...es el principio y el fin.

jueves, enero 06, 2011

Mil

Mil.

Cada uno, mil.

Todos juntos, pero cada uno en solitario: mil cortes de sable hacia abajo.

Cada uno dueño y enemigo de sus propios demonios, enfrentándose con la única compañía de su mente en blanco, del sonido de la hoja, del olor del viento, frío en una mañana de enero.

Todos juntos, pero cada uno en solitario: mil enseñanzas para cada uno, mil demonios muertos.

La sólida certeza de matar y morir en solitario, pero acompañado siempre por mil años de sangre y de sudor susurrándote al oído. Vientos de treinta y cuatro generaciones. La sólida certeza de vivir en solitario: pero nunca sólo, gracias a una tradición.

Mil es mucho cuando no es una metáfora.

Y mucho, en estos tiempos en que nadie tiene nada es suficiente para todos.

Mil.

viernes, diciembre 17, 2010

Ana es mía


Ana es mía.

Ana.

Es mía.

Y lo será mucho tiempo, porque ella quiere seguir siéndolo. Y lo quiere porque cree que lo ha elegido, porque piensa en rosa y porque tiene miedo. Porque vive aterrada dentro de una cáscara frágil de la que no puede escapar. Y no puede porque los montruos, grandes y gordos que la persiguen, que deforman sus sueño y distorsionan lo que ella ve en su mundo existen solo en su imaginación. En su sueño. En su mundo.

Ana es mía.

Ella cree que desea serlo, se desvive por serlo: se oculta, llora, huye, se esconde, miente y engaña. A todo el que intenta acercarse a ella, y a sí misma. Se oculta a simple vista, llora cuando no la ven, huye a confesarse, se esconde de cristales que quieren (piensa ella) decirle mentiras.

Ana, que es mía, quiere ser una princesa. Cierra los ojos y pensando en rosa se siente volar, etérea, ajena a la gravedad, al mundo y sus etiquetas, se eleva como una mariposa. Perfecta. Perfecta. Perfecta.

Ana, que no se atreve a hablar con nadie habla con mucha gente. Gente que está lejos, con otras chicas que también se llaman Ana. Que huyen y se escapan y que lloran porque creen que todo el mundo las engaña. Hablan entre ellas, se ayudan y aconsejan. Paro hay algo que no saben.

Lo que Ana (que es mía) ignora, es que va a morir. Y es que ya está muerta.

Porque no quiere vivir. Porque no se atreve. Porque tiene miedo. Y a veces elegir encogerse hasta desaparecer es demasiado fácil, demasiado sencillo comparado con no volar, con no ser una princesa, con no ser perfecta.

Ana es mía. Pero no quiero que lo sea.

Y cuando me enteré de que era mía lloré: porque no supe ayudarla antes de que muriera. ¿Quieres saber cómo murió Ana, que era mía?

Siendo una princesa perfecta dentro de sus sueños.

Volando ingrávida, pensando en rosa.

Y sola.

Completamente sola.

jueves, octubre 14, 2010

Cobardes y valientes hijos de puta


Venga.

Que tengo el día Reverte.

Valientes hijos de puta.

La cara oscura de esto de trabajar en la calle y hablando con gente es la larga caterva de subnormales, vendidos, mentirosos y valientes hijos de puta que te encuentras a diario. Valiente manga de sátrapas. Valiente (y atención al oxímoron) ejército de cobardes.

Sin embargo, la infalible musa de la estadística dicta que es inevitable encontrar carbono cristalizado en forma cúbica entre los restos de otro carbono menos escaso. Diamantes entre la mierda.

Y lo bueno de la mierda es que se va con un par de lavados, pero los diamantes son para siempre.

La llamaremos Inés.

Me la encontré por la calle, la abordé (el lado pirata de mi trabajo) y hablé con ella. Un espíritu de nueva empresa y su obvia utilidad nos recomienda tratar de tú, sonreír, ser amables, abiertos de espíritu. Ir de buen rollo. Ella, la señora (porque eso era: una señora) se detuvo con el chico simpático de los rizos, a una mala hora en la que ella llevaba prisa. Algo bueno, y algo escaso. No les aburriré con detalles, pero el resultado de una amena conversación que me reconcilió con el mundo fue que una persona anónima, de la calle, decidió hacer un pequeño y periódico esfuerzo para hacer del universo (que no es más que el lugar donde vivimos) un poco más habitable. Para limpiarle un poco la mierda.

Era ya casi la hora de irnos. Encontrar a una persona firme, entera, noble y sincera después de toda una mañana aguantando al valiente ejército de hijos de puta siempre es un soplo de aire fresco. Sobre todo cuando la encuentras a cinco minutos, feroz contrarreloj, de acabarse la jornada. Y tanto asco y tanto dolor enfrentándose a los mentirosos gusanos te hace desear haberte encontrado a esa señora (porque eso era: una señora) mucho antes.

En concreto, siglo y medio.

Para poder saltarme eso del buen rollo, de la sonrisa y del tuteo. Y tratarla de usted en el momento en que alguien se propasase con ella y tirarle el guante a la cara, llamándole caballero aunque no lo fuera y dándole cita en la plaza de toros, o en san Marcos, o donde demonios se diesen el hierro aquí en León.

Y deseando, calladito y para mis adentros que el falso caballero que se propasara con la señora (porque eso era: una señora) fuera uno de mis cobardes valientes hijos de puta.

Que tengo el día Reverte.

miércoles, septiembre 29, 2010

Debería nevar más a menudo


Debería nevar más a menudo.

No cuando estamos en la calle, no cuando vamos de un lugar al otro, no perdidos en mitad del campo sin saber dónde dirigirnos. Y ya lo sé: siempre digo que odio el frío. Y aunque no sé tanto de Física como el Primo Dani o como el Abuelo Arturo, sé lo suficiente para hacerme a la idea de que nunca habrá nieve si no tengo frío.

A veces las nevadas sorprenden, despacio, cayéndote en el pelo mientras estás sentado en una plaza. Es una de las desgracias (y suertes) que tiene el Norte. Bares llenos a costa de ver nevar sentado en una plaza, cuando es noche, cuando aprieta el frío, cuando nada es mío. Cuando nieva.

Un verano extraño se funde con un otoño cálido mientras me toco los rizos a ver si llevan nieve. Es muy sencillo pensar en la nieve a veintitantos grados, al solete en una terraza junto a la catedral, con tapa, caña y sin bufanda.

Y así me paso algunos ratos muertos perdido por León: pensando en si merece la pena pasar frío para ver nevar.

Como dijo una mujer sabia de interminables piernas, el hecho de que esté yo pensando en comprarme un abrigo nuevo cada semana debería darme una idea de lo poco dispuesto a pasar frío que estoy.

Y sin embargo, llegará la primavera.

domingo, septiembre 19, 2010

Hannah y Luis


Decidí que esa noche la besaría.

Me acuerdo perfectamente de ellos. De la primera vez que los vi. Una imagen nítida y perfecta, como esas del final de las películas de los los domingos por la tarde.

Caminaban por la calle de un pueblo muy pequeño, de Salamanca. Uno de esos pueblos que no son más (ni menos) que bastiones rodeados de campo, insensibles al tiempo y sus mareas. Iban de la mano, conversando y sonriendo, muy bajito, ajenos a miradas y curiosos, en su propia burbuja de felicidad.

Solos.

Pero bien acompañados.

Ella era rubia, con el pelo dorado que llevaba corto, a lo garçon. Los ojos azules como el aguamarina, sonriendo con ellos, un gesto poco habitual. Era alta, al menos como él, que era moreno, de pelo rizado y ojos castaños, contrastando la piel oscura de su mano con la de ella, que era clara como el día, aunque el sol del verano de Castilla le enmarcaba las mejillas.

Aquella noche me los encontré de nuevo, en un bar. Y en aquella terraza me contaron cómo, cinco años antes se conocieron en aquel mismo pueblo, en un campo de trabajo, en unas vacaciones, como el que yo estaba pasando, como las que yo estaba pasando.

Hannah, que era de Berlín y se reía en alemán me contó que nunca se le hubiese ocurrido que se enamoraría de un chico de Burgos en un pueblo de Salamanca. Un chico que trabaja de ingeniero y que se desvive por ella en cada segundo, y que la mira cada mañana como si fuese la única mujer del mundo. Ella, me contó, no estaba acostumbrada (hasta que conoció a Luis) a que la miraran como si fuese la única estrella que hay en el cielo.

Allí, en Berlín, conoció a muchos artistas en su escuela. Pronunciaba la palabra artistas sonriendo con los ojos y con un dulce retintín que entendí perfectamente. Me contó que cuando les relató aquel verano de hace cinco años a sus amigas ninguna se lo creía. Y ninguna lo entendía. Porque Luis no es guapo, ni alto ni lleva una coleta, ni pinta cuadros ni hace exposiciones. Es un chico sencillo de un pueblo de Burgos que piensa desde hace cinco años que el cielo tiene, cada noche, sólo una única estrella.

Hannah sonreía con la mirada como el aguamarina cuando me contaba todo esto. Brillándole los ojos. Y con el corazón en la mano.

Y así viven. De la mano y dueños el uno del otro, entre Berlín y Burgos, visitando a veces un pueblo pequeño de Salamanca, yendo y viniendo, conversando y sonriendo, muy bajito, ajenos a miradas y curiosos, en su propia burbuja de felicidad.

Solos.

Pero bien acompañados.

Y mientras Hannah me contaba todo esto y le brillaban los ojos, miré a otra chica que también era de cerca de Berlín y que conversaba con Luis, que también vivía un campo de trabajo y unas vacaciones y estaba en un pueblo pequeño de Salamanca. Y que tenía el pelo rubio y dorado, y los ojos como dos aguamarinas.

Y decidí que esa noche la besaría.

Pero esa es otra historia.

domingo, junio 27, 2010

Rascando donde pica


Lo malo de la autoconsciencia, esa silenciosa maldición a la que estamos condenados hombres, delfines y algún otro primate superior, no es reconocerte en un espejo los domingos por la mañana.

Es la consciencia de otros.
La consciencia de otros los ratos que no te apetece recordar. Los domingos por la mañana.

Recordando los sábados por la noche.

Hay algunos sábados en que, perfectamente sobrio, rodeado de gente a la que quieres (amigos, hermanos, compañeros, mujeres bellas con vestidos de rayas) tienes una diáfana y cristalina sensación de no tener ni puta idea de dónde estás. De dónde venimos. Y a dónde coño vamos a ir cuando nos cierren.

A dónde vamos a ir mañana. Y pasado. Y cuando hayan cerrado todos los bares que nos toque por pisar.

Porque lo único bueno de las heridas mortales es que te matan. Y así dejan de doler.

Sin embargo, los rasguños superficiales, las rozaduras de zapato o los impactos de fuerza uno cuando te despistan están mareando varios agónicos días. Y no en la piel, precisamente.

Al menos (cosa que los delfines no) puedo rascarme donde pica.

Este es un aviso del mando estelar a todos los almirantes de la Flota Imperial: nunca bajen los escudos.
De: Comandante Imperial Marcvs Sepherivs [[1503010.M03]]
A: Alto Mando de la Flota Imperial

Este es un aviso a todos los almirantes de la flota estelar imperial.

Nunca bajen los escudos.

Dicha maniobra es SIEMPRE peligrosa.

Cualquier bajada de escudos, indefectiblemente, provocará impactos en el casco. Bien sean restos de satélites artificiales que provoquen rozaduras, rayos tractores que atrapen hacia las tripas de una nave mayor o el propio impacto de microfragmentos orbitales a alta velocidad.

Ni siquiera el casco de ceramita y platiacero de los destructores clase Imperator y Golgotha están preparados para algo así.

Especialmente si los escudos se bajan alegremente.

Y sin avisar.

Que parece mentira que algunos lleven insignias de veterano.

A estas alturas.

viernes, junio 25, 2010

Sano ejercicio


Soplan vientos de cambio.

De lugares, y de gente.

De intenciones.

Pero no cambios de esos que murmullan en lontananza, con nubes negras. Sino los cambios de un despejado día, viento en popa a toda vela, en que el barco avanza firme y rápido.

Y en buena compañía.

Irse de casa para recordar donde está el hogar. Como diría mi amigo Rafa, una de las tres personas más inteligentes que conozco, sano ejercicio, doctor. Sano ejercicio.

Soplan vientos de cambio en una etapa alegre en la que todo empieza a funcionar mejor de lo que uno mismo se esperaba. De lugares.

De gente y de intenciones.

Lo único que siento es que diez mil cambios no puedan sorprenderme.

Aunque igual me equivoco.

Ojazos.

Dos amigos y una mujer


Un bolero canalla.

Que acaba de ser san Juan.

Y ya se sabe.

Sabina. Y Gurruchaga.

Dos amigos.

Y una mujer.



¿Por qué
no me contaste toda la verdad?
¿Por qué
no me dijiste que algo andaba mal?
No me apetece discutir
y a ti te toca decidir.
Para aprender a perdonar
es demasiado tarde ya.
Será
mejor que no me vuelvas a llamar.

Tal vez
lo que tenía que pasar pasó.
Tendré
que hacer de malo en este culebrón.
Tercero en un "ménage à trois"
no es el papel que a mí me va.
A la princesa del guiñol,
que la entretenga otro bufón.
Será
mejor que no me vuelvas a llamar.

Dos amigos y una mujer de madrugada.
Dos amigos y una mujer enamorada.
Dos amigos y una mujer de madrugada.
Dos amigos y una mujer enamorada.

Ya ves:
quien juega tiene que saber perder.
Quizás
la vida un día nos vuelva a juntar.
Estuvo bien mientras duró,
pero la fiesta terminó.
Las cosas no dan más de sí.
Quédate el beso que te di.
Adiós.
Me está esperando un tren en la estación.

lunes, junio 21, 2010

Y yo con estos pelos


Quién me lo iba a decir a mí.

El héroe.

Haciéndome el chulo por los bares, último botón desabrochado en la camisa, mirando a los ojos de las damas, besándoles las manos y robando besos que no son míos. El canalla.

Sin aparente oposición y sin dar (suele decir un pez que amo) puntada sin hilo.

Quién te ha visto, Marquitos, y quién te ve.

Sentado al borde de la silla, mordiéndote las uñas actualizando la bandeja del Facebook esperando que diga algo. Sin saber por qué cojones no te responde al mensaje que le mandaste al móvil.

Te tenía que tocar, tronco.

Algún día.

Era inevitable.

jueves, junio 03, 2010

Una nota de melancólica tristeza


Escribo, la mayor parte de las veces, para no olvidar.

O mejor dicho: para acordarme pasado el tiempo. No es lo mismo, es un matiz.

Una nota de melancólica tristeza.

Llovía muchísimo, con esa mala uva de los días que necesitas despejados y cualquier gota muerde sin permiso. Y nos mojamos. Todos. Vivir con agua en los zapatos es horroroso cuando los necesitas secos. La lluvia golpeaba el suelo, la gente, las paredes. Los formularios. Todo el mundo tenía prisa y nadie escuchaba.

Nadie escuchaba.

Pero sonaba algo.

Allí, a lo lejos, un violín resguardado de la tormenta derramaba un poquito de alegría a los mojados captadores de la calle Toro, en Salamanca.

Él no era de allí. Lo delataba un acento que no pude localizar el rato breve en que hablé con él, cuando me sonrió, cuando me miró. Aunque sonreía siempre. Con la boca, no con los ojos, pero sonreía. Con una nota de melancólica tristeza. Con un humor sacado de algo que nosotros no teníamos sonó, tocó, Cantando Bajo la Lluvia. Esa fue la primera canción que escuché aquella tarde. Pero no la última.

Con dulce precisión (y un perro) decoró una calle llena de gente con demasiada prisa, empapada en el suelo, la gente y las paredes. De color, no oscuro, pero sí desaturado, pegajosa y lenta como corresponde a un día de mierda. Sonaba, perfecto y virtuoso, un violín que, aunque nos alegró, marcaba las partituras con una nota de melancólica tristeza.

Y todos estuvimos escuchando. Incluso los que tenían prisa. Aunque no quisieran admitirlo.

Recuerdo decirle a Celia (la jefa más sexy del mundo) allí, bajo la lluvia, que le preguntaría de dónde era.

Maldita sea.

No lo hice. Una de esas cosas sencillas de las que te arrepientes por no haberlas acometido.

Me arrepiento ahora.

Con una nota de melancólica tristeza.

lunes, abril 26, 2010

Es su boca (en inventario)


Es tu boca, besándome dos veces en la cara.

Es tu boca.

Es tu boca hablándome de Borges. Es tu boca con un verso de Sabina.

Es tu boca.

Es tu boca hablándome. Moviéndose.

Es tu boca moviéndose en la infranqueable distancia del ancho de una mesa, del mar de un comedor abarrotado. Es tu boca al otro lado de una frontera silenciosa. Es tu boca, que no sabe de mi boca.

Es tu boca un mes después, al lado de una rosa.

Es tu boca con sed y sin cerveza, es tu boca pidiéndo de beber. Es tu boca hablando, es tu boca mirándome de cerca mientras hablas con la boca.

Es tu boca.

Es tu boca recordándome tu boca a salvo tras la frontera. Es tu boca indefensa al descubierto.

Es tu boca separada, en la erótica distancia escandalosamente imprecisa de un paso de baile.

Es tu boca separada, en la más escandalosa distancia de un segundo paso.

Es tu boca en un tercero, en un paso de baile de dos cuerpos que hace rato que sólo tienen boca.

Es tu boca empapada por el baile, es tu boca nerviosa como nerviosa está mi boca.

Es tu boca en mi boca sin aviso. Es mi boca sin permiso. Pero es tu boca.

Es tu boca arrancándome la ropa por la noche en pleno día. Es tu boca agachándose bajo mi boca.

Es tu boca gritando por mi boca. Es tu boca en todas partes excepto mi boca.

Es tu boca sin la mía por un rato impertinente.

Es tu boca recién, sólo tu boca.

Es tu boca, recitando a Benedetti.

Es tu boca hablando, sólo tu boca. Hablando y mi boca mirando tu boca.

Es tu boca en mi boca, contra mi boca. Otra vez agachándose, otra vez gritando, otra vez en todas partes.

Es tu boca lo que está contra mi boca, las dos bocas contra las dos bocas.

Es tu boca. La miro. Y allí me hundo esperando atarme, atarme atándome a tu boca.

Es.

Tu.

Boca.

La miro.

Y te lo digo:

Es tu boca.

sábado, abril 24, 2010

Huracán inevitable


Vamos a hacer ruido, y que se aplaste
la noche, la tormenta, el implacable
deseo de volver a la improbable
oscuridad fugaz donde me amaste.

Devuélveme aquel aire que arrastraste
bellísima huracán inevitable:
devuélveme la calma, échame un cable
y átame con él como ya me ataste.

Déjame con esposas desposarte,
sorprender con sorpresas cuanto antes
y dormir algo menos de la cuenta.

Llevaré a
Coruña en la mano un guante
para echárselo al ruin y por quitarte
aquel top de coqueta Cenicienta
.

viernes, abril 23, 2010

Menos mal que te vas mañana


Hay frases que debieran herir, pero dicen lo contrario.

Por el subtexto.

Se besaron, lo más a escondidas que pudieron en medio de una multitud nocturna.

Estaban al borde de una caseta, en una feria, mientras la gente que los conocía seguía dentro, bailando, bebiendo y riendo, empapados en sus propias historias y en sus propios finales y suspenses. Nadie los miraba demasiado, porque no había nada sorprendente en aquella pareja apoyada en la pequeña verja en la puerta de la caseta.

Se besaron, en mitad de una frase, mientras ella envolvía el aire con olor a sándalo y la voz de él vibraba grave contra el pecho de la dama.

Se besaron, un poquito por hambre, un poquito por exceso, un poquito con retraso y un poquito (no tan poquito) porque aquella noche era inevitable.

El beso fue uno de esos besos cortos y carentes de empujones, de aquellos que se dan sin empujar y sin pedir permiso. De esos que suelen parecerse a bajar una escalera cerrando los ojos, pero de la mano de alguien que también los lleva cerrados.

Ella se separó un poco, tiñendo de sándalo el aire que la acariciaba. Le miró a los ojos mientras dos pares de menos se buscaban fuera de las miradas.

Menos mal que te vas mañana. Dijo. Ella.

Hay frases que debieran herir.

Por el subtexto.

Pero cuando una mujer bella en plena noche vuelve loco a su interlocutor prisionero de un perfume irresistible, a veces dicen lo contrario.

Arráncame la ropa. Dijo. Ella.

Pero no lo dijo.

Al menos, allí.

Se besaron.

miércoles, abril 21, 2010

Los tres caballeros


A propósito de soñar, como ayer le decía a la
Princesa de Cartago, mi personaje de Disney favorito en mi película de Disney favorita en mi escena favorita.

Por muchas veces que vea este film, nunca empañará el recuerdo de la copia en Betamax que veíamos, tan a menudo y sin entenderla del todo (pero maravillados y clavados a los sofás) en casa del abuelo Quique mi hermano pequeño y yo.

Con ellos les dejo: los Tres Caballeros.


Somos los tres charros,
los tres caballeros
y nadie es igual a nosotros.
Felices amigos
siempre vamos juntos,
donde va el primero
van siempre los otros.

Tres felices cuates
que portan sarapes
bajo galoneados sombreros.
Valientes brillamos
como brilla un peso
¿quién dices?, nosotros
los tres caballeros.

Ohhh, nos guían las estrellas,
con nuestras guitarras
nos vamos así,
cantando, bailando
la samba, ay caramba.
¿Y qué es "ay caramba"?
Pues hombre, no sé

Ohhh, con rayos y centellas
vamos siempre unidos,
como abeja y miel.
Aunque somos cuates
viendo una sonrisa
de mujer que hechiza
¡cada uno para él!

Ay, Jalisco no te rajes,
me sale del alma
gritar con calor,
abrir todo el pecho
pa echar este grito,
que lindo es Jalisco,
palabra de honor.

Nunca seremos viejos (a Cris)



¿Sabes?

Vivo en un bajo, al lado del Guadalquivir, y la ventana de mi salón da a un patio.

Y a veces me asomo.

Y veo cómo está el patio.

Me aterra cada vez que un amigo del colegio, uno llamado Nuestra Señora de Lourdes, me agrega al Facebook.

¿Tan viejo estoy? ¿Tanto como él? Tengo la mala costumbre de usar a mis iguales como espejo, y a los que fueron mis iguales. Vestidos con una camisa, con trabajos convencionales, seguros de tener lo que se esperaba de ellos que tuvieran.

¿Tan viejo estoy? Todos tienen la misma novia, los mismos lugares, las mismas rutinas. Calvos, gordos, abandonados a una deriva que les han impuesto mientras yo, desde mi ventana, mirando mi patio, pienso si el Tenorio tendría acento sevillano, y si quedaría bien con mi voz, y qué sombrero me pondré en todas las comuniones en las que tengo que actuar en mayo.

No puedo casarme, no tengo un duro. Y ni siquiera tengo con quién. Sin embargo, se lo propondría, domingo tras domingo a cualquiera de las que se despiertan conmigo, para horas después amar a la primera que me diga que quiere.

¿Tan viejo estoy? Cuando llevo corto el pelo me asusta sonreír delante de un espejo, porque veo a mi padre y pienso en lo poco que tengo y en lo poco que he conseguido y en lo mucho que he soñado y en lo todo que he reído.

Y me acuerdo (esto es cierto, poco y destiempo, pero lo hago) de ti y del mar y de las veces que hemos soñado juntos y separados por siete horas de carretera pensando en el día que brillemos.

Y se nos olvida (esto también es cierto) que ya brillamos.

Ya brillamos, Cristina.

Y sólo podemos brillar más.

domingo, abril 18, 2010

Las palabras del dios menor


Hoy será el primer día del resto de mi vida.

El día en que me levantaré y traeré el miedo a los cobardes y la justicia a los justos. El día en que miraré al horizonte, rayana el alba, sin temor, enfrentando a mis demonios y venciéndolos, sabedor de que nunca estuve solo.

Sabedor de que no lo estaré nunca y de que mi destino, igual que el vuestro, resplandece como el oro por mandato divino de nuestra sagrada voluntad.

Hoy será el primer día del resto de mi vida.

- Pancho Salas, momentos antes de su fusilamiento.
¡Basta!

De miedo, de estrés, de dolor, de intolerancia, de hambre, de sueño, de soledad, de falta, de ganas, de razones en contra, de excusas, de mentiras, de trampas, de dobles fondos, de cartas marcadas, de agua con sal, de lluvia, de dolor de muelas.

¡Basta!

Señor -dije- o señora


En un atardecer triste y quejoso
meditaba yo, débil y abrumado,
sobre un volumen de ciencias muy curioso
de temas que ya estaban olvidados.

Mientras cabeceaba somnoliento,
oí como si repicaran suavemente
en la puerta cerrada del salón.
“Será alguna visita, —pensé yo—
que está llamando a la puerta de atrás.
Es eso, sólo eso y nada más.”

******
Ah, recuerdo claramente
aquel diciembre anodino,
y el rescoldo mortecino
que hacía sombra en el suelo.
Mientras pedía vanamente
a los libros un consuelo,
por la pérdida de aquella
que los ángeles por bella,
quisieron llamar Leonor.
“Oh mi amor!”
Oh hermosura excepcional,
que ya ha quedado sin nombre
por siempre, siempre jamás!

******
Me estremecí al ondular
de las púrpuras cortinas,
con ese ruido sedoso
del fantasma que camina.
Mi corazón temeroso
del pecho quería saltar,
y yo repetía angustiado
para poderlo callar:

“Es sólo un visitante que quiere entrar.
Es eso, es eso sólo, y nada más.”


Mas de pronto mi alma tomó aliento
y sin dudarlo, lancé mi voz al viento:

“Señor —dije— o señora, lo lamento,
y os imploro perdón de corazón.
Pero ha ocurrido que,
como estaba yo medio dormido
y llamasteis tan sin hacer ruido
a la puerta de mi habitación,
pues apenas si os he oído.”

******
Y abrí de par en par:
oscuridad, tan solo, y nada más.

******

Di la vuelta tras cerrar;
sentía mi sangre caliente,
cuando de nuevo, oí llamar,
esta vez más fuertemente.

“Eso es —dije yo— eso es seguramente
que sin duda esta mañana
alguien dejó sin pensar
cualquier cosa en la ventana.”

Abrí de par los postigos
y entró, cual si fuera amigo,
con revoloteo ruidoso,
un cuervo majestuoso.

No hizo reverencia alguna,
y con un aire altanero
de dama o de caballero,
sin batir casi sus alas,
con la mirada despierta
saltó, se posó en la puerta,
luego en el busto de Palas,
y nada más.

******
“Aunque tengas la cresta rala y lisa
no es tu actitud sumisa.
Tú, que por el margen de la noche vagas,
dime, cuál es tu nombre,
antes de que deshagas
lo que plutónicamente
te da el hombre, pájaro carroñero.”

******

(“Multiplícate por cero!”)

******

- Bart, el cuervo dijo: “nunca más”,
y nunca diría otra cosa.

- De acuerdo, de acuerdo...

******
De pronto noté el aire perfumado:
un invisible incensario balanceado
por ángeles cuyo tintineo
quedaba en la alfombra amortiguado.

“Miserable”, le increpé;
“Dios por medio de estos querubines
te envuelve en el descanso y el sopor
que alivian el recuerdo de tu amor.
Apura, apura este filtro que asegura
el no acordarte más de tu locura.”

Y dijo el cuervo: “nunca más”.

******
“Que estas palabras sean tu despedida,
pájaro demonio; —chillé furioso—
aléjate de mi vida,
ve a tu noche de plutonio
y no dejes pluma atestiguando la mentira
que tu alma invoca.
Mi rebeldía se ha convertido en ira.
Baja del busto de roca,
no busques mi corazón
y desaparece de mi habitación.”

Y dijo el cuervo: “nunca más”.

“No busques, cuervo, mi corazón,
desaparece de mi habitación.”

Y dijo el cuervo: “nunca más “.

******
Y el cuervo inmóvil,
cerradas las alas
ahí sigue parado,
sobre el busto de Palas.

Guardián inmóvil
de mi imagen muerta,
escudriña mi ser
desde la puerta.

La luz proyecta su imagen en el suelo,
donde yace mi alma sin consuelo.
Donde ya siempre mi alma yacerá
pues no podrá levantarse...

...nunca más.

jueves, abril 15, 2010

Más de cien pupilas


Mil novecientos cuarenta y dos días después, sigo sin entenderlo.

Y como no lo haré nunca, sonrío pensando en que le ha hecho gracia mi disfraz.

Nunca seremos más jóvenes que ahora. Uno de mis dos maestros suele decirlo, un ejemplo vivo del ir a por más, de vencer, de nunca detenerse. Si te paras, estás muerto, dijo una vez.

¿Quién quiere morirse en vida quedando dados que tirar, labios no besados y patrias privadas que tomar al asalto cuando queda poco para amanecer?

Renovado, seguro, poderoso y dudando sobre el futuro, nunca ajeno a la condición humana y fiel a mi insana costumbre de escuchar música mientras ordeno el cuarto.

Ya os llamo yo.

Una de mis cien mentiras favoritas.

Tenemos memoria, tenemos amigos,
tenemos los trenes, la risa, los bares,
tenemos la duda y la fe, sumo y sigo,
tenemos moteles, garitos, altares.

Tenemos urgencias, amores que matan,
tenemos silencio, tabaco, razones,
tenemos Venecia, tenemos Manhattan,
tenemos cenizas de revoluciones.

Tenemos zapatos, orgullo, presente,
tenemos costumbres, pudores, jadeos,
tenemos la boca, tenemos los dientes,
saliva, cinismo, locura, deseo.

Tenemos el sexo y el rock y la droga,
los pies en el barrio, y el grito en el cielo,
tenemos Quintero, León y Quiroga,
y un bisnes pendiente con Pedro Botero.

Más de cien palabras, más de cien motivos
para no cortarse de un tajo las venas,
más de cien pupilas donde vernos vivos,
más de cien mentiras que valen la pena.

Tenemos un as escondido en la manga,
tenemos nostalgia, piedad, insolencia,
monjas de Fellini, curas de Berlanga,
veneno, resaca, perfume, violencia.

Tenemos un techo con libros y besos,
tenemos el morbo, los celos, la sangre,
tenemos la niebla metida en los huesos,
tenemos el lujo de no tener hambre.

Tenemos talones de Aquiles sin fondos,
ropa de domingo, ninguna bandera,
nubes de verano, guerras de Macondo,
setas en noviembre, fiebre de primavera.

Glorietas, revistas, zaguanes, pistolas,
que importa, lo siento, hastasiempre, te quiero,
hinchas del atleti, gángsters de Coppola,
verónica y cuarto de Curro Romero.

Tenemos el mal de la melancolía,
la sed y la rabia, el ruido y las nueces,
tenemos el agua y, dos veces al día,
el santo milagro del pan y los peces.

Tenemos lolitas, tenemos donjuanes;
Lennon y McCartney, Gardel y LePera;
tenemos horóscopos, Biblias, Coranes,
ramblas en la luna, vírgenes de cera.

Tenemos naufragios soñados en playas
de islotes son nombre ni ley ni rutina,
tenemos heridas, tenemos medallas,
laureles de gloria, coronas de espinas.

Tenemos caprichos, muñecas hinchables,
ángeles caídos, barquitos de vela,
pobre exquisitos, ricos miserables,
ratoncitos Pérez, dolores de muelas.

Tenemos proyectos que se marchitaron,
crímenes perfectos que no cometimos,
retratos de novias que nos olvidaron,
y un alma en oferta que nunca vendimos.

Tenemos poetas, colgados, canallas,
Quijotes y Sanchos, Babel y Sodoma,
abuelos que siempre ganaban batallas,
caminos que nunca llevaban a Roma.