...es el principio y el fin.

lunes, abril 05, 2010

El amante impar


Tres.

Tres, en una discreta multitud sólo conocida por uno de ellos.

Ajena a la realidad y a ojos observadores que estuvieron distraidos, la multitud de tres se movió en el mismo espacio, pisando el mismo suelo y besando la misma boca. En momentos (ayer, hoy, a escondidas) diferentes, en lugares (en su cama, en su ciudad, a escondidas) diferentes, ajenos a la realidad y a ojos observadores.

Haciendo llorar, acompañando, mordiendo, cada uno fiel a su función y su naturaleza, esclavos involuntarios de una danza invisible puesta en marcha, en parte por la mala providencia, en parte por ellos mismos. Culpable cada uno (de herir, de ignorar, de atreverse) de sus propios y únicos pecados, víctimas de sus demonios (la mentira, la inocencia, la lujuria), prisioneros de su visión incompleta (la que hubo, la que hay, la que se esconde) de una realidad condensada en tres días, lo que dura un encuentro, varios asaltos de un juego en el que no todos saben bien la reglas.

El ex-novio, el novio y el amante.

Una discreta multitud sólo conocida por uno de ellos.

El único que esta noche dormirá solo, y a quien nadie despertará por la mañana.

Pensando, inevitablemente, que el que más recibió aquellos días es, para variar, el que menos tiene.

Dulces sueños, ángel de la noche.

martes, marzo 30, 2010

El armario de las maravillas


Son las dos de la mañana y hablo con una mujer de pelo oscuro y carácter. Y muy bella.

Y acabo de acabar, a falta de la ristra de munición, la reproducción de una ametralladora gatling.

Por primera vez en mi vida, he acabado un modelo, una maqueta y no me la he puesto al lado de la cama para poder mirarla.

Pero no hablo de ellas.

Sino de él.

He abierto su armario.

Su armario, donde meticulosamente, ordenado en cada milímetro y etiquetada cada mota con su origen, calibre y peso, guardaba su enorme colección de cartuchos, sus juguetes de coronel Tapioca y el enorme sinfín de cosas que, como a mí me pasa a veces, le provocaban curiosidad en algún momento: monedas, rodamientos de motor, decenas de aparatos, maquetas, cosas pequeñas y de colores.

Y el olor. Que me hace sonreír como una deliciosa bofetada de melancólica alegría, pensando en cuando pesaba una tercera parte de lo que peso ahora y él me dejaba fisgar en aquel prohibidísimo armario de las maravillas.

Hoy, tristemente, el armario no estaba prohibido.

Hoy he cogido algunas cosas de ese armario. La canana grande. Una cartuchera de cintura. Varias vainas del 7.62.

El azar maldito del día más atroz de mi vida hizo que muchas de las cosas del prohibidísimo armario de las maravillas pasasen a ser mías. Casi todas las que tienen forma de cartucho, todas las que tienen que ver con los juguetes de coronel Tapioca, todas las vainas del 7.62.

Pero no es un día para llorar, ni para estar triste, aunque se haya levantado la prohibición del armario mágico.

Porque son las dos de la mañana y estoy y hablo con una mujer de pelo oscuro y carácter. Y muy bella. Que es como a él le gustaban.

Por que acabo de terminar (a falta de la ristra de munición) la reproducción de una ametralladora gatling para un disfraz de una película que fui a ver con él, hará dentro de poco veinte años. Una película que siempre me viaja la memoria a cuando el día más atroz no había ocurrido, una película de robots, y viajes en el tiempo, y un niño y su padre robot luchando contra un montruo que no podía pararse, y recuerdo recordar pensar que él me protegería a mí de todos los monstruos de mi vida.

Pero no pudo.

Así que lo haré por él.

Y hoy, por primera vez en mi vida, he acabado un modelo, una maqueta y no me la he puesto al lado de la cama para poder mirarla.

Se la he dejado al lado del armario de las maravillas, porque sé que no podrá resistirse a acercarse para decirme en qué me he equivocado, y por qué el calibre de las vainas que llevo en la canana no tiene sentido.

Así hoy no tendrá excusa para mandarme a dormir.

Que son las dos de la mañana.

lunes, marzo 22, 2010

Tres lugares contiguos


Perdonneme el sennor que toda cosa fizo deste el mio crime mas perverço, que grande angustia e congoja hallase el mio cordal atormentado, tanta pena zofrir por dejalle en escripto cuanto oscuro cognoscí de las guisas, formas e maneras que aprendí de fablales e llamalos a los demoños e sus vástagos, e de facerles que obedeçieran las normas e deseos que yo quise pediles (...). Y si no perdoneme, accepten aquestos que cito demoños mia carne e sangre como ofrenda cual otrora vez fiziera.


- Carlos Müller, prefacio de "Fabliellas Negras et computo e cálculo de las cosas que non poden nonvrarse". In cuarto, 18x27 cm, 1400 d.c. aproximadamente.

¿Cómo hacer saber a la humanidad lo que he averiguado? Soy sólo un hombre en un maremágnum imbatible de acontecimientos que no se dentendrán por la acción sola de un hombre solo. Y pese a lo acuciante de la noticia, apenas un siglo entero, hay tareas prodigiosas que han de acometerse antes, pues a menudo lo urgente resta tiempo a lo importante.

¿Quién? ¿Quiénes?

¿Quién sería tan loco de acompañar a un loco a jugarse la vida, el alma, la muerte y el infierno?

¿Dónde encontrarlos en estos días torcidos?

- Del diario de Rex Annemann, escrito en Budapest, Hungría, 1916.


No hay futuro. Sólo existe el que nosotros hacemos. Construimos.

Connor lo repite como un puto mantra siempre que nos enfrentamos a la desesperación. Todos los días, cada día. Para que no olvidemos que en una guerra imposible de ganar, resistimos. Para no olvidar que todos y cada uno de nosotros somos la última esperanza de la humanidad.

El último plan de Connor es una locura sacada de una pesadilla de la ciencia-ficción. Pero en un mundo de locura y pesadilla de la ciencia-ficción quizá sea la única opción sensata.

¿Llegaremos vivos, siquiera, a la primera parada de este demencial viaje? No lo sé. Hace días que el mundo ha cambiado para mí. Si es verdad lo que afirman los oficiales científicos, lo que vamos a hacer puede cambiar el curso de la historia de esta guerra de una manera que jamás antes hubiese imaginado. Ni siquiera sé si viviré para ver otro mañana, pero sé que no he vivido y luchado hasta aquí, hasta hoy, para caer rendido ahora.

Tengo miedo.

Y no volveré.

- Teniente Johnathan Moore, 23º de operaciones especiales, segundo pelotón, manípulo Connor-Brewster, 2029.

domingo, marzo 14, 2010

El Polo Norte en una alcoba


¿Qué tienen de especial las palabras tristes que hacen que las escuchemos con atención?


Me permito el excesivo lujo de escuchar cantautores por la alegría que Abraham me trae siempre en bandeja, el sol que nos invita a comer paella en la Alameda y los ratitos que me quedan en una Andalucía que, por fin, ha decidido dejar de naufragar, al borde del fin del mundo. En plan Waterworld.

Pingüinos en la cama. De Arjona, con Chenoa. Rassy es fan.

Lo veré dentro de poco.

Vamos aclarando este asuntico
Ni tú estas pa´ policía
Ni yo para andar huyendo.
Vamos aclarando y te repito
Que no tengo todo el dia
Para seguir discutiendo.
Si esto fuera una olimpiada
Romperías todos los records
De arruinarnos el momento.

Vamos aclarando este pendiente
Yo no soy tu propiedad
Y me harté de hacerme el mudo,
Quítate el complejo de teniente
Que el amor sin libertad
Dura lo que un estornudo.

Son iguales los defectos
Que hoy me tiras en la cara
Y al principio eran perfectos.

Vamos aclarando el panorama
Que hay pingüinos en la cama
Por el hielo que provocas,
Si hace más de un mes que no me tocas
Ni te dejas sobornar por ese beso escurridizo
Que busca el cielo y encuentra el piso.

Vamos aclarando el panorama yo no estoy pa´ crucigramas
Ni tú para masoquista,
Ya no sueñas viajes al caribe
Por tu rol de detective y mi papel del fugitivo,
Yo busco un sueño y tú un testigo.

Siempre con la misma cantaleta
Me voy para no volver
Tengo listo el equipaje.
Llenas y vacías la maleta
¿Cómo puedes pretender que me coma este chantaje?
Tienes cero en actuación,
Diez en manipulación
Y una beca en el psiquiatra.

Vamos aclarando el panorama
Que hay pingüinos en la cama
Por el hielo que provocas,
Si hace más de un mes que no me tocas
Ni te dejas sobornar por ese beso escurridizo
Que busca el cielo y encuentra el piso.

Vamos aclarando el panorama yo no estoy pa´ crucigramas
Ni tú para masoquista,
Ya no sueñas viajes al caribe
Por tu rol de detective y mi papel de El Fugitivo
Yo busco un sueño y tú un testigo.

Con la dosis justa de cinismo preguntas que harías sin mí
Si ya no vuelves a verme,
Para ser sincero haría lo mismo
Sólo que si estoy sin ti lo haría sin esconderme,
Lo haría sin esconderme...

sábado, marzo 13, 2010

16´50 - Imprimando el multiverso


Tengo un papelito en el que pone ese número.

Y no quiero que se me olvide.

O mejor dicho, sí. Lo que quiero es volver a recordarlo. Luego. Más tarde. En los futuros alternativos que me esperen, solo, a oscuras odiando a la raza humana. De bajón.

En esos ratos malditos en que llegas a desear que todo sea negro porque es obstinadamente gris, pero un gris sucio. Un gris marrano que se pega a la piel como las mugre y las enfermedades, un gris envenenado que absorbe y devora cada matiz de las setenta y dos pinturas con las que a veces intento retocar el universo. Setenta y tres: a veces si no imprimas el universo no admite la pintura.

Tengo un papel, guardado en una carpeta, en el que en un recuadro del mismo pone 16´50. Así, en número.

Y no quiero que se me olvide.

Porque el lunes ya no seré el dueño del papel. Ni siquiera lo soy ahora, sólo su custodio. Porque dentro de poco sólo será otro número en otra estadística, una pequeña reseña en un grupo, uno más. Y nunca son uno más. Sobre todo algunos.

Tengo un papel, original de una copia que tiene alguien ahora bastante lejos. Alguien que creyó que sería buena idea, una vez al mes, llevarse en el coche un bocata en lugar de gastarse las dietas que le da la empresa. Por algo un poquito más elevado que nosotros mismo. Por una intención: hacer que todo esté mejor.


Tengo un papel que me recuerda todo esto.

Y como no soy su dueño, me lo apunto aquí: porque dijo que volvería y volvió. Como un señor y con corbata. Sin empujar y sin pedir permiso, a poner un grano de arena a cambio de un bocadillo.

Y no quiero que razonamientos tan bellos como el de aquel muchacho de corbata se pierdan cuando el universo no admita la pintura.

lunes, marzo 08, 2010

Derrotar a las estrellas


Un maestro una vez dijo delante de mí que la vida no es más que un larguísimo combate de Judo.

Creo que es bastante obvio el campo en el cual era maestro.

Decía que no nos engañáramos. Que la vida siempre intentaría agarrarnos y tirarnos contra el suelo. Igual que nuestros contrincantres en los campeonatos. Y que lo haría, frecuentemente, engañando, zafándose, intentando usar nuestra fuerza en su contra.

Que en ocasiones, como en ocasiones nos ocurre combatiendo, el error será nuestro, y la caída nuestra culpa. En otras, será la habilidad del adversario la que nos derribe. Otras distintas será un error de arbitraje, y a menudo (desgraciadamente a menudo) será forzando la falta, casi haciendo trampa, empujándonos a la zona del tatami donde nos veremos obligados a atacar desequilibrados porque si no la sanción será para nosotros. A lo perro. Puteando.

Los maestros de artes marciales (todos los grandes y muchos de los buenos) son muy severos con sus alumnos. Con todos. Con los que son prodigiosos, con los que sólo son buenos y con los inútiles. A los prodigiosos se les exigirá vencer a las estrellas, a los buenos no ser vencidos por ellas y a los inútiles, seguir el ritmo de los anteriores.

No sé si habéis intentado seguir el ritmo de alguien prodigioso siendo inútil, pero puedo aseguraros que conseguirlo es muy parecido a vencer a las estrellas.

Los maestros (todos los grandes y muchos de los buenos) no son severos porque les guste la crueldad. No lo son por falso orgullo ni por vanidad. Ni siquiera quieren realmente que sus alumnos desenvainen más rápido o ganen copas más grandes porque sí.

Lo quieren porque saben que sus alumnos (los prodigiosos, los buenos y los inútiles) podrán vencer a todas las estrellas que se encuentren si han entrenado lo suficiente.

Y a veces, como muchos han aprendido al tener que aprender a levantarse, vencer al otro no consiste en ganar el combate.

Porque a veces, al entrar al tatami, el que tienes enfrente es amigo de los árbitros, y más fuerte, y más grande, y más pesado, y su Judo es mucho mejor que el tuyo. Y sabes que hagas lo que hagas será tu espalda la que se tope contra el suelo.

Pero no importa.

Porque entonces un árbitro gritará "¡Hajime!", saludarás a tu adversario y aferrarás su kimono con toda la fuerza y técnica que puedas.

Dispuesto a derrotar a las estrellas.
______________
El señor de la imagen es Kyuzo Mifune. No daré más datos sobre él que el hecho de que fue apodado "el dios del Judo". Simplemente, el más grande. Y todo lo que diga será diminuto.

domingo, febrero 28, 2010

Al mal tiempo buena cara


Llueve.


Mucho, a todas horas. Un sol tímido ha necesitado cuatro meses para atreverse a reaparecer, émulo lo de fuera de aquello que va por dentro. En el horizonte, el viejo puerto, el hogar, un perchero donde poner (espero) cuando llegue cansado a casa los sombreros. Y dejar lejano el chubasquero que he tenido que ponerle a la mirada desde hace meses, prisionero de mis propias intenciones.

Como dijo Lope, quien lo probó lo sabe.

Y como dice Ger, el noventa por ciento, sobra.

Qué sabios ambos. Con la vista puesta en el horizonte, ordeno el cuarto y los pensamientos mientras intento averiguar qué tiempo hará mañana.

Lo malo de trabajar en la calle es tener que estar pendiente, siempre, del

PARTE METEREOLÓGICO

Se anuncia entre los dos tiempo inestable
asoman a tus ojos las tormentas,
por la noche es probable
que el viento sea variable,
que me quieras… y luego te arrepientas.

La isobaras ven hielo en tus venas
y en tu pañuelo un mar que se sofoca
y auguran las antenas
que harán falta cadenas
para subir al puerto de tu boca.

Besarte es desatar un huracán
que suba en el termómetro el mercurio,
algunas nieves dan
calor cuando se van
fundiendo entre el desierto y el diluvio.

A, E, I, O, U
a mi boda fueron todas menos tú.
Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si
marejada ni contigo ni sin ti.

Lo malo es que después la gota fría
se instala entre mis huesos y los tuyos,
corrige mi alegría
la noche de aquel día
que me condena al páramo y al trullo.

Caerá un rayo en mi torre de Babel,
arrasarán las plagas y la hambruna,
vendrán lunas de hiel,
a devastar mi piel
si el desamor no encuentra su vacuna.

A, E, I, O, U
a mi boda fueron todas menos tú.
Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si
marejada ni contigo ni sin ti.

A, E, I, O, U
a tu vera el dulce hogar era un iglú
Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si
marejada ni conti…
marejada ni conmi…
marejada ni contigo ni sin ti.
______________________________
Parte metereológico es una canción incluida en el álbum Vinagre y rosas, de Joaquín Sabina.

Somos el lobo que acecha las estrellas en el cielo
y que devora el fuego en las estrellas.
Nos ocultamos en la noche
cuando la luz se ha ido.
La luz está dentro de nosotros.
Traemos la destrucción de Fuego a la oscuridad.
Los enemigos arden a nuesto paso.

Teme cuando sientas el frío.

Teme cuando oigas el aullido.

Porque sabrás quiénes somos.

Somos los Lobos Espaciales

domingo, febrero 21, 2010

Una lección de peso


Lo malo de los horarios diferentes a los habituales es que nunca sabes a quién demonio te vas a encontrar.

O qué ángeles.

Por eso voy a primera o a última hora al gimnasio. Al de levantar peso, no al de vestirse de negro.

A primera hora nunca hay nadie, y además hay poca luz natural todavía. O la que hay es tenue. Hay poco ruido en la ciudad y todo el mundo entrena tranquilo y a su manera. Los pocos que hay. Dos chicas haciendo máquinas y un señor delgadito de unos cincuenta y muchos en una de las máquinas de cardio. Y yo, levantando peso. A la antigua.

Pero algunos días no me queda más remedio que ir a otra hora. A media tarde. O la final de la mañana un sábado.

Y siempre que hago eso, me cabreo.

Porque soy un intolerante. Y porque llueve. Y me toca los cojones haberme venido a Sevilla y que no pare de llover. Todo el día. A todas horas.

Y llegar mojado y furibundo del trabajo y ver que hay dos canis sin la más mínima educación, comunicándose a grito limpio mientras hacen curl de bíceps en la jaula de sentadilla. El equivalente gimnástico de encontrarte a alguien serrando con una lima cuando necesitas limar una aspereza. O cuando necesitas un hacha.

Normalmente ignoro a todo el mundo cuando entreno, fiel a la máxima de emplear los espacios para lo que son. No voy a tomar copas a una biblioteca. Y ya hablo con gente cada minuto de mi trabajo. Así que pongo peso y lo levanto.

Y en una de esas, pensando pestes de la gente que me rodeaba, tumbado boca arriba en un banco prepadado para empujar una barra con discos, hop, hop, oigo a un mastodonte, ex-campeón de culturismo de Andalucía, con cresta y tatuajes, referirse a su hija (un angelito rubio y diminuto), de meses, allí presente en un carrito.

Y me quedé de piedra bajo la barra, recibiendo bajo 60 kilos una adecuada lección de peso.

"Es que no puedo vivir sin ella".

Dijo.

Y así, como en los cuentos, abracadabra, con una frase mágica cambió de color el universo.

Acabé la serie, me cambié y salí por la puerta, despidiéndome.

Y por primera vez en semanas, había salido el sol.

Como en los cuentos.

Abracadabra.

domingo, febrero 07, 2010

Entre estruendos


Mucho ruido.


En todas partes, a todas horas, sin dejarnos escuchar nuestros propios latidos. Demasiado, demasiado ruido.

Afortunadamente, en esta época andalusí que me he forzado a vivir, el ruido de fuera es mayor que el de dentro, y no tengo que hacer oídos sordos para no quedarme ídem, inerme ante los demonios que antes creía imbatibles. Y hoy, en desbandada, poco menos que molinos. Sin embargo, he de ver, desde una dolorosa barrera, como amigos (y casi hermanos) son heridos por sus propios demonios, hermanos de aquéllos que yo tuviera. Los cuales ha de enfrentar en solitario, sin armadura. A pelo. En plan canalla.

El décimo arcano, la rueda de la vida, sigue inexorable para todos, cambiando siempre, retornando lo perdido a su lugar, parte de un enorme e imperceptible engranaje que chirría sin que podamos darnos cuenta.

Ahorrándonos el ruido:

Ella le pidió que la llevara al fin de mundo,
él puso a su nombre todas las olas del mar.
Se miraron un segundo
como dos desconocidos.

Todas las ciudades eran pocas a sus ojos,
ella quiso barcos y él no supo qué pescar.
Y al final números rojos
en la cueva del olvido,
y hubo tanto ruido
que al final llegó el final.

Mucho, mucho ruido,
ruido de ventanas,
nidos de manzanas
que se acaban por pudrir.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido,
tanto ruido y al final
por fin el fin.
Tanto ruido y al final…

Hubo un accidente, se perdieron las postales,
quiso Carnavales y encontró fatalidad.
Porque todos los finales
son el mismo repetido
y con tanto ruido
no escucharon el final.

Descubrieron que los besos no sabían a nada,
hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.
Se borraron las pisadas,
se apagaron los latidos,
y con tanto ruido
no se oyó el ruido del mar.

Mucho, mucho ruido,
ruido de tijeras,
ruido de escaleras
que se acaban por bajar.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido.
Tanto ruido y al final…
Tanto ruido y al final…
Tanto ruido y al final
la soledad.

Ruido de tenazas,
ruido de estaciones,
ruido de amenazas,
ruido de escorpiones.
Tanto, tanto ruido.

Ruido de abogados,
ruido compartido,
ruido envenenado,
demasiado ruido.

Ruido platos rotos,
ruido años perdidos,
ruido viejas fotos,
ruido empedernido.

Ruido de cristales,
ruido de gemidos,
ruidos animales,
contagioso ruido.

Ruido mentiroso,
ruido entrometido,
ruido escandaloso,
silencioso ruido.

Ruido acomplejado,
ruido introvertido,
ruido del pasado,
descastado ruido.

Ruido de conjuros,
ruido malnacido,
ruido tan oscuro
puro y duro ruido.

Ruido qué me has hecho,
ruido yo no he sido,
ruido insatisfecho,
ruido a qué has venido.

Ruido como sables,
ruido enloquecido,
ruido intolerable,
ruido incomprendido.

Ruido de frenazos,
ruido sin sentido,
ruido de arañazos,
ruido, ruido, ruido.

miércoles, febrero 03, 2010

La carta del amo


Cuota del Gimnasio Germano, calle Macarena, Sevilla: 38 euros.


Cena baja en carbohidratos y alta en proteínas: 5 euros.

Apretado calzoncillo con apenas lugar para la imaginación: 4´5 euros.

Espejo de tres cuartos colgado en el salón: 60 euros.

Realizar paso a paso y sin errores la rutina de poses que empleó Frank Zane para ganar el certamen de culturismo Mister Olympia 1980, con música incluida: 0 euros.

Pegarte un susto de muerte cuando el montón de mantas del salón resulta ser tu compañero de piso que había decidido dormir allí y esperar a que terminaras la rutina y te pregunta "qué hase, killo" no tiene precio.

Para todo lo demás, MasterCard.

lunes, febrero 01, 2010

Tal vez no muy alto


Ay.

Lo escribó
Edmond Rostand.

Le dió vida
Gérard Depardieu, y Camilo García (un maestro en un arte que amo) le otorgó un nuevo e inteligible soplo de alma para mí.

Pero lo hizo Cyrano.

Os lo dejo:


Ese es mi vicio:
me gusta provocar,
adoro ese suplicio.
¿Qué quieres que haga?
¿Buscarme un protector?
¿Un amo tal vez?

¿Y como hiedra oscura que sube la pared
medrando sibilina y con adulación?
¿Cambiar de camisa para obtener posición?

¡No, gracias!

¿Dedicar, si viene al caso, versos a los banqueros?
¿Convertirme en payaso?
¿Adular con vileza los cuernos de un cabestro
por temor a que me lance algún gesto siniestro?

¡No, gracias!

¿Desayunar cada día un sapo?
¿Tener el vientre panzón? ¿Un papo
que me llegue a las rodillas con dolencias
pestilentes de tanto hacer reverencias?

¡No, gracias!

¿Adular el talento de los canelos?
¿Vivir atemorizado por infames libelos
y repetir sin tregua: ¡Señores, soy un loro,
quiero ver mi nombre escrito en letras de oro!?

¡No, gracias!

¿Sentir terror a los anatemas?
¿Preferir las calumnias a los poemas?
¿Coleccionar medallas? ¿Urdir falacias?

¡No, gracias! ¡No, gracias! ¡No, gracias!

Pero cantar, soñar, reír, vivir,
estar solo, ser libre,
tener el ojo avizor, la voz que vibre,
ponerme por sombrero el universo
por un sí o por un no, batirme o hacer un verso;
despreciar con valor la gloria y la fortuna,
viajar con la imaginación... ¡a la luna!,
no pagar jamás por favores pretéritos,
renunciar para siempre a cadenas y protocolo;
posiblemente no volar muy alto...

...pero solo.

domingo, enero 31, 2010


El Ángel de la Noche
un cortísimo
Relato Asombroso
de erótico terror

por

Max Verdié
guionista y productor de APK

******

Se despertó.

Agitado, muy nervioso, respingando en la cama, perlada la frente de sudor.

Excitadamente inquieto, no asustado pero sí turbado, casi ansioso. Una leve erección de la que no era consciente. El pelo, bucles tallados en el más viejo castaño, onduló levemente en la dirección de un suave viento, una brisa apenas perceptible para el observador casual.

Él no era un observador casual. Nunca.

Sus ojos, acostumbrados al ejercicio durante más años de lo que los hombres llaman vida, reaccionaron a la oscuridad. Densa y espasa, casi antinatural, le pareció que podría atraparla entre los dedos. Los músculos de su espalda se tensaron al apoyar un mano sobre la cama y estirar la otra para acariciarla. A ella. A la oscuridad. Que se le escurría de los dedos. La leve erección dejó de serlo. De ser leve.

Una mirada que había visto lo imposible buscó en la negrura que podría cortarse con un cuchillo. Un leve reflejo verde oscuro, y blanco, y negro pestañeó en la vaina de un sable oriental en el otro extremo de la amplia habitación.

Sintió un escozor. Y una punzada. Se tocó el cuello, y el dolor aumentó cuando se rozó la herida. Se levantó, sin encender luz alguna y buscó el espejo, ansioso. Apoyó un brazo en la pared y acercó su cara al azogue. Miró.

Dos leves marcas casi contiguas, un cerco de su propia sangre en ellas, le aseguraron que su lúbrica erección no había sido producto de una fantasía.

Se volvió.

Justo a tiempo para notar cómo el sudor se enfriaba por un suave viento, una brisa apenas perceptible para el observador casual que escapaba, con un parpadeo verde, y blanco, y negro acariciando su cuerpo, su erección, empapando de lujuria las paredes y haciéndole sentir desnudo de cuerpo y alma. Inerme y desprotegido en su propia torre, a merced de una voluntad que, pensó, no asustado pero sí turbado, casi ansioso, podría esclavizarlo.

Si lo deseara.

Cualquiera de los dos.

Malas mieles


Malas mieles, de abeja equivocada

de la mala flor, y del polen malo,
cuando la mala mano esconde el palo
que tiró escondiendo la mirada.

Malas mieles, victoria regalada
en batallas fingiendo que el más malo
era otro distinto: yo no señalo,
sonrisa entre las mieles empañada.

Sonreír, y cantar, dar los abrazos,
llamar hermano usando doble fondo:
el cántaro se rompe porque suele

mentirle a la fontana una mentira
con lengua como un sapo muy orondo
morado de lamer las malas mieles.

Demasiado eco


Como un hombre lobo prisionero de una maldición gitana, cambiando el gazpacho licantrópico por uno de misántropo, me excuso en un leve dolor de cabeza para apostarme, puerta cerrada, bajo la comodidad del búnker de mis mantas. Protegido del frío que me ha seguido 596 kilómetros hasta un lugar donde a menudo encuentro, solamente, eco.

Demasiado eco.

Mala idea la soledad acorazada, en la oscuridad de mi cuarto un sábado cualquiera, en una noche cualquiera de un mes de enero en el que vi llover, y jamás desde la ventana. Dejando, inconsciente de mí, que el spotify me agriete la velada con recuerdos de cuando la razón de las canciones era a la inversa.


Y el insesperado mensaje del mejor de los amigos que puedo imaginar me hace recordar que el hogar, hermano, es donde cuelgas el sombrero.

Y no el chaleco.

A su salud.

Aturdido y abrumado, por la duda de los celos
se ve triste en la cantina a un borracho ya sin fe
con los nervios destrozados y llorando sin remedio
como un loco atormentado por la ingrata que se fue.

Se ve siempre acompañado del mejor de los amigos
que le acompaña y le dice ya esta bueno de licor,
nada remedia con llanto, nada remedia con vino
al contrario, la recuerda mucho mas tu corazón.

Una noche como un loco, mordió la copa de vino
y le hizo un cortante filo, que su boca destrozo
y la sangre que brotaba, confundiose con el vino
y en la cantina este grito a todos estremeció.

No se apure compañero si me destrozo la boca
no se apure que es que quiero con el filo de esta copa
borrar la huella de un beso, traicionero que me dio.

Mozo, sírveme, la copa rota
sírveme que me destroza, esta fiebre de obsesión.
Mozo, sírvame, la copa rota
quiero sangrar gota a gota, el veneno de su amor.
__________________
La canción, de José Feliciano, podréis aprender a tocarla en el enlace al final de la misma, que os llevará veloz a LaCuerda.net. La imagen se la robé a Mónica.


sábado, enero 30, 2010

Contra el ejército invisible


Hacía frío al salir de trabajar. Siempre lo hace, pero trabajar protegido tiene ese inconveniente. Que el frío y la realidad te abofetean el rostro al salir.

Me dirigí a la parada del autobús para ahorrarme cincuenta minutos a pie bajo el frío estepario que azota mi hogar en los inviernos.

Afortunadamente, tardó poco. Era una parada muy alejada del centro y sólo subimos dos personas. Dentro habría cuatro o cinco. Piqué el billete, con estruendoso clik en un silencioso mediodía. Todos íbamos, aparentemente, solos.

A mitad de las tripas del autobús la vi. A ella y a sus ojos pardos y pavorosamente intranquilos. Era guapa, de esa manera dulce y discreta que sólo se ve en los cuentos o cuando Ted se enamora de una pastelera.

Y estaba, como sus ojos, pavorosamente intranquila.

Me devolvió una mirada nerviosa y acto seguido miró por la ventana. No, miento. Observó por la ventana. Y sólo cuando hubo estado segura de que no había nadie, a la vez que el autobús arrancaba, dejó de mirar. Y volvió a mirarme. A mí y a la señora que había entrado detrás de mí. Nos interrogó y escrutó con la mirada, hasta que se aseguró de que no éramos alguien, aunque ignoro quién.

Me senté, como siempre, lo más atrás que pude.

El autobús arrancó.

Ella volvió a mirar. Nadie de nuevo. Pero volvió a girarse cuando nos alejábamos de la parada. Unos segundos sostuvo la mirada en la parada, tensa y asustada, temiendo que algo o alguien, un ejército invisible, le estuviera dando caza.

Miraba, de reojo y preocupada al resto de viajeros. Como si alguien fuese a aferrarla por sorpresa y en contra de su voluntad, y usaba la misma mirada desesperada de un madre indefensa sabiendo que alguien le robará pronto a su hijo.

Repitió la misma operación en cada parada, vigilando y acurrucándose cada vez que un viajero nuevo pasaba cerca de ella, inquiriendo con los ojos cada marquesina y cada esquina cuando el autobús relajaba su ritmo.

Temerosa del ejército invisible.

Y llegué, sin combate, a mi parada.

La miré justo antes de bajar, como hago siempre con las chicas guapas de forma dulce y discreta, sobre todo si tienen los ojos pardos y pavorosamente intranquilos, sabiendo que nunca, en el resto de mi vida, me enteraría de si pudo huir de su intangible perseguidor, del fantasma que acechaba su mundo, ahora encogido y frágil.

Bajé del autobús.

El frío y la realidad me abofetearon el rostro al salir.

Como un ejército invisible.

domingo, enero 17, 2010

Con el viento, y se rompe


Hace años, Jigoro Kano, a través de un discípulo de un discípulo de un discípulo me enseñó que debía doblarme con el viento para no romperme.

Lecciones complicadas que necesitan de toda una vida para comprenderse.

A esa lección, encadenada a otra larga tradición de maestros y de alumnos se unió otra: persevera.

¿Quién puede vencer a un bambú que no se rompe?

A un bambú que no se rompe nunca.

Leeciones complicadas que necesitan de toda una vida para comprenderse.

Aunque a veces, por desgracia, el viento te toca en soledad y haces recuento en una tarde tranquila y te das cuenta de que puedes presumir de poco.

Pero presumir, al fin y al cabo.

Y todo lo demás también:


Te vi quemando el pasaporte con rabia
en la fuente de la Plaza Real,
entre fuegos artificiales pobres de pueblo
y palomas que nos ven pasar.

(y todo lo demas también)

Parecía el cielo porque estabas conmigo,
todavía soy tu amigo,
pero te deseo el bien
o lo que quieras,
pero por lo que más quieras
no me pises los zapatos de piel.

(y todo lo demás también)

Puedo presumir de poco,
porque todo lo que toco
se rompe,
te presté un corazón loco,
que se dobla con el viento
y se rompe.

Yo te prometí hacer deporte
pero era una mentira,
para robarte un tal vez.
El fuera de-juego era evidente,
y en la frente me escribí tu nombre,
por primera vez.

(y todo lo demas también)

Puedo resumir un poco,
porque todo lo que toco
se rompe,
te presté un corazón loco,
que se dobla con el viento
y se rompe,

(y todo lo demas también)

Puedo presumir de poco,
porque todo lo que toco se rompe,
hablo de un corazón loco
que se dobla con el tiempo y se rompe.

(y todo lo demás también)

jueves, diciembre 31, 2009

Intenciones moderadas


Moderadas, sencillamente, porque no son definitivas.

Esas veces en las que queremos hacer algo, y sólo lo decimos, quedándonos a dos tercios de la triple intención (pensar, decir, hacer).

A veces es por pereza.

A veces por miedo, o pánico.

Y a veces, sólo a veces, por si acaso.

Que ya sabemos cómo acaban estas cosas.

Mientras tanto, candado en el baúl de los recuerdos.

Que, pese al clima, volverá la primavera.

lunes, diciembre 28, 2009

Una de Pancho


Extracto del poemario "Memoria en el exilio", de Pancho Salas:


¿Dónde estabas?

¿Dónde estabas cuando lloraba, cuando no me quedó más remedio que (al rojo vivo) acercarme el metal a las heridas para que la sangre dejara de manar? ¿Dónde?

¿Dónde estabas?

¿Dónde estabas cuando tenía que ir de la mano de amigos por la calle, para evitar morir atropellado, porque yo ya no quería (no sabía) volver a mirar a las estrellas? ¿Dónde, cuando en cada canción sonaba tu nombre, cuando cada héroe moría salvando un mundo que moriría después de él? Cuando era un esfuerzo levantarse porque que el sol quemaba en la conciencia, y sólo en la oscuridad y en medio del ruido dejaba de ver y de escuchar.

¿Dónde? ¿Dónde estabas? Cuando viajaba a horas intempestivas para buscarte, cuando volvía tapándome los ojos, cuando no podía tocarte por el tiempo, por cada centímetro de separación, por cada maldita orden que acaté cuando tuve que rebelarme.

¿Dónde?

Ya te lo digo yo.

Mirando para otro lado.

Y fingiendo.

miércoles, diciembre 23, 2009

El despertar de los cobardes


La historia la escriben los valientes.

Dicen.

Pero no dicen que la escriben lo valientes de ambos bandos. El de los buenos. Y el de los villanos.

Siempre, en épocas oscuras, ante el enemigo imbatible, surgen los héroes. Hombres extraordinarios llevando acabo gestas que se recuerdan, incólumes ante el devenir de la historia, dejando una marca en el tejido del tiempo que reverbera para que la escuchemos.

Se alzan, iluminando el camino del hombre menor, que crece en su presencia y los acompaña en su persecución de metas más elevadas que ellos mismos.

La historia y las historias nos han dejado muchos. El Cid. La Pimpinela Escarlata. El capitán Akhab. Ghandi. Batman.

Pero también existen los villanos. Villanos que no temen a nada, que siguen su particular cruzada negra también por encima del mortal común, enemigos a los que temer y respetar, porque vencer sobre ellos nos convierte leyendas. Enemigos ante los que el hombre menor, al ser derrotado, sólo merece el respeto de sus iguales, pues se enfrentó cara a cara a lo imposible. Monstruos terribles que arrojan una elegante y peligrosa oscuridad ante la luz de los héroes, y cuyo valor los sitúa por encima de la chusma a la que comandan, y de la chusma que somos todos los que habitamos en el medio.

La historia (y las historias) también dejaron unos cuantos. Atila el Huno. El rey Jerjes. James Moriarty. Alexander Luthor.

Su dialéctica e imparable lucha unos contra otros, luz y oscuridad forjan la historia y sacan leyendas de la bruma para fijarlas en nuestro recuerdo como marcas indelebles que nadie podrá arrebatarnos.

Porque la historia la escriben los valientes.

Sin embargo, no nos olvidemos nunca de los cobardes.

Los que temen. Los que engañan. Los que se mienten a sí mismos.

Porque esos cobardes no matan. No roban. No violan. Porque tienen miedo, porque viven asustados de sus propios terrores, agazapados bajo una máscara de honestidad que no es más que el puro pánico a ser juzgados por sus semejantes.

Buenas personas que cada mañana dicen a sus hijos que no maten. Que no roben. Que no violen. Ignorantes de que su máscara se derrite en ausencia de otros, y matarán cuando nadie mire, robarán al saber que nunca se sabrá quién fue y violarán si saben que no se escucharán los gritos.

Porque los cobardes son peligrosos. Porque ni ellos mismos saben que su repugnante vileza saldrá a la luz en cuanto aceche la oscuridad. Porque se han creído la máscara con la que sonríen mientras no se atreven a hacer nada, cobardes, viles, sucios y mentirosos.

Dios nos libre del día en que decidan dejar de fingir, de mentir y de esconderse.

Dios nos libre del día que nadie mire, que nunca se sepa quién fue, el día en que no se escuchen los gritos.

Dios nos libre del día en que despierten los cobardes.