunes, marzo 23, 2009

A azahar (por qué te miro)


Qué me miras, preguntaba.

El sábado.

Con acento.

Y casi me caigo al suelo.

Es la cuarta vez que voy a Sevilla. Hasta septiembre al menos.

De la primera no sé nada. De la segunda, apenas, demasiado pequeño.

De la tercera puedo alardear de recordarlo todo excepto la noche de aquel viernes, cuando Abraham afirmaba amarlas a todas, Paco se había vuelto jipi y conocía a Isra liando un porro y le robé la bufanda a Pedrito.

Esta cuarta vez volví sobre todo por dos enanos, uno de ojos negros y otra de ojos verdes. Y me vuelvo, como siempre que los veo, enamorado de ellos, de su vida y de su mundo y de la madre que los parió.

Y no es figura literaria.

Son mis tesoros favoritos, y espero que cuando sean mayores sepan perdonarme todas las historias de ninjas, de dragones, de genios y princesas que les cuento ahora.

Llegué a las siete de la mañana y se me tiraron encima cuando llegué. Manuela, en un universo enorme, no me soltó hasta que se fue a dormir ayer. Tuve que pedirle permiso para ir a despedirme de mis amigos.

Mis amigos.

Pako sigue siendo jipi, y un friki, permanentemente en la cresta de la ola. Pako, lo pienso a menudo, es una fuerza irresistible. Los días que se levanta.

Abraham sería el padrino perfecto. Y no hablo de una boda. Es la nobleza personificada, y la dulzura. Un caballero cuando los que queremos serlo fracasamos.

David. ¿David? David fue la suerte, y mi salvación durante 20 días en un río de Teruel, donde me hubiese ahogado sin él. Su consorte, por si lo dudan, bellísima. Para batirse en duelo.

Ana Piruleta estaba malita, así que tendremos que rompernos el corazón en otro momento.

En septiembre, igual.

El sábado salí, con el olor a azahar en el aire y la memoria de tres años atrás esperando ser refrescada.

La recordaba preciosa, totalmente preciosa y así me la encontré. Dulce y pequeña. Apenas me atrevía a acercarme y tocarla, por si acaso se desvanecía. Y la miraba.

Me preguntó por qué.

Así, con acento.

¿Que qué te miro?

Que he estado cuatro veces en Sevilla.

Y no he visto nada más bonito que tú.

A buenas horas se me ocurre la respuesta.

miércoles, marzo 11, 2009

Sin capa ni sombrero


No podemos salvar el mundo solos.

Aunque a veces, sin saberlo, se lo salvamos a personas concretas en momentos pequeños, sin darnos cuenta.

Una Duenda que circula por ahí cuenta que le dijeron que en todos los días ocurre algo maravilloso.

Es una fe estupenda.

Todos los días tienen un trocito mágico plegado en alguna parte. Incluso los más horribles.

Y algo entiendo de días horribles.

Sólo tenemos que mirar en los pliegues. En los recovecos de la realidad.

Por allí se encuentran la magia, la poesía la belleza. A veces las perdemos y no queremos verlas.

Otras veces, en fin, nos muerden en la cara.

Hoy me enfadé, grité un poco y llamé cosas poco propias de un caballero a mucha gente. Sobre todo por la tarde.

Mojado sin agua en una marea de gente que prefería ignorar el mundo a su alrededor, demasiada prisa por todas partes, en un día que por dentro ya me era intranquilo.

Es que no tienen tiempo.

Y dieron las 21:10.

Abracadabra.

Mi trocito mágico de hoy está protegido por la ley de datos. Así que diré que se llama Cinthia, que tiene 19 años y que ha decidido aportar toda su propina de una semana cada tres meses a una causa noble, más elevada que el chico que le sugirió que lo hiciera.

Max Verdié, mentalista, lamentó a las 21:10 no ser mago para poder quitarse el sombrero.

O mosquetero.

Para quitarse la capa, echarla al suelo y decirle a una chica tímida y sencilla de metro ochenta que estudia un módulo y que no va a dejar de salir los fines de semana ni a salvar el mundo ella solita que pise.

Con garbo.

Para que todo el mundo, en su inexcusable marea de prisa a ninguna parte, sepa que con diecinueve años se puede ser una señora.

Y, sin saberlo, salvarle el mundo a las 21:10 a un chico sin capa ni sombrero.

Gracias.

lunes, marzo 09, 2009

El Hombre Inaudible




"El Hombre Inaudible" es una novela de ciencia-terror que podrán hallar en la sección "Novela/Ciencia Ficción" de la Biblioteca Invisible. El autor está a veces en la uve, a veces en la pe.

Fragmento:

Nunca hallo la respuesta.

Nunca supe (y sospecho, sabré jamás) si era un genio visionario o un loco irresponsable.

Nunca.

Nos llevó años de duro trabajo y carísima investigación perfeccionar la fórmula, hasta dar con una plenamente funcional. Las holgadas fortunas familiares de que disponíamos ambos quedaron flacas ante las exigencias de nuestra ardua labor. El enemigo a batir fueron siempre los efectos secundarios. Su asencia, quiero decir.

Hallar la fórmula perfecta.

Una que no abrasase la piel del sujeto, que no lo volviese (recuerdo aún, entre mis pesadillas) del revés. No olvidaré el muchacho aquel que continuó golpeando el vidrio de su celda veintisiete segundos después de que su cerebro dejase de funcionar.

Pareció que la hallamos.

Ningún efecto fisiológico. Ninguna tara visible. Ni rastro de daño celular.

¿Cómo iba a saber yo el tremendo daño psicológico que provocó en mi compañero? ¿Cómo predecir lo impredecible?

Jugamos a ser dioses... y encontramos al demonio.

Ignoro qué llevó a Griffin a inocularse a sí mismo el agente que desarrollamos, y, realmente, a día de hoy, aún no me atrevo a dilucidar si fue un error en la fórmula lo que provocó su demencia o el poder embriagador que le infundió la redoma que se inyectó.

Lamentaré hasta el día de mi muerte, pronta ya, cada vez que dejé de fijarme en la creciente ansia de mi compañero en la búsqueda de nuestra obra maestra.

El Agente de la Inaudibilidad.

Nunca entenderé la extraña lógica que operaba tras el cerebro insondable de mi compañero. Fue siempre mucho más inteligente que yo, y mi ayuda en la investigación no fue más que un mero apoyo para que su privilegiado pensamiento llegase a la línea de meta de la fórmula perfecta. O casi perfecta.

Aún hoy, años después, recibo alguna llamada en mi teléfono privado. Tiemblo, cuando pregunto quién es mi interlocutor. Y no oigo. Y no puedo oír.

Alguien inaudible me escucha al otro lado, pero yo no puedo escucharlo a él. Jamás he tenido la certeza intelectual de saber que se trata de él, pero mi corazón y mis entrañas me lo gritan poderosamente.

El Hombre Inaudible sigue suelto, condenado a una sorda vida de miedo, terror y venganza.

¿Qué lleva al hombre cuerdo a desear la inaudibilidad?

Pienso en ello a menudo.


Y nunca, nunca, hallo la respuesta.

Brístol, julio de 1906.

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La imagen es cortesía de la bella Roci, y la robó de este blog.

miércoles, marzo 04, 2009

El I-Phone de los jipis


Oí mi nombre y me di la vuelta. Me sacó de mi ensoñación.

Era Celia, con sus piernas de un metro, pidiendo que la esperara.

Me sacó de mi ensoñación.

La chica era joven, de veintipocos, y guapa, por lo que recuerdo. Rubia, vestida con vaqueros, todo muy sencillo. Mochila de propaganda. Algo rota.

Llevaba un angelito rubio, vestido de rosa, al que daba de comer un potito. Le hablaba en un idioma que yo no entendía, búlgaro, ruso, no sé. Sonreí al angelito y me devolvió la sonrisa. Me miró con esa curiosidad perfecta con que los enanos miran el universo. Como si todo estuviese recién pintado. Podría vivir en unos mofletes así. Estaban sentadas en un banco de la estación de autobuses. El domingo. En Segovia. A su lado, muy modernos, un grupo de tres o cuatro jipis, con toda herramienta a juego. Rastas, moscas, unos bongos. La pose habitual.

La madre del angelito rosa le limpió la escabechina que éste había contado con el potito en lo que debía ser su boca. Con un pañuelo de papel de marca Dia. Le dio un beso a la niña y dejó de mirarme. Tenía otras obligaciones que atender, y otro trozo de universo en forma de cajita de cartón que explorar. La madre tiró el papel de la escabechina. A una papelera que indicaba claramente que no era de papel. Se marchó con el angelito rosa a un autobús. No sé con qué rumbo.

Uno de los jipis, con ciertamente poca educación, hizo notar a sus compañeros (creo que al artista de los bongos) que qué vergüenza de inmigrantes. Que ni se molestan en reciclar. Que qué barbaridad. Y, para mi sorpresa, la frase. Es que vienen a robarnos el trabajo.

En realidad, pensé, cuando alguien tiene los redaños de abandonar su casa, a su familia, su patria y su lengua para venir a una isla como esta península, en la que, sin memoria, demonizamos todo lo que viene de fuera porque aún nos creemos el imperio, cuando alguien deja todo lo que tiene por la esperanza de un casi nada, y se atreve a convertirse en extranjero en tierra extraña... por mí, puede tirar el papel de sus escabechinas donde quiera. Sobre todo si tiene prisa. Sobre todo si tiene que viajar con un angelito rubio al que limpia con pañuelos del día. Y lleva rota la mochila porque no puede comprar otra. No porque así las vendan en el Verska.

Mientras pensaba esto, al rey de la percusión le sonó el móvil.

Un I-Phone.

Joder con el jipi. No, mama. Con acento en la primera a. Ya estamos en Segovia. ¿Estáis en el chalé?

Oí mi nombre y me di la vuelta. Me sacó de mi ensoñación.

Era Celia, con sus piernas de un metro, pidiendo que la esperara.

Me sacó de mi ensoñación.

Nos subimos al autobús, de vuelta a casa.

El cansancio de una dura semana de trabajo me adormeció un poco en el regreso. El lunes todo era urgente, y no había vuelto a pensar en los jipis. Hasta ahora.

Y no me gustaría volver a hacerlo.

Pero no me quiero olvidar del angelito.

jueves, febrero 12, 2009

Genshin - Magia en el Corazón


Tenemos la mala o buena suerte de emplear un idioma con palabras, en lugar de uno con ideogramas. La poesía y los juegos de palabras que nosotros podemos hacer difieren tremendamente de los haiku japoneses o de las pequeñas reflexiones zen de aquellos maestros de los relatos de De Mello.

Pero la poesía, como la belleza, brota de lugares que no son la cabeza, exactamente igual que la magia.

Y hay una historia.

El Mago llegó, casi a la hora en que comen los señores. Paseaba solo, con aquel maletín viejo y heredado donde esconde la magia cuando ésta descansa. Y con la bolsa negra donde guarda el traje cuando no hay focos por encima.

Se los encontró por casualidad, caminando, magia por sopresa. Eran dos, bastante pequeños. Fede, el más grande tiene, tenía ocho años, es moreno de piel y cabello y de mayor va a ser espadachín y guerrero kung-fu, y aprenderá en secreto técnicas ninja. Manuela, que tiene un año menos, no espera a ser mayor y ya ha decidido ser una princesa, y se comporta como si el mundo fuera suyo y tuviese que hacerlo cada día un poco más feliz.

Fede es callado y a veces vive encerrado en un mundo interior lleno de naves espaciales, monstruos y demonios, corriendo a salvar a su hermana (Manuela es su hermana) cuando los monstruos malos la capturan.

Manuela nunca se calla, salvo cuando tiene pesadillas con aquellos monstruos y se le olvida que un Mago Ninja y un Guerrero Kung Fu pueden con cualquier monstruo que la quiera raptar.

Los tres se alegraron de encontrarse. Siempre hay muchos besos cuando lo hacen, y ellos dos, que son jipis pero muy bien educados, le dieron la mano al Mago para no perderse. Y para que él no se pierda.

Manuela le preguntó que por qué no había dormido en casa. La pobre se quedó dormida en la cama del Mago esperando que este llegara. El Mago le explicó que tenía que ir a su Torre Mágica a recoger el malétín de la magia dormida, porque aquella mañana la había despertado para unos niños.

¿Niños pobres? le dijo Fede. El Mago sonrío. Porque la lógica de Fede es siempre asombrosa. Fede apuntó que es estupendo que los magos también hagan magia a los niños cuyas mamás no pueden pagar hechiceros, porque la magia debería ser (y es) un poquito de todos.

Manuela agarró al Mago con las dos manos, justo después de colocarse el sombrero de princesa.

Pues a mí, dijo, mientras miraba el mundo con ojos verdes, me parece muy bien que hagas magia.

Miró al suelo y saludó a un caracol imaginario.

Pero, siguió, con dulce lógica y preocupación, no se te tiene que olvidar nunca que tiene que haber magia en tu corazón.

Y... ¿qué clase de Mago desoye el consejo de una princesa?