No te vayas llorando, que el destino
brillará cuando mires con los ojos:
las lágrimas de amor son trampantojos
que vuelven barro el polvo del camino.
Llorando, no, porque hay que ver al sino,
recetar al futuro el dulce arrojo
que me enseñaste a mí entre los rastrojos,
mi pequeña gigante entre molinos.
Volverás sonriendo cuando tenga
herido el cuerpo, el alma dislocada,
enfermo el sueño, fiebre en la sonrisa.
Serás nuestra terapia cuando vengas
y recordemos (sin llorar ya nada)
el bálsamo en las lágrimas de Isa.
Semblanza
- Max Verdié
- Lector del pensamiento con y sin turbante. Hipnotizador sin péndulo. La vida es Sueño.
domingo, abril 22, 2012
jueves, abril 05, 2012
Ya me rindo
Ya me rindo por fin: manos arriba,
me dices con palabras sin sonido.
Ya me rindo por fin: estoy rendido
esperando si escribe quien me escriba.
Ya me rindo otra vez, alguien me chiva
que me llegan mensajes recibidos.
Me apresuro a leerlos y cautivo
respondo una respuesta a tu misiva.
Que sí, que me rindo, que me has metido
los dedos en la llaga del curioso:
seguiré con fervor la expectativa.
¿Me toca responder a mí, rendido?
Con un soneto paga este moroso:
Ya me rindo por fin: ¡manos arriba!
jueves, noviembre 17, 2011
Ven que te muerdo
Me desmayo y me atrevo, cumberlando
te redacto, te espero, hago recuento,
me lamo las heridas, pongo ungüento
en la carne que dejas desangrando.
Te pienso, te doy voz, te voy dejando
marcarme la memoria, estar hambriento,
te impaciento a la vez que me impaciento,
te imagino en mi mano cuando ando.
Te sospecho y sospechas que esto es tuyo.
Los días que no tienes nubarrones
me vuelve loco que me pongas cuerdo.
Te lo escribo en el blog, porque ya intuyo
la rendición total de mis legiones.
Me paro a decidir: ven que te muerdo.
Y trata de
efemérides,
sonetos,
versos
martes, noviembre 08, 2011
El silencio se hace ruido
Mal momento en mala mañana y en mal día para darle al aleatorio del reproductor.
Un destino travieso y quizá maleducado, ignorando todo cuanto me ronda por la cabeza, pincha las canciones que me acompasan el corazón. Intento el viejo truco de sintonizar, poco a poco, los latidos a la música, pero no funciona. El peso, enrollado con cable de acero, atado a las vísceras del estómago, tira demasiado fuerte de las tripas, y la presión interna afecta al pulso. Las canciones que no acompasan son escuchadas solo por el cerebro, pasando, muertas, totalmente desapercibidas. Y no llueve, pero debería. Ensayo, una rutina nueva de adivinación del pensamiento, en la que el resultado es una estación de metro mientras Sabina, sincero en su permanente impostura, afirma que siempre nos quedará Madrid.
Max Verdié se apaga, porque Marcos cada vez está más callado, atento y escuchando, pero no oye nada.
Mal momento en mala mañana, en un mal día donde, solo en mi cuarto... temo que el silencio se transforme en
RUIDO
Ella le pidió que la llevara al fin de mundo,
él puso a su nombre todas las olas del mar.
Se miraron un segundo
como dos desconocidos.
Todas las ciudades eran pocas a sus ojos,
ella quiso barcos y él no supo qué pescar.
Y al final números rojos
en la cueva del olvido,
y hubo tanto ruido
que al final llegó el final.
Mucho, mucho ruido,
ruido de ventanas,
nidos de manzanas
que se acaban por pudrir.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido,
tanto ruido y al final
por fin el fin.
Tanto ruido y al final...
Hubo un accidente, se perdieron las postales,
quiso Carnavales y encontró fatalidad.
Porque todos los finales
son el mismo repetido
y con tanto ruido
no escucharon el final.
Descubrieron que los besos no sabían a nada,
hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.
Se borraron las pisadas,
se apagaron los latidos,
y con tanto ruido
no se oyó el ruido del mar.
Mucho, mucho ruido,
ruido de tijeras,
ruido de escaleras
que se acaban por bajar.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido.
Tanto ruido y al final...
Tanto ruido y al final...
Tanto ruido y al final
la soledad.
Ruido de tenazas,
ruido de estaciones,
ruido de amenazas,
ruido de escorpiones.
Tanto, tanto ruido.
Ruido de abogados,
ruido compartido,
ruido envenenado,
demasiado ruido.
Ruido platos rotos,
ruido años perdidos,
ruido viejas fotos,
ruido empedernido.
Ruido de cristales,
ruido de gemidos,
ruidos animales,
contagioso ruido.
Ruido mentiroso,
ruido entrometido,
ruido escandaloso,
silencioso ruido.
Ruido acomplejado,
ruido introvertido,
ruido del pasado,
descastado ruido.
Ruido de conjuros,
ruido malnacido,
ruido tan oscuro
puro y duro ruido.
Ruido qué me has hecho,
ruido yo no he sido,
ruido insatisfecho,
ruido a qué has venido.
Ruido como sables,
ruido enloquecido,
ruido intolerable,
ruido incomprendido.
Ruido de frenazos,
ruido sin sentido,
ruido de arañazos,
ruido, ruido, ruido.
Y trata de
efemérides,
el tito Joaqui,
mi mundo interior,
viajes
viernes, octubre 21, 2011
Otro uniforme de Gala
Voy a hacerte feliz. Sufrirás tanto
que le pondrás mi nombre a la tristeza.
Mal contrastada, en tu balanza empieza
la caricia a valer menos que el llanto.
Cuánto me vas a enriquecer y cuánto
te vas a avergonzar de tu pobreza,
cuando aprendas -a solas- qué belleza
tiene la cara amarga del encanto.
Para ser tan feliz como yo he sido,
besa la espina, tiembla ante la rosa,
bendice con el labio malherido,
juégate entero contra cualquier cosa.
Yo entero me jugué. Ya me he perdido.
Mira si mi venganza es generosa.
Y trata de
efemérides,
sonetos,
versos
lunes, octubre 17, 2011
Esto es el rastro, señores
No sé.
Pero hacía bueno. Era domingo y había dormido relativamente pronto. Y aunque estuve dudando un par de ratos en la cama, al final me decidí. Hacía, literalmente, años que no lo hacía.
Me fui al mercadillo.
Tienen un algo ¿verdad? Compré cuatro libros de segunda mano (uno es para regalártelo), unas bragas y dos bolsas de Thunderbirds. Esos muñecos de plástico y goma con los que jugamos algunos a principio de los ochenta. ¿Qué voy a decir? Somos una generación de nostálgicos.
Tras un par de horas (una, dos y tres, una, dos y tres, lo que usté no quiera para el rastro es) entre pantalones de marca con faltas de ortografía, calcetines seis pares cinco euros, bolsos de piel-piel, a diez el que más te guste, reina, juguetes de usar y tirar, restos de motores, barajas viejas, tebeos antiguos y porno del interviú, me fui, ufano, al autobús.
Al autobús. Estaba medio leyendo uno de los libros que había comprado. Uno de psicología. Hablaba del complejo de Níobe, y el de Elektra, o Daredevil, o algo así. Y no me fijé hasta que subí al autobús.
Eran tres. Número mágico: la abuela, la madre y la hija. Me imagino que de Marruecos, por lo que sé de las fotos de niña de mi madre. Igual meto la pata, pero es para ilustrar. Me hizo gracia la gradación de ropas. La abuela llevaba un traje típico, de cuerpo completo, de color azul, muy vivo, precioso. Con bordados plateados. Sencillo, pero elegante. Esto es: una señora. La cabeza tapadita con un pañuelo blanco, y los ojos atentos a la hija, es decir, a la nieta. La madre llevaba pantalón y jersey, oscuros, y la cabeza tapada, también, y también de oscuro. Y la niña...
La niña iba vestida de niña. Con pantalón morado y camiseta. Y en la cabeza.
Ay, en la cabeza.
Llevaba atada la camisa.
No me di cuenta de que era una camisa hasta que se la quitó. Me hizo mucha gracia. Ella se sentó al lado de la abuela, que escuchaba todo lo que decía. Hablaban en, lo que supongo, quizá árabe. La niña no callaba, y la abuela sonreía. La madre miraba de reojo y de vez en cuando también. Era preciosa. Delgadita y muy morena, con unos ojos castaños muy oscuro, enormes, como dos gemas casi de caoba.
Y mira.
Me da igual lo que digan. Porque los ojos no mienten.
Me la suda quien les mire mal. Quien se declara en contra, quien se autoengaña y se niega a ver que los colores de la paleta se están mezclando.
Me la suda que digan que vienen a quitarnos el trabajo. Que se forman guettos. Que si roban. Que si, como diría mi padre, zarandajas.
Porque los ojos (acabo de decir) no mienten.
Yo he visto los de esa niña. Y me alegra saber que cuando yo sea un mentalista con canas en las sienes y pregunte a una espectadora con ojos como dos gemas casi de caoba cómo se llama, me dirá que Fátima, o Malika, o Samira, y su novio, que estará al lado, se llamará Carlos, o Ramón.
Y Ramón (que nació en un barrio de Madrid, o en Triana, o cerca de la Rambla) será el hombre más afortunado del mundo, porque, cada noche, habrá dos ojos (casi, casi) como gemas de caoba que le darán la razón de todos los porqués.
El autobús llegó a mi parada y desperté. Ellas tres se bajaban en la misma parada que yo. Y Fátima, Malika o Samira volvió a ponerse la camisa en la cabeza.
Volvió a hacerme gracia, sonreí al bajar y nuestros caminos se separaron.
Qué suerte, la de Ramón.
Y trata de
que me creo Reverte
viernes, octubre 14, 2011
¿Quién necesita razones?
Algunas cosas solo suceden de noche.
Las pérdidas de razón. Las confesiones. Mister Hyde. Las pasiones sin culpabilidad. Los arrebatos. Drácula y el hombre-lobo. Los saltos al vacío, los errores de cálculo. Batman. Los faroles con y sin cartas. La osadía.
Y, sin avisar y muy poco a menudo, las sorpresas.
Las sorpresas con nocturnidad.
Algunas cosas solo suceden de noche.
Algunas cosas suceden porque tienen que suceder. Porque de pronto es el momento y porque era obvio aunque nadie se hubiera dado cuenta antes. Aunque sea ambiguo y andemos sobre arenas movedizas. Sobre las nubes de tu pelo. Algunas cosas suceden antes de que ocurran: la causalidad es esquiva cuando las cosas pasan de noche.
Porque no puedes escoger una vida, ni un empleo, ni familia o televisores, por muy grandes que sean. Porque no puedes escoger tus sorpresas. Porque aunque estés solo, sentado un cine, con la única compañía de un combo mediano de Coca-Cola Zero y palomitas, de noche puede suceder de todo. O quizá te des cuenta de que ya había ocurrido tiempo antes. Y solo ahora eres consciente.
Algunas cosas solo suceden de noche.
Sin motivo, una paloma mensajera de unos y ceros trae luz a la noche en el momento que menos te lo esperabas, pero que, quizá, sea el más adecuado. O el único. Quizá solo sucede porque sí y es momento de bajar la espada y envainar. De respirar y mirar alrededor, porque puede que el aire sea nuevo, o dulce, o salado. O porque algunas cosas solo ocurren porque tienen que ocurrir.
Sin trampa. Sin cartón. Sin decir mentiras.
Algunas cosas solo suceden de noche.
Y desgraciadamente, les buscamos razones.
No hay razones.
Quién necesita razones cuando tienes…
Las pérdidas de razón. Las confesiones. Mister Hyde. Las pasiones sin culpabilidad. Los arrebatos. Drácula y el hombre-lobo. Los saltos al vacío, los errores de cálculo. Batman. Los faroles con y sin cartas. La osadía.
Y, sin avisar y muy poco a menudo, las sorpresas.
Las sorpresas con nocturnidad.
Algunas cosas solo suceden de noche.
Algunas cosas suceden porque tienen que suceder. Porque de pronto es el momento y porque era obvio aunque nadie se hubiera dado cuenta antes. Aunque sea ambiguo y andemos sobre arenas movedizas. Sobre las nubes de tu pelo. Algunas cosas suceden antes de que ocurran: la causalidad es esquiva cuando las cosas pasan de noche.
Porque no puedes escoger una vida, ni un empleo, ni familia o televisores, por muy grandes que sean. Porque no puedes escoger tus sorpresas. Porque aunque estés solo, sentado un cine, con la única compañía de un combo mediano de Coca-Cola Zero y palomitas, de noche puede suceder de todo. O quizá te des cuenta de que ya había ocurrido tiempo antes. Y solo ahora eres consciente.
Algunas cosas solo suceden de noche.
Sin motivo, una paloma mensajera de unos y ceros trae luz a la noche en el momento que menos te lo esperabas, pero que, quizá, sea el más adecuado. O el único. Quizá solo sucede porque sí y es momento de bajar la espada y envainar. De respirar y mirar alrededor, porque puede que el aire sea nuevo, o dulce, o salado. O porque algunas cosas solo ocurren porque tienen que ocurrir.
Sin trampa. Sin cartón. Sin decir mentiras.
Algunas cosas solo suceden de noche.
Y desgraciadamente, les buscamos razones.
No hay razones.
Quién necesita razones cuando tienes…
Y trata de
efemérides
No hay mejor lugar
Viniste a mi cabeza.
Y tuve que encontrarte.
Mira dónde:
No hay mejor lugar que entre las nubes de tu pelo
Para revolver las drogas con los versos
Lo mejor del sol... el brillo de la luna
que es tu corazón.
En medio del mar te sientes como en un desierto.
Primavera ven y cúrame el invierno
Loco trovador, es tu canción desnuda
Solo corazón
Hoy me quedo en casa
lo de fuera no me interesa
ya saldré a dar una vuelta otro día que no llueva
¿Cuántas flores para un ramo?
¿Cuántos versos para un poema?
(...)
Hoy me quedo en casa
lo de fuera no me interesa
ya saldré a dar una vuelta otro día que no llueva
¿Cuántas flores para un ramo?
¿Cuántos versos para un poema?
Y trata de
canciones,
efemérides,
versos
miércoles, septiembre 28, 2011
El gran estallido
Así empieza el otoño. No con un gran estallido.
Estaba sentado en un banco y me gustaría poder decir que leyendo un viejo libro de poemas. O de magia. Pero estaba leyendo el Whatsapp, fiel duende de la mensajería instantánea. No diré con quien hablaba, porque es bellísima, tímida y lleva flequillo cuando está despierta.
Como el Whatsapp lleva en su lenguaje, como todos los chats, el dominio del tiempo muerto como mensaje y como subtexto, a veces tienes que aguardar a que la dama en cuestión termine su pausa dramática. Y levantas la vista.
Sobre todo si estás sentado en un banco, sobre todo si es así como empieza el otoño.
Eran una pareja joven, el de veintipocos y ella algo menos. Iban de la mano, como van las parejas que pasean sabiendo que el universo (el poema dice el mundo, pero se queda corto) está recién pintado. Hablaban, el uno con el otro, sonriendo, diciéndose todos esas cosas que dices yendo de la mano con ella en un universo (porque el mundo se queda corto) que está recién pintado.
Él llevaba el pelo corto, sobre todo por los lados, con un pantalón de tiro desgraciadamente bajo. Era moreno y delgado, con piercing en la ceja. Muy malote. Ella tenía la piel y los ojos claros, y el pelo castaño, y llevaba su piercing en el labio. Llevaba una falda cortita, con unas medias rotas y unos deportivos enormes, de color rojo. Él la detuvo, y, estando de espaldas a mí, le dijo algo que tuvo que ser precioso. Sus ojos claros se volvieron enormes y el rubor asomaba, tímido y juguetón, en sus mejillas. Sostuvieron el aire un instante (así empieza el otoño), con una mirada que podía congelar los átomos que se cruzaron.
El tiempo del universo recién pintado parecía a punto de estallar en llamas. Y entonces.
Él la besó. Le dio el beso. El beso.
Y ya no hubo ni pantalón cagado, ni piercings, ni medias rotas ni zapatos chillones. Porque le dio el beso. El mismo que le dio Red a Scarlet, Clark a Lois en Tierra-1 y Salomón a la reina de Saba.
A poco metros de ellos, y más cerca de mí, una pareja mayor se detuvo. Muy mayor. Mientras los miraban. Un señor alto y elegante, con bastón y perilla blanca, calvo, con corbata y chaleco de cuadros, y reloj de bolsillo. Su señora (porque eso era: una señora) llevaba un vestido sencillo estampado, con un pequeño bolso beige. Era menuda y llevaba teñido el pelo con sobriedad. Con unos pendientes muy grandes, plateados como las sienes de su marido. Él dejó de mirar a la pareja y se giró hacia la señora. Y le dijo algo. Y entonces.
Él la besó.
Una de las mejores habilidades que da esto de ser mentalista es apreder a leer los labios. Aunque no lo hubiese necesitado, porque la frase iluminó los ojos de la señora momentos antes de que el caballero elegante de perilla plateada dijese nada. Y hubiese estado claro para cualquier observador que hubiese tenido un momento de distraerse del Whatsapp.
"¿Sabes? Yo también te quiero."
Sonreí por dentro y lo olvidé hasta hoy, cinco días después. Me reclamaba un mensaje de una dama al otro lado del mar, que ya había decidido romper su dramática pausa de tortura.
Y así empezó el otoño.
No con un gran estallido, sino con un beso.
Con dos. Con dos besos.
Y trata de
que me creo Reverte,
que me encanta hablar de mí mismo
domingo, septiembre 25, 2011
Luz de luna
Lo cantaba, con voz quebrada en timbre y emoción la inefable Chavela. La he conocido hace poco, en un espacio escénico, donde mi musa del teatro y sus incontables pecas van entrenarse. Y me imagino que suena porque es domingo.
Uno de esos domingos afortunadamente extraños en los que a pesar de haberlo pasado bien la noche antes, uno se encuentra solo y sin saber por dónde demonios tirar el día siguiente. Son, más que días, trámites imprecisos para resetear el mundo.
Y es que, desde que te fuiste, no he tenido luz de luna.
Yo quiero luz de luna
Para mi noche triste
Para soñar divina
La ilusión que me trajiste
Para sentirte mía, mía tú
Como ninguna
Pues desde que te fuiste
No he tenido luz de luna
Pues desde que te fuiste
No he tenido luz de luna
Si ya no vuelves nunca
Provincianita mía
A mi senda querida
Que está triste y está fría
En vez de en mi almohada
Lloraré sobre mi tumba
Pues desde que te fuiste
No he tenido luz de luna
Pues desde que te fuiste
No he tenido luz de luna
Yo siento tus amarras
Como garfios, como garras
Que me ahogan en la playa
De la farra y el dolor
Y siento tus cadenas a rastras
En mi noche callada
Que sea plenilunada
Y azul como ninguna
Pues desde que te fuiste
No he tenido luz de luna
Pues desde que te fuiste
No he tenido
luz de luna.
jueves, agosto 18, 2011
Vinos Inter Pares
Son lo puto mejor, los putos amos,
una Armada Invencible de borrachos
(no somos muchos, pero somos machos)
y acuden en tropel cuando los llamo.
Lo primero es pedir (¡no sirven tapas!)
una jarra de tres por cada hermano,
y brindando con ellas en la mano
beber de pie para morir a gatas.
La cita de los viernes acojona
a los héroes del mundo más valientes,
más los Vino Inter Pares, inconscientes,
enfrentarán cual solo una persona
y como un solo hombre sus destinos:
morir matando en barra del Merinos.
Y trata de
efemérides,
sonetos,
versos
martes, agosto 16, 2011
¿Muerde, señor?
No sé si me encanta o lo detesto.
Que me traten de usted. Los niños. Por la calle. Por un lado, está bastante claro que no soy un señor. Entre los pelos y mis camisas de capitán de los piratas, como dice El Alemán, es complicado confundirme con uno. Y por las noches, a las diez de la mañana, en El Péndulo, entrando a las rezagadas de la Carrera de los Tristes, menos. Dedico mucho esfuerzo a ese particular.
Pero también me parece estupendo. Que se acerquen con cautela y cuarenta quilos y preguntan despacio, sin miedo y con naturalidad, con respeto a alguien mayor que ellos, si pueden o no pueden hacer algo, si es correcto o no, si tienes algún dato que a ellos les falta para hacer suyo el Universo del que son legítimos herederos. Y actuales dueños y señores.
Me pasaba antes de ayer, paseando con mi homólogo canino. Loki, el perro que tiene mi madre en su casa. Es vago, comodón, muy guapo y con rizos de color oscuro. Y un imán para las perritas pequeñas. El truhan.
Salimos de casa y nos dirigíamos a un parque cercano donde suele campar el monstruo un par de veces al día. Se tarda un poco, porque el marqués tiene que pararse en cada meada a ver de quién es. En ese juego de olores que las personas no vemos y que a ellos, allí a cuatro patas, les dice mucho más que a nosotros un saludo. Así saben quién anda por el barrio.
Al poco de llegar al parque, debían ser las siete de la tarde, Loki se sumergió en un arbusto. Jugaba con la hierba, olfateaba. Y de pronto, apareció el enano. Debería tener 9 o 10 años, no más. Delgado, desgarbado y gafotas. Un perfecto candidato a miembro de club de rol, al que espero en unos años. Muy educado, se acercó cual centella, se arrimó a Loki sin miedo ninguno, y me miró antes de tocar nada. Con una inocencia aún no quebrada tras las gafas de cristal grueso. Tenía un chándal y andaba él con otro amigo, que se quedó algo más lejos, jugando con una pelota de baloncesto en las canchas del parque. Me miró mientras controlaba de ojo a Loki. Y me preguntó antes de cualquier otra cosa, ya de rodillas, a punto de agarrar a la bestezuela.
"¿Me deja tocarlo? ¿Muerde, señor?"
No, no muerde. Claro que no muerde. Y a ti, menos.
Y por supuesto que puedes tocarlo: vas a heredar el Universo.
Y trata de
que me creo Reverte,
que me encanta hablar de mí mismo
domingo, junio 12, 2011
La paloma
Vuela.
Vuela y aterriza, y siempre viene.
Siempre que viene, la veo.
Siempre que la veo, soy un poco más feliz.
Mi paloma me pide una paloma mensajera ignorando que siempre que recibo noticias de ella es su luz la que me alegra.
Vuela libre desde que la conozco, siempre un poco más rápido, siempre un poco más alto, señalando, sin saberlo el camino a los que vivimos más torpes.
Dicen sus vientos que sus próximos vuelos van a traerla cerca, más cerca, del cuerpo pero no del corazón.
Siempre que recibo noticias de ella es su luz la que me alegra.
Vuela.
Y trata de
efemérides
Vuela esta canción
Vuela esta canción
para ti, Lucía,
la más bella historia de amor
que tuve y tendré.
Es una carta de amor
que se lleva el viento
pintado en mi voz
a ninguna parte
a ningún buzón.
No hay nada más bello
que lo que nunca he tenido.
Nada más amado
que lo que perdí.
Perdóname si
hoy busco en la arena
una luna llena
que arañaba el mar...
Si alguna vez fui un ave de paso,
lo olvidé pa' anidar en tus brazos.
Si alguna vez fui bello y fui bueno,
fue enredado en tu cuello y tus senos.
Si alguna vez fui sabio en amores,
lo aprendí de tus labios cantores.
Si alguna vez amé,
si algún día
después de amar, amé,
fue por tu amor, Lucía,
Lucía...
Tus recuerdos son
cada día más dulces,
el olvido sólo
se llevó la mitad,
y tu sombra aún
se acuesta en mi cama
con la oscuridad,
entre mi almohada
y mi soledad.
lunes, marzo 14, 2011
La bici que no cabía
Vaya horas, las siete y media de la mañana.
Pegajosas e inciertas, sobre todo si te pillan en una estación y en pleno tránsito. Esclavo de la legaña entras a tu vagón y te sientas, sacando un libro que obviamente no vas a leer en todo el trayecto porque irás viendo La que se avecina en el iPhone hasta quedar dormido. Mucha boina de bohemio y vas al tiro fácil.
No me molesta hablar con la gente (mis dos trabajos consisten básicamente en eso), pero a ciertas horas prefiero que me dejen tranquilito. Por si las moscas. Así que los revisores humoristas me parecen un lujo innecesario rayana el alba. Innecesario y excesivo. Pero claro. Algunas bromas son para contarlas.
Con mi boina calada para quitarme las luces y los cascos puestos intentaba fingir indiferencia, pero no pude. La voz del jocundo revisor chillaba demasiado, haciendo un chiste amoroso a dos muchachos. Él, oí, la estaba ayudando a ella a subir la maleta. Muy caballero.
El revisor los presentó y ella, entre avergonzada y sonriente se sentó a mi altura, al otro lado del vagón. Él la siguió.
Ella era de porte delicado, como de discreta princesa de película de sobremesa. Él era alto y rubio, de ojos claros. Delgado y de sonrisa limpia. Así como de honesto funcionario soltero de novela de posguerra. Como la de mi abuelo Quique. Se sentó a su lado. Casi tranquilo. Pero sonreía.
Así que te llamas Alicia. Le preguntó. Ella rió y dijo que sí. Le preguntó de dónde era. Y él se lo contó. Se lo contarón. Él venía de París, pero era Colombiano. Acababa de terminar la carrera y se dirigía a León por una beca. No conocía a nadie en la ciudad. Ella era medio francesa, por parte de madre, y estudiaba veterinaria en la misma ciudad. Él en verano recorrería el sur de España con unos amigos de Colombia, ella quería ver La Toscana. Él la miraba a los ojos cada dos o tres preguntas y ella sonreía y bajaba algunas veces la mirada.
Vaya horas, las siete y media. De la mañana. Maxi en La que se avecina le hacía el lío a Amador y caí dormido a intervalos. Despertaba para oír una sonrisa (algunas se oyen, pueden creerme) o para imaginarme una mirada, mientras ellos hablaron todo el viaje. De Andalucía. De León. De La Toscana.
Y, como todos los enamorados, de París.
Estación término, León.
Él, por supuesto, bajó la maleta de ella mientras el revisor hacía una broma, mucho más dulce y elegante que la de entrada. Bajé a mi ritmo, como siempre y me dirigí a la salida mientras me los cruzaba. Una señora, atenta a la jugada le dijo al muchacho que vaya enormidad de maleta manejaba. Y era cierto. La bici, dijo. Con un dulce y educado acento de joven universitario colombiano. Una bici, parecía. Desde luego.
Antes de alcanzar la salida visité el lavabo para robar un rollo de papel. Ahora que ya me he acostumbrado es imposible no hacerlo. Así que a ellos les dio tiempo a llegar a la parada de taxi, unos metros por delante de mí.
Pasé de largo mientras me dirigía a mi oficina, invisible entre sonrisas y miradas, en un León que era gris para casi todo el mundo esa mañana. Excepto para un licenciado en derecho que viene de París, y de Colombia y que quiere recorrer Andalucía en bicicleta. Y para una discreta princesa de ojos miel que no sabía dónde mirar de la dulcísima vergüenza.
Allí los dejé.
Preguntándose cómo iba a entrar aquella enorme bicicleta en el taxi. Y sonriendo, jóvenes y guapos, un poquito inquietos, un poquito ilusionados, en una mañana que brillaba solo para ellos.
En un íntimo baile privado, de suave picardía a las siete y media de la mañana.
Vaya horas, las siete y media de la mañana.
Vaya horas.
Y trata de
efemérides,
que me creo Reverte
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