Nunca conocí a nadie que tuviera tan roto el corazón.
Nadie lo diría, por la forma que tenía de tratar a las mujeres. Lo recuerdo perfectamente, por loas muchas veces que pensé en cuánto me gustaría a mí hacerlo tan bien. Era todo halagos, sonrisas, comentarios ocurrentes. Una delicada y precisa esgrima, como lo llamaba él. Parada en tercia, fondo, estocada, iai, kimé. El timing perfecto para la estocada perfecta.
También recuerdo haberme preguntado muchas veces por qué nunca se enamoraba de ninguna, por qué ningún beso de tantos como daba la causaba el impacto suficiente como para quedarse grabado en la memoria. Por qué ninguno. Nunca. Y recuerdo además que solía pensar que eso era una gran suerte.

Hasta que me lo contó.
No podría escribirlo aquí, y seguramente él no quisiera. Seguramente no.
Puedo imaginarlo como una fina hoja de acero envenenada. Al rojo vivo, atravesando limpiamente, de parte a parte, el corazón.
Estallando después, esparciendo metralla incandescente por todo el órgano, convirtiéndolo en una sanguinolenta masa. Privándolo de toda capacidad que no fuera empujar la sangre por su organismo.
Una válvula muerta.
Nunca conocí a nadie que tuviera tan roto el corazón.
Desde entonces, cada vez que lo veía con su perfecta esgrima, parada en cuarta, no puedo evitar pensar que, en realidad, quien más perjudicado acababa con sus estocadas perfectas no eran las damas cuyos besos no acababan grabados en ninguna parte.
Recuerdo no haber deseado nunca más parecerme a él.
Nunca.
Muerto en vida, con una sonrisa perenne tratando de ocultar que mi corazón es una válvula muerta.
Convirtiendo la esgrima en una danza hueca.
Desde entonces, nunca tuve envidia de nadie que estuviera muerto.
O tan roto.