...es el principio y el fin.

martes, abril 21, 2009

En el día más brillante

A veces la gente que me conoce me observa, sorprendida, cuando me pillan mirando hacia arriba.

Estoy buscando estrellas.

Mis novias nunca entendían que gustándome tanto leer, leer, leer, además de libros leyera tebeos.

Consigna: el día del libro, regala tebeos.

Hago una serie regular.

Esto es, compro un tebeo de una serie que se publica todos los meses.

Hacía años que no lo hacía, desde aquella que era blanca, y roja, y luego azul, amarilla o yo qué sé. La del dragón de las bolas.

La que yo compro ahora se llama JSA: Justice Society of America. La Sociedad de Justicia de América.

Es el primer grupo de superhéroes de la historia. Fue, en origen, un batiburrillo editorial donde metieron, un poco grosso modo, diversos personajes de una misma casa, en 1940.

Eran superhéroes de la edad de oro.

Los dibujos eran simplones y dibujados a matacaballo, las historias burdas, sencillas y lineales y los personajes eran todos plagios los unos de los otros. Pero todo era colorista, plano y luminoso.

Los buenos eran buenos y los malos malos. Los héroes tenían nombres sonoros y rimbombantes (La Linterna Verde, El Hombre Dinámico, El Reportero Fantasma, Hourman, El Capitán Maravilla, El Terror) y los villanos... parecía que eran todos doctores, o que todos estaban desfigurados.

Era una época en la que América necesitaba mirar la cielo en busca de estrellas, en busca de luz. Habían pasado una tremenda época de color sepia de la que nunca hubieran salido sin una guerra que asoló la vieja Europa. Por eso sus héroes, los dioses mitológicos de colores brillantes que habían inventado fueron mandados a la guerra. En sus aventuras, y en el corazón de mucha gente que vivía buscando estrellas.

A mí me llegó en una época parecida. Cuando era niño.

Ya he leido el Eternauta, y me quedé maravillado por el exquisito tratamiento narrativo. Con el Incal disfruté del simbolismo llevado al extremo, y pongo a Watchmen como ejemplo de libro de texto del postmodernismo. He leido a Crumb y a Laucier, y sé por qué El Condón Asesino tiene un premio Eisner. Viñetas y gafapastismo. Todos nos creemos muy listos.

Pero a veces...

... sólo a a veces...

Incluso en el día más brillante...

... o en la noche más oscura...

... necesito mirar arriba.

No sea que me pierda alguna estrella
.

Verde y Azul. Y otra vez verde.


Es una curiosa alternancia.

La he estado pensando.

Mirando un poco, vaya.

En plan reloj. Tic tac, y eso.

Hace algún tiempo de calendario pero para mi desgracia poco de memoria aunque Mu pugne por lo contrario, tomaba notas en este mismo lugar, con tinta verde. Hubo gente que leyó y no entiendía nada, como habrá quien lea esto y no lo entienda.

Tampoco importa.

El caso es que a fuerza de naufragar, toda tinta verde se acaba corriendo, por muy bien que huela. El salitre es mal consejero para un diario de a bordo que acaba cayendo al mar demasiadas veces.

Encontrada tierra y agotada la tinta, tomé nota mucho tiempo después, con tinta azul. La tinta no sirve como mercromina en caso de quemaduras de tercer grado, o donde las heridas son tan profundas como para sentir cada vez que vuelves a ver algo verde que se te salen las tripas. Un golpe, un muerto. Iai Nuki y eso. Los de negro ya me entienden.

Sonrío al ver las notas en azul, sensato color en aquel entonces que me llegó a preguntar si seguía apuntando en verde. Le dije que no, bastante idiota.

Sensatez, divino tesoro.

Verde, otra vez. Sin notas adicionales. Y se cumple el axioma de mi amigo Rubén sobre segundas partes. Sólo fue buena la de Terminator.

Y Azul. Con una mayúscula. Otra serie de notas que no duraron mucho pero me sirvieron para guardar en el cajón el cuaderno verde que me resistía a dejar pudrirse. Se gastó rápido pero se sonrió mucho.

Hubo gente que leyó esto y no se enteró, repito. De nada. Igual que ahora lo lees y no lo entiendes, pensando si el código de colores dice lo que está apeteciendo que diga.

Después del Azul, pues otro verde.

Y sonriendo, coño.

Una curiosa alternancia en la que he estado pensando.

Tic.

(Y tac, guiño).

jueves, abril 02, 2009

Abatido


Cierro los ojos, y después respiro,
y el vacío me muerde la mirada.
Siento al demonio enfrente, aunque no hay nada.
Mi sable está en la vaina. ¿La retiro?

Empieza ya la lucha, y en un giro
desenvaino cortando. La estocada
parece cercenar nada de nada,
nada más que el éter. Ni un suspiro.

Ni el más mínimo ruido. Ni un latido.
Relajo el gesto al relajar la palma.
Y... dudo, sin saber si yo he vencido,

al ver entonces, al volver la calma
que la sangre del monstruo que he abatido
es la sangre que sangro por el alma.

miércoles, abril 01, 2009

El primero de la clase


Nunca he sido el primero de nada.

Quedé segundo en un campeonato de Judo una vez. Gané dos combates. Uno por una contra, mi antigua especialidad, y el otro porque un tal Hércules se resbaló con el sudor. En la final, obviamente, catapún contra el suelo. Ganó el otro.

Ayer fue un día espantoso. Se me empañan cosas que me encantaron el día que las estrené, perdiendo brillo, por el uso, imagino, y la falta de perspectiva. Gueño, el Hombre de Bronce, me aconseja dándome ánimo y aliento mucho más de lo que él cree y más lejos de lo que alcanza el texto de sus palabras.

Que no me queme, dice. Héroe.

Me agoto, manteniendo batallas abiertas en diversos frentes, contra enemigos similares de lugares distintos, y allí donde miro, disparan. Impactos en todas partes, mal destino si has decidido, por una vez, andar sin armadura. A pecho descubierto.

Lo único bueno de luchar solo es que no existe el fuego amigo.

Después de un día de excusas con doble fondo, prisas, mentirijillas de medio pelo y festival emocional por dentro, me voy enterando de detalles que confirman mi particular y descafeinada teoría de la conspiración.

Harto, en su segunda acepción, de mi parcela de Universo, sentado en una silla en un lugar donde otros aprendían a esgrimir, me hicieron sonreir.

Una chica rubia la mar de mona y su amiga morena habían hecho una lista. De esas que hacen ellas.

Nunca había ganado nada.

Hasta ayer.

Y ufano, con mi medalla de oro por sorpresa, me fui sonriendo hasta la cama.

lunes, marzo 23, 2009

A azahar (por qué te miro)


Qué me miras, preguntaba.

El sábado.

Con acento.

Y casi me caigo al suelo.

Es la cuarta vez que voy a Sevilla. Hasta septiembre al menos.

De la primera no sé nada. De la segunda, apenas, demasiado pequeño.

De la tercera puedo alardear de recordarlo todo excepto la noche de aquel viernes, cuando Abraham afirmaba amarlas a todas, Paco se había vuelto jipi y conocía a Isra liando un porro y le robé la bufanda a Pedrito.

Esta cuarta vez volví sobre todo por dos enanos, uno de ojos negros y otra de ojos verdes. Y me vuelvo, como siempre que los veo, enamorado de ellos, de su vida y de su mundo y de la madre que los parió.

Y no es figura literaria.

Son mis tesoros favoritos, y espero que cuando sean mayores sepan perdonarme todas las historias de ninjas, de dragones, de genios y princesas que les cuento ahora.

Llegué a las siete de la mañana y se me tiraron encima cuando llegué. Manuela, en un universo enorme, no me soltó hasta que se fue a dormir ayer. Tuve que pedirle permiso para ir a despedirme de mis amigos.

Mis amigos.

Pako sigue siendo jipi, y un friki, permanentemente en la cresta de la ola. Pako, lo pienso a menudo, es una fuerza irresistible. Los días que se levanta.

Abraham sería el padrino perfecto. Y no hablo de una boda. Es la nobleza personificada, y la dulzura. Un caballero cuando los que queremos serlo fracasamos.

David. ¿David? David fue la suerte, y mi salvación durante 20 días en un río de Teruel, donde me hubiese ahogado sin él. Su consorte, por si lo dudan, bellísima. Para batirse en duelo.

Ana Piruleta estaba malita, así que tendremos que rompernos el corazón en otro momento.

En septiembre, igual.

El sábado salí, con el olor a azahar en el aire y la memoria de tres años atrás esperando ser refrescada.

La recordaba preciosa, totalmente preciosa y así me la encontré. Dulce y pequeña. Apenas me atrevía a acercarme y tocarla, por si acaso se desvanecía. Y la miraba.

Me preguntó por qué.

Así, con acento.

¿Que qué te miro?

Que he estado cuatro veces en Sevilla.

Y no he visto nada más bonito que tú.

A buenas horas se me ocurre la respuesta.

miércoles, marzo 11, 2009

Sin capa ni sombrero


No podemos salvar el mundo solos.

Aunque a veces, sin saberlo, se lo salvamos a personas concretas en momentos pequeños, sin darnos cuenta.

Una Duenda que circula por ahí cuenta que le dijeron que en todos los días ocurre algo maravilloso.

Es una fe estupenda.

Todos los días tienen un trocito mágico plegado en alguna parte. Incluso los más horribles.

Y algo entiendo de días horribles.

Sólo tenemos que mirar en los pliegues. En los recovecos de la realidad.

Por allí se encuentran la magia, la poesía la belleza. A veces las perdemos y no queremos verlas.

Otras veces, en fin, nos muerden en la cara.

Hoy me enfadé, grité un poco y llamé cosas poco propias de un caballero a mucha gente. Sobre todo por la tarde.

Mojado sin agua en una marea de gente que prefería ignorar el mundo a su alrededor, demasiada prisa por todas partes, en un día que por dentro ya me era intranquilo.

Es que no tienen tiempo.

Y dieron las 21:10.

Abracadabra.

Mi trocito mágico de hoy está protegido por la ley de datos. Así que diré que se llama Cinthia, que tiene 19 años y que ha decidido aportar toda su propina de una semana cada tres meses a una causa noble, más elevada que el chico que le sugirió que lo hiciera.

Max Verdié, mentalista, lamentó a las 21:10 no ser mago para poder quitarse el sombrero.

O mosquetero.

Para quitarse la capa, echarla al suelo y decirle a una chica tímida y sencilla de metro ochenta que estudia un módulo y que no va a dejar de salir los fines de semana ni a salvar el mundo ella solita que pise.

Con garbo.

Para que todo el mundo, en su inexcusable marea de prisa a ninguna parte, sepa que con diecinueve años se puede ser una señora.

Y, sin saberlo, salvarle el mundo a las 21:10 a un chico sin capa ni sombrero.

Gracias.

lunes, marzo 09, 2009

El Hombre Inaudible




"El Hombre Inaudible" es una novela de ciencia-terror que podrán hallar en la sección "Novela/Ciencia Ficción" de la Biblioteca Invisible. El autor está a veces en la uve, a veces en la pe.

Fragmento:

Nunca hallo la respuesta.

Nunca supe (y sospecho, sabré jamás) si era un genio visionario o un loco irresponsable.

Nunca.

Nos llevó años de duro trabajo y carísima investigación perfeccionar la fórmula, hasta dar con una plenamente funcional. Las holgadas fortunas familiares de que disponíamos ambos quedaron flacas ante las exigencias de nuestra ardua labor. El enemigo a batir fueron siempre los efectos secundarios. Su asencia, quiero decir.

Hallar la fórmula perfecta.

Una que no abrasase la piel del sujeto, que no lo volviese (recuerdo aún, entre mis pesadillas) del revés. No olvidaré el muchacho aquel que continuó golpeando el vidrio de su celda veintisiete segundos después de que su cerebro dejase de funcionar.

Pareció que la hallamos.

Ningún efecto fisiológico. Ninguna tara visible. Ni rastro de daño celular.

¿Cómo iba a saber yo el tremendo daño psicológico que provocó en mi compañero? ¿Cómo predecir lo impredecible?

Jugamos a ser dioses... y encontramos al demonio.

Ignoro qué llevó a Griffin a inocularse a sí mismo el agente que desarrollamos, y, realmente, a día de hoy, aún no me atrevo a dilucidar si fue un error en la fórmula lo que provocó su demencia o el poder embriagador que le infundió la redoma que se inyectó.

Lamentaré hasta el día de mi muerte, pronta ya, cada vez que dejé de fijarme en la creciente ansia de mi compañero en la búsqueda de nuestra obra maestra.

El Agente de la Inaudibilidad.

Nunca entenderé la extraña lógica que operaba tras el cerebro insondable de mi compañero. Fue siempre mucho más inteligente que yo, y mi ayuda en la investigación no fue más que un mero apoyo para que su privilegiado pensamiento llegase a la línea de meta de la fórmula perfecta. O casi perfecta.

Aún hoy, años después, recibo alguna llamada en mi teléfono privado. Tiemblo, cuando pregunto quién es mi interlocutor. Y no oigo. Y no puedo oír.

Alguien inaudible me escucha al otro lado, pero yo no puedo escucharlo a él. Jamás he tenido la certeza intelectual de saber que se trata de él, pero mi corazón y mis entrañas me lo gritan poderosamente.

El Hombre Inaudible sigue suelto, condenado a una sorda vida de miedo, terror y venganza.

¿Qué lleva al hombre cuerdo a desear la inaudibilidad?

Pienso en ello a menudo.


Y nunca, nunca, hallo la respuesta.

Brístol, julio de 1906.

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La imagen es cortesía de la bella Roci, y la robó de este blog.

miércoles, marzo 04, 2009

El I-Phone de los jipis


Oí mi nombre y me di la vuelta. Me sacó de mi ensoñación.

Era Celia, con sus piernas de un metro, pidiendo que la esperara.

Me sacó de mi ensoñación.

La chica era joven, de veintipocos, y guapa, por lo que recuerdo. Rubia, vestida con vaqueros, todo muy sencillo. Mochila de propaganda. Algo rota.

Llevaba un angelito rubio, vestido de rosa, al que daba de comer un potito. Le hablaba en un idioma que yo no entendía, búlgaro, ruso, no sé. Sonreí al angelito y me devolvió la sonrisa. Me miró con esa curiosidad perfecta con que los enanos miran el universo. Como si todo estuviese recién pintado. Podría vivir en unos mofletes así. Estaban sentadas en un banco de la estación de autobuses. El domingo. En Segovia. A su lado, muy modernos, un grupo de tres o cuatro jipis, con toda herramienta a juego. Rastas, moscas, unos bongos. La pose habitual.

La madre del angelito rosa le limpió la escabechina que éste había contado con el potito en lo que debía ser su boca. Con un pañuelo de papel de marca Dia. Le dio un beso a la niña y dejó de mirarme. Tenía otras obligaciones que atender, y otro trozo de universo en forma de cajita de cartón que explorar. La madre tiró el papel de la escabechina. A una papelera que indicaba claramente que no era de papel. Se marchó con el angelito rosa a un autobús. No sé con qué rumbo.

Uno de los jipis, con ciertamente poca educación, hizo notar a sus compañeros (creo que al artista de los bongos) que qué vergüenza de inmigrantes. Que ni se molestan en reciclar. Que qué barbaridad. Y, para mi sorpresa, la frase. Es que vienen a robarnos el trabajo.

En realidad, pensé, cuando alguien tiene los redaños de abandonar su casa, a su familia, su patria y su lengua para venir a una isla como esta península, en la que, sin memoria, demonizamos todo lo que viene de fuera porque aún nos creemos el imperio, cuando alguien deja todo lo que tiene por la esperanza de un casi nada, y se atreve a convertirse en extranjero en tierra extraña... por mí, puede tirar el papel de sus escabechinas donde quiera. Sobre todo si tiene prisa. Sobre todo si tiene que viajar con un angelito rubio al que limpia con pañuelos del día. Y lleva rota la mochila porque no puede comprar otra. No porque así las vendan en el Verska.

Mientras pensaba esto, al rey de la percusión le sonó el móvil.

Un I-Phone.

Joder con el jipi. No, mama. Con acento en la primera a. Ya estamos en Segovia. ¿Estáis en el chalé?

Oí mi nombre y me di la vuelta. Me sacó de mi ensoñación.

Era Celia, con sus piernas de un metro, pidiendo que la esperara.

Me sacó de mi ensoñación.

Nos subimos al autobús, de vuelta a casa.

El cansancio de una dura semana de trabajo me adormeció un poco en el regreso. El lunes todo era urgente, y no había vuelto a pensar en los jipis. Hasta ahora.

Y no me gustaría volver a hacerlo.

Pero no me quiero olvidar del angelito.

jueves, febrero 12, 2009

Genshin - Magia en el Corazón


Tenemos la mala o buena suerte de emplear un idioma con palabras, en lugar de uno con ideogramas. La poesía y los juegos de palabras que nosotros podemos hacer difieren tremendamente de los haiku japoneses o de las pequeñas reflexiones zen de aquellos maestros de los relatos de De Mello.

Pero la poesía, como la belleza, brota de lugares que no son la cabeza, exactamente igual que la magia.

Y hay una historia.

El Mago llegó, casi a la hora en que comen los señores. Paseaba solo, con aquel maletín viejo y heredado donde esconde la magia cuando ésta descansa. Y con la bolsa negra donde guarda el traje cuando no hay focos por encima.

Se los encontró por casualidad, caminando, magia por sopresa. Eran dos, bastante pequeños. Fede, el más grande tiene, tenía ocho años, es moreno de piel y cabello y de mayor va a ser espadachín y guerrero kung-fu, y aprenderá en secreto técnicas ninja. Manuela, que tiene un año menos, no espera a ser mayor y ya ha decidido ser una princesa, y se comporta como si el mundo fuera suyo y tuviese que hacerlo cada día un poco más feliz.

Fede es callado y a veces vive encerrado en un mundo interior lleno de naves espaciales, monstruos y demonios, corriendo a salvar a su hermana (Manuela es su hermana) cuando los monstruos malos la capturan.

Manuela nunca se calla, salvo cuando tiene pesadillas con aquellos monstruos y se le olvida que un Mago Ninja y un Guerrero Kung Fu pueden con cualquier monstruo que la quiera raptar.

Los tres se alegraron de encontrarse. Siempre hay muchos besos cuando lo hacen, y ellos dos, que son jipis pero muy bien educados, le dieron la mano al Mago para no perderse. Y para que él no se pierda.

Manuela le preguntó que por qué no había dormido en casa. La pobre se quedó dormida en la cama del Mago esperando que este llegara. El Mago le explicó que tenía que ir a su Torre Mágica a recoger el malétín de la magia dormida, porque aquella mañana la había despertado para unos niños.

¿Niños pobres? le dijo Fede. El Mago sonrío. Porque la lógica de Fede es siempre asombrosa. Fede apuntó que es estupendo que los magos también hagan magia a los niños cuyas mamás no pueden pagar hechiceros, porque la magia debería ser (y es) un poquito de todos.

Manuela agarró al Mago con las dos manos, justo después de colocarse el sombrero de princesa.

Pues a mí, dijo, mientras miraba el mundo con ojos verdes, me parece muy bien que hagas magia.

Miró al suelo y saludó a un caracol imaginario.

Pero, siguió, con dulce lógica y preocupación, no se te tiene que olvidar nunca que tiene que haber magia en tu corazón.

Y... ¿qué clase de Mago desoye el consejo de una princesa?

domingo, febrero 08, 2009

La lección de Oyaneko-san (volverá la primavera)


El general Oyaneko era un hombre sabio.

Era un samurái.

En un sistema de castas tan demencialmente rígido como el del Japón feudal, era fundamental que la clase guerrera cultivase la espiritualidad de forma muy intensa. La esgrima, junto con otras artes de lucha y su fusión con el movimiento zen contribuyeron mucho a esto.

Un hombre sabio, y un formidable espadachín.

Cuando su señor falleció, éste le ordenó no cometer seppuku, el suicidio ritual. Tenía planes para él. Ser el consejero de su hijo y sucesor en el cargo, quien era aún un niño pequeño.

Sin embargo, otros consejeros, celosos de su posición, crearon un escándalo que arruinó la reputación del general, y este fue relegado a labores de magistrado en una pequeña aldea.

El general Oyaneko, aunque indignado, obedeció sin titubear la orden de su señor, quien fuera aquel niño pequeño a quien tan bien aconsejó antaño.

Nunca pudo aceptarlo del todo.

Pero hay una historia...

Cuentan...

Cuentan...

Que un joven samurái errante llegó por azares del destino a la pequeña aldea que regía Oyaneko-san.

Y cuentan...

Que cuando el joven samurái lo encontró, Oyaneko ya era anciano, y estaba siendo devorado por una virulenta tuberculosis, la extraña enfermedad que los demonios extranjeros trajeron en sus barcos negros.

La historia de lo que hizo el joven samurái en el poblado es otra que no contaré hoy.

Porque cuentan...

Que cuando el joven samurái abandonaba el poblado, el mayordomo del general entró en la habitación de éste, trayendo su habitual y frugal desayuno.

Y no lo encontró.

Temiendo lo peor, corrió.

Corrió buscanda a su amo, que fue un gran guerrero, y no quería resignarse a morir consumido por el mal que trajeron los gaijin.

Corrió, hasta que lo encontró. En las afueras de la tranquila aldea.

La escena... le heló la sangre.

Lo que vió fue a un anciano, erguido, con la talla de guerrero legendario que tuvo antaño. Mirando frente a frente al joven y hábil samurái.

El general, con el hachimaki en la frente y el sageo recogiendo las mangas de su kimono, tenía su katana (marcada por la edad y el servicio esforzado, como su propio rostro) desenvainada.

No quería morir decrépito y enfermo.

Sino como un guerrero.

El joven samurái, aunque muy diestro con la espada, reusaba el duelo. No por miedo: no temía a la muerte, la suya o la de otro hombre. No por vanidad: sabía que el hombre que tenía delante, aunque anciano, era un soberbio esgrimista.

Nadie, nadie, recuerda las palabras que el joven guerrero dijo al general Oyaneko.

Sólo cuentan que fueron sabias.

En un sistema de castas tan demencialmente rígido, los guerreros han de ser sabios, y recordar que las espadas más afiladas son las que se dejan en su vaina.

Pero sabemos que le habló de honor. De bondad. Y de servicio.

Le mostró lo noble que fue aceptando un destino que no merecía por servir a su señor.

De la justicia y equidad de sus juicios, tratando igual a nobles y a campesinos.

Y de la prosperidad que trajo al pueblo con su liderazgo y sabiduría.

El general sostuvo la mirada del joven. Algunos dicen que el duelo se realizó, y que las espadas se detuvieron a milímetros de puntos vitales, y que fue entonces cuando habló el más joven de los guerreros.

Otros dicen que éste no llegó nunca a desenvainar.

Sea como fuere, Oyaneko-san bajó el gesto.

Y comprendió y vió lo acertado de las palabras del joven.

Miró a su mayordomo. "Vamos", dijo. "Tenemos un canal que inaugurar".

Esa misma mañana, el general abrió la compuerta del nuevo canal de irrigación, que facilitó el trabajo de muchos campesinos en la aldea.

Tres semanas después, moría, esclavo de la tuberculosis, con dolores tremendos en el cuerpo y una enorme paz en el alma, traída por aquel joven samurái.

En su lecho de muerte, aquel final de otoño, el general Oyaneko escribió un haiku.


"Buen día para morir.

Volverá la primavera".

domingo, enero 04, 2009

Mil cortes contra el aire (y mil veces mil sonrisas)

Ayer, ayer, sábado tres.

Para situarnos.

Era uno de esos días en los que uno se viste de negro y se va al campo (¡qué rico sabe todo en el campo!) a hacer mil veces shomen. Mil cortes al aire.

Un entrenamiento de esos.

¿Mil cortes? Parecen muchos, pero todo el mundo los completa. Nuestro espíritu (ya lo hemos visto otras veces) es mucho más resistente que nuestra carne.

También era el día para agradecer a nuestros hermanos mayores las cosas buenas que han hecho por nosotros en este año. Un año más, hacia delante.

Yo no fui: el espectáculo debía continuar.

¿Merece la pena saltarse uno de los entrenamientos más importantes del año para reducir a nueve niños a una carcajeante masa de espectadores asombrados?

Igual viene un ninja de Iga y me mata por decirlo.

Sí.

Pero es que últimamente me importan mucho las sonrisas.

viernes, enero 02, 2009

Azul (III) - Abracadabra


Siempre digo que el mentalismo es más que la magia.

Es una broma, claro.

El Arte de la Magia es completo en sí mismo, y es tan grande como cualquier otro. Pero sí que pienso que el mentalismo es independiente de la magia, y, de nuevo, completo en sí mismo.

A mí (que soy el que lo hace) me gusta más.

Pero hay una cosa que echo de menos. Una que los magos tienen (no es ni calva ni barriga) y los mentalistas no.

¿Adivinan? ¿Me leen el pensamiento?

Las palabras mágicas.

Son esas que se dicen para que ocurra algo mágico. Funcionan siempre. Y porque sí. A veces recomponen cuerdas. A veces hacen que las cartas (¡chas! ¡ya está la catorce!) suban hacia arriba.

Y veces hay alguna de cuatro letras que, cada vez que la oigo, sonrío.

Mucho.

Y todo, todo, está recién pintado.

miércoles, diciembre 31, 2008

1d66

El título de esta entrada es un código. Un código de dados.

Es para que los frikis (los del rol, esos que matan gente) nos entendamos.

Quiere decir que tires un dado de sesenta y seis caras. O sea, dos de seis, y que uno haga de decenas. El otro, de unidades.

El de su vida hubiese marcado dos seises el día veintinueve.

Hubiera hecho un año que se hubiese jubilado.

Era un hombre bueno. Esa era su mayor virtud y su principal defecto. Muy pocas veces me permito recordar más de unos segundos. Hablo a veces de él, porque nadie se atreve a sacar ciertos temas si ando cerca (os amo por ello: me cuidáis, me cuidasteis). Le echo (claro) de menos.

Gerardo, que es un sabio, dice a menudo que no somos más que la suma de nuestros puntos de experiencia.

Es posible. Y está claro que hay cosas que nunca hubiese aprendido si no hubiesen empezado (en mi vida) con él.

Leo. Todos los días. Libros, porque en ellos están todas las soluciones. De aventuras, porque me enseñó a soñar. De historia, porque quiero saber quién soy (igual que él supo quién era). Tebeos. Porque existe belleza en todas partes, y no hay que avergonzarse de buscarla. No hay que avergonzarse: por eso, a veces (a veces), se compraba un chupachups.

Escribo. En mayúsculas, igual que hacía él, porque mi letra (como la suya) es nefasta. Sin faltas de ortografía. Porque ya no me puede dar en el dedo con la pluma mientras hago los deberes. A menudo. Porque no quiero guardarme nada. Él cometió ese error de la forma más dañina que puedo imaginar.

Tengo buena puntería con armas de fuego. Sé desmontar y limpiar una pistola, y calibres de diversas armas. Sé que el disparo debe sorprenderte, y que no hay que agarrar tenso. Sé montar un arco, sé que hay que protegerse las muñecas y sé cómo se tensa. Y cómo preparar una ballesta. Sé que nunca, nunca (niños: ¡nunca!) hay que soltar una pistola aunque la vaina (y no el casquillo) te salte ardiendo hacia la mano.

No tengo nada de oído musical. No sé entonar, aunque me gusten los tangos y los boleros. Y el latín. Y las películas de ciencia ficción. Por eso (porque también viene él) voy a todos los estrenos.

Me gusta la cerveza negra. Y las morenas. Y las mujeres de carácter. Conozco la diferencia entre mortero y almajaneque, y me encanta señalar errores en los demás.
Tengo el pelo rizado, y me salen bolsas en los ojos. Canas en la barba y no se me cae el pelo. Los gemelos muy gordos y los bíceps anchos, aunque nunca lograré marcar abdominales.

Me gusta más el mentalismo que la magia. Aunque él sólo fue espectador.

No he salido como él se imaginaba...

Pero en algún lugar, sonríe.

De eso (de eso siempre) estoy seguro.

¡Feliz cumpleaños!

Porque a mí ni Dios me quita la sonrisa

No han podido cosas más graves.
Mucho más.
Y sigo sonriendo.
¿Por qué?
Hay razones en Omote: por mis buyu. Por mi kohai (debo seguir por él), por mi kohaiesa (no puedo fallar, por ella), por el cinto negro, por el kimono blanco, por los brindis, por llegar más lejos, por desenvainar más rápido. Por los ocho (y, por mis cojones, diez) socios semanales. Por las mañanas. Por los enanos que han venido hoy, de lejos, del sur, y me han dado besos. Por los aplausos. Por la gente que lee el pensamiento. Por Juan. Por el Supremo y todo lo que enseñó. Por el Corinda. Por los niños que ven magia. Por las siete realidades alternativas.
Y hay razones en Ura: por el sen-no-sen, por la gente con la cabeza en su lugar. Por el equilibrio mental. Por el mindundi (que ya no lo es, señoras y señoritas). Por el señor de barba. Por las Palabras. Por la Poesía. Los duendes (hombre, y las Duendas). El Primer Escalón. La Flor. Los dados de diez caras (el rojo y el morado). La gente que se mantiene equilibrada sin tener que tomar pastillas. Los que no inventan historias, los que no mienten por hacer daño, las vacas, el mar, el segundo escalón. Y el sexto. Sobre todo, el sexto.
Y además, y además...
Hay una razón mejor que todas esas (preciso).
A mí, apunten, señoritas, ni Dios* me quita la sonrisa. No pudo gente mucho mejor que vosotras.
¡Y menos con esta crisis!
* el Emperador, claro.

lunes, diciembre 22, 2008

Mi flor favorita


A mí me encantan las flores.


No sé qué tiene regalar órganos sexuales muertos de vegetales a las chicas, pero siempre las hace sonreir.


Pero no me gustan por eso. Además, las tareas canallas ahora las lleva Gueño.


Hay una flor en especial que me gusta más que las demás.


¿Porque es más bella?


Lo es, pero no es por eso.


¿Porque es la que mejor huele?


Lo es... pero tampoco por eso (y créanme: lo es).


¿Se puede abrazar una Rosa sin clavarse las espinas?


Se puede: sólo tienen que encontrar una que no las tenga.


Yo encontré una así. Y por eso (por eso, sólo por eso) es por lo que la amo.


Porque hay muchas flores preciosas, y muchas que huelen bien.


Pero sólo existe una que sé (que siento) que nunca va a hacerme daño.


Esa (y no otra) es mi flor favorita.

La mejor razón

¿Que actualizo poco?

¡Claro!

Es que me paso el día
sonriendo.

lunes, diciembre 08, 2008

Hoy ten miedo de mí


¿Tienes miedo?

Yo también.

Y vértigo.

Hay una canción que dice (que cuenta, y se equivoca) "por favor, tenme miedo". La canta un mexicano de esos que cantan. He pensado en ella estos días. He pensado mucho estos días. ¿Cómo no? Tardo tres segundos en reiniciar todo el sistema. En pisar el mundo.

¿Tienes miedo?

No te preocupes: yo también.

En esa canción (en esa canción que se equivoca) advierten a la dama de que debería tener miedo. Tiembla mucho de miedo, mujer, dice el mexicano ese que canta.

Y yo tengo miedo. De equivocarme. De la velocidad. Del vértigo. De tu miedo. Del nuestro.

De no volver a verte.

Pero por eso la mesa de pintar está al lado de la ventana.

Miro al cielo y me acuerdo de ti.

Y sonrío.

Como si fuese idiota, con impaciencia, con nervios, con alegría, con el vértigo, con fotos, con impaciencia otra vez y otra vez con vértigo. Veinticuatro veces por minuto.

Me pierdo de memoria en un mar en el que dije que navegaría semanas sin tocar puerto, y pienso en zozobrar, y me asusto.

¿Tienes miedo?

Yo también.

Y sonríes tú, y se me pasa.

El mundo está recién pintado


Me he despertado ya cuatro veces, desde entonces.

Y me cuesta unos instantes. Yo lo llamo chequeo de realidad.

Recupero la consciencia, me entero de dónde estoy, regreso al universo. Durante dos segundos, no pienso, no caigo en la cuenta.

Y entonces, ay, me asalta. Un destello Azul.

Y me acuerdo.

En el segundo tres de cada despertar.

¿Con ella?

¿En serio?

Me levanto sonriendo y me apoyo en el mundo, despacito.

Que está recién pintado.

domingo, diciembre 07, 2008

49 horas con Gueño


Curioso, el personaje.

Es lo que tiene Europa.

Mandas a un mindundi, y te mandan un tío canalla.

Y europeo.

Y sin cobrarte los portes.

Y con sombrero: afortunadamente, ya se lo quita algunas veces, para dormir o saludar a las señoras (aunque no le inviten a desayunar, como a Rúben, líder de Palencia.

Qué fin de semana. Empezó el jueves, pero como no puedo pensar en ese día sin sonreir, y dado que le he prometido a una (la) chica Azul que pondría una cosa por escrito, nos dejamos el jueves para más tarde.

El viernes.

Se convocó en el piso una fiesta con la gente del trabajo. Esos que se ponen chalecos, paran gente y enrolan gente para las ONGs.

La gente de mi trabajo mola.

Porque somos todos modernos, porque somos todos jóvenes, porque somos todos desenfadados. Porque somos todos captadores.

La fiesta, en resumen, fue un bote de 9 euros por cabeza y un hasta las 6 de la mañana.

Gueño llegó a las 10. Por la noche.

Se ha ido a las 11. Por la noche. De hoy.

49 horas después.

Diría que es preciosa, que estoy contento, que estoy FURIOSO, que ¡qué barniz!, que hola, soy Michael Perry, que es preciosa, que me alegro de que se alegren, que la batalla ha sido FANTÁSTICA y que es un PECIO ESPACIAL.

Pero es hora de llamar al chino y pedir POLLO FRITO AL ESTILO CHINO.

Pero, Gueño, ¿a que es preciosa?

Me alegro de que te alegres.

lunes, diciembre 01, 2008

Veinticuatro veces por minuto


Clic.

La veo cada vez que cierro los ojos.

Cuando me duermo, cuando despierto, antes de levantarme, en la hora imprecisa que sucede al sueño, la veo.

Clic.

Con los ojos abiertos, no.

Otras cosas, Otros Mundos centran mi atención y trato de no pasar cada instante pensando en ella (viéndola).

Miro la Realidad.

Y parpadeo.

Clic.

24 veces por minuto.

Uno coma dos segundos de cada sexagésima vuelta de reloj. Mil ciento cincuenta y dos segundos de mis horas conscientes.

Clic.

Cuando cierro los ojos.

Y la veo.

Clic.

Y sonrío: veinticuatro veces por minuto.

domingo, noviembre 23, 2008

Azul (II) - ¿Te lo cuento?


¿Me callo?

¿Te lo cuento?

Son las cinco de la tarde y hace una hora que trato de dar forma a un borrador coherente para esta entrada, intentando averiguar qué decir, a quién decirlo, cómo hacerlo.

¿Me callo?

¿Te lo cuento?

Sonreías.

Ayer, o antes de ayer. Iluminando el mundo, sonreías.

Con los ojos... sonreías.

Ni te puedes imaginar lo que me alegro cuando pasa eso. Ni te puedes imaginar las ganas (las ganas, las muchas ganas) que tengo (y no te diré) de hacer que te ocurra eso todas las mañanas.

¿Te lo cuento?

Todo se vuelve gris en cuanto te doy la espalda, en cuanto dejo que te vayas, aunque todo está borroso cuando te tengo delante y no sé qué hacer, ni qué decir, ni si mirarte, ni siquiera si tocarte.

No puedo decir que esté acostumbrado.
No puedo decir que no me muera de miedo al saber al acostarme que seguiré sin saber qué hacer, ni qué decir, ni si mirarte.

Y sin embargo, cada rato que te cruzas en mi línea de visión (en mi inerme ángulo de tiro) no hay otra cosa que pueda, que quiera, que desee mirar. Que mire.

¿Te lo cuento?

Te marchaste en dirección contraria y ni siquiera pude darte un beso de despedida.

Al menos, al menos...

Me permito el excesivo lujo de imaginar que te fuiste a la cama sonriendo.

Con los ojos.

¿Te lo cuento?

jueves, noviembre 13, 2008

No sé si ya lo puse antes.

Lo vuelvo a poner, en un día que ha acabado con sensaciones ambiguas. Como todos los sonetos de este tipo (lo siento Dué: a mí la poesía me gusta así), se deshace en la boca.

Aunque pienso que... de momento, sólo
Azul, pasan los días y sigo lejos de llegar a puerto. El mar se extiende en todas direcciones, y la posibilidad de seguir un rumbo fijo (a Buen Lugar, en Buena Esperanza) sólo se sostiene por la voluntad del capitán, en este caso yo, en este caso poca.

Y no quiero escribir.

El soneto.

Va:



¡Ah de la vida!" ... ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.


¡Que sin poder saber cómo ni adónde,
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.


Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto;
soy un fue, y un será y un es cansado.


En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto
.

viernes, noviembre 07, 2008

El efecto observador


No me gusta la física.


Jokin lo sabe.

Él (una de las personas más inteligentes que conozco) tiene ese maravilloso don para entender el mundo reduciéndolo a trocitos. Entiende cosas como el campo gravitatorio, los cuantos, los fluidos y (yo jamás lo comprenderé) los circuitos.


Pero también tiene esa visión holística del mundo que me encanta compartir. Y ese delicioso punto humanista que tienen (han tenido) todas las “buenas mentes”, como las llamaba un señor sin corbata que conocí: Stephen Hawking, Galileo, sir Isaac. Avicena.

Todo en el universo está conectado.


No sé si es la causalidad de la que siempre hablan los creacionistas o es, como me imagino que diría el señor Haw
king, cuestión de las supercuerdas.

Jokin (quien siempre he creído que hubiese sido un brillante alquimista) me miraría y, tranquilamente, porque es un tipo que sabe lo que hace, me sacaría un par de cartas.


El carro.

Y la rueda.

Y ese es el caso. Si subirse o no al carro. Si girar o no la rueda.

Si me gustase la física, como Jokin sabe que no pasa, le preguntaría a él como ingeniero sobre rozamientos de ruedas, sobre velocidad de carros, y debatiríamos el tema hasta las tres de la mañana tomando cerveza y seguramente diseñásemos un vivo entre existencialista y esotérico, aunque eso sea imposible.

Pero no me gusta la física.


Así que la próxima vez que lo vea, en vez de como ingeniero, le preguntaré como amigo.
A ver si ve algo que no vea yo.

Que para eso (y yo nunca lo comprenderé) entiende los circuitos.

Cartas futuras


Estimados habitantes del futuro:

En cierta ocasión amé.

Aunque me dolía.

Amé hasta el dolor, hasta el susto, hasta no dormir.

En otra anterior, amé hasta la costumbre. Hasta la seguridad. Que es bueno. Y es escaso. Y no se me olvidará mientras queden violines.

He amado mucho, mucho, mucho. Y, siempre, sin excepción, apasionadamente. No conozco otra manera.

Estoy usando (Duenda, La Duenda lo sabe) el verbo amar en su acepción más amplia. En plan canalla. Pero la etimología no puede soslayarse. No puedo amar si no es con pasión. Y, como he dicho muchas veces hablando de modelos, de maquetas, puede que los detalles estén exagerados. Pero hay todo lo que hay.

Hoy, hace un rato, bajando una persiana, he pensado en mis abuelos, y más atrás, y en mis nietos, y más adelante. He pensado que conozco la historia de amor de mis abuelos, y la de la tata Iba, que se escapó de la casa donde estaba de criada en Marruecos la noche antes de que España devolviera la soberanía para casarse con un legionario que la amó (con pasión, hasta la costumbre y la seguridad) durante el resto de su vida.

Pero he pensado así mismo que no sé (y no sabré nunca) cómo o por qué se conocieron mis bisabuelos, mis tatarabuelos. Mi retatarabuela, una señora con dos partidas de nacimiento y que acabó apellidándose Verdié. Nadie me contará nunca si amó, si amó, si amó con pasión. Ya nadie se acuerda de su historia. Tengo dieciséis tatarbuelos de los que sólo me queda algún retrato, unos apellidos desgastados por el uso y alguna partida de nacimiento, con su muy posterior, o no tanto, acta de defunción.

No tengo ni idea de si tendré descendencia en algún momento.

Siempre, siempre he querido, pero no lo sé.

Si ocurriera, si a alguien en el futuro tiene ocasión de informarles, si por alguna casualidad mágica pudiera llegarles éste eco, que les llegue. Que se lo cuenten. Que sepan.

Que sepan que amé.

A novias, a amigos, a amigas, a enemigos, a hermanos de sangre y de kimono, a la gente rara que tira dados. En español, en inglés y un poquito en turco. No llegué a más. Pero llegué.

Amé.

Con pasión, aunque, sin, desde (y hasta) que me doliera.

Y contadles (por favor) que volvería a hacerlo.

¡Gracias!

Atentamente,

Max Verdié (caballero).

miércoles, noviembre 05, 2008

Max Verdié contra el Mundo Prisma


¿Qué les pasa a las canciones?

Pensaba que entendía algunas, pero era sólo porque las miraba desde una sola cara del Mundo Prisma.


Pese a lo que dice mi publicidad, no leo el pensamiento. No sé en qué pensaban sus autores cuando las escribieron. Sólo sé lo que pensé yo al oirlas. Y sé en quién pensaba.


Y resulta (oh, poridad de poridades) que lo que en una cara del prisma hablaba de que me sigue doliendo mucho, en la siguiente (o varias más alla) cara es una de esas cosas que, en los días nublados, hace que sonría así, como canalla.


Me siento en la Maxcueva de la soledad y miro Amalynth, el Mundo Prisma.

De fondo, una de
Melendi que antes era Verde y que ahora suena Azul.

Huele aire de primavera.

Quiero y no puedo (un Relato Asombroso de ciencia ficción)


Es la tercera vez que empiezo este borrador.

He parado la serie que estaba viendo, porque no atino con lo que quiero escribir.

Quiero poner que navegaría en tus ojos semanas y que no me preocuparía de tener miedo de no encontrar puerto, porque allí dentro nunca tendría miedo.

Quiero poner que me pareció (ayer, ayer, ayer) que te ponías nerviosa cuando te abracé y que sonreíste, y que casi me caigo al suelo como siempre que sonríes, y que cada vez me gusta más que lo hagas, y que lo hagas con los ojos.

Quiero poner que no puedo dejar de pensar en que ojalá todo lo que encuentro oliera como tú, confesarte que aprovecho para no olvidarlo cada vez que estás cerca, en cada beso, en cada giro (en cada broma).

Quiero poner A GRITOS todo lo que me ronda por la cabeza cuando estás cerca, cuando estás lejos, cuando estás y CUANDO NO ESTÁS. Quiero decir que te mordería y pondría un beso en cada casilla de beso de tu cuerpo y que veo setecientas veintitrés casillas por centímetro cuadrado. Quiero decir (lo puede afirmar cada estupidez que digo si andas cerca porque no me sé aguantar los nervios) que no sé qué decirte si andas cerca porque no me sé aguantar los nervios.

Quiero (y quiero) decir que hoy también voy a dormir poco porque o pongo algo por escrito o exploto, y que sé que me tengo que estar callado porque NO es prudente decir nada, y quiero decir (esto SÍ es una botella al mar) que NUNCA, que nunca, que nunca he sido paciente y que algún día cometeré una tontería porque no voy a ser capaz de esperar. O de estarme quietecito.

Quiero decir que no voy a decirte nada.

Y quiero decir que no tienes ni idea de nada de esto, y quiero decir que estaré callado y quiero decir y quiero poner que o me besas ya o dejaré de saber por qué demonios tengo boca.

Quiero.

Y no puedo.

domingo, noviembre 02, 2008

Azul


No te pongas triste.

Por favor.

O tendré que quedarme para asegurarme de que estás bien. De que no lloras. No llores. Por favor. Apenas me puedo controlar si me sonríes, apenas consigo separarme de ti los días que te veo y estás alegre. No me atrevería a dejarte sola si te encontrase (si te viese) llorando. Si te doliera algo. Cualquier cosa. Aunque no tengas ni idea de que me quedaría a tu lado con una sola palabra tuya, o sin ella si me atreviese a contarte esto. Pero no es prudente.

¿Sabes? Últimamente me ocupas mucho tiempo en la cabeza. Bailas,
preciosa, escurriéndote entre mis pensamientos, apareciendo en mi memoria y alegrándome el día cuando pienso en cosas que evitan que sonría. Siempre las espantas cuando te cuelas en lo que estoy pensando, y así se me pasan los días esperando los días en que te encuentro. Pensando en un día en que me atreva a hablarte de esto y a pedirte permiso para hacer que nada, nunca, vuelva a hacerte daño. Pero claro: no es prudente.

No te pongas triste.

Por favor.

martes, octubre 28, 2008

Cris por la mañana


La lluvia suele ponerme melancólico.

Es la hora de acurrucarse en un rincón, me relajo y huelo la madera.

Y hoy... sólo me siento mojado.

¿Qué tiene poseer cosas? ¿Por qué sentimos la necesidad de poseer lo que amamos? ¿Por qué nos volvemos tan bestias cuando lo perdemos? Todos sabéis qué es: queréis algo, lo poseéis y al poseerlo... lo perdemos.

Y cuando por fin has conquistado a la chica de tus sueños, lo primero que haces es tratar de cambiarla. Esa forma suya de peinarse... su manera de vestir. Cómo mastica el chicle. Y al poco tiempo, lo que te gustaba, lo que has cambiado y lo que no te gusta son... la misma cosa.

Como una acuarela bajo la lluvia.

_________________
Chis Stevens es un personaje de la serie "Doctor en Alaska" (Northern Exposure), interpretado por John Corbett (Mi gran boda griega) y doblado al español por Angel Quislán.

Es un ex-convicto de West Virginia que hace las veces de locutor en la cadena de radio de Cicely, K-Oso, con su programa estrella "Chris por la mañana". También es el inquieto y culto artista del pueblo, como demuestra en la inolvidable escena del lanzamiento de piano. Físico aficionado, filósofo vocacional, Chis es un personaje ecléctico que da un contrapunto perfecto al racional y perfeccionista Joel Fleischmann. También es consejero espiritual de los vecinos del singular pueblo y oficia como sacerdote, ordenación que obtuvo gracias a un anuncio de la revista "Rolling Stone".

lunes, octubre 27, 2008

3 ó más en 2d6


Esa era la tirada de salvación por armadura de los Marines Espaciales Exterminadores en la segunda edición de Warhammer 40.000.

Me explico.

Warhammer 40.000 es (era) un juego de estrategia. Se juega con miniaturas a escala 28 milímetros. Está ambientado en el gótico y siniestro universo del cuadragésimo primer milenio. Hay un imperio de la humanidad. Con un emperador moribundo, enclaustrado en un campo de estasis que impide que su cuerpo degeneré aún más.

Los Marines Espaciales son las mejores tropas de la humanidad. Humanos modificados genéticamente para ser más rápidos, más fuertes*, inmunes a la fatiga y al temor. Con entrenamiento superior y la mejor tecnología a su servicio.

Un perfecto ejemplo de esa tecnonología: las servoarmaduras de exterminador. Producto de un tiempo pasado en que el hombre domeñó la tecnología, sólo los mejores de cada Orden Capitular de los Marines pueden emplearla. Los primus inter pares de los primus de la humanidad.

Obtener un resultado de tres o más en dos dados de seis caras es francamente fácil. Sólo las armas más poderosas podían atravesar una armadura de este tipo. Como tanques de un solo hombre, cruzaban los campos de batalla en miniatura incólumes a todo cuanto ocurría a su alrededor. Inmunes a la fatiga y al temor, y protegidos por una de las mejores y más potentes piezas de tecnología que existían.

En el universo de Warhammer 40.000, hay armaduras que protegen de todo.

Sin embargo, en mi continuum, aún sigo esperando que Rafa modifique la Bañera del Tiempo y la convierta en un Transductor Dimensional. Así podré ir a Marte y comprar a los Adeptus Mecanicus un chisme de esos.

Tendría que ponerme el puerto estilo Matrix que los Marines llevan en la nuca para poder enchufarme a la armadura.

Pero valdría la pena, si así deja de hacerme heridas cada vez que es su turno de combate.

Tres o más.

En dos de seis.

* más seductores.

miércoles, octubre 22, 2008

Rojo (TD)


Es un viejo compañero.

Lo conocí por casualidad, hace unos años, porque mi hermana me pidió algo parecido a él. Sirvió perfectamente, y desde que lo encontré me ha acompañado siempre.

Ha cambiado de nombre, un poquito de look (sobre todo en la parte de arriba), pero por dentro sigue siendo el mismo.

Ninguno de los de su clase ha sido tan bueno como él. Todos venían con defectos. Algunos incluso hacían aguas, peligroso en su caso. Otros no conseguían lo que prometían o se venían abajo cuando trataban de cubrir partes oscuras o mal hechas.

El otro día (antes de trabajar) compré un bote nuevo de Rojo (TD) de Acrílicos Vallejo. No sé cuántos llevo. Hace 15 años del primero. Es un rojo intenso, casi granate, que por algún milagro de la química cubre perfectamente sobre negro. Los rojos y amarillos no lo hacen nunca. Ahora el catálogo lo llama "Rojo carmín" y su etiqueta dice "70908".

Hace un par de días lo estrené. Y un montón de imágenes que no me esperaba me asaltaron por sorpresa. El Hermano Andrés pronunciando "beige" como se escribe y llamando carmín al carmín y bermellón al bermellón, mi padre preguntando si no me interesaba más el modelismo militar, mi abuelo entendiendo perfectamente que todo esto no son más que soldaditos de plomo en plan moderno, mi prima Amparo mirándome pintar, Sabas y Cuco dándole caña a unos goblins en mi cuarto, mi primer y espantoso diorama, Pancete bautizado por Pove, y toda la gente que me he encontrado en el camino. Nos hemos reido, hemos llorado, hemos visto las estrellas y creado y destruido (alegremente y comiendo torreznos) más de un universo.

Hemos viajado a caballo y en naves espaciales. En cierta ocasión pulvericé un kraken con un solo rayo eléctrico.

¿Que por qué soy friki?

Porque os lo debo.

Por eso a los magos nos dibujan con sombrero.

Porque me habéis dado 70908 razones para quitármelo.

Fundido en Rojo (TD).

Es un viejo compañero.

__________________________
Podéis consultar la gama completa de Acrílicos Vallejo y todas su líneas (bellas artes, modelismo, restauración y demás) en su página web.

martes, octubre 21, 2008

El Problema es callarse


Me han llamado muchas cosas.

Sobre todo, chicas.

Sobre todo, los últimos dos años.

Pero nunca me habían llamado problema.

Un beso, P.R.


El problema no fue hallarte,
El problema es olvidarte.
El problema no es tu ausencia,
El problema es que te espero.
El problema no es problema,
El problema es que me duele.
El problema no es que mientas,
El problema es que te creo.


El problema no es que juegues,
El problema es que es conmigo.
Si me gustaste por ser libre,
Quién soy yo para cambiarte...
Si me quedé queriendo solo,
Comó hacer para obligarte.
El problema no es quererte...
Es que tú no sientas lo mismo.

Y cómo deshacerme de ti, si no te tengo,
Cómo alejarme de ti, si estas tan lejos,
Cómo encontrarle una pestaña a lo que nunca tuvo ojos,
Cómo encontrarle plataformas a lo que siempre fue un barranco
Cómo encontrar en la alacena los besos que no me diste,
Y cómo deshacerme de ti si no te tengo...
Cómo alejarme de ti si estas tan lejos.
Y es que el problema no es cambiarte:
El problema es que no quiero.

El problema no es que duela
El problema es que me gusta
El problema no es el daño
El problema son las huellas
El problema no es lo que haces
El problema es que lo olvido
El problema no es que digas
El problema es lo que callas.

Y cómo deshacerme de ti si no te tengo
Cómo alejarme de ti si estás tan lejos
Cómo encontrarle una pestaña a lo que nunca tuvo ojos
Cómo encontrarle plataformas a lo que siempre fue un barranco
Cómo encontrar en la alacena los besos que no me diste. (bis)

Y cómo deshacerme de ti, si no te tengo
Cómo alejarme de ti si estás tan lejos
El problema no fue hallarte
El problema es olvidarte
El problema no es que mientas
El problema es que te creo
El problema no es cambiarte
El problema es que no quiero
El problema no es quererte
Es que tu no sientas lo mismo
El problema no es que juegues
El problema es que es conmigo.


___________________

El problema es una canción de Ricardo Arjona, incluida en el disco "Santo Pecado", editado en el año 2002.

¿Tienes un minuto?


Le he dado a publicar por error.

Por eso sólo salía el título.

Gracias a los que pensábais que era una genialidad de la prosa.

No.

Sólo un título. A lo que iba:

Pensaba que querría escribir sobre ello, pero no lo haré. Resumo: Wesser and Partner nos ha mandado a seis a Burgos a hacer socios para AECC, la asociación española contra el cáncer.

Hemos hecho más de 130 en cuatro días.

No me gusta hablar del cáncer, como muchos sabéis. Hay una razón preciosa, y en alguna parte tuvieron que hacer túnicas de marca para un ángel que conozco, sobre una nube de Tous o de Versace.

Hablaré de otras cosas.

Hablaré de Pepe, el doble canalla de Edu el de Micrón, preocupado por el cunnilingus. Hablaré de Zuriñe, recién llegada a Aranda, que se paró aunque llevaba prisa. De doña Pilar, que ni se lo pensó y apuntará a Pablo, nieto, que hoy tiene 5 años, cuando sea mayor.

Hablaré de Anael, que ha decidido prescindir de una copa al mes para dárselo a gente que lo necesita más, y que es guapísimo. De la pareja de punkis que me pidieron un truco de magia, preciosa ella y sensible él, más allá de lo que crestas y apariencias quieren, en fin, aparentar. Del ninja del amor, que esconde mucho más de lo que muestra y se lo calla, porque es en el fondo un caballero.

Del peregrino de Oviedo que se paró con la bici y de la señora que se puso a llorar y no puedo olvidarme.

Y de Rubén, que me ha enseñado mucho más de lo que él piensa, y que sé que va a hacer un trabajo de lujo como jefe de grupo en Palencia.

De Álex, que contagia la sonrisa.

De Joni (¿cómo demonios lo escribes?), que ha enseñado trucos a un mago. Es bueno, y es escaso*.

De Sara... uno de mis más grandes errores prejuzgando. A veces hasta los telépatas se escapan. Como ella no lee este blog, me atrevo a decirlo. Quizá se lo cuente alguna vez.

Y de Celia, que sale preciosa en las fotos (por obvias razones) y que ha hecho que no me caiga. Cosa complicada en un Judoka.

¿Un minuto?

Para vosotros, los que queráis.

* Krahe dixit.

martes, octubre 07, 2008

Aquí, unos amigos


Me los presentaron en una fiesta. Qué noche la de aquel día.

Son:

Andras, Señora del Amor Mentiroso, Quien Comanda en el Placer y en el Dolor, Poseedora del Látigo Negro y de Seis Verdades Que No Se Pueden Nombrar.
Marchosias, Dueño del Engaño, la Serpiente de Lengua Envenenada, Gusano de La Mente.
Sofonías, Demonio del Contagio, Amo de Nueve Pestes, Señor y Esclavo de las Moscas, Mil Veces Es el Horror
Kheras, La sangre en el vino, Estertor de Almas, El Primer Nacido Maldito, Todo el Veneno
Ioch, Señor de las 7 Legiones, Portador de las 7 Palabras Vengadoras, Seis Mil Seiscientas Veces Maldito
Iarendras, La luz bajo la sombra, Manto de Oscuridad, La Semilla de Sangre Negra
Nezareh, Insidiosa Marca Irreverente, El Falso Testimonio, Semilla infecta de un millar de retoños
Blophoreh, Gran Señor Sobre el Río de Sangre, Adorado en el trono de bronce, Ira de la sangre en los ojos
Cernonías, Blasfemia de catorce cuernos, Dueño La Piel de Hierro, La Pezuña que Rezuma Dolor, El Violador
Doch, Dolor Regente
Eupherah, La Esfinge de Mil Veces la Amargura, Hambre Que Devora las Entrañas, Pestilente Montón de Cadáveres, La Sed.
Fornesias, Doce Veces Devora el Alma, La Obscenidad Bajo el Pecado, Pesadilla de Mil Nombres en la Oscuridad, Trece Veces Trece Arranca la Piel
Gallash, Conde de la Pirámide Negra
Hondnoh, La Palabra Retorcida, El Que Maldice Pudriendo el Alma, Padre de Los Gusanos, Esperma en la Tierra
Iermadena, El Sepulcro Blanqueado, Mercader de Espinas, El Abismo Bajo el Pozo de Brea, Insaciable es en su Oscuridad
Jhermate, La Torre Caída, Cárcel de Cien Mil Esclavos, Garganta Que Ruge y Devora los Lamentos, El Asesino
Khronías, Padre del Aullido, El Millón de Escarabajos, Lobo de Piel de Cordero
Laemarches, Capellán del Odio, Gran Campana de Metal Negro, Cantor de Obscenas Letanías, El Mil Sesenta Veces Hereje
Maraxe, El Dolor Escondido
Nerphal, Semilla del Odio, Estómago Lleno de Piedras, Lamprea de Almas, Fuente y Sed Eterna de la Sangre
Gnemorah, Ladrón de Nombres, Esclavizador de Almas, Brujo de Mil Padres y Cien Mil Bastardos, La Gran Bola de Fuego
Samodai, La Espada Negra de la Sed de Almas, Mil Cuernos en su Cabeza, Alaben su Pérfido Nombre, General de nueve legiones
Orphaneas, Cuyo Nombre se Escribió en los Pilares de Diamante del Infierno, Enemigo del Enemigo, Orgulloso en su Crueldad, Siempre Maldito
Perth, La Última Voz, El Matador de Dioses, Heraldo Negro de Todas las Legiones, La Araña
Rendrash, La Lanza Maldita Bañada en Sangre, Vestido con la Piel de sus Enemigos, Los Mil Ojos del Cazador, Nadie Huye de su Hambre
Trandias, Rey de Nueve Coronas, El Sabio Muerto, Gobierna Sobre el Trono de Lamentos
Umoradeh, La Señora de Piel Morada, La Visión Aterradora que Arrancará los Ojos, Grito de los Muertos
Valphor, Tocado por el Odio, La Mirada Insidiosa, Cáncer del Espíritu, Devorador de Cuerpos, El Ejecutor
Wotenas, La Maza Que Cae Entre Relámpagos, Grito Inmortal en la Batalla, Padre de Todos los Soldados Muertos
Basheena, La Danza Macabra del Placer, Mil Abrazos del Leproso, Orgía de Todo el Dolor
Xápharas, Permanente Bruja, Indecisión Constante, Cáncer del Alma y del Espíritu, Sangre del Corazón
Yermonías, Interés de Oscura Voluntad, Dueño de la Torre de Obsidiana, Pilar Maestro del Aullido, Arquitecto de Torturas, Sangre en sus Manos y en el Tiempo
Zephth, El Horror Tentacular, La Bestia de Mil Lugares
Pigmasius, Venido de Ninguna Parte, Heraldo de la Estirpe Manchada, El Gran Devorador, Su Palabra es Ley
Namaán, La Pezuña Ensangrentada en Llamas, Bronce A Través de las Entrañas, El Sol Oscuro
Berash, La Carne Muerta, La Voz de Mando Más Allá de las Estrellas, La Luna Negra
Dashkhamanda, Barón del Imperio, Augur de Dolor y Tempestades, Miedo Errante
Mikhtam, Dueña de la Oscura Simetría, El Damero Maldito, Reina de Cincuenta Legiones Esclavas, La Mano
Barn, El Toro Alado, Bestia Hambrienta Que Bebe Ríos, Mariscal de la Sangre Negra, La Última Hueste
Khorad, El Amante Sin Nombre, Portador de la Semilla Infecta, Huérfano de las Estrellas, Cáncer de las Entrañas
Jhabrán, El Único, Bufón Negro, El Grito
Válghar, El Dañino Intelecto Desatado, Los Ojos del Daño Que No Cesan de Observar, Luz de Fuego Negro, El Enjambre
_______________
Los 42 demonios de Goethia son personajes del universo de APK y La Puerta del Infierno, y de sus respectivos juegos de rol en vivo, juegos de rol tradicional, relatos, novelas, cortos de cine y largometrajes (se habló incluso de una serie de televisión). Han aparecido también en naipes, botas, ganado, herramientas de soldadura, amperios, barbas y en un sinfín de lugares. Varios de ellos fueron interpretados con genialidad, dando mucho más de lo que esperábamos, durante las sesiones de rol en vivo de 2007-08. Gracias a Sara, Rafa, Marina, Elisa, Loretxo, Ana, Rober, Chuso, Otero y a todo el mundo de Dentro de la Pirámide.

Y a Alan Moore.

Por las ideas.

lunes, septiembre 29, 2008

La Ley de Tarkel



Me quedo con:
los Marines Espaciales, los kimonos negros, mis Dos Hermanos Pequeños, Estalia, don Francisco, los duendes, las chicas de ojos tristes, las siestas, el mar, el rocanrol y los boleros, las morenas de ojos azules, el momento en que empieza caer la lluvia, la Misma Cerveza Que Bebía Mi Padre, los trece de febrero, mi vitrina, la Edad de Oro, los Recién Descubiertos (y no os voy a citar a todos), la barbocracia, los disfraces, el buen tiempo, los campos de trabajo, levantarse tarde, las noches que duran todo el día, el Pocho´s Pub, la piscina y todos los de dentro, los calcetines de colores desparejados, las gafas de pasta, los vampiros, el clan McLeod, la luna roja con Rosita, Cartago, Tortilla, Rol en Vivo a las Tres de la Mañana, las crónicas mutantes, El Jugador Blanco y el Jugador Negro, los cuatro apocalipsis, la Sociedad Helio, la mujer más Pequeña del Mundo, la Gentileza del Corazón, los veranos de mil días, las corbatillas, el Espacio Orkoide y los Dominios Orkos, las chapas, los espejos, los torreznos y La Suerte, el País del Fin del Mundo, los toreadores, las flores que no pinchan, la gente que canta sin tener demasiada voz y en plan canalla, Hulk Hogan, los dados de diez caras, mi barba con perilla, el chocolate, La Musa de Rizos por el Norte, las películas de tiros, las francesas, El Grande, el niño loco vestido de negro (y su amigo), la Ley de Tarkel, mi bandera con una calavera, mi pendiente y mi Princesa Pirata de los Arrabales.

Se borra: no entrenar por tonterías, la resaca de Salou, el hacerlo todo a medias, la gente que miente sin abrir la boca, los dieciocho de noviembre.

Gana lo que mola.

Por goleada.

Círculos.

Círculos.

Círculos, para el ojo poco observador.

Comienzan en el punto en que terminan, siempre iguales. Siempre diferentes. Yugen: desenfocados. Imprecisos, pero tremendamente detallados.

Visto de frente, el ciclo comienza y recomienza siempre en el mismo punto, es que entiendes que son espirales, y que sólo se repite el viaje si no te molestas en encontrar la perspectiva.

Estaciones.

Estaciones.

Estaciones, que dividen el círculo en trocitos.

Pedazos que entendemos mejor, y les podemos poner nombre. Y así sabemos a qué atenernos aunque cada instante nuevo sea una sorpresa. Banpen Fugyo: esperar lo inesperado. Y dejarse sorprender.

No hay más que cerrar los ojos y oler el mundo cuando llueven las primeras gotas: irrepetibles aunque parecidas, las Estaciones no serán nunca las mismas.

Momentos.

Momentos.

Momentos, cada uno único y perfecto.

Se agolpan esperando suceder, unos duelen y con otros nos reímos. Acaban, y más rápido que un reyón, proclaman monarca al instante siguiente. Omedeto: En Hora Buena. Y también en las malas.

A veces está el error de dejar pasar uno pequeño pensando en el mayor, y se va, se pierde y no volvemos a encontrarlo. Se gastan los que no empleemos. ¡Atrápalos!

Círculos.

Círculos.

Círculos...

El Asunto Del Hombre Sin Zapato


He intentado estos días escribir canciones.

No lo hago bien, pero es divertido. La culpa la tiene un disco nuevo que ha salido. Me han entrado ganas.

A veces pasa, diría una.

Lo malo es que sólo se me ocurre un tema, pero sobre ese no debería escribir. Para paliar el ansia, hago sonetos montado en la bici de los endecasílabos, como diría otra que es más Pequeña. El resultado es estrictamente cerebral. Como siempre. Escribo vivos, también. Juegos de rol en vivo. Nunca se me ha dado bien desarrollar ideas, sólo tenerlas, y la imagen de Tarkel sin un zapato atado a una silla con otros cinco tipos, encerrados en una habitación sin que nadie sepa de qué va todo, me persigue. ¿Cómo acabará El Asunto del Hombre sin Zapato? Hay un final sorpresa, pero no puede contarse por aquí.

El mundo crece bajo nuestros pies, inexorable, una fuerza irresistible que no podemos detener. El peso de la realidad (matrículas, trabajos, alquileres) lucha un duro mano a mano con la fantasía misteriosa que acecha y vive debajo de la realidad. A veces creo vislumbrar un patrón invisible y casi imperceptible que se arrasta bajo las capas de lo mundano, incomprensible aunque al alcance de la mano.

Otras veces, creo que leo demasiado libros de Vampiro.

El mundo, digo, crece. También el de dentro. Cada idea nueva se suma a las anteriores, cada imagen se añade al cuadro entero, y nunca se detiene la rueda que lo mueve todo.

La belleza, igual que la sabiduría, acecha en cada brizna de la existencia. Todo funciona muy deprisa y acabamos convirtiéndonos en usuarios del sistema de usar y tirar. Todo está poco claro y se nos vuelve impreciso, y se suman días que se van perdiendo, aunque el tiempo (muy, muy despacio) arregla, inerme, heridas (en la rodilla, en otro sitios) que se dejan para luego.

No queda otro remedio que seguir caminando, aunque duela la rodilla, aunque cada vez me la miro (y toco) menos.

Estos días he intentado escribir canciones.

Y sólo me ha salido esto.

Y El Asunto del Hombre sin Zapato.

jueves, septiembre 25, 2008

Un violinista en tu tejado

Eres tan dura
como la piedra de mi mechero.
Me asaltan dudas
de si te quiero.
Eres tan fría como el agua
que baja libre de la montaña.

Y no lo entiendo:
fue tan efímero
el caminar de tu dedo en mi espalda dibujando un corazón
Y pido al cielo
que sepa comprender
estos ataques de celos
que me entran si yo no te vuelvo a ver.

Le pido a la luna
que alumbre tu vida,
que la mía ya hace tiempo que yace fundida.
Con lo que me cuesta
querer sólo al rato,
mejor no te quiero, será más barato.
Cansado de ser el triste violinista que está en tu tejado,
tocando pa´l inglés siempre desafinado.

Eres tan tenue
como la luz que alumbra en mi vida,
la más madura fruta prohibida,
tan diferente
y parecida
a la tormenta que se llevó mi vida

Y no lo entiendo...
Fue tan efímero
el caminar de tu dedo en mi espalda dibujando un corazón.
Y pido al cielo
que sepa comprender
estos ataques de celos
que me entran si yo no te vuelvo a ver.

Le pido a la luna
que alumbre tu vida,
que la mía ya hace tiempo que yace fundida.
con lo que me cuesta,
querer sólo al rato
mejor no te quiero, será más barato.
Cansado de ser el triste violinista que está en tu tejado.
Tocando pa’l inglés siempre desafinado. (bis)

Mientras rebusco en tu basura
nos van creciendo los enanos
de este un circo que un día montamos,
pero que no quepa duda,
muy pronto estaré liberado
porque el tiempo todo lo cura,
porque un clavo saca otro clavo...
Siempre desafinado,
mientras rebusco en tu basura,
nos van creciendo los enanos
de este circo que un día montamos,
pero que no quepa duda...
_____________
De Melendi, del último. Que no siempre hace que entren ganas de bailar.

Ya no sé hacer canciones


De todas formas, no he sabido nunca.

Escribí muchas (algunas) en una época anterior, cuando todo estaba más claro y los Marines Espaciales llevaban servoarmaduras modelo 6. Jesús, el otro que cantaba, desapareció del mundo y asoma la oreja muy de vez en cuando. Sé, que me lo han contado, que le va bien aunque siempre que me lo cruzo parece un poco triste por dentro.

Igual es que llega el otoño.

Le prometí a La Duenda que nos juntaríamos algunas veces para hacer canciones. Nunca se fíen de lo que les prometa un pirata.

Me he bajado el último del Melendi.

Y escucho las letras y pienso en que cada vez estoy más lejos de lo que quería ser en diez años el chico de pelo largo que tenía Marines Espaciales con servoarmaduras modelo 6. No soy el que quería ser, y cuando los Marines lleven servoarmaduras modelo 8, quiero ser otro que ni me imaginaba cuando la modelo 6...
He hecho cosas que jamás pensaba que haría, y dejado de hacer otras que pensaba que eran inevitables.

Y he metido la pata. Muchas veces, como para toda la vida.

Y me he encontrado gente maravillosa, y sigo teniendo la curiosa certeza de que todo irá bien, pero, con las primeras canas empiezo a darme cuenta: al destino hay que empujarlo.

No hay canciones en el mío. Hay otras cosas (aplausos, quiero creer, magia, espero, fantasía siempre, gente de negro) y espero que vayan ocurriendo.

Que alguien me pregunte dentro de diez años si todavía no sé hacer canciones.

De todas formas, no he sabido nunca.

miércoles, septiembre 24, 2008

Mi nombre es Alcázar




El aire frío del otoño castellano se arremolinaba. Viento, barriendo hojas y diarios.

- En serio, no te atreves - dijo, mirando desafiante a su compañero.
- Pues claro, idiota - le interpeló, visiblemente ofendido - además, es mentira que esté encantado.

El teatro se erguía firme y poderoso, casi irreal, como rodeado entre la bruma. Ninguno de los dos muchachos sabía que llevaba abandonado sólo treinta años, pero no lo hubiesen creído de haberlo sabido. Viejos carteles que aparentaban un siglo de edad caían vencidos por la edad, presa del tiempo. Sucios cristales rotos atestiguaban que nadie había pasado desde hacía mucho por una taquilla en la que una rata se afanaba en morder un cucaracha, únicos y mudos testigos de una gloria ya caduca.

- Pues yo te digo que sí está encantado - se jactó el primero de los muchachos, subiendo la cremallera de su abrigo - me lo ha dicho mi hermano mayor.
- Tu hermano mayor es un mentiroso, y además es un cobarde - le espetó el segundo, mientras se quitaba el gorro y miraba uno de los altos ventanales, quizá calculando cómo trepar hasta él.

El viento frío de la noche de Valladolid mecía viejos papeles en la acera. Restos de diarios con noticias que los muchachos no entenderían, pistas y claves de una ciudad hace tiempo rendida al sopor, a la desidia, donde los días eran cada vez más cortos y los hilos que manejaban su devenir cada vez más oscuros. Más imprecisos. Más tenebrosos. A lo lejos, lo que los muchachos creyeron un perro aulló a la luna. Hubieran regresado corriendo a sus casas presas del pánico de haber sabido a qué se debía el aullido.

- Pues digo que no te atreves.

*******

Salió sangre.

Poca, y fue más el susto que la herida.

El muchacho se miró las heridas de las manos, la piel levantada y la carne enrojecida. Apenas un rasguño, pensó, para haber caído del ventanal.

- Carlos, ¿estás bien? ¿Te has matao? - la voz venía de fuera, de la calle - dime, mierda.
- No, subnormal, no me he matado - respondió Carlos desde dentro - esto está hecho una mierda, todo está lleno de polvo, como en las pelis esas de blanco y negro de fantasmas - dijo, aparentando menos miedo del que tenía.

Carlos miró en derredor. La luz era escasa, aunque la claridad de la luna y algunas farolas lejanas dejaban caer hilos de luz en el vestíbulo del viejo, muy viejo teatro. Un busto de Lope de Vega le observaba inerte desde una esquina. Los techos eran altos, muy altos, y una lámpara de telaraña resistía colgando el embate de las décadas. Aunque no intacta. A varios metros, abajo y más adelante, su gemela aparentaba en el suelo haber tenido menos suerte.Carlos había esperado ratas, cucarachas, quizá murciélagos, aunque sólo los hubiera visto en las películas.

No lo encontró.

En su lugar, una pálida atmósfera irreal empapaba el lugar. Lo ralentizaba. Todo allí era viejo y roto, y una capa de polvo como de estrellas cubría cada palmo del vestíbulo.

- Carlos, ¿qué haces? - dijo el muchacho fuera, pero Carlos ya no le prestaba atención.

La aire preternatural de aquel vestíbulo tenía un matiz irreal, como si fuese un escenario sacado de una fotografía antigua. En el más absoluto de los silencios, Carlos creyó oír un voz, profunda, grave y lejana reverberando en el suelo, en las columnas. En el mundo. En el viento muerto del interior del vestíbulo.

Caminó, hacia la entrada al escenario.

Carlos dejó de pensar en el dolor de sus manos en el mismo momento en que alguien más olió su sangre.

*****

- ¿Quién anda ahí? – el rugido era monstruoso, la voz que lo profería retumbaba en toda la sala del teatro haciendo agitarse las lámparas, haciendo temblar el suelo - ¿Quién? ¿Quién se atreve?

Carlos ni siquiera se pudo mover. El pánico, el horror, le mordieron los nervios y quedó paralizado. Su pulso se aceleró. Aquello excitó más a la critura.

La corpulenta bestia con voz de hombre avanzó hacia él, atravesando el teatro en línea recta. Si Carlos, si sus esfínteres no hubiesen adquirido vida propia, podría haber olido a varios metros el hedor podrido que brotaba del montruo.

- ¡Maldita sea! ¿Quién eres, niño? – si el rugido no hubiese estado teñido de la violencia de una amenaza de muerte, quizá Carlos hubiese percibido la perfecta entonación y el timbre poderoso, disfrazados de horror y hambre antinatural.

La criatura arrancó una butaca de un zarpazo en su inexorable avance. Otra. Dos más. Como el bosque ante una máquina imparable, Carlos vió a la bestia deforestar aquel teatro. El polvo que cubría los asientos se enmarañaba en una nube imprecisa, y Carlos empezó a llorar por el polvo, por el miedo. Sobre todo por el miedo.

El enorme ser se erguía frente a Carlos. Se arrodilló. Su cara, su fétido aliento y una purulenta colección de pústulas se colocaron a la altura del rostro de Carlos.

La voz grave del engendro ahora sonaba calmada, reconfortante, firme. Aquello sólo contribuyó a asustar más a Carlos.

- No, no, no… - dijo el gigantesco encapuchado – no tienes que preocuparte más. ¿Cómo te llamas?

Carlos no respondió.

El grotesco Goliat volvió a hablar. Profundo y solemnte. Poderoso.

- Mi nombre es Alcázar.

*****

El amigo de Carlos oyó un grito espantoso, pero muy breve, llegando asordinado desde las tripas del teatro abandonado.

Un escalofrío le recorrió el espinazo de arriba abajo. Pensó en correr. Pensó en ir a casa. Pensó en huir. Pensó en dar explicaciones a sus padres mañana, y a los padres de Carlos pasado mañana, pensó mucho y pensó rápido.

Un olor fétido le sorprendió, y poco después dejó de pensar.

Nadie había cerca, así que nadie oyó nada.

A lo lejos, algo que no era un perro aullaba a la luna.

Algunas horas después, rayana el alba, un borracho oiría una voz grave y profunda, cargada de atormentado sentimiento cantar con timbre excepcional un siniestro miserere.

Pero esa es otra historia.

El aire frío del otoño castellano se arremolinaba.

Viento, barriendo hojas y diarios.

martes, septiembre 16, 2008

Náyade



Me alegro.

Mucho.

Ya hablé de ella. En el blog, me refiero.

En la realidad, alternativa o no, lo hago a menudo. Muchos conocéis parte de su historia porque yo os la he contado, porque a veces me acuerdo de ella, porque generalmente, aunque no lo diga, no la olvido. Ni quiero ni podría. Ni debo.

Hay gente que pasa por la vida.

Y gente que se queda.

Ella vive en Inglaterra desde hace algunos años, en un lugar que llaman Swindon. Antes lo hacía en Valladolid, mi isla favorita, y antes de aquello, como Afrodita, nació en un lugar al lado del mar, que sus habitantes llaman Santander.

Como ya sabéis, como suelo contar, creo, se me ocurre que la gente que tiene Nombre en las historias no ha venido (no está) por casualidad. Dios no juega a los dados ni consulta tablas de críticos. Hay muy pocas cosas que sucedan sin razón.

A muchas personas les ha sucedido Bea. Como un faro, nos ilumina trozos del camino que ya no veíamos, que creíamos perdidos y resulta que el recorrido es mucho más sencillo de lo que creíamos. Que nos cura
con palabras la tormenta.

No sé qué casualidad mágica ha colocado a Bea en mi vida, y demasiado a menudo pienso que no sé qué hacer para mantenerla en ella. Por alguna razón que me es ajena, ella ha decidido quedarse y hacerme de faro cada vez que hablo con ella. Tiene el curioso título (y ella se está enterando mientras lee) de ser una de las dos únicas personas del mundo de quien acepto que me echen la bronca.

Y, cómo contarlo, no sé cómo devolverle todo lo que ella me ha dado.

Buscaré en la chistera.

Cómo me alegro.

¡Muá!

miércoles, septiembre 10, 2008

Los tengo a cienes

Es viejo.

Mucho. Hace cinco o seis, pero a veces me parece que hace mil años. En cierta ocasión amé a una princesa del reino vegetal (con violín). Era una patatita. La vi hace poco. Estaba preciosa y modernísima.

Y feliz.

Así da gusto reencontrar personas.

Es viejo, pero aquí lo pongo. A veces hacer limpieza hace sonreír.

Un beso, Patati.

LOS TENGO A CIENES
(a una patatita a un violín pegada)
En el mismo huequito que tu sienes
se esconde, chiquitín, el que suscribe.
¿Un verso para tí? Los tengo a cienes
cada vez que me alquilas el Caribe,

un trocito del mar de la impaciencia,
que deja empapadito al que naufraga
en el puerto privado de tus bragas,
paraíso terrenal, por excelencia.

Y luego a reposar nuestros ardores
en un campo de amor de Coliflores,
los dos manga por hombro y desnuditos.

Con que fíjese usted, menuda historia,
un graffitti que ha puesto en mi memoria
un violín travïeso y redondito.